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No sé, nunca había llegado tan lejos [Frederick] FB

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No sé, nunca había llegado tan lejos [Frederick] FB

Mensaje por Ricky M. Over el Lun Abr 17, 2017 2:49 pm

Recuerdo del primer mensaje :

— Diciembre 1978. —

Estaba nervioso.

Sería la primera vez que visitase un lugar de ambiente, zonas muggles prácticamente secretas que no tenían muy buena fama entre la sociedad. La curiosidad fue mayor que el miedo, y una pequeña parte de Ricky pensaba que dentro encontraría a alguien que volvería a hacerle sentir acompañado. Desde la muerte de su mejor amiga, la soledad era asfixiante, y ni estar cumpliendo su sueño de convertirse en auror conseguía apagar el intenso dolor de los recuerdos. El mundo mágico seguía en guerra, y refugiarse en la ingenuidad muggle siempre suponía una vía de escape, aunque los no mágico ignorasen que también eran víctimas de la guerra. El Ministerio Británico ocultaba los ataques propiciados por los mortífagos, mandaba a sus magos desmemorizantes a borrar las mentes de los muggles para evitar que el Estatuto del Secreto fuera descubierto. Ricky no podía confiar en nadie, no podía sentirse seguro en ningún lugar, razón para ocultar su varita en la chaqueta que vestía. Se aseguraría de proteger a los muggles en caso de sufrir algún ataque.

Encontrar el establecimiento no fue sencillo, se ubicaba lejos de la zona que ocupaban el resto de bares. El francés caminó entre la nieve, las luces intermitentes navideñas iluminaban su rostro y su ritmo cardíaco se aceleró a medida que alcanzaba la entrada. Le entristecía estar pasando la época navideña lejos de su familia, pero no contactaba con ellos por la intención de protegerlos, así evitaría poner a su familia en el punto de mira de cualquier purista. El rastro de pisadas se borró frente a un diminuto local alejado de la sociedad, la música disco retumbaba desde el exterior. El hombre fornido que custodiaba la puerta sometió a Ricky a todo un interrogatorio antes de permitirle entrar, tras asumir que el joven auror no sabía dónde estaba metiéndose. Inhaló y Exhaló. Por un breve instante, sopesó la idea de marcharse antes de entrar, pero avanzó abrigando la esperanza de encontrar el amor dentro.

Un pie dentro del establecimiento bastó para arrepentirse. No lo imaginaba así. El ambiente era lúgubre, las únicas luces que alumbraban a los hombres presentes eran coloridas y de una intermitencia que resultaba dañina para los ojos. La música sonaba con tanta fuerza que parecía estar palpitando en su mente, provocando un molesto dolor de cabeza. ¿Cómo iban a conocerse, si no podían escucharse entre ellos? ¿Cómo enamorarse así? Avanzó entre la gente para dirigirse a la barra, y le horrorizó notar alguna mano desconocida tocando más de la cuenta.

Una vez en la barra, tomó asiento en un taburete y retuvo sus ganas de salir corriendo.—HOLA, ¿ME OYES?—Gritó al camarero.—ME GUSTARÍA TOMAR UN ZUMO DE CALAB.. DE MANZANA.—Solicitó. El camarero respondió con una risa, seguida de una negativa.—Aquí no tenemos de eso.—El francés se encogió en el asiento, se fijó en un cóctel que tomaba alguien más en la barra, desconocía su contenido. Señaló el vaso con el índice.—Pues quiero eso.—Pidió resignado, realmente le apetecía tomar un zumo fresquito.


Última edición por Ricky M. Over el Miér Abr 19, 2017 5:14 am, editado 1 vez
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Re: No sé, nunca había llegado tan lejos [Frederick] FB

