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The road to Majorca II — Jay&Eli

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The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por Heimdall R. Fitzgerald el Dom Jun 25, 2017 3:41 pm

Recuerdo del primer mensaje :

"La primera noche" — Night — Cala d'Egos


Se precisó de ruegos, explicaciones y disculpas para conseguir que Elizabeth perdonase el accidente. Con menos insistencia, también pidió disculpas a James, concretamente por el comentario que dejó escapar con fines maliciosos. Las horas transcurridas, además de llevarse el sol, también sirvieron para limar asperezas y demostrar a los tres amigos que su pelea fue una completa estupidez, algo que no merecía la pena volver a mentar.

Con renovadas esperanzas en las vacaciones de verano, Heimdall preparó todo para que la primera noche fuera inolvidable. Valiéndose de su varita, encendió una hoguera cerca de la tienda de campaña y sacó de la nevera un par de cervezas frías que tenía preparadas para la ocasión. La brisa nocturna soplaba y convertía la noche en un ambiente mucho más ameno que el sofocante día. La noche prometía, y Heimdall intentaría morderse la lengua para no estropearlo, como hacía con todo desde que tenía la capacidad de hablar y de moverse.

Las horas previas a la noche estuvo en su habitación, reflexionando mientras deshacía el equipaje sin ningún orden, esparciendo la ropa y buscándole cualquier sitio. La única de sus pertenencias que recibió un trato decente fue la guitarra, imprescindible en cualquier trayecto, Heimdall no podía vivir sin ella. ¿Y qué sería una hoguera en la playa, sin una guitarra? Heimdall la guardó en su funda negra y la bajó con él, dejándola sobre la arena a una distancia prudente de la hoguera. Se sentó en posición india, esperando a sus amigos mientras contemplaba las llamas que nada tenían que ver con sus ojos azul cielo.


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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por James K. Strauss el Mar Jun 27, 2017 1:41 pm

No supo en qué momento había desembocado todo en que él se convirtiese en protagonista. Normalmente, ese papel estaba reservado para Heimdall. Aunque a decir verdad, ser el centro de atención no le incomodaba, si le causaba gracia y cierta confusión.
Colocó los ojos en blanco al ver que sus acompañantes volvían a dirigirse pequeña “pullitas” el uno al otro, aunque su respuesta pareció contentar a la muchacha y hacerle olvidar lo molesta que estaba con el rubio.

Jay la miró, alegre de hacerla feliz, pero también confuso, pues cada palabra que ella pronunciaba no podía evitar darle otro significado. ¿Por qué le hacía eso? ¿No se daba cuenta? Ser amigos siempre había sido su cometido, pero de un tiempo a esta parte, se había dado cuenta de que la ojiazul le gustaba cada vez más y contentarse con una amistad le costaba horrores, aunque de no hacerlo, la perdería y eso era un precio demasiado alto que Strauss no estaba dispuesto a pagar.

-¿Bailaremos?-repitió a su vez apesadumbrado. No era un mal plan desde luego, pero ya había tenido suficiente en San Valentín.- Lo siento, Elizabeth pero dudo que puedas seguir mi ritmo-le guiño un ojo, cómplice y se echó a reír  para que se percatase de que aquel comentario era sólo una broma. Por supuesto que no hablaba en serio, esa clase de cosas eran más propias del ex Gryffindor que de él mismo. Le chocó la mano y recibió aquel efímero abrazo que sirvió para que James se relajase un tanto. Por mucho que habían hecho las paces esa misma tarde, no había podido evitar estar intranquilo y pensar que a la joven le había decepcionado. Enterró su cabeza en el cabello de la chica y un suave olor a frutas le llegó a sus fosas nasales. Toda ella olía tan bien, que por un momento, James pensó que se trataba de un vampiro o un hombre lobo, aunque jamás había sido diagnosticado como tal. Tenía ganas de que fuese suya, y ese pensamiento solo logró asustarle más. La apartó muy a su pesar y dio un largo trago a su cerveza aún fría. Al menos se daría al alcohol para no pensar.

Miró al rubio y asintió cuando dijo que haría un esfuerzo por visitar la zona y levantarse temprano. A Jay tampoco le gustaba madrugar, pero sus padres siempre le habían puesto un férreo control de sus horarios, así que no era opción estar mucho rato en la cama sin hacer nada.

Sus ojos se salieron de las órbitas al escuchar al chico. ¿Estaba majara? ¿Desde cuándo a una chica se le pedía eso? ¡Y además a Elizabeth! Si el propio irlandés quería el striptease, muy a su pesar, de acuerdo, pero prefería no verlo.
Sus cinco sentidos se pusieron en alerta y de la sorpresa pasó a fulminar a su amigo con la mirada en menos de tres segundos.
-NO PUEDE HACER ESO. NO PUEDE.-el tono de su voz era firme, enérgico y seguro de sí mismo. Se incorporó de un salto y buscó la chaqueta que había traído para ponérsela sobre sus hombros a la fémina.
- Ni siquiera te has percatado de que antes ha tenido un escalofrío. Es verano, pero por si no lo sabes, la temperatura baja considerablemente al lado del mar- explicó como si se tratase de un niño pequeño.

