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The road to Majorca IV — Jay

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The road to Majorca IV — Jay

Mensaje por Elizabeth H. Wellesley el Dom Jul 23, 2017 5:40 pm

"Segundo día" Cala d'Egos

La última página del libro había llegado a su fin y la imaginación de Elizabeth voló sobre su mente fantaseando con aquel amor. Con las manos apoyadas sobre el pecho y el libro en su costado, suspiró repetidamente y deseó vivir un romance tan puro e intenso como los protagonistas de la historia.
Tras largos minutos de fantasía y cosas atípicas a la realidad, se incorporó de la cama y guardó el libro en su sitio correspondiente. Sus ojos se posaron en su propio reflejo a través del espejo limpio y claro, observando las marcadas ojeras del día anterior. Últimamente le costaba conciliar el sueño, quizá por el cacao mental por el que estaba pasando pero nada mejor que un poco de maquillaje para disimular su cansancio. Se dispuso a restregar el cosmético por cada demacración y no fue hasta pasado unos segundos cuando se percató que su colgante no se sujetaba en su cuello. Rápidamente se lanzó a la cama buscando por entre las sábanas el collar, fracasando. Desesperada ante lo importante que era para ella aquel accesorio, bajó las escaleras de tres en tres y buscó por los rincones de la campaña. Tras un resultado negativo, decidió, como última y absurda opción, buscar entre la arena mas próxima a su casa. Aquello era un caso perdido, algo tan imposible como encontrar una aguja en un pajar. Dándose por vencida, entró en su hogar y se encargó de preguntar a sus amigos si habían visto aquel regalo que tanto significaba en su vida.  No obstante, ninguno pudo ayudarla ni tranquilizar su nerviosismo.

Horas después y sentada en el suelo de su habitación con la espalda apoyada sobre la pared, pensó en  Kinki, su primera mascota. Recordó cuando al cumplir los seis años, su padre se encargó de adoptar un perro que, a primera vista, ya declaró suyo. La primera vez en que sus ojos azules se aferraron a los del canino, supo que había encontrado a su mejor amigo.  Bastaron dos días para que ambos se volvieran cómplices, inseparables. Demasiados momentos, risas y abrazos que nunca olvidaría, al igual que aquella fatídica noche en la que se marchó al cielo de los perros. Elizabeth, que le costó mucho tiempo superar su pérdida, se aferró a aquel   colgante que había perdido. Era aquella su forma de sentirse cerca de él, de recordarle cada día y llevarle siempre junto a ella. Ahora, que no sabía dónde hallarlo, una parte de su corazón se había hundido y marchado con él.

Pasadas unas horas, el silencio del hogar hizo creer que Elizabeth se encontraba sola. ¿Serían capaces de irse sin despedirse o avisar? Confundida, abrió la puerta de su habitación y asomó la cabeza por el marco de salida. Tras no oír ni ver a nadie, caminó hasta la habitación más cercana a la suya; la de James. Aprovechó que el portón estaba abierto para adentrarse en la sala. Curioseó algunas pertenencias y la decoración que su amigo le había dado; tenía buen gusto. Observó varios libros tirados sobre la cama y otros tanto encima de un escritorio. Entrometida, agarró una pequeña bolsa que parecía contener algo no muy grande, encontrándose con una imitación de su colgante. De repente, sus ojos se humedecieron ante la cantidad de recuerdos y por el gesto. Jay había invertido parte de su tiempo en hacer una réplica para ella y no tendría palabras suficientes para agradecerle. Casi temblando y con las emociones a flor de pie, se giró encontrándose apenas a unos centímetros de su amigo. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí espiándola pero en ese momento solo quería abrazarle. Quererle y darle las gracias por ser la persona que era.
Las palabras sobrabran y la mirada de Elizabeth bastó para expresar lo que sentía. Emocionada, se abalanzó sobre él y rodeó su cintura con fuerza y posesividad. -Gracias- susurró apoyando la cabeza sobre su pecho, cerrando los ojos y aspirando el exquisito aroma que desprendía su vestimenta.
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Re: The road to Majorca IV — Jay

Mensaje por James K. Strauss el Miér Jul 26, 2017 4:25 pm

Say something, I'm giving up on you.
I'll be the one, if you want me to.
Anywhere, I would've followed you.
Say something, I'm giving up on you.