Mensaje por Ricky M. Over el Dom Abr 30, 2017 10:46 am

Los copos de nieve oscilaban hasta caer sobre el pavimento o cualquier obstáculo en su camino descendente. Caían suaves, sutiles como un beso gélido. Por acostumbrado que el francés estuviera a las nevadas propias de invierno, dicha escena resultó ser más bella que ninguna otra antes presenciada. Había algo especial. Una sensación que flotaba en el aire, como una nube, una esencia que aspiraba y subjetivaba su percepción de las circunstancias. Para Ricky, la nieve nunca cayó con tanta elegancia, y sufrir el vello erizado a causa de las brisas frías nunca resultó tan satisfactorio. Su natural despiste no permitiría que adivinara la razón de los hechos mencionados, el francés no atisbaba una sospecha mínima de los sentimientos que germinaban en su interior a causa de una influencia externa. Una influencia con anteojos. Una carcajada natural escapó de su garganta tras oír la respuesta de Frederick, un contraataque tan vengativo como idóneo. Quisiera poder decir que supo devolver el golpe con la misma elegancia, pero hacerlo sería alterar el transcurso de los hechos con un embuste monumental. No respondió. No respondió porque, simplemente, no supo qué responder. Ricky nunca fue especialmente elocuente o avispado, y su fatal capacidad improvisadora quedó también reflejada minutos más tarde, cuando invirtió tanto tiempo en idear una coartada que Frederick cazó la mentira incluso antes de haberse pulido ésta.

Se encogió en el asiento, poco a poco adaptándose a su temperatura corporal, abandonando el frío característico de un objeto inanimado sometido a los envites del clima. Sintió remordimientos, observó a su acompañante con vacilación, mordiéndose la cara interna de su mejilla.—No, no es que no quiera decírtelo—aseveró. Detestaba verse obligado a ocultar su verdadera identidad por culpa de las leyes. Siempre se enorgulleció de sí mismo. Andar con la cabeza en alto por admitirse homosexual o enorgullecerse de ser nacido de muggles siempre le ocasionó problemas, le granjeó el odio de los demás, pero no frenó su sinceridad. Mentiras. En el mundo mágico, muchos le despreciaban por ser descendiente de muggles. En el mundo muggle, tenía que ocultar su naturaleza mágica para evitar escandalizar a los demás. Incluso debía mentir en un lugar de ambiente, irónicamente un espacio en el que muchos hombres buscaban sincerarse y escapar de las mentiras que abundaban en su vida rutinaria. Mentiras, mentiras, mentiras. Y Ricky atrapado entre dos mundos, perteneciendo a ambos y sintiéndose parte de ninguno.

Tras ofrecer su copa, contempló a Frederick atentamente, que demostró una desenvoltura digna del más prestigioso catador de alcoholes. Sus ojos se abrieron en una desmesurada expresión de sorpresa, seguido el gesto de un breve aplauso que dejó sus manos adoloridas, poco flexibles por culpa del frío. Pudiendo adivinar los ingredientes de un cóctel bebiendo un sorbo, ¿quién necesitaba tener poderes mágicos? Sonrió, mezcla de orgullo y admiración.—Tienes talento—aduló, intentando apartar su mirada de la boca ajena, húmeda tras catar el combinado.—Sé que es suave, no me gustan las bebidas fuertes. Mientras menos se note el alcohol, mejor—explicó sin avergonzarse. Ricky estuvo a punto de resquebrajar el repentino silencio que nació entre ellos. La anécdota sobre la primera vez que probó una cerveza cosquilleaba en su garganta, preparándose para emerger y estropear la escena romántica con detalles desagradables sobre escupitajos y vómito. Por suerte, su relato no llegó a surgir, murió antes de nacer. Frederick lo interrumpió, el roce de sus labios impidió que estropeara la escena.

En principio, su cuerpo adoptó una rigidez rocosa, incapaz de amoldarse a la situación. En oposición a su exterior, la parte interna de su organismo reaccionó en el otro extremo. Su ritmo cardíaco se intensificó, desbocado, y la sangre se aglomeró bajo su antaño pálido rostro. No exageraría afirmando que transcurrieron años desde la última vez que alguien besó sus labios, y la sensación se presentó tan novedosa como la primera vez. En torno a él todo era frío, pero su boca irradiaba calidez. El francés no pudo hacer honor a su nacionalidad, estaba desentrenado y temía arruinar el momento con el mínimo movimiento. Cerró los ojos y deseó que significara más de lo que parecía. Movió la boca, tímido y vacilante, acariciando los labios ajenos con una pausada suavidad que buscaba desvelar sus temores y echar por tierra toda consideración de rechazo.