Estaba claro que aunque le preocupaba que Wellesley cogiese frío, esa no era su principal preocupación. No quería ver a Heimdall mirando eso y ni siquiera quería ver el cuerpo de ella desnudándose, porque por muy absurdo que esto pudiese parecer, quería que eso perteneciese a la joven, a su intimidad, algo que ella por sí sola debía compartir con alguien que ella creyese merecer, pero desde luego con ninguno de sus dos mejores amigos delante.

El recuerdo de los senos de Elizabeth en la playa apareció en su cabeza y se encontró a sí mismo, negando con ella como si con ese sencillo gesto los pensamientos pudiesen desaparecer tan rápido como habían aparecido.

Su rostro, más bronceado que esta misma mañana, a la luz de la lumbre estaba inesperadamente rojo. Jay, no vayas por ahí o tendremos un accidente, un accidente… que sólo tienen los hombres, se dijo a sí mismo mientras miraba a su mejor amigo con rencor.
-No es un Elfo Doméstico. Tienes piernas ¿no? Ve tú.- dijo en un tono frío, muy lejos de ser el tono amigable de James que solía tener con todo el mundo.


Última edición por James K. Strauss el Mar Jun 27, 2017 6:32 pm, editado 1 vez
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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por Heimdall R. Fitzgerald el Mar Jun 27, 2017 4:54 pm

La reacción de James consiguió que perdiera los estribos por demasiadas razones. Su amabilidad sincera, su consideración y el amor puro e incondicional que demostraba sentir hacia Elizabeth, producían en Heimdall efecto negativos. Se sentía una mierda. Se sentía mal amigo, egoísta, e incluso sentía que su amor por Elizabeth, por intenso que fuera, nunca conseguiría hacer frente a los sentimientos de James, que parecían sacados de uno de los cuentos de hadas que su amiga tanto adoraba. La rabia invadió cada centímetro de su ser, y las rojeces que tiñeron su rostro nada tuvieron que ver con las quemaduras del sol de la mañana. Como si no fuera suficiente con tener un carácter salvaje que no sabía controlar, en contraposición, el de James dejaba a Heimdall en peor lugar, y lo peor: no había premeditación, Heimdall lo sabía, y detestaba que así fuera. Era plenamente consciente de que su amigo no fingía, no intentaba quedar bien, actuaba por inercia y su extrema bondad, igual que su idílica forma de amar, para él era tan natural como respirar. Alterado por una abrumadora sensación de celos y envidia hacia su mejor amigo, gritó sin pensárselo dos veces. — Ahora no quieres que se desnude, ¡pero bien que la mirabas esta mañana, sin perder detalle! — gritó, cruel y burlón. Cuando se veía incapaz de competir en bondad, renunciaba a lo grande, arremetiendo y pagando contra el mundo su falta de conocimiento en cuanto a relacionarse y expresar sentimientos se trataba. — seguro que hasta habrás dedicado un buen rato a "pensar" en lo que has visto y te habrás dado un buen gusto a su costa mientras estabas encerrado en tu habitación — sugirió con evidentes connotaciones sexuales — y parecías tonto, Jay Jay — terminó de burlarse.

Los enfados y los arranques de impulsividad de Heimdall subían como una ola, y no tardaban en bajar. Segundos después de haber pronunciado la sarta de burradas, comprendió que había llegado demasiado lejos, y se arrepintió sobremanera de haber saltado como la espuma. Su corazón latió a toda velocidad, y miró a ambos amigos con cierto temor, alternando la mirada entre uno y otro. — Lo he dicho sin pensar — se excusó, le temblaban las manos. No dejaba de exponerse, desde que se conocían, y en más de una ocasión temió que tanto Elizabeth como James renunciaran a su amistad, tomándolo por un caso perdido. Sintió miedo, miedo de que renunciaran a las vacaciones por provocar una pelea por segunda vez en un mismo día, miedo de que se marcharan y lo dejaran solo. Miedo al abandono, el mismo miedo que llevaba sintiendo desde que tenía conocimiento y vivía en un orfanato muggle, durmiéndose cada día con temor de pasar encerrado solo el resto de su vida.

Anhelaba estar bien con ellos, disfrutar, divertirse ¿por qué no dejaba de estropearlo? Quizá si se tratara de un caso perdido, y aunque sabía que estarían mejor sin él, jamás renunciaría a su amistad. Para él eran su familia, y los quería más que a nada. — Lo siento, chicos — murmuró, con un tono de seriedad y temor que nada tenía que ver con su carácter habitual. Se levantó. — Voy a por la cerveza, ¿os traigo algo? — preguntó, como un niño arrepentido que intenta ganarse el perdón a base de un pequeño mérito. No solía dejar el orgullo de lado pero, por sus amigos, cualquier cosa.

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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por Elizabeth H. Wellesley el Mar Jun 27, 2017 8:33 pm

Múltiples recuerdos acudieron a su mente siendo presa de sensaciones y sentimientos indescriptibles. En su mente podía recapitular todas aquellas veces que había bailando con James en la sala común a escondidas de los demás, cuando el sol se escondía y daba paso a la oscuridad de la noche. Aprovechaban aquellas anocheceres de desvelo para dedicarse el uno al otro, charlar, reír y bailar mientras tarareaban alguna canción improvisada que se convertía en su favorita. Recordó también los pequeños detalles que Jay siempre traía para ella, bombones, libros nuevos, juegos mágicos que se encargaba de construir en su tiempo libre, rosas y diversos objetos de gran valor para ella.  Estaba ahí la razón de por qué James siempre había sido diferente al resto, la razón de por qué destacaba entre los demás y la razón de gran parte de su felicidad. Hogwarts había sido una etapa difícil pero aquel chico tímido había contribuido a que fueran los mejores años de su vida.