Tras la  última conversación con Heimdall, James cambió radicalmente su actitud. La mayor parte del tiempo lo pasaba tostándose al sol y buceando en las cristalinas aguas de Mallorca, alejado de la multitud y de sus amigos. Se levantaba temprano, preparaba la comida o limpiaba sin poner ninguna objeción, según estuviese estipulado en el horario que Elizabeth les había entregado nada más llegar a la isla y se marchaba a la playa. Necesitaba tiempo para sí mismo, aunque lo cierto es que más de una vez, la voz de Fitzgerald se había colado en sus pensamientos. ¿Y si estaba en lo cierto? ¿Y si debía olvidar a Elizabeth y centrarse en su futuro matrimonio?

Por si fuera poco, el tema de Andrew tampoco se iba de su cabeza. Y ese precisamente, había sido la discusión que había supuesto un punto de inflexión en la relación entre Heim y Jay. Y lo que inevitablemente, había supuesto que el ex Ravenclaw pasase menos tiempo en compañía de sus dos amigos. Mirar a los ojos a Elizabeth se le hacía cada vez más complicado, no sólo por sus sentimientos, sino porque cada vez que la miraba, se sentía sucio, rastrero y pequeño a su lado. Estaba dispuesto a contarle la verdad, pero sabía que ese tema era algo que no sólo le involucraba a él directamente.
Enfadado por ser tan cobarde y tan falto de personalidad, había optado por salir de fiesta prácticamente cada noche y dejar a sus dos amigos atrás. Envidiaba a Heimdall porque las noches en las que James salía, él podía pasar su tiempo con Wellesley, aunque suponía que no harían otra cosa más que discutir entre ambos, hasta en eso los dos chicos eran diferentes.
Sin embargo, aquella tarde se marchó antes de la cala, ya que le tocaba preparar la cena y aún debía ducharse. Nada más entrar en la tienda que compartían, se encontró con una Elizabeth cercana a sufrir un estado de ansiedad. No dejaba más que buscar por todas partes el colgante que siempre portaba en el cuello. James no necesitó ni que abriese la boca para que se arrodillase a su lado y empezase a buscar. Sabía lo importante que aquel colgante era para ella e incluso invocó varios hechizos esperando que la joya apareciese, pero no dio resultado alguno.

Así que, tras cenar y lavar los platos, se encerró en su habitación, dispuesto a hacer una réplica de aquel colgante. No era tarea fácil, ya que la joya estaba formada por cristales Swarovski. Sin embargo, si algo tenía a su favor, nuestro protagonista es que le bastaba decir su nombre para que los mejores joyeros mágicos se ofreciesen a ayudarle.
Aprovechando la oscuridad de la noche y el silencio que se encontraba sumido la tienda, utilizó un translador para desplazarse al Callejón Diagon. Así, ataviado con una túnica negra y siempre alegando que era una sorpresa para su actual prometida, logró que el joyero se entusiasmase por su historia y le dejase trabajar el vidrio con sus propias manos. Para James, aquel detalle podía parecer muy estúpido, pero imaginaba que aquel regalo tendría aún más significado de hacerlo él mismo.
Por supuesto, hubo veces que quiso desistir en su empeño, pero la sonrisa de Elizabeth y sus grandes ojos de color zafiro siempre estuvieron ahí para animarle a continuar.
El regalo estuvo acabado varios días más tarde. Fue bastante caro, pues había que pagar los materiales, las horas invertidas en enseñarle y las molestias causadas y una suma adicional para mantener la boca cerrada del joyero, pero incluso con todo eso, James estaba seguro que no era nada que Wellesley no se mereciese tener.

Una vez hubo llegado a la tienda, comprobó que sus dos amigos se encontraban en sus respectivas habitaciones, a juzgar por la luz que sobresalía por debajo de la puerta. Jay se apresuró a ir hasta su escritorio, apartó varios libros del nuevo curso y buscó con la mirada, un pequeño pergamino donde escribir un par de frases dirigidas a ella. Pero todo le parecía demasiado banal o por el contrario, un texto que dejaba entrever demasiado sus sentimientos. Y sí, era probable que ella supiese lo que sentía, pero otra cosa ya era volver a recordárselo sabiendo que no era correspondido.