Sus ojos permanecían cerrados y sus labios entreabiertos cuando Frederick se apartó, hecho que restó seriedad a la escena. Ricky sonrió nervioso, sintiéndose ridículo, un adjetivo con el que estaba estrechamente familiarizado. Demasiada información, demasiadas emociones que procesar.—Espera—contestó, enseñándole la palma diestra, pidiéndole un merecido descanso.—Primero déjame procesar lo que acaba de pasar—solicitó, demasiado emocionado para conservar las apariencias. Tardó diez segundos, veinte, treinta. Se dedicó a pensar en el beso, en lo rápido que ocurría todo, en la propuesta supuestamente decente. Inhaló aire, exhaló. Bebió un largo trago del cóctel, intentó serenarse.—Vale, ya está, creo—.Su mirada se posó sobre la ajena, verde azulada, cambiante dependiendo de la situación y la luz.—Prométeme que no eres un psicópata, o que no me harás ir hasta tu casa para intentar venderme un juego de cacerolas—.Hasta parecía que hablara en serio.—Si esto—señaló a ambos—es una estrategia para venderme cacerolas, no hace falta, estoy contento con las mías—.Continuó bromeando, porque decir estupideces le ayudaba a manejar la situación. Se levantó abruptamente.—Por favor, llévame a tu casa, no me dejes seguir hablando—rogó con una sonrisa afectada.
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Re: No sé, nunca había llegado tan lejos [Frederick] FB

Mensaje por Frederick Masse el Dom Mayo 07, 2017 7:52 pm

Su respiración entrecortada, sus ojos cerrados, su coraza. Todo aquello que detenía el tiempo, que evitaba que la arena escapara de entre sus dedos como el agua. Miles de sentimientos que creía que podría mantener en una pequeña jaula, todo aquello, desbordó. La arena cayó y sus latidos se desbocaron como un caballo salvaje. Sus ojos se entreabrieron y, a pesar del frío invierno, sintió la luz que atravesaba sus pestañas, como el primer rayo de luz de sol de un día de verano, la imagen reflejada sólo le impartía calidez. Con sus sentimientos a flor de piel, borrosos, confusos. El miedo llegaba a cada poro, intentando procesar en esos segundos de silencio con el mismo ímpetu que el contrario. Sus bellos ojos reflejaban algo que no podía comprender, estrujando su pecho, inundando sus labios de inseguridades. Pero las contuvo en una sonrisa tímida. Tan sólo hacía falta un beso correspondido para que la mente del inglés estallara en una bomba de colores. Podría haberle echado la culpa al frío de sus mejillas ahora carmesí, aquella emoción que desplegaba el rosado hacia la punta de sus orejas, pero las cosas siempre habían sido claras para el escritor. Fue cuestión de tiempo para que su sonrisa nerviosa se convirtiera en una risa alegre, cantarina. ¿Para qué ocultar la satisfacción si sus pupilas y el palpitar de su pecho hablaban por él mejor que nadie? Se sintió como un niño otra vez, donde nada importaba más que sus sentimientos. Su aspecto alborotado y su cabello desaliñado mostró esa faceta más infantil de Frederick, uno que no se sentía tan vivo desde hacía tiempo.

—No te preocupes— recitó realmente descartándole importancia. Dando un pequeño toque en la nariz ajena. Podría haberse perdido nuevamente en su mirada, pero tras el beso, el nerviosismo no paraba de trastabillarle sus palabras, incluso sus acciones. Se sentía como un tonto sin remedio, cayendo entre redes desconocidas, intentando que su aliento no se cortara más de lo que ya estaba. Conocía estas sensaciones, más de lo que hubiera deseado. Sabía que siempre terminaban mal, sus experiencias así lo decían, pero el bibliotecario siempre daba una oportunidad más, esperando que la persona indicada llegara a su vida. Siempre se proponía a no huir de aquello que lo atemorizaba. No importaba cuantos golpes se llevara. Entonces recordó las palabras que un hombre desconocido le había dicho una vez, un jugador empedernido que había acabado en la calle debido a sus apuestas. El que no arriesga jamás ganará nada. Tal vez la situación no era la indicada, no de un vagabundo que ni siquiera tenía para comer, sin embargo, las palabras resonaron en su vida, no tenía nada que perder después de todo. Jugando con la copa entre sus dedos se perdió en cada una de las facciones del rostro del mago, maravillado.

