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El corazón delator.

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El corazón delator.

Mensaje por Anna G. Howell el Jue Abr 13, 2017 10:06 am

Diciembre de 1965,
Universidad de Cambridge.

E
l viento recién llegado arrastraba hasta el fin del mundo los sonidos de la universidad y el rumor de la música en la radio para luego devolverlos fragmentados, inexactos, como si ya no pertenecieran a las personas ni cosas que se agrupaban alrededor de la barra de la cafetería. Sonaban The Animals, apenas retumbando en los altavoces que había colgados en cada esquina del techo. Toda la estancia apestaba a café, uno tan fuerte y tórrido que arropaba del frío de diciembre, y el vapor de las cafeteras limpiaba de los pulmones el moho de los días. Las voces y risas del local sonaban con tanta energía que eran capaces de eclipsar cualquier intento de cavilación. Incluso el tintineo de la cucharilla apremiando la disolución del azúcar se adelantaba al murmullo de la propia voz. Así parecía ser para todos, excepto para el chico apartado en la mesa del fondo, ese de aspecto tan formal y de ojos verdes. A él nada parecía arrancarle de sus pensamientos.

    Unos calcetines altos y maltratados irrumpieron en el local, iban acompañados de un par de piernas llenas de rasguños y moratones que asomaban atrevidas por debajo de una falda roja y corta de algodón. Por la puerta se coló un soplo de frío seguido del perfume acaramelado de la chica, que abofeteó las narices de los más cercanos a la entrada sin ningún pudor.
    —¡Cierra la puerta, maldita sea! —gruñó el camarero al colarse por el cuello de su camisa el gélido viento invernal. La chica se terminó de sacar el abrigo y le respondió mostrándole impávida el dedo corazón. No estaba para reproches, ni para comentarios desdeñosos de machitos con aires dominantes.

    Como estudiante de la rama de química y biología, ella se sentía un melocotón extraviado en un campo de berenjenas, y aunque los menosprecios hacia su condición fueran comunes, ella no tenía ninguna intención de normalizarlos. Era como una gata encrespada, tras el asesinato de su madre estaba siempre a la defensiva, y retornaba todo ataque sin vacilar. Sus años en Hogwarts y Towekunde fueron como un sueño, pero una vez de vuelta a la realidad se había desvanecido ignorada y excluida para siempre de un mundo cerrado edificado por silencios, cuchicheos, reproches, culpas y secretos. El universo en el que había vivido toda su infancia ahora se definía por el sonido de puertas que se abrían y cerraban y que desembocaban en otras puertas que a su vez conformaban un laberinto. Ahora ya lo sabía, había vivido aplastada por puertas tan pesadas como pecados mortales. Puertas que tenían el olor a declaraciones no conscientes y que eran capaces de diluir en sus silenciosas bisagras los más íntimos pensamientos: los recuerdos, la voluntad, el sexo, la familia y el alma.

    Apremió su paso por el largo del local. Los tacones gruesos de sus zapatos golpeaban con ímpetu la madera del suelo y la hacían ver más alta de lo que ya era. Iba con prisa, y la torpeza con la que recogió un mechón de su cabello tras la oreja delató a una muchacha con los nervios a flor de piel. Había robado unas muestras del laboratorio y ahora el profesor de biología la andaba buscando; la vio salir por una de las ventanas del aula, y como buen hombre de naturaleza lógica, sospechó. La silueta alta y trajeada del maestro se deslizó por una de las ventanas del café.

    —Mierda —masculló, y con presteza posó su redondo trasero en el primer asiento que tuvo a mano. Alcanzó la carta de la mesa y cuan alta era la desplegó, colocándola a un lado del tablero a modo de muro de invisibilidad. Su espalda se escurrió por el respaldo del sillón en lo que escondía los dos frasquitos entre la goma del sujetador y sus pechos. El tapujo funcionó, porque aun habiendo entrado dentro del local el profesor Scheider no la vio. No obstante el chico de ojos verdes, sí.