“A mi mejor amiga, mi confidente, aquella que sabe todo de mí y pese a eso, nunca me juzga. Sé lo que esto significa para ti y sólo espero que al llevarlo también me recuerdes, aunque quizá sea… mucho pedir. Gracias por todo, incluso todo aquello que no se puede contar”
J.


Lo leyó un par de veces y finalmente, dobló cuidadosamente el pergamino hasta dejarlo junto al paquete. Una vez hubo hecho su obra del día y sintiéndose orgulloso y a la vez temeroso por la reacción que la chica pudiese tener, salió a dar una vuelta a la orilla del mar. El sonido de las olas lograba tranquilizarle. Estuvo tan perdido en sus pensamientos, que ni siquiera se percató de la hora que era.

Se dirigió a su habitación cuando sus ojos claros vislumbraron una figura que no debía estar ahí. Sin embargo, no dijo nada, se dedicó a contemplarla desde el umbral de la puerta, deleitándose con su figura, sin poder evitar que una tonta sonrisa se dibujase en sus labios y sus ojos brillasen al verla, como de costumbre.
No supo en qué momento se dio cuenta de su presencia y pese a ser su cuarto, Jay se sintió culpable, pese a que él no era el intruso. Se percató de que el colgante se encontraba sobre sus pequeñas y delicadas manos y una mezcla de rabia y alegría se entremezcló al saber que se le había adelantado.
La mirada de ella se clavó en la suya, y ese gesto bastó para que Strauss se olvidase del mundo. Ahí sólo se encontraban ella y él. Parecía que ambas miradas hubiesen conectado y estuviesen hablando sin necesidad de palabras. James supo entonces que aquella mirada no la olvidaría nunca.

Antes incluso de poder reaccionar, sintió los brazos de ella abrazándole. Quiso separarse, decirle que aquello no estaba bien, que él deseaba más que un abrazo, pese a que los suyos siempre habían sido especiales, pero guardó silencio. Había estado tantos meses queriendo evitar encontrarse a solas con la hija de muggles, que no había sido consciente hasta entonces de lo mucho que la había echado de menos.
-Nunca me des las gracias…-susurró apartando la media melena de la joven mientras aspiraba el suave aroma a vainilla que su cuerpo despedía.-Me hubiese gustado dártelo yo, pero… imagino que es tarde para eso-sonrió, mientras sus manos acariciaban y recorrían con ternura la espalda de la estudiante de Mensekuhir.
Odiándose a sí mismo por ello, se separó de ella y cogió el colgante entre sus dedos.
--¿Me dejas ponértelo?-preguntó con una sonrisa mientras se colocaba a su espalda y pasaba la joya por su cuello para después cerrarlo con un suave click. No fue consciente de lo que estaba haciendo, pero presa de un ataque de valentía, se encontró besando la clavícula de la chica.
-No sabes lo mucho que te he echado de menos…-susurró más para sí que para ella.
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Re: The road to Majorca IV — Jay

Mensaje por Elizabeth H. Wellesley el Miér Ago 09, 2017 8:09 am

La yema de sus dedos acariciaron el filo del pergamino que contenía el pequeño y desconocido regalo. Nerviosa y con el corazón a mil por hora, desdobló el papel y sus ojos buscaron el comienzo de la nota. “A mi mejor amiga, mi confidente, aquella que sabe todo de mí y pese a eso, nunca me juzga..”, sonrió tontamente casi con los ojos húmedos y prosiguió aquella lectura que le revolcaba el corazón. No podía describir la variedad de sentimientos y emociones que recorrieron su cuerpo durante los segundos que había tardado en pronunciar el texto, se sentía cómoda, feliz y, totalmente, querida. Arrugó la carta, entrecerró los ojos y la guió hasta la parte de su corazón, la apoyó sobre su pecho y deseó abrazarle tan fuerte como si el mundo se le desmoronase en ello.
Tras observar el colgante y traspasarlo de una mano a otra feliz, como una niña pequeña que recupera un antiguo juguete, se volteó en busca del culpable de su felicidad, encontrándose con un rostro perfecto y unos ojos penetrantes que la miraban como si fuese el mejor sueño cumplido. En silencio, le miró durante largos segundos y dejó que su mirada hablase por sí sola. "Gracias, mil gracias" era lo que quería decir y no podía, sin embargo, sabía que James podía leer su mente, saber lo que pensaba en aquel instante y que no era necesario expresar con palabras la emoción que sentía.

