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I felt alone [SelfRole]

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I felt alone [SelfRole]

Mensaje por Anthony Armstrong el Miér Ago 16, 2017 12:06 am

Se dio media vuelta y deshizo el camino andado, con la vista fija en el piso, a unos pocos veinte centímetros por delante de sus zapatos, en el suelo de alfombra. Había pasado por delante de ese espejo unas treinta veces, pero él no llevaba la cuenta. La cuenta la llevaba Cassandra que, luego de que Anthony no se detuviera a la cuarta vez, se quedó mirándolo con el libro puesto en su regazo. Su padrino llegó esa tarde de inicios de junio demasiado callado, con unas ojeras que le aportaban mucha sombra a su rostro, los hombros caídos, el porte encorvado. Tenía una barba sin afeitar de unos cinco días. Iba con un atuendo* que bien podría ser un pijama o ropa para hacer yoga. En la cabeza de la castaña solo podía escucharse ¿quién en su sano juicio podría salir así a la calle? Menos mal, pensó, Anthony no había venido desde la calle, sino desde su apartamento de la Torre Armstrong por lo que pudo apreciar cuando salió de la chimenea. Y claro, venía de allí, ¿de dónde más? Anthony no había pisado su oficina desde hace dos semanas, que eran las que habían pasado desde el sábado que Evelyne le puso fin a su relación.

-- Solía pensar que la soltería te sentaba bien. –Se escuchó con una voz demasiado monótona, hablar a la semi veela desde el sillón. Sentada allí, con las piernas reposando sobre el mueble, vestida de blanco*, recostada hacia un costado, parecía que habían traído a un pintor para que la retratara. La voz melódica, aunque aburrida, de Cassandra, sacó a Anthony de sus cavilaciones. Se detuvo y la miró de soslayo con las manos metidas en los bolsillos.- Me enteré por la prensa. Hace semanas que no venías a vernos. –Desde que Eros había llegado a la casa, Anthony intentaba pasar el menor tiempo posible en la residencia de los Wright, aunque todavía disfrutaba del placer de la compañía de la hija de su mejor amigo de vez en cuando. Placer que se tornaba en molestia, de vez en cuando, sobre todo en ocasiones como esa en que Cassandra no medía las palabras que salían de su boca. A Anthony no le gusta que le digan las cosas tan fría y secamente, como las dice ella.

El hombre negó con la cabeza y desvió la mirada, sonriendo sin ganas. No articuló otro paso, simplemente se dedicó a observar las lámparas de cristal colgando del techo.- ¿Me sentaba bien? –Preguntó repitiendo sus palabras, haciendo ahínco en estas tres. Así eran los halagos de Cassandra, venían envueltos en una cruda verdad para lograr que alguien se fijara más en el cuchillo que en el pan. Él aprendió a identificarlos hacía años. Tras su pregunta, se oyó un largo suspiro desde el sofá. En el silencio que le siguió después, se podía escuchar el ego de Tony y el tedio de Cassandra cruzarse a medio camino.- ¿Quieres que te diga lo asombroso y guapo que eres, Tony? –Soltó el libro y lo dejó a un lado, pasando a tener la atención completa sobre los ojos azules de su padrino. El hombre notó esto y se giró para caminar y sentarse al frente de ella. Se miraron por varios segundos, en silencio, en donde ninguno de los dos dijo nada más. Cassandra intentaba penetrar la corteza ineludible de oclumancia de Anthony y él sabía que estaba ocurriendo eso, por lo que una sonrisa irónica se apoderó de sus labios.- Puede que sea fácil explorar la mente de Eros, Cassie. Pero la mía sigue igual de cuerda que siempre. –Cassandra alzó una ceja ante el comentario, el resto de su faz permaneció impasible.- Lo que me lleva a dudar sobre tus acciones, intenciones, palabras y omisiones…como siempre, mi querido Tony. –Le obsequió una sonrisa fingida, sin remover la mirada de sus ojos diáfanos como el cielo londinense. Los ojos azules permanecían también en los avellana de la heredera de los Wright.- También, con ello, ineludiblemente me obliga a preguntarme ¿qué estás haciendo aquí? Hola, por cierto. –Cuando el Armstrong arribó a la residencia de los Wright, ni un solo saludo brotó de sus labios, solo algún aroma a alcohol entremezclado con una respiración irregular.- Qué dulce eres. –Sarcasmo. Otra sonrisa fingida de parte de Cassandra dramatizó el momento.- Ya me conoces.