    —Cameron, ¿has visto a la señorita Howell? —la voz de Scheider a su espalda logró que Anna se mordiera con inquietud los labios. Para su suerte, Cameron—unos de sus compañeros de clase—no la vio entrar. El muchacho se encogió de hombros y negó.
    —No me delates —susurró Anna, dirigiéndose directamente al chico de ojos verdes que tenía sentado enfrente, en la misma mesa en la que ella se coló y en el que en un principio no reparó—. Los físicos y químicos tienen que secundarse los unos a los otros, ¿no? —bromeó, aún sin alzar la voz. Estudió con sus ojos azules la figura masculina y delineó una sonrisa vaporosa y satisfecha que ya había reparado en esos apuntes de mecánica cuántica y termodinámica que acompañaban al señorito sobre la mesa. Se removió en el asiento y con labia le preguntó—: ¿Cómo te llamas, Einstein?


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Re: El corazón delator.

Mensaje por Arthur M. Green el Vie Abr 14, 2017 3:38 pm

Cada mañana el ciclo se repetía, los números paseaban por sus hojas como hormigas, desenvolviendo su mente al igual que un pimpollo floreciendo. La complejidad le obligaba a concentrarse, dejar caer toda su atención entre aquellas páginas llenas de leyes que él podía romper con un simple movimiento de varita. Podía creerse poderoso, sin embargo, los muggles se veían confiados allí, muchísimo más de lo que él podía estarlo con su magia, incluso siendo alguien mucho más capaz que el promedio de magos. El humo de su café calentaba su fría nariz cuando asomaba por el borde de la taza, tomándolo en su vano intento de despejar su mente del sueño matutino que lo invadía.

Eran escasas las posibilidades de resolver las incógnitas de todos esos problemas planteados entre cada linea. La música lo distraía de sus obligaciones, e incluso había comenzado a tararear la canción que nublaba sus sentidos mientras jugaba con el botón de su bolígrafo. Arthur estaba allí en busca de escapar de la realidad de su oscuro departamento a la cual no estaba acostumbrado. No era ostentoso ni luminoso como la habitación en la que vivía meses atrás. No era más una pluma con lo que escribía, el shock cultural era demasiado agobiante como para pasarlo en un lugar tan poco acogedor. Aunque prefería la soledad, creía que podía  morir en aquella cueva y que nadie lo encontraría. Ahogado en el humo del cigarrillo que descansaba en sus labios, tosió. Entonces la campanilla de la puerta sonó junto a un grito y un aroma que opacó al característico del lugar; en un parpadeo casi inexistente una muchacha desconocida se sentó a su lado. Ese momento que sin saberlo cambiaría todo y lo pondría de cabeza.

Sus ojos aleteaban cual mariposas azules y su cabello negro caía sobre sus hombros como cascadas, su nariz hacía una curva perfecta, robándole todas las palabras a Arthur, incluso en el bullicio que estaba sucediendo, al menos hasta que escuchó la voz ajena. Tragó en seco y sus transparentes ojos decidieron reaccionar, asimilando la situación que lo envolvía. —¿Señorita Howell?— cuestionó el inglés levantando una ceja y asomándose sobre el asiento para ver quien era aquel que perseguía a la muchacha, que al parecer, estaba de incógnito. Una sonrisa de lado se dibujó en su rostro, con su semblante aún serio. Levantó la mano, llamando la atención del hombre que tan fervientemente parecía buscar a la fémina. Entonces hizo una pausa, dirigiendo su mirada a la mujer que se encontraba a su lado. —¿Una muchacha de cabello negro y ojos azules?— se dirigió al masculino, dispuesto a dar una respuesta concreta sobre la ubicación de la susodicha. Al ver la afirmación casi desesperada del hombre, dirigió su mirada a la mujer, casi con lástima. —Pasó de largo, por la puerta trasera—, la información era evidentemente falsa, sin embargo el remitente de su mensaje le creyó y salió como un rayo sin mirar atrás. Arthur sonrió, esta vez de verdad, ante la estúpida incredulidad de biólogo.

—No sé que hiciste, pero propongo que te vayas antes de meterme en problemas— dijo ahora, dando otro sorbo a su oscuro café mientras que volvía a dirigir su interés a ese embrollo de números que todavía le eran difíciles de comprender. La belleza de la joven no iba a desconcertarlo ni iba a convencerlo de que era buena idea tenerla a su lado. Veía los problemas llegando y ahora no contaba con el dinero de su padre ni las grandes influencias para sacarlo de cualquier aprieto en el que se viera envuelto. Más allá de las políticas que se estaban dando por sus parajes, el mayor de los Green seguía en las sombras, esperando su oportunidad para salir y hacerse con el puesto del ministerio de magia más importante. Mientras, su apellido era uno más entre el mundo de los muggles. —Arthur Green, no Einstein—, sus ojos rodaron ante la inmadurez de la contraria pero no despegó su vista de donde estaba. Era inútil todo su esfuerzo, si no era lo que no podía comprender, era el delicado aroma que desprendía la mujer. Mordió su labio, tenso, compungido, y no pudo evitarlo, sintió que algo movía su masticado sacrificio por la concentración que terminó por desecharlo, girando toda su atención sobre ella y su pálida piel que simulaba ser de porcelana.
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Re: El corazón delator.