Sonrió de forma pura y automática mientras fijaba su mirada en la de él, en aquellos ojos azules como el mismo cielo y océano. De hecho, su mirada era tan pura y cristalina como la cala que tenía a su alrededor y siempre había encontrado la paz que necesitaba en su mirar. -Eso ya lo veremos- continuó el pique mientras apoyaba su cabeza en la suya, entrecerrando los ojos y disfrutando de la velada. Sin embargo, la armonía no solía durar mucho tiempo cuando se trataba de Heimdall, que se encargaba de fastidiar todos los momentos con tal de llamar la atención. No podía creer lo que sus oídos estaban escuchando y, a pesar de las consecuencias que podría llevar aceptar aquel reto, no estaba por la labor de aceptar sus órdenes y dejarse perder. Pero la intervención del inglés se antepuso a sus movimientos, defendiéndola y protegiéndola como si se le fuese la vida en ello. Atónita y sorprendida, permaneció en silencio contemplando la escena. Los ojos de la morena viajaban de un rostro a otro, observando a un James molesto y a un Heimdall  confuso y furioso. Quería interrumpir, soltar lenguaje pero las palabras de Strauss le habían marcado por completo. ¿Cómo podía conocerla tan bien y percatarse de cosas tan insignificantes? Entonces recordó que él no tenía ojos para nadie más que ella y fue justo en ese momento cuando descubrió lo mucho que la amaba. Una especie de hormigueo se apoderó de su estómago y quiso salir de allí, pensar y meditar sobre lo ocurrido pero también quería abrazar fuertemente a su defensor y darle las gracias. Sentimientos contradictorios se adueñaron de ella y no podía hacer otra cosa que mirar con dulzura y amor a su mejor amigo. Era tan perfecto que le quedaba demasiado grande. Era tan puro y sincero como aquel mar. Y, sobre todo, era tan inmenso como las olas que se formaban en la infinidad.

Una vez invocado el silencio, sabía que era hora de intervenir. Caminó sigilosamente hasta James y tomó su mano con delicadeza. -Déjalo, no te preocupes- murmuró en voz baja mientras entrelazaba sus dedos con los suyos en modo de agradecimiento. Le volvió a mirar por enésima vez y con un gesto, intentó restar importancia a lo ocurrido. Pero de nuevo, el rebote del rubio bastó para volver a desquiciar a su mejor amiga. Las palabras pronunciadas fueron demasiadas para ella. Soltó el agarre y caminó hacia Heimdall con intención de encararlo. -Cállate- pidió sintiendo como su corazón se dividía en dos partes y moría por dentro. Maldita sea, era un imbécil y se merecía una bofetada, sin embargo, aquella posibilidad no cabía en Elizabeth. Se volvía pequeña en frente de él, vulnerable e indefensa y, aunque nunca había admitido la razón, sabía que era algo peligroso y potente. Sus ojos se humedecieron ante la frustración, dolor y rabia de discutir con una de las personas que más adoraba y necesitaba en el mundo, pero debía vivir concienciada de que jamás cambiaría. Cabizbaja, tragó hondo y dejó que Heimdall se disculpase por el atrevimiento. Elizabeth no dijo nada, señal de que estaba disculpado aunque aquello no aliviaba el dolor interno. -No, gracias- rechazó su invitación y se alejó varios metros de ellos. Fijó la mirada en el mar alborotado y se abrazó así misma en un intento de consolación. Se sentía tan fracasada y culpable que le costaba respirar. Una nube de humo se formó en su cabeza, dividiéndose en un paréntesis donde habitaba, por un lado James y por otro Heimdall. Su voz interna le torturaba constantemente y le hacía sentir la mala de la película, evadiéndose así de hacer lo que realmente deseaba. Pero.. ¿qué deseaba en aquel instante? Tal vez abrazar a James y, probablemente, decirle al irlandés que lo quería a pesar de todo. A pesar de las discusiones, peleas, insultos y largos etcéteras que odiaba Elizabeth pero que le gustaba si se trataba de él. Porque si algo era cierto es que Fitz sacaba lo peor de ella pero a la vez lo mejor. Podía odiarle con todo su corazón y al segundo morirse por él y derretirse ante sus jodidos encantos.

Desconcertada, se giró a ambos chicos y se apresuró en acortar la distancia que los envolvía. -Haremos como si nada. Ha sido un día largo, el viaje, organizar y ordenar todo..- se excusó encogiendo los hombros mientras enterraba y desenterraba el pie sobre la arena. -Venga, contadme algo. ¿Tan aburridos sois siempre?- intentó llevar la conversación hacia un humor que todos los presentes necesitaban. -Me he echado a los amigos más aburridos del mundo- bromeó con cierto tono pícaro y se colocó de cuclillas en frente de la hoguera para entrar en calor. Definitivamente, todo aquello le había cortado el cuerpo.
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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por James K. Strauss el Miér Jun 28, 2017 12:20 pm

James había pasado toda su vida al lado de Heindall, apoyándole, aconsejándole e incluso dejándose llevar por el chico las veces que él ejercía su mala influencia sobre nuestro protagonista. Pese a ser tan condenadamente diferentes entre sí, su amistad era tan sólida, que haría lo que fuese por aquel rubio de ojos claros. De hecho, más de una vez se había preguntado qué vería el león en él como para formar parte de su grupo de amigos. Él era un líder nato, podía tener en la vida todo cuanto desease, y sin embargo, de entre los miles estudiantes de Hogwarts, le había escogido a él.
Sin embargo, aquel viaje les iba a costar caro. No había hecho más que llegar y ya habían discutido, y ahora la furia de Heimdall no parecía tener fin. ¿Por qué siempre se encargaba de empañar sus momentos con Elizabeth?

