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The road to Majorca III — Jay

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The road to Majorca III — Jay

Mensaje por Heimdall R. Fitzgerald el Vie Jun 30, 2017 1:14 pm

"En las alturas" — Afernoon — Cala d'Egos

La memoria de Heimdall no falló en esta ocasión. Que transcurrieran un par de días desde que el trío amistoso hubiera escogido la pequeña cala como destinación, no bastó para que olvidara uno de sus primeros pensamientos tras estudiar el paisaje. A diferencia de la intensidad de un primer día lleno de conflictos, los siguientes fueron mejores, pacíficos y calmados dentro de unos límites. Días de tumbarse sobre la arena, coger color y pasarse el día en remojo. Unas vacaciones. La pigmentación de Heimdall dejaba mucho que desear, pues en lugar de ponerse moreno, su piel antaño nívea lucía roja como un tomate. La crema solar sirvió de poco, tenía el cuerpo repleto de quemaduras, sobretodo en los hombros y la espalda. Diariamente, cierta señorita le recordaba la importancia de aplicarse un ungüento para tratar las zonas quemadas, y no cesaba hasta que Heimdall se embadurnaba en una crema solar poco efectiva.

La espera valió la pena, llegó su momento. Tras comprobar que tanto Elizabeth como James estaban a sus cosas en el interior de la tienda de campaña encantada, salió a hurtadillas y se dirigió hacia los acantilados que desde un primer momento conquistaron su corazón. Dejó en su habitación la varita intencionadamente, puesto que su presencia restaba peligro a la experiencia y, por ende, también emoción. En cuestión de minutos, valiéndose de un rodeo, estuvo en la cima de los acantilados que circundaban la hermosa playa, contra los que rompían constantemente las olas. Caminó hasta el límite de la roca, el profundo mar se extendía bastantes metros por debajo de él, sintió una deliciosa sensación de vértigo y adrenalina. Quizá saltara desde ahí, después de todo seguía en bañador desde la mañana. Se sentó en el límite del acantilado, con las piernas colgando en el abismo, las manos apoyadas sobre un suelo de roca y moho. Cerró los ojos, notando como una brisa estival soplaba y erizaba el vello de sus brazos. Paz.
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Re: The road to Majorca III — Jay

Mensaje por James K. Strauss el Sáb Jul 01, 2017 6:18 am

Contra todo pronóstico, James había salido aquella noche. Lo extraño en él es que lo había hecho solo. Espero que sus amigos cayesen profundamente dormidos, para salir a hurtadillas de la tienda. No sabía exactamente adónde ir, así que dejó que la maravillosa isla de Mallorca, le engatusara y dejó que sus pies eligiesen el camino.

Se sentía bastante mal por dejar a Eli y a Heim atrás, pero necesitaba tiempo para sí mismo. Los últimos acontecimientos habían provocado que Jay viese a sus amigos de manera diferente. ¿Y si no eran imaginaciones de su mente? ¿Y si esos dos tenían sentimientos el uno por el otro?

James te vas a casar, debería darte igual…, se dijo mientras volvía a sentir un extraño vacío en el pecho, que hacía meses prácticamente que no le dejaba ni a sol ni a sombra.
Aquella noche, se permitió el lujo de no pensar, se dio a la bebida e incluso conoció a unas bonitas turistas españolas con las que estuvo tonteando toda la noche. Sin embargo, el recuerdo de Elizabeth no se iba de su mente ni aunque hubiese acabado ya con los mojitos y pretendiese atacar los cócteles.

Cuando despuntaba el alba, volvió dando tumbos hacia la tienda. Estaba dispuesto a confesar a sus amigos que se marcharía al día siguiente, y con ese pensamiento se quedó dormido.
Al abrir los ojos con un dolor de cabeza, sólo comparable al haber escuchado los gritos de una Mándragora durante horas, se dirigió a la cocina. Fue vislumbrar a Elizabeth cargar un voluminoso libro para hacer la comida, cuando decidió volver sobre sus pasos.

Buscó a su amigo con la mirada, pero no le encontró. Fue entonces cuando una idea acudió a su mente. No podía ser, se dijo.
Caminó por la playa, maldiciendo su estúpida idea de la noche anterior y también a Heimdall. El sol ya pegaba fuerte, por lo que apresuró el paso y se encaminó a los acantilados. La espera fue fructífera, ya que sentado en las rocas con las piernas en el abismo, se encontró con la figura que buscaba.
-¡Así que estás aquí…!-exclamó esperando no asustarle.-¿Qué haces aquí solo? ¿Por qué no me has avisado?-preguntó sin atreverse a tomar asiento en ningún momento. Era irónico, porque lo que ahora reprochaba al chico, él tampoco había contado con su presencia la noche anterior.
Se frotó el rostro con aire, somnoliento.

