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El corazón delator.

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El corazón delator.

Mensaje por Anna G. Howell el Jue Abr 13, 2017 10:06 am

Recuerdo del primer mensaje :

Diciembre de 1965,
Universidad de Cambridge.

E
l viento recién llegado arrastraba hasta el fin del mundo los sonidos de la universidad y el rumor de la música en la radio para luego devolverlos fragmentados, inexactos, como si ya no pertenecieran a las personas ni cosas que se agrupaban alrededor de la barra de la cafetería. Sonaban The Animals, apenas retumbando en los altavoces que había colgados en cada esquina del techo. Toda la estancia apestaba a café, uno tan fuerte y tórrido que arropaba del frío de diciembre, y el vapor de las cafeteras limpiaba de los pulmones el moho de los días. Las voces y risas del local sonaban con tanta energía que eran capaces de eclipsar cualquier intento de cavilación. Incluso el tintineo de la cucharilla apremiando la disolución del azúcar se adelantaba al murmullo de la propia voz. Así parecía ser para todos, excepto para el chico apartado en la mesa del fondo, ese de aspecto tan formal y de ojos verdes. A él nada parecía arrancarle de sus pensamientos.

    Unos calcetines altos y maltratados irrumpieron en el local, iban acompañados de un par de piernas llenas de rasguños y moratones que asomaban atrevidas por debajo de una falda roja y corta de algodón. Por la puerta se coló un soplo de frío seguido del perfume acaramelado de la chica, que abofeteó las narices de los más cercanos a la entrada sin ningún pudor.
    —¡Cierra la puerta, maldita sea! —gruñó el camarero al colarse por el cuello de su camisa el gélido viento invernal. La chica se terminó de sacar el abrigo y le respondió mostrándole impávida el dedo corazón. No estaba para reproches, ni para comentarios desdeñosos de machitos con aires dominantes.

    Como estudiante de la rama de química y biología, ella se sentía un melocotón extraviado en un campo de berenjenas, y aunque los menosprecios hacia su condición fueran comunes, ella no tenía ninguna intención de normalizarlos. Era como una gata encrespada, tras el asesinato de su madre estaba siempre a la defensiva, y retornaba todo ataque sin vacilar. Sus años en Hogwarts y Towekunde fueron como un sueño, pero una vez de vuelta a la realidad se había desvanecido ignorada y excluida para siempre de un mundo cerrado edificado por silencios, cuchicheos, reproches, culpas y secretos. El universo en el que había vivido toda su infancia ahora se definía por el sonido de puertas que se abrían y cerraban y que desembocaban en otras puertas que a su vez conformaban un laberinto. Ahora ya lo sabía, había vivido aplastada por puertas tan pesadas como pecados mortales. Puertas que tenían el olor a declaraciones no conscientes y que eran capaces de diluir en sus silenciosas bisagras los más íntimos pensamientos: los recuerdos, la voluntad, el sexo, la familia y el alma.

    Apremió su paso por el largo del local. Los tacones gruesos de sus zapatos golpeaban con ímpetu la madera del suelo y la hacían ver más alta de lo que ya era. Iba con prisa, y la torpeza con la que recogió un mechón de su cabello tras la oreja delató a una muchacha con los nervios a flor de piel. Había robado unas muestras del laboratorio y ahora el profesor de biología la andaba buscando; la vio salir por una de las ventanas del aula, y como buen hombre de naturaleza lógica, sospechó. La silueta alta y trajeada del maestro se deslizó por una de las ventanas del café.

    —Mierda —masculló, y con presteza posó su redondo trasero en el primer asiento que tuvo a mano. Alcanzó la carta de la mesa y cuan alta era la desplegó, colocándola a un lado del tablero a modo de muro de invisibilidad. Su espalda se escurrió por el respaldo del sillón en lo que escondía los dos frasquitos entre la goma del sujetador y sus pechos. El tapujo funcionó, porque aun habiendo entrado dentro del local el profesor Scheider no la vio. No obstante el chico de ojos verdes, sí.

    —Cameron, ¿has visto a la señorita Howell? —la voz de Scheider a su espalda logró que Anna se mordiera con inquietud los labios. Para su suerte, Cameron—unos de sus compañeros de clase—no la vio entrar. El muchacho se encogió de hombros y negó.
    —No me delates —susurró Anna, dirigiéndose directamente al chico de ojos verdes que tenía sentado enfrente, en la misma mesa en la que ella se coló y en el que en un principio no reparó—. Los físicos y químicos tienen que secundarse los unos a los otros, ¿no? —bromeó, aún sin alzar la voz. Estudió con sus ojos azules la figura masculina y delineó una sonrisa vaporosa y satisfecha que ya había reparado en esos apuntes de mecánica cuántica y termodinámica que acompañaban al señorito sobre la mesa. Se removió en el asiento y con labia le preguntó—: ¿Cómo te llamas, Einstein?