Su rostro pasó de la sorpresa a ruborizarse completamente al escuchar el contenido de aquel grito.
Jay cerró su mano en un puño y apretó hasta hacerse daño.

-Fuiste tú quien le quitó la parte de arriba. Comienzo a dudar seriamente de que haya sido por accidente, siempre has querido hacerla sentir mal, ya sea de manera consciente o inconsciente. Ni te fijas en los comentarios que le hacen daño, no conoces su manera de suspirar o la manera en la que sus ojos se entornan cuando se siente sola, triste y perdida.- el tono de su voz era sereno, no alzó la voz en ningún momento. Pertenecer a una de las familias inglesas más importantes había logrado que el ex Ravenclaw fuese capaz de decirte de todo en un tono de voz normal y encargarse de sonreír al final. Le habían educado así y se había movido en esos ambientes desde pequeño, donde las víboras se atacaban entre sí.

Lo que no pudo controlar, fue el comentario de a continuación. Se mordió el labio inferior hasta el punto que sintió el sabor de la sangre en la boca, esperando controlar el leve temblor que se había apoderado de él. James estaba habituado a escuchar todo tipo de críticas negativas, pero la cosa cambiaba cuando su mejor amigo era quién discutía con él.
Jay, siempre tan tranquilo, sentía ganas de asesinar al rubio con sus propias manos. Su varita así lo certificaba, ya que no dejaba de moverse en el bolsillo de sus bermudas vaqueras, como si a tientas desease buscar a su portador, sabedora de lo que estaba ocurriendo.

-Agradezco muchísimo que te preocupes por mi vida sentimental y sexual, de verdad, gracias.-se llevó una mano a donde se suponía que se encontraba el corazón mientras sus ojos habitualmente azul claro, se tornaban más oscuros debido a la rabia contenida que sentía.- Pero lo que haga o no haga yo en mi intimidad, me pertenece. Que yo sepa, todos, tanto hombres como mujeres lo hacen, pero no se dice porque está mal visto en la sociedad-paró un instante para tomar aire- No necesito la imagen de Elizabeth para hacer eso, quizá tú sí… o quizá tú estés tan solo que necesites hacerlo mirando un póster de las Arpías de Holyhead-se echó a reír ante la sola mención del nombre. Por supuesto, todo el mundo tenía ídolos, pero sólo quería hacerle ver que lo que había dicho carecía de todo sentido.

Nuestro joven sintió un tacto frío y suave rozando su mano y pegó un leve respingo. Entrelazó sus dedos con los suyos y dejó que su pulgar acariciase la mano de ella. Siempre tan atenta, siempre sabiendo que debía decir. Fue el propio James, quién negó con la cabeza, inesperadamente más tranquilo. Ella siempre había tenido ese poder sobre él, del mismo modo que lo tenía para ponerse nervioso con una facilidad asombrosa siempre que la veía.

-¿Qué te ocurre, Fitz?-encaró al chico dejando los brazos sueltos a lo largo de su cuerpo, como si esperase recibir un golpe por su parte, pero eso no llegó, al menos en ese preciso momento.
-¿Qué tengo yo qué te hace ser tan inesperadamente inseguro? ¿Qué tiene ella que le rebates todo? ¿Tan mal tratas a las personas que sólo buscan lo mejor para ti?- alzó una ceja, mientras veía como su acompañante se encaraba al estudiante de Mensekuhir. No buscaba enfadarle más aún, sino simplemente hacerle recapacitar y ponerle las pilas porque de seguir así, él no duraría mucho en ese grupo. Era una lástima, en especial por la cantidad de recuerdos, momentos y años que había pasado al lado de ambos.

Pegó otro largo lingotazo a su cerveza y contuvo el frío líquido en su boca para saborearlo despacio. El silencio, y la brisa tal vez lograron temblar los ánimos, y James tras soltar un profundo suspiró, fijó la vista en la luna llena blanca y redonda, único testigo impasible de su encuentro.
James, asintió con la cabeza, a punto de decir que debía tener más cuidado con sus palabras, pero conocía lo suficiente a Fitzgerald para saber que se arrepentía.

-No quiero nada, gracias-murmuró en un susurro mientras los comentarios hirientes volvían a reproducirse en su cabeza. Se percató de que Elizabeth se había separado de ellos, y por primera vez tuvo miedo, miedo de que entre ambos se sintiese fuera de lugar. Por fortuna y para apaciguar sus nervios a flor de piel, la morena volvió y se encargó de hacerle sonreír con sus ocurrencias.