-Elizabeth estará preocupada. Será mejor volver antes de que se dé cuenta de que no estamos. Es capaz de avisar al Ministerio de Magia-lo que pretendió ser un comentario para sacarle una sonrisa, podía ser perfectamente verdad. La joven era muy protectora con ambos.

Le dolían los ojos, la cabeza e incluso el cuerpo lo sentía pesado, pero fingió que se encontraba perfectamente, lo que menos necesitaba es que sus amigos se diesen cuenta del resacón que llevaba encima.
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Re: The road to Majorca III — Jay

Mensaje por Heimdall R. Fitzgerald el Sáb Jul 01, 2017 7:20 am

Heimdall sería incapaz de afirmar el momento exacto en que comenzó su obsesión por las grandes alturas, pero recordaba numerosas tardes escapándose del orfanato para escabullirse hasta un despeñadero próximo a la institución. Quizá empezara con los altos nogales que abundaban en el orfanato, Heimdall no abandonó el lugar sin antes haber escalado todos los árboles, ignorando las constantes regañinas de cierta monja por la que sentía especial inquina. En el abismo disfrutaba un sentimiento de emoción que recorría su cuerpo, que ayudaba de algún modo a controlar los constantes envites de ira. Quería saltar, y seguramente lo haría, aunque las rocas afiladas y enterradas bajo la arena le preocupaban, tampoco quería partirse las piernas. La elevada posición le permitió observar mejor el entorno, el azul celeste de las aguas que oscurecía a medida que aumentaba su profundidad, la tienda de campaña, que parecía minúscula desde las alturas. Disfrutó cada segundo que pasó en el acantilado, con sus piernas desnudas oscilando en el aire sin temor alguno.

Escuchar una voz a sus espaldas aceleró su ritmo cardíaco, pero pudo disimular fácilmente. — ¿Por qué no me avisaste tú anoche? — respondió, deleitándose con su expresión sorprendida. — Recuerda que estás hablando con el rey de la fiesta, Jay Jay, yo ya me escapaba a hurtadillas cuando tú eras solo un bebé — exageró, sin saber cómo sentirse. Por una parte sentía orgullo por la independencia que demostró su amigo, y por otra preocupación, pues un comportamiento tan insólito significaba que seguía en conflicto consigo mismo. La brisa soplaba constantemente, fresca y revitalizante, otro beneficio de las grandes alturas. Sus advertencias, aunque tampoco fueron ninguna sorpresa, consiguieron que el aludido pusiera los ojos en blanco. — Sí que es capaz — afirmó, siguiendo la broma, riéndose después. — pero vamos a dejar que se preocupe por una vez, siéntate aquí conmigo — ofreció, moviéndose sin reparo en el filo de la roca, desplazándose hacia la derecha para hacer hueco a su amigo.

Su mirar celeste contempló de nuevo el paisaje. — Buenas vistas, ¿verdad? — preguntó, relajado. Desvió la mirada sobre su amigo, aguantándose la risa. — Merlín, tienes una cara terrible — exclamó tras reconocer los mismos síntomas de la resaca que tenía por costumbre identificar en su propio reflejo. — ¿Qué tal anoche? ¿Triunfaste? — . Sus cejas ascendieron y descendieron, sugerentes. Desde siempre se mostró muy predispuesto a impulsar la vida amorosa de su mejor amigo, siempre con el objetivo de conseguir que olvidara a cierta chica que ambos conocían muy bien.
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Re: The road to Majorca III — Jay

Mensaje por James K. Strauss el Sáb Jul 01, 2017 11:46 am

La pregunta de Heimdall le pilló desprevenido. La culpabilidad volvió  hacerse presente y tras un momento en silencio donde James aprovechó para pensar en cómo salir de esa incómoda situación se decidió a hablar.
-Así que… esas tenemos ¿eh? Si yo no lo hago, tú tampoco…-murmuró por una parte divertido, y por otra, molesto.-¿Cómo lo sabes?No te lo dije porque necesitaba pasar el tiempo solo, ordenando mis pensamientos, además, estabas agotado, te dormiste pronto- comentó sincero, aunque a decir verdad, había otra razón oculta, pensó que al irlandés le vendría bien pasar un tiempo a solas con Wellesley, pero evidentemente, eso se lo guardó para sí.

Esbozó una pequeña risa al escuchar que ya de crío se escapaba para irse de fiesta. A su mente acudió la imagen de un niño totalmente rubio, con más pintas de alemán o sueco escondiéndose de cualquiera para irse a parques infantiles. La sola idea le causó gracia.

Dudó un instante antes de tomar asiento a su lado y posó su mano derecha en la rodilla de él cuando sus ojos repararon en la altura en la que se encontraban. Nunca había padecido de vértigo, pero por un momento, tuvo miedo de precipitarse al vacío si se resbalaba o colocaba un pie en falso.
-No me gusta preocuparla, pero ésta bien, es mejor estar aquí que en casa- se le escapó en un repentino ataque de sinceridad.