Mensaje por Anna G. Howell el Sáb Abr 15, 2017 1:01 pm


A
nna abrió y cerró los labios con una clara expresión confusa, molesta y airada. En cuanto el chico alzó el brazo para llamar la atención del profesor Scheider, ella sintió unas ganas intensas de arrancarle la mano y abofetearle el rostro con la misma. «¿Una muchacha de cabello negro y ojos azules?» ¡Maldita sea con el inglesito perfumado!, se quejó, y pellizcó su grueso labio con resentimiento. Estuvo a uno, dos, tres segundos de aupar su pierna por debajo de la mesa para seguidamente clavar su tacón en el pie del señorito, y después, retorcerlo. Ese par de zapatos que lucía el físico muy posiblemente tenían un valor que iba por encima del sueldo de Anna, si es que a eso que ganaba se le podía llamar así.

   —Pasó de largo, por la puerta trasera.
   ¿Qué? Como una bofetada, los músculos de la chica dejaron de tensarse repentinamente. Bajó la pierna por debajo de la mesa con la lentitud puntual para terminar de asimilar lo que acababa de hacer aquel chico una vez su zapato volvió a aterrizar contra la madera del suelo, que muy suavemente crujió al reencontrarse con ella. “Gracias”, le hubiera gustado decir, pero la palabra se le trabó en la garganta. No estaba acostumbrada a agradecerle nada a nadie, y no porque le costara hacerlo, sino porque eran muy pocas las veces que se le presentaba la ocasión.

   —No sé qué hiciste, pero propongo que te vayas antes de meterme en problemas.
   Anna palideció de ira contenida, ya había reparado antes en cómo el muchacho se mostraba reacio a hablar con ella, incluso parecía querer evitar mirarla. Era como aún sin conocerla, odiara tenerla delante, como si odiara la idea de que acabara de entrar a su vida sin su permiso y que encima, entrara para quedarse. Anna entonces no supo cómo sentirse, si agradecida, o despreciada. Finalmente optó por ambas opciones.
   —Yo propongo que dejes de proyectarme como un problema —replicó, comiéndose al físico con ese par de ojos azules que evocaban la misma profundidad e inmensidad de un océano. Aquel chico había conseguido despertar la curiosidad de la química. Daba la sensación de que ocultaba algo al mundo, una cualidad extraña que, si se conociera, podría resultar milagrosa. Es posible que otros no lo distinguieran, pero ella no era esos otros y se sentía verdaderamente atraída por él de una forma no física, sino intelectual, a la par que irresistible. Se preguntaba si tenía la más remota idea del potencial que contenía esa cabecita arisca.

   —Arthur —reiteró su nombre, y lo pronunció como si pudiera saborear cada una de sus letras en el paladar—. Yo me llamo Anna —Anna sin apellidos, ni etiquetas, ni linajes de sangre o estatus sociales. Era Anna sin más; una tan humana y sencilla como la sonrisa que le dedicó al momento en el que el mago decidió despegar la vista de sus apuntes y concentrarse por fin en ella—. Te agradezco de veras lo de antes, cualquier otro me hubiera puesto la zancadilla sin pensarlo —dijo por fin, con una voz tan tersa y sedosa que se tornó casi imperceptible. Sus pestañas aletearon algo apenadas en lo que su atención volvió a concentrarse en la puerta trasera del café, sopesando seriamente la opción de largarse de allí.