Por fin, luego de unos quince minutos en la mansión Wright, Anthony se relajó en el sofá y acomodó su torso sobre varios cojines al inclinarse hacia atrás. Estiró sus piernas sobre el mueble y cruzó piernas. También entrelazó sus manos sobre su abdomen. Una lámpara de lágrimas de cristal colgaba casi sobre su cabeza desde la bóveda alba e inmácula. Le recordaba a noches sin dormir celebrando fiestas con Marcus en ese mismo sitio, le recordaba a su adolescencia y, últimamente, a Evelyne.- Me sentía solo. –Se sinceró al culminar varios minutos de espera. Cassandra había vuelto a su lectura, aunque aquella confesión la compelió a cerrarlo otra vez. Anthony giró su rostro para poder mirarla, aunque un jarrón con flores le cortaba la vista, por lo que ocupando magia sin varita, lo corrió hacia un lado. Ella también lo estaba mirando, pero otros segundos de silencio saturaron la colosal estancial.- Me sentía solo. –Repitió en voz más baja y volvió a mirar el techo. La lámpara de lágrimas seguía observándolo como desde antaño.

Cassandra dirigió las ondulaciones de su cabello castaño hacia uno de sus hombros, dejó el libro al lado, y rodeó la mesa central para sentarse justo al lado de la cabeza de Anthony. Así, verlo de tan cerca, podía notar algunas líneas de expresión y la mayor parte de las canas que cubrían la parte superior de su cabeza. Las ojeras parecían más grandes al estar a su lado, pero eran signos de cansancio psicológico más que de físico. Al no poder entrar a su mente, la heredera había tenido que aprender a leer los signos de su cuerpo.- Me preguntaba cuándo iba a suceder eso. –Habló en voz más baja a causa de la cercanía que mantenían. Anthony alzó la mirada para verla hacia arriba, después de tantos minutos allí, el sofá siendo tan cómodo, estaba literalmente recostado en él abrazando un cojín.- ¿A qué te refieres? –Frunció el ceño, aparecieron unas arrugas en el rabillo de sus ojos azules. La muchacha tomó un mechón del cabello de Tony y comenzó a juguetear con él.- Cuando murió papá, estuviste un tiempo solo. Desplazaste a Taylor, es porque en realidad solo te atraía pero no sentías mucho por ella. Conociste a…”la profesora”…y luego no te despegaste más de ella. Mi teoría es que intentaste llenar el vacío que Marcus te dejó…con ella. –Una trenza delgada nacía en el cuero cabelludo del hombre y moría triste en los últimos milímetros de cabello castaño y cano.- Eso es ridículo. –Y lo era. ¿Cómo iba a reemplazar a Marcus con otra persona? Era imposible, partiendo por la base que él siempre estaría en su vida. Aunque ya no estuviera, ya saben, “ahí”.- No lo sé. Ahora que papá no está, ella tampoco está, te sientes solo. Es porque no tienes a nadie que llene el vacío que dejó él. –Cassandra frunció el ceño ahora y desvió la mirada hacia el cabello del Armstrong. Anthony la miró a los ojos y notó que lo estaba diciendo intentando no quebrarse, porque ella también intentó llenar un vacío, pero en su caso Anthony había sido el padre que ya no tenía.- Nadie puede llenar el espacio que dejó él. –Le respondió sin moverse, solo observándola.- Lo sé.

Anthony sabía que de los labios de ella no iban a salir más palabras respecto al tema, de lo contrario comenzarían a mezclarse con lágrimas y la castaña pensaba ya haber superado la etapa del llanto. Con todo el conocimiento de causa, Anthony podía decir que jamás se superaba esa etapa. Suspiró.- Quizás tienes razón. –Articuló luego de unos pocos segundos de silencio. Las manos de Wright en su cabeza le habían relajado.- No creo que estés enamorado, Tony. Solo estás viviendo el duelo que todos ya vivimos. Y, siendo así, no quiero volver a sentir tu aliento con alcohol. ¿Cuántos días llevas bebiendo? –Regaño, esa era la definición para lo que estaba sucediendo.- Dos semanas. –Respondió con sencillez, como si hubiera dado el plazo para que llegara el verano.- ¡¿Dos semanas?! ¿Estás loco? –La castaña le golpeó el brazo con la poca fuerza que tenía y él se quejó con un discreto “ouch”.- ¿Quieres enfermarte de cirrosis? ¿O quedar en un coma etílico? ¡Por Merlín, Tony! –Se quejó sin poder evitarlo para luego ponerse de pie agarrando su mano con el objetivo de ayudarlo a levantarse también.