—Tienes talento— Oír esas palabras terminaron por alterar su estado emocional, la vergüenza era perceptible en el aire, siquiera esperaba una respuesta de lo que acababa de hacer. Su juego, tan tonto como perceptible para acabar con la tensión, que tal vez no existía, pero deseaba evitar a toda costa. El cosquilleo de su vientre, y sintiendo su alma escapar. —El secreto está en lo colores—, dijo, tal vez pensó. No estaba ya demasiado seguro de las palabras que escapaban de su boca, sonidos que eran mudos, pues la voz que empapaba sus oídos era ajena, lejana. Sobre sus ojos aguamarina creyó ver el paraíso. Apenas un vistazo, una sonrisa. ¿Qué decir? Su sonrisa tonta era ya imposible de ocultar tras el dorso de su mano, esas aberturas, pequeñas como hormigas, dejaban entrever la blancura de sus dientes y el rubor de su rostro tan avivado como el fuego.

Necesitaba algo, una broma gastada. Algo que sacara de su trance al corazón que hacinaba sentimientos. Escaparían algunos, en palabras tontas. Aliviaría eso la tensión de sus extremidades que eran recorridas por corrientes eléctricas apenas con el contacto del viento sobre su piel. —Prometo que mis ollas son las mejores del mercado— bromeó, otra vez extendiendo su mano. Arrastrarlo lejos de las multitudes parecía ser su cometido en este nuevo lazo que estaba dispuesto a formar. Si era ínfimo, duradero, no importaba. Otra vez se dijo que valdría la pena averiguarlo. Apenas consiguió el contacto con la palma del más alto, se atrevió a entrelazar sus dedos. Llevarlos lejos. El picaporte giró, la música se hizo más fuerte, todo oscureció. Un hombre giró sobre sus talones en la pista de baile, otro lo siguió y al final, la entrada del lugar se convirtió en una salida. Su salida, pero también el paso para conocer a aquel que se había apropiado de sus suspiros en apenas unos minutos.

Spoiler:
Perdón por tardar tanto Si hay odio, lo merezco. Espero que te guste. Y perdón mil veces
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Re: No sé, nunca había llegado tan lejos [Frederick] FB

Mensaje por Ricky M. Over el Miér Mayo 10, 2017 8:53 am

El francés erró creyendo que tras el precipitado beso la situación adoptaría un ambiente tenso e incómodo, pero no fue así. Ambos adultos continuaron conversando con normalidad, bromeando y tanteando el terreno, prolongando el cortejo atípico surgido desde el primer instante. Todo sucedía demasiado rápido, y la relación bilateral avanzaba a la perfección. Por mucho que Ricky encajase en la definición de optimismo, estaba acostumbrado a los constantes reveses de una cruel vida; Encontrar un chico aparentemente perfecto y ganarse su atención sin tener que enfrentar antes cualquier conflicto resultaba extraño para el menor, maravilloso pero extraño. Estrechó la mano de Frederick y se levantó, conteniendo las ganas de pellizcarse para comprobar que seguía despierto, desvinculando la inusual dicha de sus sueños placenteros. El francés conocía bien los peligros de ilusionarse precipitadamente, pero saberse la teoría no impidió que sintiera inquietud en la práctica, las ganas de gritar y saltar sobre la nieve seguían ocultas en su cabeza, latentes.

Contuvo el aliento cuando la oscuridad engulló a ambos, y las luces multicolores parpadearon sobre los jóvenes mientras recorrían el establecimiento en busca de una vía de escape. Sin soltar la mano de Frederick, el francés se mezcló entre la multitud, distraído con ensoñaciones dedicadas a imaginar la vivienda ajena. Por razones obvias, imaginaba un pequeño piso abarrotado con cacerolas de todos los tamaños; esperaba equivocarse. Suspiró, aliviado, cuando una brisa gélida de aire fresco probó que consiguieron su objetivo, abandonar el bar de ambiente.—Espero que vivas cerca—comentó, sin soltar su mano. Cierto sería que, con la habilidad de aparecerse, llegarían a la casa ajena en un santiamén, pero caminar bajo el temporal invernal también guardaba cierto encanto. En silencio, caminó junto a Frederick, recorriendo las calles nevadas hasta que la previa localización quedó atrás.

