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I don't wanna go back to my roots. (Dyanna K.)

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I don't wanna go back to my roots. (Dyanna K.)

Mensaje por Remus Lupin el Miér Ago 23, 2017 5:35 pm

“The books that the world calls immoral
are books that show the world its own shame.”
― Oscar Wilde, The Picture of Dorian Gray

14 de agosto. Interlunio.

      La tormenta había terminado. Se despidió de él, el Noble Merodeador, como solía hacerlo. Como siempre, depositando un tierno beso en su mejilla antes de dar media vuelta y soltarlo, dejarle expuesto. El beso de Judas. Un beso con olor a traición, con hedor de un retorno prometido luego de que el sol cabalgase hacia el horizonte y muriese en el mar treinta veces. Porque no lo abandonaría, él lo sabía. No la Maldición, ni la tormenta que le precedía, que servía de arpegio para la sinfonía de sudorosos acordes y agónicos aullidos que orquestaba una vez al mes. Se trataban de su compañía, eran más fieles que su propia sombra, esa que moría y, en lo que iba del día, sopesó ya de paso, no había visto asomarse. Ese día sin particularidad para muchos, aquel día común para unos pocos de los andantes que pasaban fuera de la librería y corriente para otros tantos nada de eso importaba. Para él, el enjuto caballero, también se trataba de un día más. Mas, la escueta sonrisa que envolvía su semblante e indiscreta le acompañaba, lo confesaba como un pecador redimido.

      Como todos los meses, como todos los días que le sucedían al plenilunio.

      Era su especialidad, por decir lo menos. Era su vida, su pasión. Ciertamente. No tanto como la ambrosía de dioses que guardaba en forma de tableta en el bolsillo trasero, a la izquierda para que no termine aplastada, del pantalón de pana. Siempre chocolate, siempre de pana. Tradición que no permitiría se desvaneciera, a la cual defendía los colores y los sabores.

Alicia en el País de las Maravillas. —enunció. Un clásico. No de sus favoritos, pero no por eso debía restarle el mérito que con su prosa rebosante de fantasía se había ganado. —No  se lo digas a nadie más, pero me recuerdas mucho a Alicia —entregó a la pequeña diosa de cabellos de oro una copia que agarró segundos antes.

     La maraña de oro se alejó del joven dependiente, con el nuevo libro a poco de enterrárselo en su delgado pecho. Se encaminó, grácil, dando saltitos como si se tratase de un guijarro arrojado al estanque. Uno, dos, tres y cuat-. Y no rebotó más. Se hundió en un profundo mar de terciopelo que vestía una mujer –el puntiagudo sombrero que adornaba su cabeza la delataba como una bruja. Enseguida la imitó. Salvo por su entusiasta caminar y por la efusividad que exudaba en cada súplica nueva. En cada ruego que hacía escuchar a su madre hasta que esta aceptó comprarle la obra de Carrol, hasta que aceptó obsequiarle un libro donde ella se parecía a la protagonista. Donde ella sería la protagonista.

    Y así fue pasando la mañana. Sin detenerse fue deambulando, acariciando las manecillas del viejo reloj de pared que colgaba a pocos metros de su cabeza. Hasta que marcó mediodía y las campanadas timbraron, y los pájaros trinaron y la madera vieja chirrió.

¿Puedo ayudarla en algo?—la madera únicamente chirriaba cuando la manija era girada e invitaba a pasar al transeúnte fantasioso que se atrevía a subirse en el submarino para viajar veinte leguas en el mundo de líricas y prosas.
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