Al estar erguido, Anthony se sintió mareado, perdió el equilibrio por un segundo, porque al segundo siguiente Cassandra lo tomó por los hombros para ayudarlo a recuperarlo. Sin mediar otra palabra, se enlazó a su brazo y lo obligó a caminar para subir todas las escaleras que llevaban al dormitorio* que él estuvo usando…o seguía usando a veces.- ¿Cuántos escalones son? Deberías considerar poner un elevador, Cassie. –La castaña frunció la nariz desorientada.- ¿Qué es un elevador?

No hubo respuesta, solo una risa entre dientes. Tampoco otra palabra hasta que llegaron. La castaña se soltó de su brazo y desapareció por la puerta que daba al baño mientras el magnate se quedaba parado a poca distancia de la puerta admirando el lugar.- Esta habitación es el doble de grande que mi dormitorio actual. –Comentó al aire, adentrándose paso a paso. De pronto, Cassandra asomó la cabeza desde el baño y lo instó a acercarse.- Lo sé, ¿lo recuerdas? Estuve en esa terrible fiesta que hiciste para inaugurarlo. –Anthony rió, pero Cassandra no. Cuando ambos estuvieron al interior, el hombre notó que la castaña llevaba unas tijeras en la mano. Frunció el ceño comprendiendo lo que quería hacer. Como siempre, no protestó, solo dejó que la chica hiciera lo que quería hacer. Ella se sentó en el lavabo* para poder alcanzar su porte y cercanía. Además, no sabía cortar el cabello de otra forma.- Cuéntame sobre ella. ¿Qué pasó? –Preguntó concentrada en cortar el cabello adecuadamente. Eso le dio la fuerza a él para poder hablar con tranquilidad puesto la atención no se la llevaban por completo sus palabras.

-- ¿Recuerdas lo que te conté sobre la Käthe Dürrenmatt que andaba en tu fiesta de cumpleaños? –Cassandra asintió con la cabeza, sin palabras para no interferir en su comentario.- Ella nos vio irnos, sé que tú también nos viste. Y ya que no sabes toda la historia, esta es: luego de que nos fuimos, me la llevé al apartamento. Sabía que estaba pasando algo raro con esa chica. Tú y yo conocemos a los Dürrenmatt y, por mucho que me gustaría pensar que la hija de Leopold no haría un regalo como el que te hizo, me pareció curioso. Sin mencionar, por supuesto, que ella está en Azkaban. Si no fuese porque tú me lo dijiste, no me habría causado sospechas esa chica. En fin, la emborraché, le coqueteé para que siguiera bebiendo, hasta que el efecto de la poción multijugos desapareció. Era su prima, según lo poco que le entendí, que estaba de tapadera de Käthe para los eventos de sociedad. Ella debía ser vista para que nadie sospechara que estuvo con los mortífagos. –Cassandra asintió otra vez. Lo obligó a girarse para poder seguir cortándole el cabello.- Creo que todos pensaron que dejé a Evelyne por ir a acostarme con esa chica. Dejé que todos creyeran eso, pensando que Evelyne no lo iba a creer. Es decir, le susurré algunas cosas al oído, pero ni siquiera nos besamos ¡Ouch! ¡Deja de pegarme! –Se acarició el hombro izquierdo porque este golpe había sido más fuerte que el anterior.- Por cosas que siempre pasan, ya sabes, me fui del país, estuve en Noruega con los dragones y me perdí por dos semanas. Luego volví, intenté contactarme con ella pero no me envió ninguna carta de respuesta. –Cassandra frunció el ceño y dejó de cortar para mirarlo a los ojos.- ¿No intentaste yendo a Hogwarts? –Preguntó lo obvio.- En Hogwarts no dejan entrar a nadie que no sea apoderado de algún alumno. Además, creo que Dumbledore me odia, o algo así. ¿Puedo continuar? –La joven asintió, volviendo a su tarea de cortarle el cabello a su padrino.

