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Mensaje por I. Betserai Du Plessis el Dom Abr 23, 2017 8:32 am

M. Du Plessis ✯ Abril 10. 11am ✯ San Mungo

Dionisie estaría orgulloso, regocijándose en cualquier aposento de la mansión expoliada. Siendo ambos alumnos de intercambio, el director insistió en informar sobre los acontecimientos a su tutor legal. Dos días transcurrieron desde el fatídico incidente, y Maisha seguía ingresada en el hospital mágico, San Mungo. Su melliza estaba fuera de peligro, el arma muggle no dejaría en su hombro más que una cicatriz y la advertencia de ser más cautelosa una próxima vez. Betserai cogió gusto a visitar el hospital, rodearse de curanderos resultaba familiar para él teniendo en consideración su endeble salud; además, el hospital siempre estaba pulcro y repleto de soluciones antisépticas para evitar contagios. Se lavó las manos con alcohol desinfectante un total de cinco veces la misma mañana, asegurándose de frotar bien cada centímetro de su piel nívea. Teóricamente, el área de accidentes provocados por artefactos era zona libre de contagio, pero aun así Betserai traía consigo una mascarilla que empleaba al caminar por los pasadizos de la planta.

Se ubicaba junto a la camilla de su hermana, sentado con las piernas cruzadas y su melena dorada recogida hacia atrás. En las últimas cuarenta y ocho horas, censuró la irresponsabilidad de Maisha un total de cien veces. La culpó por insistir en que asistiera al festival, también por avergonzarle frente a los demás, obligándole a suplicar auxilio como un desvalido y a presentarse en público con las manos y la túnica manchadas de sangre. Junto a la mesita de noche reposaba un sobre abierto, el pergamino que contenía se hallaba sobre el regazo de Betserai, que con gesto iracundo leía la misiva por quinta vez consecutiva.—Buenos días, holgazana—saludó cuando percibió movimiento en la cama de su melliza.—Llevo aquí tres horas esperando que te despiertes, ¿crees que todos podemos malgastar el tiempo así?—añadió, sus labios carnosos dibujaban una fina línea de desaprobación.—Estás despeinada—regañó, como si amanecer desarreglada fuera también motivo de censura. Se inclinó para apartar los mechones dorados de su frente, colocándoselos tras la oreja hasta obtener un prolijo resultado.

Entonces alzó el pergamino en su regazo, agitándolo frente a su rostro.—Hemos recibido una carta urgente de nuestro tío favorito, siéntete afortunada—.No intentó disimular la amargura que dominó su voz.—Ponte cómoda, no será una lectura agradable—tras el anuncio, se colocó en posición y aclaró su garganta con un carraspeo, preparándose para hacer pública la despreciable misiva.
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Mensaje por Maisha Du Plessis el Mar Abr 25, 2017 3:12 pm

Siempre había catalogado de patrañas y sin sentidos aquellas teorías sobre los últimos minutos de vida de las personas. Me resultaba absurdo, por decir lo mínimo. De hecho, pensaba que al estar agonizando uno pensaría en todo lo que dejó de hacer, en todo eso que se perdió por posponerlo o por cualquier otro motivo. Qué equivocada estuve hasta que, por alguna malintencionada treta del destino, acabé con una bala en mi hombro. De todos los accidentes que había tenido en mi vida hasta ese momento, nunca pude llegar a sopesar en la idea de verme herida por un cachivache muggle como tal. Y puedo decir, con gran diferencia, que los segundos en los que sentí cómo parte de mi piel se desgarraba nunca podrían ser comparados con una herida o con el rebote de un encantamiento pésimamente ejecutado.

Ver el rostro acongojado de Betserai durante esos segundos, fue suficiente para que mi mente desempolvara la vieja estantería donde guardaba los recuerdos de aquella fatídica cena cuando teníamos catorce años. Esa escena indeleble, que aún hacía eco en mi memoria, junto con todos los acontecimientos que le sobrevinieron por los siguientes días que terminaron por convertirse en meses.