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Re: El corazón delator.

Mensaje por Anna G. Howell el Mar Mayo 16, 2017 8:25 pm


E
l abrigo del mago rápidamente la arropó como si fuera un abrazo, pues aún resguardaba su calor corporal, su olor. Los labios de Anna delinearon un gracias que fue mudo, casi invisible, mas el mimo con el que acarició el tejido evidenciaron su gratitud. Su cabello negro había quedado atrapado bajo el cuello de la gabardina y aún así algunos mechones rebeldes se escapaban empujados por el viento. Junto a este llegó el aroma: ese mismo que desprende un hombre de alta cuna que parece haber crecido en una vida resuelta. Un mago, un adinerado, un físico, y ahora un encaprichado. Anna lo notó, desde el primer instante en el que el castaño le devolvió la mirada. Se trataba de la torpeza de sus intenciones, de esos actos mudos que lo delataban, del nerviosismo, de las ideas temblorosas y ese miedo rabioso que te aparta de lo que deseas pero tanto temes hacer, decir, o saber. Lo que te dijeron que es correcto, lo que tú consideras que no. Ahora Arthur estaba tan cerca de ella que Anna podía sentir cómo respiraba de su aire y a través de él. Ambos se sumieron en un silencio que hablaba sobre que no se querían ir, al menos no uno sin el otro, no arriesgándose a no volverse a ver. Era inevitable, y Anna no podía negarlo: aquel hombre acababa de sumergirse en su vida con una intensidad que podía abrir océanos.

Arthur atrapó las solapas del abrigo y Anna alzó su rostro para enfocarse nuevamente en él. Como dos personas que se miran y no se conocen, pero que vuelven a mirarse una y otra vez. Los ojos de Anna eran un río sabio que a veces se inundaba a destiempo, y aquella vez era como si se negaran a seguir creciendo o como si pidieran disculpas por haber irrumpido aquel instante en una vida que no era la suya. Disculpas por ser la pieza causante e inconsciente que, algún día, terminaría rompiendo todos sus esquemas.

El mago, en un rumor inseguro, rompió con el silencio, y Anna tuvo la sensación de que esas palabras sucedían ya en el pasado y que, a la vez, eran las mismas que algún día le llegarían nítidamente desde alguna parte del futuro. Aspiró del aire, lenta y casi saboreandolo. Sus pulmones se hincharon del frío de diciembre y sus tersas piernas, que ahora se sentían las columnas de su universo, temblaron impacientes. Apenas los labios del mago rozaron su piel, los dedos de Anna se aferraron a la camisa ajena y tiraron con suavidad de ella; pegó su cuerpo contra el ajeno, como quien busca desesperadamente tener contacto con otra piel. Sus manos escalaron por el pecho masculino y se abandonaron al abrazarse alrededor de su cuello; sus dedos, suaves y expertos, se hundieron en la espesura de la cabellera y acariciaron con mimo la raíz de los alborotados rizos. Fue suave con él, aunque no lo quiso. Sus labios gruesos rozaban los del mago con esa sedosidad que escondía una avidez imprudente por devorarle, por desgastar todo su cuerpo y marcarlo entonces como suyo. Deseaba dar comienzo a un juicio de placeres, de prioridades insatisfechas y perversas que nunca se sinceran y solo se funden cuando sus cuerpos lo exigen… Pero no lo hizo.

Sus bocas se separaron, y sus cuerpos, más lentamente, dejaron de darse calor. Anna supo que su garganta se había hecho un nudo cuando pretendió volver a respirar.
Mierda, Arthur… —susurró casi para sí, con la mirada fija en esos labios ahora manchados de carmín. Los acarició con el pulgar, llevándose de vuelta con ella cualquier rastro de color en lo que se relamía melosa los suyos, que, tras el beso, se veían ligeramente hinchados. Por un instante le dieron ganas de arañarle en la cara, por haberla incitado así. Por mostrarse tan formal y tímido que no podía parar de preguntarse qué más había dentro de él. Por haberse encaprichado de ella tan rápido y tan fuerte. Por satisfacer su curiosidad... y a ella también.
Yo... escucha  —se apartó un poco más de él, estaba alterada, y su respiración agitada. Pellizcó su labio en un intento vano por tranquilizarse, y su mano, que se agitaba en el aire en busca de dar una explicación, se cerró en un puño reprimido. Oh, maldita sea; realmente tengo ganas de golpearte. Anna estalló en una risa nerviosa pero infalible. Entornó la mirada y sonrió en lo que se ajustaba la anchura del abrigo masculino a su figura—: Antes de irnos, te voy a llevar al sitio donde nos vamos a ver la próxima vez, ¿si? —no esperó respuesta y, tomándole de la mano, tiró de él.