La tienda era maravillosa, tenía todo lo necesario para los tres y en poco tiempo, Jay la consideraba como su casa. El problema venía con las personas que habitaban la casa. Estaba Elizabeth, y a James le costaba cada  vez aparentar una normalidad que estaba muy lejos de sentir. Verla cada día tan cerca, en bikini, tomando el sol y llevando esas camisetas tan cortas, se le hacía muy complicado no quedarse embobado mirando su figura. Al menos en Mensekuhir o en Hogwarts, las largas túnicas no permitía que se viese mucha piel, aunque a decir verdad, a James no le hacía falta mucha imaginación para eso. La quería y la adoraba por supuesto, pero en especial, admiraba a esa chica, y supuso que esa era la clave para querer a alguien: La admiración mutua.
Quería a Elizabeth con locura, no sólo físicamente, sino también más allá. Incluso habiendo visto la peor parte de la joven, la seguiría eligiendo a ella cada día.

Dejó escapar un suspiro, mientras su mirada recorría el lugar. Asintió brevemente con la cabeza, las vistas simplemente habían logrado que se quedase sin habla.
-Es impresionante…-dijo con clara devoción en la voz. El agua se veía cristalina incluso a esa distancia y Strauss deseó zambullirse en ella casi al instante. La vegetación de ese verde característico, provocaba que de no haberlo sabido, el joven pensase que se trataba de un lugar lejano o que incluso aquello estaba sacado de una película de ensueño.

-Me hubiese gustado nacer aquí… incluso la comida, las mujeres, ese acento español al hablar inglés es delicioso. Nada que ver con el frío Londres-encogió sus hombros. Era el primero en defender su tierra, pero no entendía porqué en Londres solían ser tan secos con el prójimo, era algo con lo que no se identificaba. Probablemente fuese el tiempo, tan lluvioso y tan húmedo podía acabar con el ánimo de las personas que allí vivían.
Sus ojos se clavaron en el rostro de su amigo y le pegó un manotazo en el pecho.
-Vaya, gracias, Fitz… yo también te quiero… -dijo con diversión en la voz mientras ponía morritos como si fuese un pez como si quisiese besar su mejilla.-Por lo menos estoy mucho más moreno que tú, cangrejo-bromeó, guiñándole un ojo.

Al escuchar su siguiente pregunta, James se sonrojó por completo. Era extraño, era capaz de mantener una conversación sugerente e incluso tratar el tema del sexo con naturalidad, pero siempre sus mejillas acababan tiñéndose de un intenso rubor.
Pese a todos los años que había pasado al lado de Heimdall, nunca se acababa de acostumbrar a sus preguntas acerca de su situación sentimental. Era lógico que tuviese curiosidad, pero el chico parecía tener un interés demasiado alto con lanzarle a los brazos de cualquier mujer que le dijese qué bonitos ojos tienes.

Bajó la vista hacia sus dedos, y asintió, azorado.
-No estuvo mal… ¡no es lo que piensas!-se apresuró a decir antes de que la pervertida mente de su acompañante se dedicase a imaginar cosas que no habían tenido lugar, y no porque no pudiese, sino porque no quería.
- Simplemente les dejé que me invitaran a unas copas…-encogió sus hombros y sonrió-No me acuerdo mucho del resto- aquello era cierto a medias, porque cada vez que recordaba a las chicas le venía a la cabeza el recuerdo de Elizabeth y lo mal que lo había pasado cuando ellas se le habían acercado tanto al rostro porque él sólo era capaz de ver a su amiga, eso sí que no se había borrado de su memoria, pese a las dosis de alcohol que había bebido.

-¿Y tú qué?-le miró sin poder evitar una sonrisa pícara.- No te atrevas a negarlo, he visto cómo la miras…-susurró, cómplice, sin poder evitar un tono nostálgico en la voz.  
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Re: The road to Majorca III — Jay

Mensaje por Heimdall R. Fitzgerald el Sáb Jul 01, 2017 2:58 pm

Sus cejas se alzaron y sus labios compusieron una expresión enigmática. — Secreto de estado —. Fue su respuesta, mostrándose reacio a manifestar sus verdaderos pensamientos. «Lo sé porque te conozco desde que tenías once años, y tu cara es para mí un libro abierto».

Triunfal, asistió a James cuando accedió a preocupar a Elizabeth sentándose junto a él, aunque lo hiciera tras pronunciar uno de los comentarios bondadosos tan típicos de su persona, aliñado por un ingrediente nostálgico que no pasó inadvertido para el irlandés. En lo referente a sus sentimientos por Eliza, el inglés nunca supo disimular bien y siempre demostraba cierta tristeza enfocada a su situación romántica, pero últimamente la tristeza dominaba cada uno de sus actos, y a Heimdall le amargaba que así fuera, pues parecía que nunca superaría la fase de enamoramiento. Por el contrario, a pesar de los conflictos y las mentiras, Heimdall se sentía feliz la mayoría de los días. Estaba de vacaciones, viviendo junto a sus mejores amigos en una isla paradisíaca, ¿por qué complicarse la vida? tenía el resto del año para complicaciones.

