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Como un diente de león — Familia McKinnon

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Como un diente de león — Familia McKinnon

Mensaje por Noëla Coster-De Haes el Vie Oct 06, 2017 4:14 pm

1
Un cuadro familiar

Todo el que disfruta cree que lo que importa del árbol es el fruto,
cuando en realidad es la semilla.
He aquí la diferencia entre los que creen
y los que disfrutan.

Friedrich Nietzsche.

Junio 1980.

En los últimos meses, la pequeña casa de campo se había llenado de vida. Todas las mañanas el olor a nueces tostadas viajaba de la cocina e inundaba cada una de las habitaciones, el aroma del chocolate caliente rebosaba las ventanas, el perfume del prado irlandés juntándose con el champú belga en una danza estival. Y así pasaron los días, con antojos y olores y gritos cada vez el bebé revelaba sus dotes de futuro Auror.

Pero esa mañana, no hubo ningún antojo. Tampoco dotes de Auror. Y eso, cómo no, extrañó a Robert.

En una casa tan pequeña, no era normal que no pudiera hallar a Celaena. Recorrió una a una las habitaciones, preocupándose cada vez que cerraba la puerta y dejaba una habitación vacía tras de sí. Había buscado en todas, salvo en una. A la cual ella, la luz de sus días, había vetado la entrada a cualquiera. Incluso a él. ¿Sería posible? Se preguntó con tintes de preocupación ensombreciendo sus pensamientos.  La puerta estaba entre abierta. Silencio y paz manaban del pequeño estudio, salvo por… Desde fuera, oculto entre las sombras de la puerta, podía escuchar los engranajes de la mente de su prometida intentando encajar. Alivio acarició el alma de Robert Mckinnon, lo tranquilizó y le devolvió el aire que había perdido desde que puso un pie en el primer peldaño de la escalera. Pero, por algún extraño motivo, la curiosidad cosquilleó a través de su piel. No recordaba la última vez que la vio pintar.

Tal vez, sólo tal vez, era porque jamás había visto pintar a Celaena Coster-De Haes.

Estaba violando su intimidad. Sentía eso con meramente verla desde fuera de la habitación. Si se adentraba, así fueran un par de pasos más, ni siquiera podía imaginar cuán culpable se iba a sentir.

Pero no lo pudo evitar. Sus pies cobraron vida propia y se adelantaron a sus propios pensamientos. Un paso, dos pasos. Los suficientes para verla. Y, por un segundo o quizás más, Robert sintió que volvió a enamorarse de ella. Se enamoró de la cascada de oro que fluía hasta sus caderas, enmarcándolas como un obsequio del propio Hades; de la pequeña arruga en su frente que la confesaba culpable de concentrarse, de perderse entre óleos y paletas; del collar de gotas de grana y añil que delineaba su cuello como si se tratase de la más fina gargantilla, y del cual acababa de sentir envidia porque no eran sus labios los que se divertían sobre esa piel de olivo; del vientre de cinco meses que, tímido y rollizo, se asomaba por debajo de la camisa blanca que vestía. Se enamoró de Celaena, de toda ella, una vez más.

Eres preciosa”.
Simplemente no pudo evitarlo. Las palabras salieron de sus labios con la misma facilidad con la que el sentimiento y el deseo comenzaban a arremolinarse en la sangre.

Dalerick”.
Reprochó Celaena ahogando un suspiro, deteniendo el trazo a medio hacer sobre el lienzo en lo que le supo a un latido. Nerviosa, volteó a verlo. A encararlo. Más que nerviosa, observó Robert, su semblante era el de una niña pequeña pillada con las manos en la masa. Una travesura a medio hacer, una travesura que se suponía nadie debía ver. Porque Celaena era una travesura andante. Todos lo sabían. Principalmente ella, y esa era su mejor arma.

No deberías estar aquí”.

Y aunque pareciera difícil tomársela en serio por su apariencia de artista, seguía siendo Celaena, la de media mirada pétrea. Sólo era ella dónde podía ser ella sin temores a que la señalen.

Estaba preocupado”.
Al inicio, lo estuvo. Luego, no. Luego fue la curiosidad lo que carcomió a Robert Mckinnon y Celaena pudo reconocer eso en su semblante. ¿Cómo no hacerlo cuando ella misma se perfumó con curiosidad y aventura durante muchas mañanas por tantos años?

“Pero ya me voy”.
Porque era el momento a solas de su mujer. A pesar de que por dentro Robert deseaba quedarse allí y ver, disfrutar en un acto egoísta, cómo la mano, blanquecina y callosa, de Lena se deslizaba a través del lienzo con la misma soltura que la veía ejecutar un movimiento para dejar a su oponente fuera de combate. Gracilidad que no pedía favor a las bailarinas de ballet y delicadeza que, por ese par de segundos, le hicieron olvidar que ella podía patearle el trasero a cualquiera con los ojos vendados. O viendo a medias.

Avergonzado por su reflexión Robert dio media vuelta, pero algo lo detuvo. No algo. Alguien. Celaena, quien cerró los dedos alrededor de su muñeca y negó con la cabeza. Como siempre, él tenía esa nobleza que conseguía que ella se preguntase una y mil veces cómo podría haberla escogida a ella, cuando era un huracán de adrenalina y aventuras que no medía consecuencias. Pensó, entonces, que desde que él volvió a su vida, poco a poco había comenzado a disminuir su marcha y a pensar más sobre las consecuencias a futuro sobre sus acciones.

Pronto concluyó que Robert McKinnon le hubo salvado la vida. Y nunca alcanzaría a agradecérselo. No las palabras, por lo menos.

Iba a ser tu regalo de cumpleaños”.
Un regaño, un reproche. Era lo de menos. Ya no importaba de hecho. O quizás sí importaría mañana o el día después de mañana. Se odiaba por ser tan impredecible, por no poder controlar esas hormonas que la convertían en una versión mucho más inverosímil de sí misma.

Si pudiera decir lo mucho que significas para mí con palabras… He buscado tantas palabras para poder decirlo, pero créeme que ninguna abarca todo lo que siento por ti Robert. Pero no las hay.
Fue descendiendo sus dedos hasta entrelazarlos con los de Robert. Afianzó el agarre, su unión. Sólo de ella y de él hasta que naciera el fruto de dicha unión y pudieran cargarla entre sus brazos y llenarla de amor. Merde, masculló en cuanto las lágrimas volvieron a su rostro mientras caminaba hacia el lienzo. Hacia el cuadro que llevaba pintando por incontables noches, donde la luna se asomaba por la ventana a hacerle compañía y a contarle una nueva historia con cada nuevo trazo.

No hay palabras para decirlo, pero he encontrado una razón para pintarla”.

Más que una, Robert pudo ver que habían dos razones. O cuatro. Porque delante de él pudo verse a sí mismo, con una toalla atada a su cintura, mientras cargaba a una pequeña niña de cabellos rubios y ojos azules. Y también la vio a ella, a su Lena, con una toalla recubriendo su cabello y un pequeño niño muy parecido a la niña, pero sus ojos poco favor le pedían al celeste del cielo, jugando con la toalla.  

“Mellizos”.
Porque Robert no tenía ni idea y no sabía qué decir. En ese momento, fue él quien se no halló palabras para expresarse y lo único que supo hacer fue acercarse hasta su futura esposa, la futura madre de sus hijos, y abrazarla.

Sí, mellizos. Que tienen hambre y están peleando por unas cuantas nueces tostadas”.


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