En las últimas horas, de eso estaba segura, había soñado con mis padres más veces que nunca. Imágenes de la familia que tenía, de esa familia que merecía ser retratada en una fotografía mágica, y que se me fue arrebatada con la misma simpleza con la que llegó aquel perdigón muggle a mi hombro. Resultaba irónico, casi rozando con lo bizarro, el hecho de que fuera un aparato muggle el que hubiera puesto mis creencias al revés. Mientras cada vez las pociones sedantes eran repuestas por unas nuevas y conseguía salir de ese sueño inducido, sentía alivio al ver que seguía ahí. Que seguiría escuchando las absurdas reprimendas de mi mellizo. Que no lo había dejado solo. Y, ahora menos que antes, pensaba dejarle a la deriva en medio de la tormenta que vivía dentro de él.

Me removí al sentirme observada. Lo único bueno de estar en San Mungo es que tuve la oportunidad de salir de aquellas paredes de Hogwarts que me comenzaban a asfixiar. Llevé mi mano izquierda hacia mis ojos y me los restregué, suave y con cuidado, mientras los separaba y me estiraba para quitarme la somnolencia que me hacía compañía por las últimas cuarenta y ocho horas. —¿Me he perdido el desayuno?—pregunté, esbozando una sonrisa perezosa y ladeando mi rostro hacia Betserai. Un alivio recorrió mi cuerpo. El alivio de saber que a él no le había pasado nada, que él se encontraba bien. —Es el resultado de dormir plácidamente, Rai. Y buenos días para ti también. —no estaba muy segura de qué hora era, pero ciertamente no me importaba mucho. —Deberías dormir también, te empiezan a salir ojeras. —me encogí de hombros lo más que pude, sintiendo la escayola que me habían colocado.

Mierda, ¿en serio?—me mordí la lengua poco después de soltar el improperio frente a mi mellizo. Fruncí la nariz y el entrecejo, ya adelantándome al regaño que supondría decirla en voz alta. —Debe estar contento, en tal caso. Bailando sobre la tumba de nuestros padres. Gastándose nuestra herencia. —no estaba blasfemando, no había necesitado crecer junto a Dionisie para saber que la bajeza predominaba en su moral.
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Mensaje por I. Betserai Du Plessis el Vie Abr 28, 2017 9:53 am

Acostumbrado a los constantes envites de humor de Maisha, Iqbaal contempló a su melliza con expresión imperturbable, esperando que acabara de hablar. Su semblante cambió tras la mención de unas supuestas ojeras, entonces guió los dedos bajo su mirada aguamarina y palpó, horrorizado.—Es por tu culpa, suelo tener problemas conciliando el sueño cuando sufro episodios de ansiedad ante el recuerdo de morir sepultado bajo una estampida de muggles —.Parecía que bromeara, pero las bromas de Betserai, al igual que el cometa Halley, surgían una vez cada setenta años. Nada preocupaba a Betserai tanto como su aspecto físico, e inclusive cuando mencionó la irritante misiva de su tutor legal, una parte de su cerebro seguía procesando el comentario sobre las oscuras manchas de cansancio bajo sus ojos.

El sudafricano agachó el rostro y negó, demostrando silenciosa desaprobación ante el improperio que su hermana pronunció, incongruente en una señorita con su educación y nivel. De no haber sido siempre así, Betserai sopesaría culpar a Hogwarts por maleducar a su melliza. Él mismo pensó en reeducar y manejar a Maisha como jamás pudieron sus difuntos padres, otro plan más que se desmoronó a raíz de la presencia de Dionisie, y su obsesión por alejar en la medida de lo posible a sus únicos sobrinos.—¿Te parece que esté bromeando?—.Suspiró tras la retórica incógnita. Su melliza tenía razón, no resultaría una sorpresa descubrir a Dionisie derrochando la fortuna expoliada e incluso marcándose unos pasos de claqué sobre la tumba de su hermano; La misma sepultura cuya lápida de mármol tenía grabado el siguiente epitafio: vuestros hijos no os olvidarán. La escritura no andaba desencaminada, pues Betserai evocaba cada noche la imagen de los cadáveres de sus padres, rememorando la escena dramática que convirtió su idílica vida en un auténtico infierno.