Un sonido atronador alcanzó sus oídos desde la considerable distancia. Una explosión. Un hechizo. Sobresaltado, el auror en prácticas empujó a su compañía en un inútil intento de protección.—No te muevas—ordenó. Se escondió tras el grueso tronco de un sauce que decoraba la calle, agazapándose e instando a su compañía a adoptar la misma postura. El cuerpo de Ricky entró en tensión, cada músculo de su magullado cuerpo, y su semblante adoptó una mezcla de preocupación y ferocidad. Creyó que quizás hubiera sido todo un producto de su traumatizada imaginación, pero entonces restalló un ruido más intenso que el anterior, semejante a un petardeo amplificado. Palpó su chaqueta en busca de la varita, tristemente acostumbrado a la oleada de ataques mortífagos que acechaban Londres. Segundos después del petardeo, atisbó por el rabillo del ojo una intensa luz verdosa dominando el cielo, iluminando durante un momento la ciudad inglesa. Contuvo el aire. Luz verde en el cielo, la marca tenebrosa. Abandonó su escondrijo empuñando su varita hacia la procedencia de la iluminación, apuntando a un individuo inexistente. Ricky quedó paralizado, incapaz de comprender qué ocurría, hasta que se repitió el ruido previamente oído y unas luces verdes de colores formaron figuras amorfas en el manto estrellado. No eran explosiones, ni tampoco la marca tenebrosa.—Fuegos artificiales—anunció en voz alta, sintiéndose estúpido y aliviado a partes iguales. Volteó hacia Frederick con el rostro desencajado, sin saber cómo excusar el empujón, la orden y el hecho de estar sujetando veintisiete centímetros de olmo con núcleo de unicornio entre sus dedos.

Entonces comprendió su error, comprendió su egoísmo. Los mortífagos atacaban a muggles, sobretodo aquellos relacionados con traidores e impuros. Ricky lo sabía, presenció como arremetían contra la gente que amaba, como amenazaban con herirlos. De hecho, tomó la dolorosa decisión de alejarse de su única familia, puesto que todos eran muggles y corrían peligro mientras continuaran en contacto con él, y por tanto también en contacto con el mundo mágico. Estaba instruyéndose para aprender a luchar, para vengarse y enfrentarse a una organización criminal, no podía permitirse hacer sufrir a un ser querido exponiéndolo a un constante peligro. Se alejó de su familia muggle para protegerla, ¿cómo fue tan egoísta arriesgándose a exponer así a un completo desconocido? y no a cualquier desconocido, a un chico amable que mostró interés en él.—Lo siento—susurró, justo antes de que un nuevo cohete estallara a sus espaldas.—Me gustaría poder acompañarte, creo que por primera vez habría funcionado—.Apretó los labios hasta que palidecieron.—Sonará típico, pero no eres tú, soy yo. Estoy en un momento complicado, no debería haber venido aquí, me he dejado llevar pensando que..—sacudió la cabeza—no importa.—La tristeza que heló su cuerpo no impidió que actuara con responsabilidad, no podía atraer inocentes a la guerra, y tampoco auguraba el nacimiento de una relación sana basada en mentiras desde el primer encuentro.

Tenía que marcharse rápidamente, antes de cometer la insensatez de cambiar de opinión. Un nuevo estallido de colores dominó el cielo oscuro, ramificándose como una telaraña roja y verde, Ricky contempló a Fred bajo las luces de los fuegos artificiales navideños.—Lo siento—repitió, acortando la distancia para besar su boca por segunda y última vez. No solía tomarse semejantes atrevimientos, pero sabiendo que no volverían a verse, no pudo desaprovechar la ocasión de repetir algo que le hacía sentir tan bien.
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Re: No sé, nunca había llegado tan lejos [Frederick] FB

Mensaje por Frederick Masse el Vie Mayo 12, 2017 9:59 pm

Desde pequeño se le había instruido a acatar ordenes, a no cuestionar ninguna de ellas o siquiera dar opiniones. Una de las pocas costumbres que había mantenido, que le convenían. Un niño educado de padres burgueses, adinerados, debía poseer la etiqueta de tales. Comer debidamente con cubiertos, tocar el piano y jugar al golf, cada una de ellas, arrojadas a la basura. Horas de esfuerzo que habían sido en vano a menos que tuviese que aparentar, pero Frederick odiaba hacerlo. Prefería comer con las manos, andar descalzo y ropas desaliñadas. Tal vez no poseía el alma más pura del mundo, pero era libre. Estaba feliz.