De haberla delatado, Anna se habría ganado la expulsión del laboratorio y con ella la oportunidad de llevar a cabo sus investigaciones. Se le habría cerrado una puerta, y con ella, millones de oportunidades. Desde que terminó sus estudios en Towekunde todo empezó a cambiar drásticamente. Anna renunció a la magia para comenzar a ser presa del miedo: el miedo a la muerte, a la enfermedad, a la pérdida, a los accidentes, a lo desconocido o, simplemente, a pequeñas cosas cotidianas que logran convertirse en las que más daño hacen; a cosas como una mirada de impaciencia, una palabra colérica, el paso que siempre quisiste dar pero nunca diste... y ese terrible momento en el que dejas de ser el centro del universo y te conviertes en otro satélite que traza su órbita alrededor de un sol menos significativo. No, no había ocurrido, al menos no todavía, pero ella sabía que ya no era esa alumna tan brillante de antaño. Su cabeza estaba distraída, confusa y perdida en otra parte, en otras cosas. Anna sentía verdadero pánico en ver cómo algún día terminaría perdiendo la vivacidad de sus ojos y su aliciente tras la separación forzada y conflicto con ambos mundos. Estaba siendo la víctima inocente de una guerra que jamás lograría comprender.

   Algo acuosa, orgánica y abstraída, la mirada de Anna se despegó de los apuntes y traspasó a Arthur como si pudiera ver más allá de todo lo que representaba. Más allá de sus ojos verdes casi translúcidos, más allá de sus rizos oscuros y su aura inflexible, seria y adusta. Anna le sonrió sedosa, como si todo lo que él conformara, bueno o malo, ella lo acogiera y aceptara sin más.
   —¿Por qué física? —preguntó, realmente atraída por la cuestión y su posible respuesta—. Quiero decir, la comprensión de este mundo físico y viviente... ¿no te parece increíble? ¿no lo consideras impresionante, subversivo, bello y grandioso? ¿No quieres formar parte de esto? Encontrar tu propio destino en esta maraña de cabos sueltos y moldearlos... aunque no por accidente, si no por designio —eran las mismas preguntas que ella se empezó a formular todos los días desde que, en un arranque da rabia e impotencia, lanzó su varita al mar y esperó de veras no volver a verla jamás. ¿De verdad quería formar parte de este mundo? Un mundo tan complicado como frágil, tan  lleno de preguntas y de problemas. Un mundo donde lo más cercano y al mismo tiempo lejano a la magia, se encontraba oculto en la ciencia.

   Anna presiono sus labios, y con la misma naturalidad con la que formuló esa lluvia de preguntas, dejó escapar una sonrisa nerviosa.
   —Vaya, lo siento. Es que me resulta de lo más curiosa la disciplina de la física —confesó, encogiéndose de hombros en lo acariciaba con las yemas de sus dedos la correa de su bolsa, dispuesta a levantarse e irse—. Pero más curiosos me resultan los que la estudian.



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Re: El corazón delator.

Mensaje por Arthur M. Green el Sáb Abr 15, 2017 10:51 pm

Arthur palideció quedando sin palabras, su corazón se aceleró en el momento que volvió a posar sus cristalinos ojos sobre los de ella. Un cruce de miradas imposible de olvidar entre los zafiros de la muchacha y sus propias esmeraldas. El silencio se hizo presente y el crujido de su mente romperse, justo al medio, podría haberse escuchado si hubiese sido tan real como él lo había creído. Repasó una vez más las facciones de la fémina que con tanto fervor se había clavado en el centro de su frente para nunca más desaparecer, guardando su aroma, su delicados movimientos entre tanta gracia que llevaba al moverse. Palabras que podrían haberse perdido como tantas otras se grabaron para siempre, dándole un vuelco a todo lo que creía saber sobre lo que estudiaba. Su hermano era la razón principal por la que había decidido pisar el mundo muggle en primera instancia, pero admitir que había matado a su querido familiar le parecía una mala idea, además de aquella pregunta que escarbaba en sus memorias como una uña podía hacerlo sobre su piel, constante e irritante. Ardía. Arthur en un mero instinto llevó la mano portadora del cigarro a su pecho, pensando una respuesta adecuada, una respuesta que satisfaciera los deseos de Anna, una mentira. Dio una calada a su armado de tabaco, jugando con éste entre sus dedos, inconscientemente intentando evitar esa respuesta que ni él mismo quería escuchar. Entreabrió sus labios, necesitaba algo rápido, algo para evitar que se fuera. Porque aquel último respiro había terminado de romperlo, haciéndolo olvidar por un misero instante la atrocidad que había cometido unos años atrás.