-¿Aburridos? No.-cogió su varita y tras hacer un leve movimiento consiguió que la llamarada estuviese más fuerte.
-¿Nunca habéis jugado a un “Yo nunca”? Me encantaría jugar algún día con vosotros.
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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por Heimdall R. Fitzgerald el Miér Jun 28, 2017 1:04 pm

Se miraban, se sonreían, se defendían. Siempre fue así, y Heimdall se sentía como la pieza sobrante, el desgraciado que no traía más que problemas, que cometía la estupidez de insultar a ambos solamente para llamar su atención, para que dejaran de dedicarse el uno al otro y repararan en su existencia.  A veces hasta se sentía victorioso, porque lograba acaparar la atención de Elizabeth con sus piques privados, en los que James no podía intervenir con su encantadora personalidad. Pero últimamente, ni eso servía, parecía que Elizabeth ya no disfrutara peleando con él, parecía que le ofendiera y odiara realmente a causa de sus mordaces comentarios. Estaba cansándose de él, ambos lo estaban. Ahora que reparaba en la relación que mantenían sus amigos, comprendía todos los errores que cometió, y los que seguiría cometiendo. Como no haberse declarado desde el principio, cuando Andrew vivía, cuando ignoraba que James la amaba casi tanto como él. Como, tras notar que le ponía celosa que estuviera con otras, seguir haciéndolo intencionadamente para alimentar esos celos, en lugar de asegurar que ella era y sería siempre la única mujer.

Tragó saliva y colocó la mirada sobre la hoguera, incapaz de seguir observando la decepción en sus rostros. El fuego ardía, intenso y peligroso como su propio temperamento. Puede que resultara hermoso y llamativo, lo suficiente para aproximarse un poco, pero nadie querría nunca acercarse demasiado al fuego sabiendo que correría el riesgo de quemarse. En cambio ellos eran el mar, precioso y en calma, inofensivo. Uno extinguía toda vida, y el otro era vida en sí mismo. Por no mencionar que todos sabemos lo que ocurre cuando mezclas el agua con el fuego, la combinación no suele ser favorable.

Necesitaba estar solo, quería marcharse, y realmente lo hubiera hecho de no atemorizarse ante la simple idea de dejar a ambos a solas. Tenía miedo de lo que pudiera ocurrir cuando él no estuviera delante, el mismo miedo que sintió durante siete largos años de estancia en Hogwarts, cuando se torturaba cada noche imaginando que ellos compartían sala común, pensando en todo lo que podía ocurrir a sus espaldas. Nunca le gustó admitir que tenía miedo, como orgulloso león, presumía de su valor ante todos y admitía no tener miedo a nada. Mentía, siempre mentía. En lo referente a la relación entre James y Elizabeth, se sentía temeroso como un infante cobarde que espera encontrar monstruos bajo su cama, tanto que movió cielo y tierra por ocultar los sentimientos de su amigo, tanto que Andrew estaba muerto porque él era un cobarde.

Se aferraba a la conversación que mantuvo con Elizabeth después de San Valentín. Rememoraba sus palabras, su aclaración sobre el beso, sobre que no significó nada para ella. Saboreó ese momento como un caramelo, utilizándolo como escudo contra las balas. No significó nada. Nada. Nunca le besaría conscientemente.

Ignoró los intentos de Elizabeth por hacer hablar a ambos. Heimdall no tenía nada para decir, abrir la boca suponía una serie de problemas que no tenía ánimos ni fuerzas para afrontar. En su lugar, sacó la guitarra de la funda y la sujetó sobre su regazo, abrazándose a ella y buscando entre sus cuerdas la calma que tanto necesitaba y que siempre le aportaba. Afinó las clavijas y rasgueó las cuerdas con la punta de los dedos, surgiendo de la fricción una melodía pacífica que casó a la perfección con el sonido de las olas. Debía ser así. Cerró los párpados, intentando contener el incendio que nublaba sus sentidos, concentrándose en el concierto privado sin decir nada.

Pensó en ella, en lo feliz que sería si ella le mirara como miraba a Jay, si le tuviera en tan buen concepto. Si pensara que merecía la pena apostar por él.

He jugado alguna vez, pero seguro que será mejor con vosotros — habló tras un buen rato en completo silencio, uniéndose a la propuesta de James, aunque su mente estuviera lejos de aquella playa.
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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por Elizabeth H. Wellesley el Jue Jun 29, 2017 7:55 am

De todas las veces que sus dos mejores habían discutido entre sí, sin duda, esa era la peor. Conoció a un James nuevo, una persona llena de rabia e ira dispuesta a acabar con todo lo que se le pusiera delante. Las venas de su cuello parecían explotar en cuestión de segundos y la fuerza en la que mordía su labio inferior, gritaba a voces la furia que contenía. A pesar de los intentos de la inglesa por hacerle entrar en razón  y calmarle, todo continuó su curso sin cambios favorables. Continuaron atacándose el uno al otro como si el orgullo no le permitiesen ceder y aflojar la rabia interna de ambos.