Por un breve pero grandioso instante, ambos permanecieron en silencio mientras contemplaban el paisaje, y a su memoria acudieron recuerdos de una época lejana, cuando los tres amigos recorrían los terrenos de Hogwarts junto a Andrew en busca de nuevos lugares en los que entretenerse durante sus horas libres; Los exalumnos de Ravenclaw encontraban un excelente lugar de lectura bajo la sombra del mismo árbol que Heimdall intentaba escalar, mientras que Andrew se dedicaba a devorar las golosinas que tanto le gustaban. Viejos tiempos, buenos tiempos. — ¿Nacer aquí? — repitió, frunciendo el ceño. El turismo que realizaron fue mínimo, y aunque coincidía con la opinión de James sobre la gastronomía, el tiempo y por supuesto, las mujeres, discernía bastante en la conclusión general. — Está bien para unas vacaciones, pero no me gustaría vivir aquí. Demasiado sol, es un suplicio — contestó, tan acostumbrado a los nubarrones grises que encapotaban los cielos londinenses y a las constantes lluvias de Singapur, que le costaba asimilar el clima tan caluroso y despejado que ofrecía España.

Tras el "cumplido" dedicado a James, Heimdall recibió una merecida reprimenda que normalmente no le hubiera dolido tanto, de no tener el pecho rojo e irritado debido a la exposición a los rayos de sol. — Ten cuidado hombre — se lamentó, apreciando como la marca de la mano contraria permanecía por unos segundos sobre su pecho, blanco contrastando con rojo. Su amigo no mintió, aunque la verdad fue dolorosa. James lucía el bronceado isleño que Heimdall desearía tener para sí mismo. — Ni me lo recuerdes, menudo timo, la última vez que deposito mi confianza en un producto muggle — protestó. Su mirada descendió, observando la amplitud de las paredes rocosas antes de perderse en la profundidad de un mar en calma.

Conversar sobre su vida amorosa tuvo el mismo resultado que siempre, un James tímido y tan colorado como los hombros de cierto irlandés. — Date prisa hombre, como sigas así te morirás virgen — se burló, no sin cierto apego en la voz. — ¡Una chica no te invita a una copa si no quiere marcha! — exclamó, riéndose después, haciendo resbalar un par de pequeñas piedras que cayeron hasta hundirse en el mar. — En realidad, suele ser al revés, pero también aplica en tu caso —. No pudo evitar pensar en Elizabeth, y en lo mucho que se molestaría de estar escuchando la conversación entre ambos. La patata caliente fue devuelta, y  Heimdall se puso nervioso tras la afirmación contraria, que tomó más bien como una acusación. — ¿De qué vas, James Kenneth Strauss? — cuestionó, muy ofendido. —  No vuelvas a acusarme de algo así. Te reconozco que últimamente la he mirado porque está bien, es guapa y pasa mucho tiempo en bikini, pero no es mi tipo, aún parece una niña pequeña — se defendió. Su corazón latía con fuerza, agradeció que solamente él pudiera oírlo — Jay, sé que la quieres, pero últimamente estás insoportable. Anímate hombre, disfrutemos de las vacaciones, olvídate de ella — pidió, renunciando a la oportunidad para confesar sus sentimientos. No podía hacerlo, no quería terminar de hundir en la miseria a su amigo, y tampoco estaba preparado para conocer la reacción de Elizabeth.
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Re: The road to Majorca III — Jay

Mensaje por James K. Strauss el Mar Jul 04, 2017 6:29 am

Conocer tanto a Heimdall supuso que James casi supiera lo que iba a decir antes de que él propio Fitzgerald lo dijese.
- Disculpa por no querer tirarme a los brazos de la primera que paso. ¡No me voy a morir virgen! Para empezar…-guardó silencio de pronto al percatarse que de haber seguido la frase, habría roto los votos que habían acordado nada más llegar a la isla. Nada de mencionar la boda.- Bueno, da igual…-hizo un ademán con la mano como si quisiese quitare importancia, mientras buscaba tranquilizarse. Estaba claro que el rubio y él siempre tendrían opiniones contrarias sobre ese tema. Jay no acababa de entender bien porqué el chico se preocupaba tanto. Además, de haberle hecho caso, tendrían que lamentar males mayores, siempre había sido así. El pobre Andrew lo certificaba.