—Yo...— las palabras de la joven lo habían enmudecido, dejando sin habla al inglés que siempre tenía algo áspero para acotar. Una simple humana, una simple muggle. El orgullo se le había escurrido entre las manos para dar paso a la vergüenza, enajenado con la caída que había dolido. Oh, claro que lo había hecho. Se había estrellado contra el suelo tras un descenso de varios metros al notar que la fémina superaba sus expectativas. Creció y creció, como sus pupilas, dilatándose, no solamente por su belleza. Arthur pudo ver algo más en ella. Estaba aterrado. Aterrado como si su hermano hubiese vuelto a la vida, pero no, esto era diferente. Soltó el humo que había estado conteniendo y la verdad escapó de sus labios como si hubiese sido arrancada de un tirón, obligado, como si estuviese en un paredón a punto de ser atravesado por miles de balas. —Mi hermano, mi hermano quería estudiar física— sus labios se movieron solos, sin su permiso y sin ningún atisbo de reserva.

Su mirada se perdió en el horizonte, ¿qué lo había llevado a confesar semejante estupidez? Sintió otro golpe, esta vez el de la realidad. Sacudido como una lavadora en mal funcionamiento, sus manos temblaron. Cerró su libro, guardó sus notas, sus papeles. Todo aquello en lo que había trabajado durante la mañana, una mera excusa para ignorar la mirada de la chica que seguía allí. Estaba perdido, no procesaba la información que estaba llegando a su cerebro y no lograba comprender, ¿qué era todo aquello que estaba pasando? Prefirió no responderse. Miró hacia la nada y sus dedos se encresparon, pero salió de su trance tan pronto como entró, intentando arreglar lo dicho. —En realidad, se me da un poco mal esto. Los números—, intentó ser amable a pesar de sus instintos, ignorarlos traían su precio; pero la curiosidad que las incógnitas le habían generado, habían ganado la pulseada. Otra vez.

—Yo... Lo siento, debo irme— todo daba vueltas como un caleidoscopio, su pecho se descontroló y Arthur no aguantó ni un segundo más en aquella montaña rusa de emociones que le causaba esa simple mujer, ajena a su vida. Rápido, veloz. Guardó todo en su morral de cuero finamente pulido, en busca de huir. Pero cuando se paró simplemente no pudo. Estaba actuando como un lunático, su pálida piel se tornaba cada vez más roja y la colilla del cigarrillo estaba gastada gracias a la presión que habían ejercido sus labios sobre ella. —No creo que sea alguien que pueda satisfacer tu curiosidad—, escupió, deseando desde lo más profundo de su ser que se tratase de no más que un mero autoengaño. Su sangre pura lo estaba traicionando, aplastandolo contra la pared con una espada de doble filo, con la imagen de su padre pegada a su cabeza. Amenazándolo. La desgracia de los Green, sí, ese era definitivamente él. ¿Por qué un mago con tanto por delante se metía a un agujero de una raza inferior? Su hermano, su hermano siempre había sido la excusa. Esa estúpida curiosidad que le atribuía a él, que cada vez lo hundía más en el lodo. Se estaba ahogando. Sentirse tan cómodo en un ambiente que no era el suyo, lo iba a destruir.
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Re: El corazón delator.

Mensaje por Anna G. Howell el Lun Abr 17, 2017 7:03 pm


S
u hermano, era su hermano quien quería estudiar física. Anna supo inmediatamente que acababa de tocar un botón que no debía de haber tocado. El impacto sordo que produjo el libro al cerrarse de golpe la despertó, provocándole un ligero sobresalto que la hizo parpadear y cortarle el aliento. Bajó de las nubes y atendió a la súbita premura de Arthur por irse, por escapar de ahí, de sus preguntas, de su curiosidad insaciable, de ella. Anna se inquietó, sus ojos comenzaron a danzar nerviosos de un lado a otro, siguiendo las histéricas manos del mago, que recogían apresuradas todos sus apuntes y los guardaban en la bolsa de cuero.

   Ella quería quedarse con él, con él y su aura mágica, misteriosa, intelectual, reservada. Quería quedarse ahí, sintiéndose protegida entre el tórrido aroma a café y tabaco; abstraída en su cigarrillo consumiéndose y en el espeso humo escapando de los labios masculinos. Quería escucharle hablar, que le contara historias que ella no sabía y que le enseñara cosas nuevas sin quererlo, sin pensarlo y sin saberlo. Quería que la volviera a mirar así como él la miraba, con el corazón en la garganta y los nervios a flor de piel. Así como nadie la había mirado nunca y como nadie la volvería a mirar jamás. Para Anna, la vida siempre consistió gran parte en eso, en añadir a la fugacidad la permanencia de la mirada, de todo aquello que miramos una vez y para siempre.