Apartada e indispuesta, tuvo que soportar cómo las personas más importantes de su vida se herían y alejaban lentamente. Sin decir nada, continuó husmeando la fatídica noche cruzada de brazos y deseando que terminase la pesadilla. Las duras palabras de Jay permanecieron en el aire formando un silencio incómodo. Elizabeth, proporcionó un disimulado y breve codazo al inglés, advirtiéndole de la crueldad de aquellos términos y todo lo que podía conllevar. Tras el gesto llegó la calma y, aunque Heimdall se arrepintiese de lo dicho, conocía lo suficientemente bien a Jay para saber que seguía dolido. -Pasemos la noche tranquila ¿vale?- comentó después de recuperar su asiento en la arena y recoger sus piernas. -Creo recordar haber jugado un par de veces hace años atrás- confesó pensativa y recordando las reglas del juego. -Es tarde y estoy cansada pero podríamos jugar algunas rondas- sugirió observando a un Heimdall tranquilo y calmado una vez hubo agarrado su guitarra. Parecía estar en otro mundo, ido y despistado de la conversación. Elizabeth, que no podía ver sufrir a ninguno de los dos, optó por gatear hasta colocarse a su lado y apoyó la zurda sobre su hombro. Era un gesto sencillo y simple pero bastaba para hacerle saber que todo estaba bien y que, a pesar de todo, él le importaba. -¿Empiezo yo?- preguntó tomándose el silencio como un sí. -Yo nunca me besé con alguien estando borracha y al día siguiente no recordaba nada- intentó sonar natural para que Jay no se percatase de nada, como si aquello no fuese una indirecta hacia el ojiazul. Demasiadas noches preguntándose si, realmente, Fitz recordaba aquel efímero beso en  Hogwarts y se limitó a disimular lo contrario. Confiaba en él, en que fuese a dar la cara si aquello era así, pues para ella era demasiado importante conocer aquel dato, qué pensaba al respecto y, principalmente, si le había agradado tanto como a ella.
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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por James K. Strauss el Vie Jun 30, 2017 3:53 am

La rabia dio paso al cansancio y a la vergüenza. James no solía discutir con frecuencia. Para él, la vida constaba de hacer lo que te hiciese feliz, siempre que eso no hiciese daño a otros, a medida que había ido cumpliendo años, ese “Vive y deja Vivir” se había ido consolidando más y más en su persona.

Tratar así a su mejor amigo no había sido en absoluto fácil, pero no podía soportar que siempre se creyese por encima de todo el mundo, o al menos eso es lo que sus comentarios de vez en cuando dejaban entrever. La mirada triste de Heim se había clavado en sus pupilas, haciendo que James se sintiese aún peor que si una apisonadora le hubiese pasado repetidas veces por encima.

Se sintió tentado a levantarse del sitio y abrazarle para hacerle saber que todo estaba bien, pero la voz de Elizabeth irrumpió en la escena y sintió como disimuladamente propinaba un codazo en sus costillas. Aguanto el golpe sin rechistar, porque en aquel preciso momento le dolían más otras cosas. Las palabras del rubio se habían instalado en su cabeza y su mente se encargaba de repetírselas como en una noria, a una velocidad vertiginosa.
Volvió a dar un breve sorbo a su bebida, aunque esta vez no lo bebió, sino que simplemente se mojó los labios pues tenía la boca seca.
Guardó silencio incluso cuando la chica  hizo aquella sugerencia. Buscó en el bolsillo de sus shorts vaqueros su cajetilla de tabaco y tras llevarse un cigarrillo a los labios y encenderlo con un gesto, dio una calada suave, sintiendo cómo poco a poco sus músculos se relajaban.

Observó con detenimiento la cala, habían estado ahí gran parte de la tarde y sin embargo, James siempre encontraba lugares y cosas nuevas con las que asombrarse.
Sin embargo, algo captó su atención en aquel grupo, ante sus ojos, Elizabeth desaparecía de su lado para ir al encuentro de su amigo. Jay no pudo evitar observar con dolor la escena, más aún cuando ella posó su mano izquierda en el hombro del irlandés. Un gesto simple pero reconfortante que a nuestro protagonista, le llenó de dudas y rabia.
Trató de mantener la compostura, pero no pudo. Siempre había sido así. Parecía que se aborrecían el uno al otro, y sin embargo, cada vez que Heim estaba decaído o enfermo, Elizabeth era la primera que se deshacía por estar a su lado. No la culpaba, Fitzgerald tenía algo, un carisma o un don especial para que no quisieras desaparecer nunca de su lado. Y en aquel momento y no en otro, Strauss supo que estaba fuera del juego. Lo vislumbró en los ojos azules de Wellesley, y aquella certeza fue peor que el dolor de un Crucio bien ejecutado.

A su cabeza, irónicamente acudió aquel poema que había escrito varios años atrás y que aún guardaba en la primera página de su diario. Un escrito, cuya destinataria ignoraba y así seguiría siendo.
El fragmento venía como anillo al dedo, y Jay agradeció que hubiese girado la cabeza y sus amigos no viesen que sus ojos estaban anegados de lágrimas.

"No quiero que me ordenes el mundo,
ni que lo pongas a mis pies.
Pónmelo patas arriba,
Hazme perder el control,
Rómpeme los esquemas,
Quiebra mis patrones.
Hazme actuar por impulsos
Hazme ser tuyo,
sin dejar de ser yo
"

James negó con la cabeza. Ya no tendría lugar ninguno de esos deseos, y quiso llorar, patalear e incluso pegar a Heim con todas sus fuerzas, pero no pudo. Se mantuvo en el sitio, limpiándose de manera disimulada los ojos antes de dar otra calada a su cigarro.