Andrew… ¡cuánto habías disfrutado de estas vacaciones! No sabes lo mucho que te echamos de menos, pensó con un nudo en la garganta. Vislumbró el paisaje, la inmensidad de esa preciosa cala a sus pies, y volvió a sentirse terriblemente culpable y sucio. Sucio por querer llevar una vida como la de cualquier joven de su edad, sin percatarse siquiera de que Drew siempre se quedaría con sus 18 años, no vería a su hermana crecer, casarse o tener hijos. Ni siquiera, su cabello castaño se cubriría de blanco, sus piernas no le fallarían por el peso de la edad y la falta de calcio no estaría nunca presente en sus articulaciones, siempre cubiertas de más grasa que la necesaria. El chico esbozó una amarga sonrisa. Él había fallecido por su culpa, se había llevado uno de sus mayores secretos a la tumba, un secreto que antaño había parecido vital, ahora lo conocían todos sus amigos.
-Mientes. Como mentiste en la cala mientras jugábamos al “Yo Nunca”. ¿Sabes? Puedes pensar que estoy loco, que soy raro o que estoy chapado a la antigua, pero sé reconocer lo que ahí a la legua. Puede que a ella, tan ingenua como de costumbre, la engañes, a mí no. Sé que hay algo ahí y no pararé hasta descubrirlo- el tono de su voz fue firme.- Creía que confiabas en mí…-murmuró bajando la voz hasta que fue sólo un leve murmullo.

Su último comentario se clavó en su corazón y casi le dolió más que mil dagas atravesándole sin compasión, una y otra vez. La suave brisa marina azotó su rostro, y casi agradeció aquella pequeña bofetada de aire fresco.

-¡No puedo! ¿Es que no lo entiendes?!-  explotó,de haber podido habría zarandeado al irlandés con todas sus fuerzas.- Está permanentemente con nosotros, no es que su presencia me incomode, pero en Singapur era más fácil evitarla. –tragó saliva y miró al suelo.
-No quería venir de vacaciones y si he venido no ha sido por ella, por dejar espacio a mis padres o por mí, no. He venido por ti, porque sé que no puedes volver a casa y porque si no venía… no entenderías lo que estaba pasando. Somos tu familia.- comentó sincerándose. Cada palabra que salía de su boca, tenía un efecto más devastador sobre su persona.

-No espero que lo entiendas. Sólo no te entrometas y ya está. Puedo solo. Llevo desde los 11 años ¿no?- al decirlo, se sintió estúpido. Podían haber pasado los años, pero los sentimientos eran igual o incluso más fuertes que el primer día. Había visto a Elizabeth crecer, conocía sus sueños, deseos y temores a la perfección, y sin embargo, siempre se sorprendía a sí mismo encontrando algo, aunque fuese un simple detalle imperceptible al resto, que le atraía más aún.
- Dicen que sólo se ama una vez, y que el resto de veces, intentamos encontrar algo que nos haga sentir y recordar lo vivido, aunque nunca sea así. Yo no sé si eso es cierto, ni siquiera me he besado con nadie de verdad con lengua y esas cosas… sí, puedes reírte- encogió sus hombros y fijó su mirada cristalina en la suya. Acababa de tener una idea, loca, estúpida, pero estaba seguro que resultaría.
-¿Qué se siente, Heim?- le miró con intensidad, buscando respuestas mientras encogía sus piernas y se sentaba como un indio al filo del acantilado.- A veces, tengo miedo de hacer el ridículo…-volvió a confesar mientras posicionaba su mano izquierda en la rodilla de su compañero.

-Siempre has querido ayudarme ¿verdad? Eres la persona con más experiencia que conozco, y aún a riesgo de que quieras tirarme por el acantilado al saberlo, estoy seguro de que Andrew se mostraría orgulloso de ti.-tragó saliva, inesperadamente nervioso. El recuerdo del fallecido no ayudaba en absoluto a quitar tensión al momento.

-¿Pu…edo…. Pu…edo besar…te?- la voz se le entrecortó y Jay tuvo serias dudas de que su amigo le hubiese escuchado. Si había alguien con quien pese a todo, James pudiese encontrarse cómodo, aparte de Wellesley, esa persona era Heimdall.
-Por favor, por favor, por favor- casi suplicó en un tono lastimero mientras le miraba a los ojos como un cachorrillo abandonado bajo la lluvia.