El primer viento al cruzar el umbral de aquella puerta había escogido a su cabello para decorarlo con copos de nieve; repentino, el frío se coló por las aberturas de su saco, el que cerró con fuerza tras acercarse un poco más al francés en busca de protegerlos a ambos. Su sonrisa inamovible se dirigió entonces al menor de los hombres, —Claro que no, no te obligaría a pasear por Brixton a estas horas de la noche— respondió, saltando sobre las huellas que iba dejando el contrario. La calidez de su pecho podía dejar de lado un invierno tan gélido como el de Londres y abrigar un millar de gorriones hambrientos.

Sus ojos brillaron complacidos al percibir como la nieve caía taciturna sobre las narices de ambos, danzantes como pequeñas bailarinas de cristal. Con la bufanda perfectamente anudada y gesto risueño se acomodó con confianza sobre el brazo ajeno. Un atrevimiento que le costaría una golpiza si los veían por las calles ahora desiertas. Pero su compañía era alguien que valía la osadía. Podía rápidamente formar escenas de libros y películas en su cabeza, caminando bajo la tímida luz de luna y cálidos faroles. Su comentario sobre las estrellas enmudeció cuando el fuego iluminó el cielo, perplejo ante la belleza de tal acontecimiento. Había olvidado por completo noche buena, ni siquiera las luces navideñas de miles de colores habían logrado quitarlo de su ensoñación. La sorpresa llegó a sus pupilas cuando fue empujado, mas no rechistó, pues la confusión se apropió de todo lo que ahora lo rodeaba. Era tan distraído que desconocía si realmente había pasado algo en ese pequeño instante. Tardó unos cuantos segundos en notar que el francés estaba realmente agitado gracias a eso que a él le parecía tan hermoso. Lo sostuvo por sus hombros, notando el extraño objeto en su mano. Una rama para defenderse, creyó. —Está bien, no te preocupes. Ya pasó—. Tal vez era ingenuo, tal vez su inconsciente era tan cuadrado como el de los demás seres no mágicos. Pero su sentido común descartó cualquier otra opción surrealista, eligiendo el temor por los ruidos fuertes o por lo que fuese. Sus brazos envolvieron el cuerpo ajeno en un intento de confortarlo, sintiéndose culpable  al deleitarse con el aroma que ahora llegaba a sus fosas nasales.

Sus dígitos acariciaban la espalda del más alto en busca de aliviar la pesadez que se situaba en ella, intentando que sus mimos traspasaran la gruesa capa de ropa. Con la preocupación en sus pupilas acarició su rostro, ignorando aquellas palabras hirientes que eran como una puñalada a su conmovido corazón, lluvia en su día soleado. La nieve congeló sus manos y el frío que antes no sentía recorrió su espalda. Esa alegría rota encontró una sonrisa amarga, falsa. Intentando demostrar una tranquilidad inexistente. No esperaba aquel beso, llegó de imprevisto, atrayendo un abrazo más profundo, buscando aquel contacto. Sus dígitos se enredaron entre el salvaje cabello del menor, buscando desahogar sus penas en el. Cerró sus ojos, impidiéndose rozar la ferocidad. Correspondiendo con tal necesidad que el Nilo se habría secado si se comparaba con un animal sediento. Presentía la despedida, pero Frederick no se rendiría tan fácilmente. Apenas se separó para respirar, con sus labios húmedos y el aliento entrecortado, obligando a su tristeza a pasar desapercibida. —¿Volverás a casa solo? Los fuegos artificiales sonarán toda la noche y si alguien nos vio, es peligroso—, la preocupación podía percibirse en su voz temblorosa y en las caricias que habían vuelto a acomodarse en la espalda ajena. —Entiendo si no quieres...—, si no te gusto o si te arrepentiste, pensó, —...puedo acompañarte a la estación—. Su ofrecimiento amable, su corazón que no quería dejarlo huir. Que presentía algo más allí. Algo era diferente, o no. Esto era igual al resto, bajó su mirada y ahora fueron sus labios los que formaron una fina línea. Desatándose de aquel agarre. Aprendiendo a no aferrarse. —Lo siento, no te obligaré a quedarte— dijo, en una especie de despedida que apenas de podía oír, un hilo de voz roto. Un abrazo a si mismo que intentaba reconfortarlo ésta vez a él. —Feliz navidad—.
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Re: No sé, nunca había llegado tan lejos [Frederick] FB