Apenas fue consciente de que la inglesa empezaba el juego, pero al escuchar lo que dijo, se mantuvo quieto, sin beber. Su primer beso no había existido, si bien un roce de labios con Elizabeth en la Sala Común mientras jugaban a verdad o atrevimiento. Nadie le había gustado tanto como para darle un primer beso en condiciones, por lo que él no consideraba que le hubiesen besado nunca, o al menos en el pleno uso de sus facultades.

-Yo no. No hago esas cosas- dijo simplemente para que viesen que él no tenía ninguna anécdota al respeto que pudiese contar.
Le pareció extraño que la joven tomase la iniciativa tan rápido, parecía que ya lo tuviese pensado de antemano. Arrugó el ceño, mientras  se esforzaba por mirar a Heimdall, esperando su respuesta.

Estaba exhausto, sabía que no podía seguir así, que debía separarse de Elizabeth para permitirse olvidarla, pero ¿cómo hacerlo en plenas vacaciones sin que ella sospechase nada?
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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por Heimdall R. Fitzgerald el Vie Jun 30, 2017 4:36 am

Erró una nota en mitad de su concierto privado, justo cuando Elizabeth apoyó la mano sobre su hombro en un gesto que comprendió muy bien. Ella, siempre tan buena y considerada. Normalmente evitaba a toda costa el contacto con Eliza, pues tensaba todo su cuerpo como la cuerda de un arco, se le secaba la boca y le sudaban las manos. Desde siempre, creyó que Elizabeth notaría las señales de su cuerpo delator, y prefería aprender a vivir con la frustración de no poder tocarla que arriesgarse a que ella descubriera la naturaleza de sus sentimientos. Suspiró, reconfortado a pesar de la rabia que le provocaba equivocarse mientras tocaba la guitarra, poco a poco empezaba a recomponerse para ser el Heimdall que todos conocían. Previamente a comenzar con el juego, el huérfano se aseguró de guardar bien la guitarra que tanto adoraba, devolviéndola a su funda encantada donde difícilmente podía sufrir daños.

¿Y cómo quieres que bebamos, estúpida? — preguntó, riendo con diversión. — La misma pregunta dice que no debemos acordarnos. Quizá ambos lo habéis hecho y se os ha olvidado — se burló, poniendo sobre la hoguera unos ojos celestes, intentando hacer vanamente memoria. Encogiéndose de hombros, tuvo que resignarse a la verdad. — Responderé que sí lo he hecho. Me paso con el alcohol y después no recuerdo nada — admitió, recordando la noche de navidad, o la disputa en una taberna en la que Elizabeth tuvo que hacerse cargo de todas sus heridas.  Definitivamente, bebía demasiado, sobretodo cuando estaba triste y solo. — Voy a por otra cerveza, no podemos jugar sin beber — tuvo que levantarse muy a su pesar, pues la zurda de Elizabeth continuó acomodada sobre su hombro hasta el momento. Tardó menos de un minuto en volver, con tres botellas de cerveza fría entre los brazos, acunándolas como quien acunaría a un bebé. Repartió la mercancía y tomó asiento en el mismo lugar que antes, cruzando las piernas y dando un primer trago a la cerveza en honor a la pregunta de Elizabeth. — Yo nunca he tenido fantasías sexuales con un hipogrifo — bromeó, negando con la cabeza después mientras pensaba en alguna pregunta que pudiera ser tomada en serio. — Yo nunca he creído que Heimdall es demasiado guapo — bebió un largo trago y observó a Elizabeth de soslayo, esperando.
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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por Elizabeth H. Wellesley el Vie Jun 30, 2017 7:06 am

No se extrañó de la respuesta del inglés, de hecho, sabía que no había estado jamás con una chica. Estaba segura que aún no había dado su primer beso, exceptuando el día de San Valentín, y, por lo tanto, no  bebería. James siempre había sido una persona reservada y tradicional, con pensamientos puros y honestos, incapaz de venderse sin sentimientos por delante. Se limitó a sonreír mientras esperaba la gran respuesta de Heimdall. Sin embargo, una vez obtenida, deseó no haberla formulado. Era inútil, patético y una pérdida de tiempo seguir estancada en un recuerdo que la persona protagonista no recordaba por el alcohol. Se sintió frustrada por las noches de insomnio y todas las lágrimas derramadas ante la confusión de sus sentimientos. Pero sabía lo observador que era James, especialmente con ella, por lo que fingió que no le doliese el hecho de que para él no hubiera ocurrido aquel contacto.