Elevó el pergamino cuyo sobre fue lacrado con el emblema de la familia Du Plessis. Antes de comenzar a leer en un nítido rumano, aclaró su garganta con un carraspeo.—Querido Betserai, han llegado a mí noticias sobre el desafortunado accidente que sufrió mi sobrina predilecta. Me alegra saber que está fuera de peligro, sería una tragedia que corriera el mismo destino que mi hermosa cuñada, a quien no tuve la fortuna de conocer personalmente. Me consta por tus previas súplicas que añoráis vuestro hogar y queréis regresar cuanto antes, pero me temo que no será posible hasta nuevo aviso. No os preocupéis, estoy gestionando todo magníficamente. Posdata: para mitigar vuestra morriña, os adjunto dos fotografías de nuestra mansión.—Las manos del mayor tiritaban de rabia cuando entregó a su melliza dos imágenes encantadas.

La primera fotografía mostraba a Dionisie en los aposentos de Betserai, más desordenados que nunca, avivando el fuego de la chimenea con el tapiz bordado que solía decorar la pared. Prestando más atención, podían distinguirse en la lumbre parte de una tabla de surf astillada y un montón de túnicas costosas, deshaciéndose entre las flamas. La segunda imagen tenía lugar en la habitación del difunto matrimonio, ahora corrupta por la presencia de las cosas de Dionise, que la escogió para instalarse.
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Re: You'll be okay — Privado

Mensaje por Maisha Du Plessis el Sáb Abr 29, 2017 10:32 am

Sentí como el amago de una sonrisa se adueñaba de mis labios al ver el gesto de Betserai en respuesta inmediata a mi provocación. Era satisfactorio, por decir lo menos, el saber que seguiría poniendo al límite esa tan preciada paciencia que mi mellizo lucía con petulancia. Mas, la verdad, tan ácida como de costumbre, que implicaban sus palabras me golpeó como una ráfaga de viento en una borrascosa noche del invierno sudafricano. —En mi defensa debo decir que no fue mi culpa. —no lo había sido. Al menos parcialmente. Bajo ninguna circunstancia, ni siquiera con algún alucinógeno digno de la clase de Herbología, se me hubiera cruzado por la mente que terminaríamos en medio de una desesperada avalancha de muggles y magos que se mantenían ajenos a todo lo que pasaba. Que huían por su vida. Mientras nosotros buscábamos a alguien que formaba parte de la nuestra.

Jasir. Quise preguntar por él. Necesitaba saber de él. Sin embargo, la mueca de cólera y frustración que ensombrecía el rostro de Betserai refrenó mis palabras, dejándolas atascadas en mi garganta. Una de las primeras veces que eso pasaba.

Negué. Con algo así, de tal trascendencia y que suponía debíamos considerar el más alto de los honores, era imposible que él estuviese bromeando. Sumándole el hecho de que nunca lo hacía. Tan sólo restaba esperar que me leyera lo que nuestro tío predilecto tenía para decirnos. Incluso el pensarlo con ironía conseguía que mi piel se enchinase y las náuseas creasen desazón en mi boca. —Ese es nuestro emblema. —apostillé, agarrando con mi mano libre la áspera sábana que el hospital había puesto a mi disposición y estrechándola entre mis dedos, dejando fluir el resentimiento que se arremolinaba en mi interior. Nunca antes pensé que podía llegar a odiar a alguna persona. Hasta que llegó la muerte de mis padres y luego Dionisie. Ahora me resultaba sencillo el asociar aversión con resentimiento para describir lo que sentía por el. —Predilecta. —escupí interrumpiendo su lectura. Resultó inevitable, no obstante. —Rai... —pronuncié con precaución su apodo, incorporándome de a poco para poder agarrar las fotografías que me cedía.

No eran simple fotografías. Era muestra de su regocijo, de su poderío sobre nosotros. Sobre nuestras vidas.