Mensaje por Ricky M. Over el Lun Mayo 15, 2017 3:39 pm

Por un efímero instante, pudo atisbar el rostro de la felicidad, vieja conocida que se resistía a reencontrarse con él. Pudo verla. Creyó en su existencia, a través de Frederick, y por primera vez en años imaginó un porvenir acompañado, sin la inmensa soledad que predominaba habitualmente en todas sus ensoñaciones de futuro. Desgraciadamente, la dicha de hallar la felicidad no pudo compararse con la inmensa desilusión que inundó su alma tras volver a perderla de vista, para siempre, creyó. Sí, pecaba de cándido e infantil, prendándose como una colegiala de un completo desconocido, atribuyendo a este la razón de su insatisfacción y también su remedio. No podía evitarlo, seguía creyendo en el amor a primera vista, en el mismo amor dedicado e incondicional que conoció a través de sus padres; el mismo amor profundo y sincero que profesó a sus amigos, pero enfocado a un ámbito romántico. En ocasiones, incluso creía vivir en una película romántica, y olvidaba su cruda realidad, envuelta en ataques, guerras y prejuicios absurdos. La realidad se imponía, pesada, obligándole a comportarse como una persona responsable, apartando del conflicto a personas que, por su condición, podían considerarse inocentes daños colaterales. Por nada quisiera ser causante de atraer a Frederick a su infierno personal, una carga que no quería otorgar a nadie, aunque significara negar su palabra y presencia a las personas que amaba.

Su respiración funcionó desbocada, aspirando y expirando nubes de vaho helado, expresando el temor que atenazaba cada centímetro de su cuerpo surcado de cicatrices. El menor no tenía excusa plausible que justificara su comportamiento, una reacción desmesurada, estrechamente similar a como un perro reaccionaría a la misma pirotecnia. Cualquiera diría que minutos atrás paseaban tranquilamente, como enamorados, ajenos a la desagradable repercusión que solían provocar las demostraciones de afecto públicas entre hombres. Así funcionaba la vida del francés. Sus momentos de dicha solían ser escasos y breves, mas acostumbraba a hallar alternativas, cualquier excusa válida para sonreír. En ese momento, no la encontró. Ser consolado no ayudó en absoluto, hubiera resultado más sencillo de haberse comportado Frederick con menos gentileza, atribuyendo su reacción estúpida a un carácter alocado e infantil, marchándose en el acto. Sin lugar a dudas, habría facilitado todo, pero no fue así. Permaneció rígido mientras recibía el abrazo, negándose a aceptar un cariño que no creía merecer, negándose a encontrar más razones para permanecer junto a él.

Entonces anunció su decisión, mientras los fuegos artificiales estallaban a sus espaldas, burlándose de su desdicha, ofreciéndoles un paisaje colorido y hermoso que de ningún modo podrían disfrutar. Crispó los puños hasta que sus nudillos palidecieron, arañándose la piel, infligiéndose daño para descargar su frustración contra el principal culpable de la situación: él mismo. Le besó, contradiciendo a su cerebro para mostrar sumisión a su corazón. Sin duda, se marcharía solo, pero el mal sabor de boca mejoró gracias a la degustación de la ajena. Tampoco se recreó en el beso, sabía contenerse, fue más bien un contacto de despedida. La preocupación de Frederick resultó dolorosa, como una mano apretando y retorciendo su corazón. Hacía meses que nadie se preocupaba por él, se sintió pequeño e indefenso, sin saber cómo demostrar el agradecimiento que sentía. El frío impidió que sus ojos se anegaran de lágrimas, cogió aire.—No te preocupes por mí, sé cuidarme muy bien—tranquilizó. «Eres tú quien me preocupa», quiso añadir, pero no supo cómo hacerlo.