 
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Re: The road to Majorca III — Jay

Mensaje por Heimdall R. Fitzgerald el Vie Jul 07, 2017 10:05 am

El mayor inconveniente de conocer profundamente a una persona es que, en la mayoría de casos, la relación es recíproca. Asumiendo la exposición de su rostro a ser leído como un libro abierto, Heimdall se esforzaba mucho en lograr que sus embustes sonaran convincentes, en especial aquellos dirigidos a sus mejores amigos. Sus cejas, rubias y espesas, ascendieron tras la acusación. — No miento ahora, mentí entonces para no levantar sospechas, y debiste hacer lo mismo —. Su voz no reflejó rastro alguno de culpabilidad, más bien un orgullo basado en la agudeza mental que demostró tener en el citado instante. Una risa, cínica y veloz, escapó desde su garganta. — Tú eres tan ingenuo como ella, a veces incluso más —. No permitió que su expresión demostrase inquietud tras las increpaciones de James, aparentando una indiferencia que aprendió a pulir con el transcurso de los años. — Yo creía que tú confiabas en mí, pero no dejas de acusarme y de molestarte conmigo. Adelante, inspector Kenneth, investiga cuanto quieras, solo encontrarás humo —. Colocó ambas manos sobre sus hombros y frotó la zona cariñosamente, esforzándose por apartar la mirada de la pequeña tienda de campaña, en la que Elizabeth estaría preguntándose dónde se encontraban el par de amigos. — Últimamente estás paranoico, Jay Jay relájate, estamos de vacaciones — le recordó. Como evidencia, estiró los brazos hacia el abismo, abarcando con el gesto las aguas cristalinas y el terreno de arena blanca, tan hermoso como el primer día.

Su imperativa no recibió como respuesta la afirmación que, aun siendo un imposible, sería motivo de dicha para el huérfano. Tantas veces se halló deseando que James olvidara a Elizabeth, que la brigada de magos desmemorizadores borraran de su mente el amor que la joven suscitaba, resultando de la intervención un camino de rosas para el rubio, con cero complicaciones por delante. Debió sentirse halagado tras la confesión de James, pues el mago inglés estaba en lo cierto, para Heimdall pasar las vacaciones junto a sus mejores amigos tenía gran importancia, puesto que no contaba con una familia esperándole en casa. Respecto a su hermano mayor, demasiado ocupado para abandonar su posición en el trabajo por algo tan "trivial" como unas vacaciones de verano. Estaba solo. Lejos de tomarse las palabras de James como un halago, las asumió con cierta molestia, no soportaba que la gente sintiera pena por él. — No quiero que estés aquí por mí. Quiero que estés aquí por ti mismo, y no puedo creerme que insinúes que sufres aquí con nosotros, tus amigos. ¿Es que estarías mejor con tu otra familia? — increpó — Son unos aburridos, James, siempre tan formales.. nosotros somos mucho más divertidos, bueno, Elizabeth no tanto, pero yo sí — agregó en voz baja, temiendo que su amiga tuviera la capacidad de escuchar la conversación con solo aguzar el oído desde la minúscula tienda de campaña.

No supo cómo sentirse cuando James comenzó a hablar sobre besar, haciendo pública su inexperiencia e incluso solicitando su opinión al respecto. Por una parte, su orgullo creció tras proclamarse el experto de los tres en lo referente a "contacto humano" pero, sin embargo, la conversación estaba volviéndose demasiado íntima y personal para su gusto. — No — respondió instantáneamente tras la solicitud, con su par de ojos celestes abiertos como platos. — No, no, no y no — repitió, insistente, temiéndose que la negativa no quedara suficientemente clara. — ¿Te has vuelto loco? — preguntó turbado, alejándose de su amigo tanto como el acantilado permitió. — ¡Practica con el antebrazo como todo el mundo! — gritó, levantándose y retrocediendo unos diez pasos, negando con la cabeza mientras una bombilla iluminaba su mente con una idea fabulosa. — Menudas ideas tienes, prefiero arrojarme por el acantilado antes que besarte —. Poco a poco, su expresión de asombro fue sustituida por una sonrisa ladina.—Y, de hecho, eso haré —. Quiso saltar desde que descubrió la cala, pero James le regaló la ocasión perfecta para hacer realidad sus deseos, agregando cierta espectacularidad a su salto debido a las circunstancias.

Mató la distancia corriendo y saltó justo cuando sus pies descalzos rozaron el límite del acantilado. El tiempo se ralentizó durante los segundos que permaneció en el aire previo a ceder ante los caprichos de la gravedad, cayendo en picado contra el mar. El golpe dolió, mas no lo suficiente como para romperse algo, y se hundió como una piedra, alcanzando la profundidad de las aguas antes de impulsarse hacia arriba. Renacido. Volvió a la superficie, sus pulmones agradecieron el aire y su sangre la adrenalina que aceleró su ritmo cardíaco.