Pronto se alejaron del campus para adentrarse en el Jardín Botánico de la Universidad, donde el olor limpio y refrescante del lago invadía uno de los sentidos aún no encontrados...


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Re: El corazón delator.

Mensaje por Arthur M. Green el Sáb Mayo 20, 2017 9:41 pm

Rescató lo imposible de aquel beso en sus memorias, susurrando suspiros inaudibles de aquel calor que recorría su cuerpo casi desnudo para el frío desgarrador de diciembre. Una hoguera parecía haberse prendido en su pecho, con el chisporrotear ensordecedor del calor emanado por los finos dígitos de la muchacha sobre su pecho, sus labios necesitados, danzaban cadenciosos en su búsqueda de aplacar tales emociones, arrolladoras como aquellos ojos cristalinos. Esa piel tan tersa como la había imaginado, y esos pensamientos que recorrían su espalda en un hormiguero placentero. Una lengua dispuesta a entrometerse en la comisura tan dulce como el chocolate y tan amarga como el humo del cigarro. Una adicción que aterrorizaba hasta al más grande y valiente de los dragones y que Arthur se había animado a probar. El aroma de ambos cuerpos se desprendió con el viento, llenando esa pequeña burbuja en la que habían decidido habitar en ese instante, desvaneciendo la fuerza de sus músculos.

Separarse requirió un esfuerzo que el inglés habría considerado como astral. Entre el tamborileo de su pecho y el revoloteo de las pestañas ajenas, entorpeciendo la vista de aquellos irises tan hermosos que habían dejado sin aliento al maltratado mago. Y cuando vio ese rostro, perfecto, con sus mejillas sonrosadas y labios húmedos, el inglés supo que estaba en el paraíso, el inglés conoció el miedo real por primera vez. Cara a cara. No pudo pensar una palabra más, no pudo reaccionar para cometer su deseo de huir, huir hacia algún lugar lejos de aquello que sabía que lo iba a carcomer por dentro, hoy, mañana, y para el resto de sus días. Respiraciones agitadas, silencio. Un tiempo roto y un corazón herido. Barreras en pedazos y la necesidad de quedarse. Un roce, una tentación.

Quiso proteger a la persona que sostenía su mano como un árbol que acunaba al fruto más dulce, sedoso como durazno y delicado como un racimo de uvas del lugar más árido. Sabiendo que la mujer era más fuerte que él y sus ojos tristes, percibiendo la luz que cegaba a todo aquel que volteara a mirarla. Toda idea relacionada al deseo se desvanecía a cada segundo, esto era demasiado irreal, demasiado nuevo. Un capricho que se había metido por debajo de sus uñas y había calado hasta lo más profundo de sus pensamientos. Siguiendo esa figura esbelta por los jardines de Cambridge como una abeja a la miel, entregado a sus impulsos más primitivos, con pasos lentos y revoloteos acelerados.

Su rostro permanecía impertérrito, su nariz roja por el frío. Tan abstraído de la realidad que no hubiera notado si una bomba caía sobre su cabeza. El impacto de su mirada lo había golpeado más fuerte. El aroma a tierra que ahora los envolvía hacían sentir al mago como en casa, la humedad y el sonido mudo de las hojas revolotear calmaban su agitado corazón. —¿El botánico?— preguntó al fin, quebrando ese silencio ensordecedor que había creado en su estado, absorto. Arthur soltó su mano y se alejó. Sus dedos conocieron la tierra del cantero más cercano, y un suspiro largo escapó de sus labios, sus párpados cayeron y se cuestionó la razón por la que no había huido cuando había tenido la oportunidad. —Anna— apenas un susurro, tímido y tembloroso. —No creo que esto sea lo correcto— diferentes mundos, diferentes vidas. El precio por esto sería más caro de lo que parecía.

Spoiler:
Perdón por tardar tanto Y me salió un poquito corto, pero espero que te guste de todos modos.
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