Bufé, enrabietada. Ni siquiera podía distinguir qué era lo que sentía en medio del cóctel de emociones que se sirvió en mi fuero interno. Rabia. Frustración. Venganza. Tan opuestas entre sí, pero capaces de ser mortales si se juntaban. Grité, incapaz de aquietar el volcán haciendo erupción. Rompí las fotografías, sintiendo como un par de lágrimas, cálidas y dispuestas a evaporarse ante el roce con mi enfurecida pie, importándome en lo más mínimo el abrupto movimiento. —Magníficamente calcinado quedará su trasero en cuanto pueda volver a casa. —desde la muerte de nuestros padres, no había vuelto a llorar. Había quedado prohibido para mí. Mas, ante el hecho de sentirme maneatada, incapaz de hacer algo, no pude hacer más. —En cuanto podamos volver a casa, deseará nunca haber llevado su trasero hasta el aposento de nuestros padres. —no era una amenaza, ni tampoco una advertencia. Era una maldición echada al aire, echada a los cuatro vientos para que el universo, tarde o temprano, colaborara en ello. —Mi tabla... —murmuré, tomando el retazo de la fotografía donde se podía ver lo que quedaba de ella. Yo la había terminado de construir. Yo la había encantado. Y ahora no era más que madera, leña para avivar el fuego de una chimenea que, como todo lo demás, Dionisie se había apropiado. —Santa mierda. —mascullé, llevando mi mano hacia el hombro lastimado. El romper las fotografías había tironeado unos músculos demás.
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Mensaje por Jasir M. Kanteh el Dom Mayo 21, 2017 10:46 am

No eran tiempos fáciles en el ministerio, los papeleos creaban montañas tras montañas, lo cual no dejaba mucho tiempo libre. Buscaba una excusa para tener un tiempo libre, un poco aunque sea, no era nada fácil conseguir uno cuando tus únicos amigos en la ciudad todavía asistían al colegio con tu hermana menor. Hasta hace poco que recibí una carta por parte de los mellizos, esta traía dentro una entrada para un festival y un pequeño escrito de Maisha, tenía tiempo sin saber de ellos y comenzaba a hacerme falta pasar un día con ellos. Tendría que buscar una excusa para poder asistir. Eso no sería tarea difícil, en realidad lo complicado sería terminar con todo el trabajo y así estar libre cuando llegara el día, sino no dejarían que faltara para ir a esa pequeña celebración. Y a pesar de que adelantaba todo lo que podía al final del día siempre encontraba más trabajo por hacer. Se acercaba el día y no había forma de terminar, no era casualidad, parecía que el destino no quería que asistiera a ese lugar, y eso decían cuando todo salía mal era mejor evitar aquellos lugares, y al ser un poco supersticioso creía que era mejor no asistir, después le explicaría a Mai y su hermano porque no había podido ir.

Llegado el día no tuve otra opción que quedarme en la oficina para terminar todo ese día. Por culpa de eso no pude tomar el día libre, aunque tampoco tenía muchas ganas de hacerlo en realidad. Tenía el presentimiento de que algo malo sucedería ese día y era mejor evitarlo. Y tenía razón, en el ministerio llegó la noticia de un ataque por parte de los Muggles a las personas que asistieron al evento, era algo raro por parte de ellos pero nunca se podía confiar en gente extraña y de costumbres muy diferentes o desconocidas. Y estaba preocupado por sus amigos que si habían ido, temía que hubieran sufrido por ese ataque, era muy poco probable que salieran ilesos de un ataque de ese tipo.

No dude un segundo en dejar todo tirado cuando llego a mis oídos que en San Mungo estaban atendiendo a varios heridos del festival, tenía que estar presente para saber que ningún conocido estaba grave. Y al llegar al centro médico lo primero era darle un vistazo a la lista de los recientes ingresados al lugar, Maisha Du Plessis, no era el nombre que quería encontrar en ese momento. Un trago amargo y fuerte cruzo por su garganta, los latidos del corazón se hicieron lentos y todo a su alrededor se podía escuchar con claridad, incluso el tic tac del reloj de pared era molesto. De inmediato busque la habitación de la rubia porque tenía que ver con mis propios ojos que se encontraba bien, que su vida no corría riesgos.