Permaneció mirándole unos segundos más hasta que su cuerpo se aferró al suyo como un imán, algo imposible de explicar. Necesitaba su cercanía, sentir su amor y su calor. Su cabeza se adueñó de su pecho, sus brazos rodearon su espalda con timidez y cerró los ojos viviendo algo que jamás había vivido. O mejor dicho, sintiendo algo que jamás había sentido.
Gracias a los latidos rápidos de su corazón, descifró que no era la única persona nerviosa y que él también estaba sintiendo lo mismo; un cúmulo de mariposas revoloteando por su interior.
Levantó el rostro lentamente observando su barbilla para después contemplar todo su rostro desde cerca. No supo el por qué pero nada le importó en ese momento, todo parecía estar en segundo lugar excepto él, excepto ellos. Escuchó sus palabras y esbozó una pequeña sonrisa de culpabilidad. -Lo siento, no quería estropearte la sorpresa- se disculpó a medida que retrocedía un par de pasos y le extendía el colgante. -Claro, por favor- contestó ilusionada girándose y dándole la espalda para proporcionarle mayor facilidad con el enganche. Dejó caer todo su pelo hacia un lado para que no le estorbase, lo sujetó entre sus manos y permaneció parada como una estatua a que él terminase la acción. El roce de sus dedos lograron conmover las mariposas ya nombradas, sintiéndose, esta vez, al borde de un precipicio donde reina el vértigo. Sonrió a escondidas de él y disfrutó de lo ocurrido y de lo que estaba por llegar.                            
Una vez el colgante puesto, volvió a colocarse en frente de su mejor amigo y enmudeció ante su confesión. Ella también le había echado de menos, incluso al James pacífico y divertido que hacía semanas que no veía y creía no volver a coincidir con él. -Yo también te echo de menos..- confesó bajando la mirada -últimamente no pareces tú, excepto por este detalle. Te cuesta mantener la calma y te quejas por cosas y razones que nunca  has hecho. Parece que te molesta todo y no estás cómodo con nosotros. Si es así, quiero que me digas qué puedo hacer para que te sientas mejor, Jay. Me preocupo por ti y quiero siempre lo mejor para ti- añadió acortando distancia y agarró sus manos para acariciarlas. -Perdóname si he hecho algo que te haya molestado- rogó como si aquello le fuese a devolver al James que ella quería y anhelaba. -Por cierto, gracias por la carta. Es preciosa- agradeció doblándola lo mejor posible y guardándola en su bolsillo con cuidado. -Nunca me habían dedicado unas palabras tan bonitas- murmuró cruzándose de brazos y dejando la vista perdida en cualquier rincón de la habitación. Pensativa, reflexionó en esos cortos segundos que Strauss era la única persona que la colmaba de todas esas cosas que a las mujeres le gustaban, al menos a ella, y que no podía dejarlo escapar. -¿Sabes qué? Siempre eres la excepción en todo y no sé cómo tomarme eso..- reveló alzando la vista buscando su figura, aquella silueta que tan importante era para ella y que tan feliz la hacía.
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Re: The road to Majorca IV — Jay