Desde el agua, su amigo era poco más que una silueta.
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Re: The road to Majorca III — Jay

Mensaje por James K. Strauss el Miér Jul 26, 2017 6:15 pm

Desde que había sucedido el fallecimiento de Andrew, James había admirado, envidiado y odiado a partes iguales lo tranquilo y lo bien que parecía llevar el hecho de que el grupo de amigos se hubiese visto reducido de 4 personas a 3.
Parecía tan seguro de que debería guardar silencio, que al propio Jay se le revolvió el estómago.
-A diferencia de ti, yo no la puedo mentir, no por más tiempo, Heimdall-sus ojos azules buscaron los de su amigo. Era cierto cada vez que discutía o mentía a Elizabeth, ya fuese para protegerla o no, se sentía peor que mil Crucios atravesando su cuerpo.
-¡No soy ingenuo! Tantos años a tu lado me han hecho conocerte, sé cuando te importa alguien más de lo que te gustaría admitir-volvió a decir en un tono de voz sereno, mientras su mirada repasaba el rostro de su acompañante, tal vez buscando algo, cualquier gesto que le permitiese decantarse por una opción que reafirmase sus sospechas.

Frunció el ceño y respiró hondo, buscando tranquilizarse. Aquel encuentro parecía estar destinado a una nueva discusión, reproches y más reproches. James estaba cansado de eso, pero tampoco podía hacer oídos sordos y mirar a otro lado cuando no estaba en absoluto de acuerdo con como se estaban desarrollando los acontecimientos. Tal vez Heimdall tenía esa personalidad tan arrolladora y ese carácter tan peculiar porque de pequeño no había tenido a nadie que le dijese lo que era correcto o no. Sólo se había tenido a sí mismo. Pero… eso había cambiado. Aquel niño rubio de aspecto angelical ya no era tan niño, tenía uso de razón y tenía a sus dos amigos que constantemente ejercían funciones de Pepito Grillo con tal de llevar al ex Gryffindor por el buen camino.
Sin embargo, Strauss se estaba cansando de ese rol. A veces creía que el chico no se percataba de nada, que simplemente era un inconsciente y otras veces, creía que disfrutaba poniéndole contra la espada y la pared. Sintió las manos del irlandés sobre sus hombros y se relajó un tanto.

Está bien, debían tener la fiesta en paz, pensó mientras su mirada recorría ahora la espectacular vista de la cala a sus pies.
Cuando nuestro protagonista mencionó en un ataque de sinceridad el motivo por el que había aceptado a acompañarles en sus vacaciones, sintió que había cometido un error diciendo eso en voz alta.
-No pretendía molestarte.-empezó a decir pero al escuchar que Elizabeth era menos divertida que él, consiguió que esbozase una sonrisa. Era peor que un crío. Podía discrepar al respecto. Elizabeth era una persona muy divertida también, pero Heim estaba más preocupado de meterse con la joven que de escuchar lo que realmente buscaba decir.
-Exacto. Son mi familia. Y por eso no quiero que hagas ningún comentario negativo hacia ellos-alzó las cejas buscando dar un mayor énfasis a sus palabras mientras pensaba qué tenia el joven rubio que él no tenía. Era tan seguro de sí mismo cuando estaba con alguna mujer, podía tener a quién desease antes, y él…

Fue entonces cuando se le ocurrió aquella idea tan loca, que ocasionó que James mirase a su mejor amigo con otros ojos. Decepción. Dolor. Sorpresa. Una mezcla de sentimientos fue lo que se reflejó en su rostro. No podía ser. Aquella persona a la que él consideraba el hermano que nunca había tenido, le había rechazado. Pero eso no era lo que más dolía, al fin y al cabo él no estaba enamorado de él y ni mucho menos se sentía atraído por los hombres. Lo que más le escocía saber es que había rechazado ayudarle, él, que había hecho todo lo que estaba en su mano por ayudar al joven, no se había visto reflejado.

Cerró los ojos, escuchando como cada negativa se clavaba en su consciencia. Conocía lo suficiente a Heim para saber que ese hecho se lo recordaría el resto de su vida pero no esperaba que le dijese tantas veces que no. ¿Acaso con una no era suficiente? ¡No estaba sordo!
Con su reacción, James no pudo evitar sentirse más estúpido, pero no dijo nada. Bajó la vista y miró sus propios pies.
-¡Espero que te despeñes!-soltó con furia, al escuchar por cuarta vez otro no y saber que prefería tirarse por el acantilado antes de besarle. Ni que tuviese sida.

Ante sus atónitos ojos, se percató de que la figura de su amigo tomaba impulso, saltaba en el aire y se precipitaba al vacío desde esa altura. Por un momento, el chico olvidó su enfado y pareció respirar, aliviado, cuando vio una pequeña motita emerger a la superficie.
Quería marcharse. No sólo era un estúpido, sino también un suicida. Sin embargo, sus pies parecían anclados a aquel acantilado. Cogió la varita del bolsillo trasero de sus shorts vaqueros y tras hacer un ademán, consiguió que a su alrededor se formase una especie de burbuja que le permitía caminar sobre el agua sin necesidad de mojarse.
Tras unos instantes, logró alcanzarle y le miró, enfadado.