   —Espera —masculló, y su voz tembló con tanta suavidad y desequilibrio que siquiera se escuchó a sí misma; fue un suspiro—: No te vayas.

Si se iba, las horas volverían a pasar lentas, dobladas sobre sí mismas. Se sentiría otra vez mal, mal por no haber sabido hacer las preguntas correctas y por haberlo dejado todo así, sin resolver, sin terminar, sin ser. Mal por haber sido torpe y haber dejado que el profesor Scheider la viera escapar. Aun así, y dentro de todo el mal que pudiera haber, ella seguiría con esa sonrisa ufana que le hundía las mejillas y redondeaba sus suaves pómulos como si fueran melocotones. Para Anna no existía cabida a las complicaciones, aunque a veces, cuando estaba sola y todo su espacio se centraba en imaginar, le daban ganas de regresar a los tiempos donde la vida era simple. Los días en los que la música era limpia y sana. A los seis años, cuando pensaba que todo el mundo era feliz sólo porque ella lo era. Le gustaría tener un receso que le permita volver a pintar con acuarelas.

   —No creo que sea alguien que pueda satisfacer tu curiosidad.
   Los labios de Anna se entreabrieron, como a la espera de que ellos mismos cobraran vida y decidieran decir algo, mas lo único que manó de ellos fue un suspiro. Enredó un mechón de su cabello oscuro entre los dedos y esquivó su mirada al suelo en lo que negó asiduamente con la cabeza. Todo había pasado demasiado rápido, tanto, que apenas estaba siendo consciente de la situación. Y ahora, de regreso a la realidad, se encontró con una tesitura donde el silencio era prodigioso, casi perfecto. A ella también le habría gustado que aquello que dijo el físico no fuera nada más que un autoengaño.

   —Por el momento la incrementas —respondió con tersura, levantándose del asiento para plancharse la falda en una grácil caricia que descendió hasta sus muslos—. No quería hacerte sentir mal —reconoció, y lo hizo con la naturalidad y sencillez de lo propio. Sonrió—: También puedo preguntarse cosas tontas, ¿vale? Como por ejemplo interesarme en tu edad, o en tu gusto con la música, si prefieres el mar a la montaña o... cuestionarme una vez más el precio de tus zapatos —rió, estirando ligeramente su pierna para señalar con la punta de su pie los zapatos del contrario que, para ella, resultaban excesivamente elegantes.

   Intentó hacerle pensar en otra cosa, y le dio igual arriesgarse a que le contestara con algún comentario antipático. Arthur se estaba comportando como un lunático. Anna pensó que simplemente sería raro, diferente, inusual. Difícil. Una de esas personas a la que es complicado llegar y que le lleguen. Pensó que quizás era que llevaba demasiado tiempo sin estar en el lugar adecuado para ser él mismo, ni con las personas apropiadas. Pensó que, tal vez, Arthur necesitara ver otro cielo, otro monte, otra playa, otro horizonte, otro mar, otros pueblos, otras gentes y, miles de maneras y formas diferentes...
   —¿Te apetece dar una vuelta conmigo? —preguntó espontánea en lo que se ponía de nuevo el abrigo, dejando que el pelo de la capucha le mimara las mejillas—. Me invitas a un cigarro, nos da el aire y dejamos que la magia de la ciencia haga su trabajo con nuestras disposiciones emocionales... en estos sitios tan cerrados y estridentes la mente se angustia y no procesa con claridad —se terminó de abrochar y se acercó hasta la puerta trasera, empujándola con el trasero lo justo para dejar que se colara el viento y le revolviera el cabello. Se giró y esperó una respuesta del físico—. Te prometo que desapareceré de tu día tan rápido como he aparecido —sus ojos acuosos brillaron, y las agujas de un reloj ilusorio empezaron a correr.


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Re: El corazón delator.