Tras una sonrisa forzada y observar como Heimdall se levantaba y regresaba con algunas cervezas, permaneció agarrando y soltando la arena en sus dedos. También miró al otro compañero que no pronunciaba palabra alguna. Se preocupaba por él y no le gustaba verle así, le partía el corazón imaginar que toda aquel malestar fuese por su culpa.
Cuando Heimdall volvió a tomar su asiento, el juego continuó y agradeció que no tardase mucho en volver. Necesitaba tener la mente entretenida y dejar de pensar en todo lo que le rodeaba, aunque fuese por unos instantes. Las carcajadas de la morena resonó por la solitaria cala ante la broma de su amigo. -Ahí me has pillado- vaciló fingiendo beber de la cerveza y conseguir sacarle una sonrisa a James. Pero la broma concluyó en el momento de la verdadera frase. ¡Por Merlín! ¿Quién en su sano juicio miraría a Heimdall y no pensaría que es exageradamente guapo? Casi sin pensarlo, agarró la bebida y dio un largo trago. Mientras terminaba la acción, sus ojos se detuvieron sobre los de Heimdall, que la miraba de reojo cuando ella apartaba la vista de él. -Pero que esto no sirva para alimentar tu ego ¿eh?- comentó defendiéndose y justificándose de algún comentario sospechoso o que incitara a malos pensamientos. -Hay demasiados chicos guapos. Mira, Jay también es guapísimo- aseguró señalando al joven mencionado -Mira qué ojazos- añadió halagándole y consiguiendo una efímera sonrisa de su parte. No solo lo decía por hacerle sentir bien, también lo pensaba. Desde el primer día que se encontró con James, reconoció la belleza que poseía, tanto interna como externamente. Se detuvo a pensar durante unos segundos y asintió -Yo nunca mentiría a mis mejores amigos para beneficiarme- concluyó.
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Re: The road to Majorca II — Jay&Eli

Mensaje por James K. Strauss el Sáb Jul 01, 2017 7:04 am

La respuesta de Heimdall no le pilló por sorpresa. Al contrario que él, Heim si solía beber y ser más fiestero. A decir verdad, ambos eran muy diferentes, pero aquel trio dorado se complementaba  a la perfección.

-¿Y si encuentras al amor de tu vida, la besas y no te acuerdas porque no estás en condiciones de acordarte ni de tu nombre?-preguntó al aire mientras observaba el fuego frente a él. Quizá, es que el él se hacía muchos castillitos en el aire, pero si su padre, Albert había conseguido casarse con una muggle, pese a la oposición de toda su familia. James admiraba por encima de todas las cosas, el amor, la admiración y el cariño que sus padres se profesaban entre sí, y aunque no creía mucho en las películas Disney, si aspiraba a encontrar a la mujer que le hiciese feliz. Aunque, claro, ese deseo se había visto truncado con el anuncio de su compromiso con una joven que sus abuelos habían considerado la candidata perfecta.

Negó con la cabeza esperando que ese pensamiento se desvaneciese en el aire y contempló de reojo a su mejor amiga, que no parecía del todo contenta con la explicación del rubio. Sin embargo, cuando ambos ojos se cruzaron, ella sonrió. Jay conocía al dedillo todos sus gestos y supo  que la alegría al no llegar a sus ojos, era simplemente una sonrisa forzada. Arrugó el ceño y sonrío también por conveniencia.
Río al conocer la broma de su amigo. Sus ojos azules se fijaron en lo que hacía su ex compañera de casa y no pudo evitar una sonrisa sincera. Siempre tan divertida, tan graciosa, tan elocuente.

Las carcajadas fueron mayores cuando escuchó el comentario del irlandés, al menos hasta que vio que Elizabeth bebía. Se le había metido entre ceja y ceja que esos dos estaban enamorados y que le ocultaban algo, y eso le hacía sentirse aún peor de lo que de por sí se encontraba.
Agarró la botella y pegó un largo trago, al tiempo que se atragantaba con los comentarios de Elizabeth.
¿Le consideraba guapísimo? ¿De verdad se había fijado en sus ojos? ¿Por qué sigues con él entonces, Elizabeth?, escuchó que le decía la voz de su conciencia. Tosió mientras trataba de taparse la boca con la mano, y una vez se hubo recuperado, inhaló aire fresco mientras se secaba las poquitas lágrimas que se le habían saltado de los ojos a causa de que se le había ido por otro lado.
Le sonrió tontamente y se tocó la oreja, porque no sabía qué hacer exactamente con las manos o qué decir para agradecer sus cumplidos.

-Tú también lo eres, Elizabeth- y no lo dijo para devolverle el favor, ni siquiera la comparó con la belleza de su amigo, como sí había hecho ella.
James siempre se había comparado con Heimdall. Él era más astuto, más valiente, más noble, tenía mejores habilidades con el sector femenino y también era mucho más guapo que él mismo. De hecho, había acudido a la mejor casa de todas. El Sombrero Seleccionador no había tenido tantas dudas con el rubio como con Strauss, aunque finalmente le mandó a la casa de las águilas. Algo que al principio no había gustado al joven, pero al ver que en esa misma casa estaría esa chica de trenzas oscuras, supo que sería la mejor casa para él mismo. No había dejado de observarla desde que había atravesado la barrera en el andén nueve y tres cuartos, y ahora, esa niña de aspecto frágil, se había convertido en toda una mujer.

Cuando le tocó el turno a Elizabeth, estuvo seguro que el color desapareció de su rostro. Miró a Heimdall casi de manera mecánica, mientras jugueteaba a crear un hoyo sobre la arena para ocultar su nerviosismo. Dio una calada al cigarro. Espera… él no se beneficiaba de nada, simplemente…bueno sí, de saberlo Wellesley ni siquiera le dirigiría la palabra. Estaba hecho un completo caos, así que sin saber bien qué hacer, terminó bebiendo un pequeño trago de su cerveza.

-Yo nunca he confundido mis sentimientos por ninguno de mis amigos o amigas- dijo atropelladamente porque no quería dar explicaciones del hecho que acababa de suceder. Evidentemente, su frase no había sido escogida al azar, estaba seguro de que esa noche se descubrirían muchas más cosas, que de saberlo habría preferido tener que ocultar para siempre.


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