No quería permanecer un segundo más junto a él, se sentía demasiado culpable, no sería la primera vez que fallaba a alguien que parecía merecer la pena. Finalmente, pese a sus buenas intenciones, no resultaba ser la buena persona que quisiera ser.—Feliz navidad—correspondió, sonriendo tristemente. No prolongó su sufrimiento, volteó y comenzó a caminar, dejando un rastro de huellas sobre el manto nevado mientras ponía entre ambos la distancia suficiente como para poder aparecerse en otro  lugar.
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Re: No sé, nunca había llegado tan lejos [Frederick] FB

Mensaje por Frederick Masse el Sáb Mayo 20, 2017 6:05 pm

Se sentía como un idiota, de los más grandes al ver la espalda dispersarse con la tranquilidad que antes sostenían ambos en la lejanía de las calles londinenses. El mundo se reía de él. La niebla se comía la figura ajena, nubes bajas que lo ayudaban a ocultar su pesar que atravesaba el propio pecho como una flecha envenenada, tan instaurada que sentía el destrozo ocasionado como un huracán que había pasado, arrasando con todo a su paso. Discutiendo con la pesadez que conllevaban las palabras ajenas, las cuales no respondió. Tan gélidas como hirientes, rechazando el ápice de bondad que había logrado exprimir en su devastado sentir. Un rechazo con besos que solamente aludían a la confusión y al desprendimiento de las partes de su corazón antiguamente pegadas con cinta. Cada pedazo de fantasía roto en millones de piezas y un sentimiento agridulce que empujaba lágrimas tan indignadas que preferían no salir. Una decepción tan plausible como sus propias manos, congeladas ante el frío invierno que ni siquiera la tela de sus guantes podían con ello. Frederick se prometió que sería la última vez, que jamás volvería a caer en sus pensamientos autodestructivos. Mas no lo creyó. Tan infantil, seguir esperando la coincidencia del destino y un amor correspondido. Siguiendo la luz de esos ojos azules como un pez atrapado en las profundidades del más oscuro oceano, en busca de escapar, pero acabando con el destino más cruel de todos.

Habría hecho una bola de furia y nieve para arrojarsela a esa sombra que se desvanecía, pero era consciente de su completa culpa. Entregar sentimientos a un completo desconocido siempre había sido lo mismo. Descontrol, tristeza y corazones rotos. ¿Sería demasiado egoísta culpar a otro? Sólo una vez, liberar el llanto que había contenido por años con una tonta excusa como un amor que se había escapado, seguramente por sus desesperados intentos de agradarle. Su inocencia era siempre como ríos desembocando en el mismo mar. La corriente jamás cambiaba su rumbo por más esperanza que el inglés pusiera en sus acciones. Y así, con esos pensamientos impuros, fue que el muchacho de ojos grises también pegó la vuelta, un enfrentamiento de espaldas que conocían el fracaso mientras se alejaban dejando sus pisadas en el pavimento cubierto de blanco. Dejando que el viento se llevara un amor tan brillante como el sol de verano, un amor destinado a no ser.

—¿Era demasiado?— susurró al cielo con sus ojos cerrados, tranquilizando su respiración y el sonido de su voz tan trémula que parecía una ola de sensaciones desbordantes. —¿Que he hecho mal?— Sus brazos se abrieron, exigiendo una respuesta a aquel dios que supuestamente los amaba a todos, dudando de su existencia una vez más. Esperando una respuesta, una solución mágica en ésta tierra que parecía querer tragarselo con tragedias. Un ser divino que no era tan amable como el mundo lo pintaba, ni tan asombroso como el interior extremadamente dorado de cualquier iglesia. Arrancó con fuerza la cruz que descansaba en su pecho y sus nudillos se volvieron blancos, sus labios se tensaron. Un ser demasiado cálido para ser tan solitario. Escapando de allí  de una vez por todas. Después de todo, no era la primer navidad que pasaba solo y lamentarse no serviría de nada.
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Re: No sé, nunca había llegado tan lejos [Frederick] FB

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