Mensaje por James K. Strauss el Dom Sep 17, 2017 3:02 pm

Si James tuviese que definir su relación con Elizabeth sería complicado, pero se acabaría reflejando y apoyando en una sola palabra: Complicidad. La relación entre ambos jóvenes, siempre había sido única y especial.  Se conocían a la perfección, igual que las líneas que conformaban sus manos, y sólo bastaba una mirada, para que Jay supiese con exactitud qué le ocurría.
Por un momento, tuvo miedo de que al distanciarse de la hija de muggles, aquello se perdiese. Porque el simple hecho de perderla, le provocaba un nudo en la garganta, casi imposible de ignorar. Pero... ¿cómo mirarla a los ojos sabiendo que era en parte culpable de que hoy, su hermano y su propio amigo, se encontrase sin vida? ¿Cómo aparentar una normalidad que hacía mucho tiempo que no sentía cómo suya? ¿Cómo contentarse con un simple abrazo sabiendo que cada vez la chica le gustaba más y más? James creía que se acabaría volviendo loco.
Sin embargo, fue sentir el pequeño cuerpo de la joven abrazándole cuando todas sus preocupaciones y problemas parecieron disolverse en un rincón de su mente. Siempre había sido así, Wellesley tenía esa curiosa capacidad sobre él. El mundo podría estar desmoronándose a su alrededor, que si la chica le decía que todo iba a ir bien, seguido de un abrazo, la creería.

-No es tu culpa-susurró cuando mencionó que sentía estropearle la sorpresa.
-Siempre has sido más rápida que yo- comentó sonriendo. El inglés podía ser muy veloz sobre una escoba, pero ella siempre había sido la más rápida para captar todo lo que le rodeaba. James acabó por colocarle el colgante en el cuello y por un instante, se quedó en completo silencio admirando su obra.

-Vaya… ¡eres preciosa!- y no lo dijo como un cumplido ni con el objetivo de quedar bien. Ni siquiera lo pensó, para ser más concretos, le salió directamente. Porque a veces el corazón habla y cuando lo hace es imposible decirle que no.

Una sonrisa apareció en sus labios cuando dijo que también le había echado de menos. Le hubiese gustado preguntar si era cierto, y cuánto. Le gustaría preguntar si a Heimdall también, pero no sería correcto. No quería parecer un celoso empedernido, pese a que cada vez que la veía con el rubio, algo se le rompía dentro.

Chasqueó la lengua.
-Eso no es cierto, Elizabeth. ¡No puedes hacer nada!-subió el tono de voz una octava y suspiró, tratando de calmarse. Se llevó ambas manos a sus sienes y se las masajeó en círculo con la ayuda de las yemas de sus dedos. Sabía que estaba en lo cierto, que tenía razón. Pero una cosa era saberlo y otra dársela. Por una vez, Jay no quería eso. Por supuesto que le mostraba si no estaba de acuerdo en algo, pero siempre daba su punto de vista, y acababa accediendo a lo que la chica decía. Algo en él se accionó. Iba a ser diferente. Porque al fin y al cabo, si a Heim le había funcionado… ¿Por qué a él no?

-¿Quieres lo mejor para mí?-inquirió a su vez clavando sus ojos claros en los de la ex Ravenclaw. Sintió sus manos sobre las suyas, y no pudo evitarlo, acarició con su dedo pulgar acariciando el dorso de sus pequeñas y bonitas manos. Se quedó mirando ambas manos unidas, encajando a la perfección como en un rompecabezas muggle y suspiró. No tenía derecho a tratarla así, no tenía derecho simplemente porque no le quisiese del mismo modo que él.
-No, no has hecho nada… discúlpame yo…-murmuró ausente. Incluso su propia voz le sonó distante. Los ojos de ella le miraban con atención, y por una vez, no quiso ni aguantar su mirada. Asintió  con la cabeza al escuchar lo de la carta.
-Me alegro que te guste. Te mereces eso y más-le sonrió y encogió sus hombros, con naturalidad mientras la obligaba casi a sentarse a su lado, en el borde de su cama.
Río al escuchar su último comentario, haciendo que la alegría llegase a sus ojos. Para ser sinceros, hacía mucho que no se reía así. Pero le había hecho gracia, más aún por la situación. Se estaba haciendo ilusiones y le estaban quedando preciosas.

-¿Cómo deberías tomártelo?-susurró alzando su mano derecha para acariciar la mejilla de ella. Estaban demasiado cerca, tanto que él podía ver las diminutas y casi imperceptibles pecas que ella tenía en la nariz. Ambas respiraciones se entrelazaban. Subió sus manos  a su nuca, y acabó sujetándola con cuidado. Sin apenas darse cuenta de lo que estaba haciendo, unió sus labios con los suyos, rozándolos levemente sin atreverse a hacer un movimiento más brusco por si eso suponía que la joven se rompiese o se desvaneciese en el aire
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