Al entrar en la habitación lo primero que pude ver fue a Mai en la camilla y junto a ella su hermano mellizo, por lo que veía él estaba bien y ella era la que había salido lastimada, pero no parecía nada grave. — ¡¡Maisha!!... Me preocupe demasiado al ver tu nombre en la lista. ¿Todo está bien? — Me acerque lo que más pude a donde estaba y con cuidado acaricie sus cabellos. Siempre me había gustado hacer esas cosas, era relajante y era lo menos que podía hacer en ese momento. — Bet, ¿estás bien? — De reojo lo mire y no parecía tener alguna herida. De hecho, estaba tan normal como siempre lo estaba. Por eso el centro de atención era la chica que estaba en la camilla, que tenía una extraña herida en su hombro, nunca antes había visto algo igual.
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Re: You'll be okay — Privado

Mensaje por I. Betserai Du Plessis el Dom Mayo 21, 2017 1:13 pm

Diecisiete años calificaban como suficientes para atribuirse el título de experimentado en lo referente a la conducta de Maisha. Iqbaal no esperó una reacción distinta, su melliza exteriorizaba los sentimientos con una naturalidad que él no heredó. Aun consciente del huracán que desataría, el sudafricano extendió las malintencionadas fotografías, con una parsimonia trémula que también reflejaría su voz de haber pronunciado palabra alguna. No obstante, Betserai escogió estudiar en silencio la reacción ajena, contemplando como su hermana presenciaba a través de sus ojos café la crueldad de Dionisie; El tío supo disimular su odio en la misiva, dotando cada palabra con un veneno subrepticio e imponiendo tras ello la contemplación de su mundo venido abajo. Dionisie escogió cuidadosamente cada imagen, jugando a herir como el manipulador mayor: desbaratando el orden de uno y atacando la pasión de otro, culminando por mancillar el mismo lugar que actuaba como refugio en tiempos pasados.

Ver aflorar lágrimas en los ojos de su hermana fue una novedad, algo que no presenciaba desde un acontecimiento especifico años atrás. Betserai rompía en llanto a menudo, siempre en soledad, mientras repasaba el cambio drástico que sufrió su vida tras la pérdida de los padres de ambos. Se sentía insignificante sin la protección de su padre. Nadie mostraba respeto hacia él, nadie reculaba antes de intentar burlarse de su aspecto.—Te lo tienes bien empleado, por ser tan bruta—regañó tras el arrebato que dejó echas trizas las fotografías.—Siento que no nos dejará volver nunca—confesó entonces, desesperado. Más que nada anhelaba volver a su país, pero también temía el momento de enfrentarse a su tío, sabía que conocía sus puntos débiles y sería capaz de hacer cualquier cosa con el afán de aumentar su desdicha.

Su ritmo cardíaco sufrió una notable irregularidad tras la advertencia de una voz conocida, y enseguida recolectó los trozos de las fotografías despedazas; detestaba mostrarse vulnerable frente a los demás, prefería no tener que hacer a nadie partícipe de su drama familiar. Reencontrarse con Jasir resultó ser una grata sorpresa, desde lo ocurrido en Hyde Park estaba muy preocupado por su bienestar, por un tiempo temió que hubiera resultado lastimado tras la avalancha. Se levantó para recibir a su único amigo, y si no exclamó alegremente su nombre fue porque la situación no lo meritaba, y porque Betserai tenía por costumbre reprimir demostraciones de afecto tanto vulgares como delatadoras.—Buenos días Jasir— saludó, disimulando con buen resultado los nervios que le acechaban en presencia de Jasir, sensación que acompañaba a Iqbaal desde los inicios de la pintoresca amistad. Una rabia conocida revolvió su estómago cuando los dedos ajenos se enredaron en el cabello rubio de su melliza, consolándola con una caricia; Betserai ya estaba tan acostumbrado a vivir con aquella ponzoñosa sensación de envidia que no intentaba ponerle solución.