-Gracias por nada Heimdall.  Ahora entiendo a Andrew. Te da igual todo. Sólo te importas tú y tu asquerosa reputación. Le pienso contar a Elizabeth la verdad, aunque me odie y no quiera saber nada más de mí. Prefiero eso a tenerla tan engañada como la tienes tú-explotó una vez se hubo cerciorado visualmente que el chico no había sufrido daño alguno en la caída.  
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Re: The road to Majorca III — Jay

Mensaje por Heimdall R. Fitzgerald el Jue Jul 27, 2017 9:55 am

La amistad de Heimdall acarreaba una lista de inconvenientes que debían asumirse, en caso de encariñarse con el irlandés. Seguramente mentiría, decepcionaría y preocuparía a cualquiera que se atreviera a permitir que entrara en sus vidas, poniéndolas patas arriba. No podía evitarlo, la mayoría del tiempo ni lo hacía con mala intención, simplemente fluía sin esfuerzos. Como su respiración. Los actos suicidas, uno de los inconvenientes, Heimdall se entregaba a la diversión sin límites, y probablemente moriría joven a causa de sus insensateces. De momento, la suerte estuvo de parte del rubio, pero sería cuestión de tiempo que una de sus escaladas, saltos o borracheras salieran mal, derivando en el peor de los resultados. A veces no le importaba. A veces la vida le pesaba demasiado, sobretodo la conciencia, y seguir solamente valía la pena por James y Elizabeth. Donde estuvieran ellos, él estaría también, de hecho, la idea de abandonar sus estudios rondó por meses en su cabeza, y si no cometió la irresponsable decisión, fue porque Mensekuhir le mantenía cerca de sus mejores amigos.

La caída, ese instante efímero en que su cuerpo se precipitaba hacia un futuro incierto, era lo que Heimdall más disfrutaba. Un rápido descenso, el viento clavándose en su rostro y despeinando su cabello, su cuerpo a contracorriente del mundo antes de impactar contra la superficie que esperara al final, agua en este caso. Por un momento, hasta creyó que James estaría dispuesto a saltar también, pero no tardó en distinguir como una burbuja de grandes dimensiones descendió hasta posicionarse sobre el mar, protegiendo de mojarse a su creador. Con decepción, y una mueca de burla, Heimdall observó a su amigo desde el agua, cuya agitación movía su cuerpo constantemente en el sentido de las olas, obligándole a hacer fuerza para no dejarse arrastrar por ellas.

Las duras declaraciones de James le desconcertaron. Creía que estaban bien, que estaban divirtiéndose. Sus mirar celeste se encontró con el contrario, cuestionando y maldiciendo a partes iguales. El enfado y el dolor convergieron en su cerebro, retrasando una reacción que no supo como manejar. Normalmente, se limitaría a enfadarse, pero por desgracia uno no puede evadir el dolor, cuando las ofensas provienen de una persona que aprecia. —¿Por qué mierda me hablas así, solo porque no te he besado?—preguntó, matando la distancia que se interponía entre ambos, nadando en su encuentro. No podía permitirse perder a sus amigos, y contar la verdad sobre Andrew.. supondría el fin de todo, todo lo que merecía la pena en su vida se esfumaría cuando Elizabeth supiera la verdad. No, no se lo permitiría.

Aun sin ser especialmente diestro en magia no verbal, consiguió romper la burbuja que envolvía a su amigo, provocando que cayera de nuevo en el agua, con ropa incluida. Ventajas de estudiar en Mensekuhir, dedicaban mucho tiempo a estudiar a fondo la naturaleza de los encantamientos, y por tanto aprendían bien como deshacerse de ellos. Tomó su rostro con ambas manos y besó sus labios, sin recrearse, lo suficiente para que comprendiera lo que estaba a punto de decir después. Fue extraño, nada comparable a la excitación que sentía cuando besaba a una mujer, y más considerando que se conocían desde niños. —No pongas la boca tensa, se nota. Comienza despacio, no seas abusivo con el uso de la lengua y si vas a usarla, no la dejes quieta en la boca de la otra persona, es asqueroso. No salives demasiado, prueba con varios besos de distintas duraciones, mueve la cabeza.. pero no mucho, lentamente— aconsejó, cambiando rápidamente de tema, pues no terminaba de creerse lo que acababa de hacer. Sacó las manos del agua. —Usa las manos, a veces te arriesgas a ganarte una bofetada, pero la mayoría de las veces funciona— advirtió.

James— colocó una mano sobre su hombro, húmedo. —No se lo cuentes a nadie, aplica para las dos cosas, o te las verás conmigo y te aseguro que no te gustará nada— amenazó a su mejor amigo, al que quería con locura, mirándole directamente a los ojos, siendo sincero como pocas veces. —Ya me contarás, espero que uses mis consejos con una española guapa—. Le guiñó el ojo y, antes de que las cosas volvieran a ponerse feas, tomó la sabia decisión de alejarse nadando para ser el primero en ocupar la ducha de la tienda de campaña.
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