-- Le envié cuatro cartas, pero no me respondió. ¿Sabes la rabia que sentí? Pero pensé “no puedes ser tan imbécil, usa la cabeza: envía a tu investigador”. Eso hice. En resumen, pude verla hace dos semanas exactas, en Hogsmeade. Ella piensa que me acosté con otra y que me demoré mucho en disculparme por haberme ido con esa otra de la fiesta. Creo que ni siquiera leyó las cartas en las que le expliqué para qué me fui y quién era la chica. –Cassandra se detuvo otra vez, con los ojos abiertos por la alarma que generó lo que Anthony acababa de decir.- ¡¿Le contaste sobre Käthe Dürrenmatt?! ¡¿Es que acaso se te murieron las pocas neuronas que te quedaban?! –La heredera estaba ardiendo en furia.- ¿Puedes calmarte? Le escribí, pero no las leyó, así que no sabe. –Explicó tranquilamente, mientras el rostro de la castaña no podía demostrar otra cosa que no fuera ira.- ¿Cómo se te ocurre confiar ese tipo de cosas en una persona extraña a la familia? –Preguntó moderando un poco el tono de su voz, pero sonando igual de humillante: “Tony, te faltan neuronas”.- Yo pensé que… –No pudo terminar, porque la multimillonaria negó con la cabeza y lo detuvo.- No, Anthony. No puedes confiar en nadie. ¿Y si hubiera leído? ¿Crees que ella te hubiera creído? ¿Qué habría guardado el secreto por ti? ¡Ni siquiera permitió que le dieras una explicación! –Exclamó al final, a lo que el magnate frunció el ceño, mirándola.- ¿Cómo sabes eso? –Ella negó con la cabeza otra vez, volviendo, aunque todavía molesta, a su labor de cortarle el cabello.- No hay que ser muy inteligente para saber que, si no leyó lo que le enviaste y no quería verte, no quiso escuchar tu versión de la historia. Si ella realmente sintiera algo por ti, te lo habría permitido, Tony. Y te habría creído. Y no habría esperado dos semanas a que tú le escribieras una carta, sino que habría aparecido frente a mi puerta esperando una explicación. Donde tú vas, yo voy, mi querido Tony. Ella sabe eso, pero no lo ocupó.

Anthony se quedó en silencio mientras le daba la espalda a Cassandra que ahora comenzaba a cortar el cabello con una navaja. ¿Qué le habría dicho Marcus si le contaba lo mismo que le contó a Cassie? “Let’s face it, Tony. That is what you are”, y el muy maldito se habría largado a reír. Quizás, luego de eso, su conclusión habría sido “there are so many fishes in the sea”. Pero Cassandra tenía un punto. ¿Y si ella realmente no sintió nada por él y era todo una farsa? ¿Por qué él se permitió sentir algo por alguien, enamorarse, caer así tan confiado, en una mujer? ¿Solo porque era rubia? ¿Hermosa? Él y ella no tenían absolutamente nada en común, pero aún así tuvieron una relación tan larga. Pero él habría notado si ella le mentía. ¿Y si era una maestra fingiendo y mintiendo? ¿Y si, dentro de sus múltiples virtudes, también se consideraba la actuación?

-- Voltea otra vez. –Pidió, más amablemente, Cassandra. Él le hizo caso y ella comenzó a afeitarle la barba con tanta prolijidad y cuidado.- Era una arribista. Hay muchas de esas, Tony. Te libraste de otra más. Por favor, ya no sigas bebiendo por ella. –Él no habló. Sabía que si movía un poco su mandíbula, podría salir cortado y, aunque confiaba en las pociones y cremas que confeccionaba su ahijada, prefería ahorrarse el dolor del corte y de la curación.- Búscate a otra y ya. –Y ahí estaba el comentario Wright que había estado esperando. Cassandra era igual a su padre en muchos aspectos, esa clase de comentarios era uno de ellos.

Pasaron otros segundos en silencio hasta que la heredera de los Wright culminó su tarea, pasando una toalla blanca por el rostro de su padrino. Los delicados movimientos de sus cuidados le recordaron a Anthony porqué siempre le gustó estar cerca de ella. Entre Thomas, Marcus y él, Cassandra era como una delicada sábana de seda suavizando la superficie, como una caricia de una pluma. Un bálsamo en medio de sus vidas.- Por favor, toma un baño. Demórate todo lo que quieras. Tienes toallas, una bata y ropa limpia aquí. Te esperaré para cenar, no importa lo que demores. No te preocupes por Eros, él tuvo que ir a terapia al centro de rehabilitación. Somos solo tú y yo. –Al terminar de decir aquello, le sonrió, acarició su brazo que hubo golpeado dos veces, y salió cerrando la puerta tras de sí.

Adentro, Anthony se miró al espejo apoyándose en el lavabo. Si no fuera por las ojeras, diría que lucía normal.- Basta de perder el tiempo. –Se dijo a sí mismo. Luego se quitó la ropa lentamente puesto los músculos le dolían como si hubiera hecho ejercicios tres días seguidos. Por primera vez en casi dos meses, se sintió acompañado otra vez.
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