Estoy bien, supe hacer frente a las circunstancias— mintió. El sudafricano jamás admitiría haber sufrido un ataque de ansiedad en mitad de la estampida, no quería ganarse la reputación de blandengue, como bien se empeñaba en recordarle su tío.—¿Cómo estás tú?— Avanzó un paso hacia ambos.—Estábamos preocupados por ti, te buscamos por todo el festival— admitió, desviando su mirar aguamarina hacia Maisha tras sentir la sangre hirviendo bajo su pálida piel.—Hadiya está en Hogwarts, estuve con ella en la mañana antes de venir hasta San Mungo— se adelantó, pues no dudaba que tarde o temprano el mayor preguntaría sobre su hermana pequeña.
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Re: You'll be okay — Privado

Mensaje por Maisha Du Plessis el Dom Jun 25, 2017 7:09 pm

Lágrimas saladas, tragos amargos. El nudo en mi garganta no se decidía, no terminaba por estrangularme pero tampoco se daba por vencido. Estaba ahí, recordándome lo que me había sido arrebatado de mis manos. Lo que se nos fue arrebatado. Ver, por mis propios medios, cómo mi tabla se convertía en poco menos que cenizas me arrancó un pedazo de mi corazón. Vi cómo la luz, antes perpetua, se extinguía. Oí cómo la música, siempre entonando las más alegres melodías, llegaba a su fin. Todo acababa. Nada tenía sentido.

Qué oportuno, Iqbaal. —porque no tenía el genio para soportar a mi mellizo de buenas maneras. No tenía el ánimo. Las fuerzas me habían abandonado, dejado de lado mientras se escabullía fuera de mí todo halo de esperanza. Era un desastre, era lo que restaba luego del fatídico derrumbe de un castillo de cartas. —Tú lo pensaste también. Sólo que yo lo llevé a cabo. —recriminé, pasando la mano por las vendas que cubrían mi hombro en busca de calmar el escozor que restaba tras el tironeo en mis músculos. Estaba bien, pero tampoco podía abusar. No debía. —Volveremos. —una promesa, como quien anuncia un amanecer, un ocaso. Inevitable. Tal vez temprano o quizás tarde, pero llegaría y su arribo sería imperdible. Inolvidable.

Así sería nuestro retorno a casa.

Y, entonces, una voz irrumpió en nuestra tensa conversación. Rompió, como siempre lo hacía, el silencio, mas no por eso incómodo, que crecía en medio de mi mellizo y yo. Como siempre lo había hecho, con esa simplicidad y familiaridad tan suya que me robó uno y dos suspiros, que consiguió que mi corazón se saltara un latido luego de dibujar toda su figura y que mis labios, trémulos ante el llanto contenido, curvasen en un sonrisa. —Estás aquí. —no era necesario que dijera más, que preguntase el por qué ni averiguase el cómo. Jasir, como había prometido en su carta, estaba en Inglaterra y nada más que eso importaba. —Ahora lo está. —respondí, cerrando los ojos y dejándome llevar por el arrullo que me regalaban sus dedos entre mi cabello, por los recuerdos que su tacto me obsequiaban con cada mechón que se enredaba. —Pensamos lo peor. —y ahí está, mi voz recuperando su color, regañando a ese mago que me gana por un par de años pero que me deja ganar siempre porque así es. Siempre ha sido así. Y, esperaba, que así siempre lo fuese. —Me vas a dejar calva. —bromeé, meneando con la cabeza suavemente. Los calmantes conseguían que la cabeza me estallase, y si a eso le sumaba la cólera que burbujeaba en mis venas por la carta y su remitente, no estaba pasando por un buen momento. —Eh, no nos regañes por cierto. Ha sido mi culpa. —como siempre lo era. —,o  algo así. En mi defensa, debo que decir estos muggles están locos. —intenté, en vano, encogerme de hombros.
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