Mensaje por Arthur M. Green el Mar Abr 18, 2017 3:59 pm

Como si el tiempo fuera un manojo de colibríes histéricos, se detuvo, como estos se detendrían a meter sus delgados picos en la flor más dulce. Lo ojos de Arthur, enternecidos por la imagen ajena, se cerraron y dejaron que un suspiro envuelto en humo consumiera lo último que quedaba de su desgastado ser. Hacer lo que jamás haría, dejarse llevar una vez más. Tomó el largo saco y sus brazos se colaron en las mangas azabache. Las solapas iban más allá de su cuello y cubrían sus mejillas del frío que se colaba por la pequeña abertura de la puerta al ser abierta, protegiéndolo incluso de ser visto desde los lados. Ni siquiera podía imaginar su expresión, alguien serio como él, generalmente inamovible, aturdido por un simple y casual encuentro. Su atención se desviaba a los labios de la contraria, preguntándose qué era eso tan llamativo que lo descolocaba y moldeaba como una persona diferente. Había un brillo en su mirada, en sus mejillas de muñeca. Sus finos dedos morían por sentir su piel, descubrir si era tan tersa como parecía. Sin embargo, guardó sus manos en sus bolsillos, ignorando esos impulsos que terminarían por llevarlo a la locura. Ese anhelo repentino, un peligro que latía tan rápido como su acorazado pecho. Como si la voz de la muchacha fuera ácido sobre su armadura, atravesándolo. Cortando en miles de pedazos su determinación.

—Por el momento la incrementas—. Así que era eso, un juego. Un juego que el inglés sabía, no era para divertirlos a ambos. Tirar los dados ahora, era como aceptar una apuesta que sabía que iba a perder. No era eso sin embargo lo que le preocupaba, pues era consciente de que su primera tirada fue simplemente el mirar sus ojos. Cayó a sus pies en una milésima de segundo. Su integridad ya no estaba compuesta por más que partículas de polvo ahora, y como buen perdedor, había cedido a comer de la palma de su mano con tal de seguir admirando sus irises del color del océano. Patético, pensó. Un susurro para si mismo, que nadie había oído. Una confesión de cuan en la mierda estaba hundido. —Anna—, inhibido, llamó su nombre. Su voz sonó más grave de lo normal, desesperado por llamar la atención de la fémina y acabar con ese interrogatorio. Apreciaba el interés, su mirada amigable, sin lástima. Saltaba entre el miedo y la desesperación. Una sola mirada de desprecio, sólo una, para que aquel sentimiento de terror se fuese. Para que estamparla contra la pared y abordarla fuera tan fácil como con las anteriores. Pero no sucedía, su sonrisa sincera estaba allí, manteniendolo como un perro con la cola entre las patas. Acorralado por el más hábil cazador, el más grande oso del bosque. Déjate, pensó, cumplió. Ni siquiera había entrado al juego, y ya lo había perdido.

—Mis zapatos— musitó, observándolos ahora, como si se tratasen de lo más interesante del mundo. Su gesto, impertérrito. Realmente no recordaba de dónde habían salido. Eran los elfos domésticos los que se encargaban de su ropa, guiados por los gustos del mago. Nunca se equivocaban. Por primera vez en la mañana, una sonrisa se dibujó en su rostro. Una que estaba deseosa por escapar desde la llegada de la bella mujer. Como un cronopio, coloreado por fuera de sus limites, siguió los pasos de la muchacha. Abatido por sus decisiones, totalmente entregado a sus deseos. Me gustas tú, así, apresurado, instantáneo, bello. Arthur supo que no había vuelta atrás luego de admitirlo, que podría llevarse una gran decepción cuando ella se fuera para no volver. Pero no le interesó, si le dolía o no ¿importaba ya? Olvidar, abandonar sus sueños, eran cosas de cada día. No seguirle el juego esta vez podría traducirse algún día en un arrepentimiento. No había nada que perder. —La verdad, no tengo ninguna preferencia sobre nada de eso, pero puedo leerte el futuro—, esto último fue una excusa para tomar su mano, verificar lo que le había carcomido la cabeza en los últimos minutos. Aún en la puerta de aquel lugar, revisaba la palma ajena, deleitando sus yemas con el contacto apenas plausible. Acariciando cada una de sus lineas de vida, abstraído por su curiosidad. Como todo buen vidente, la quiromancia no le suponía un problema. Dejó que sus parpados cayeran, indagando en la vida ajena, buscando algo que le diera ventaja en este juego perdido.

—¿Magia?— susurró, observándola, intrigado. ¿Qué había sido todo eso? Los pequeños flashes que había obtenido lo habían llevado a Hogwarts. Arthur negó con su cabeza, apretando sus labios una vez más, una sonrisa fingida. —Tienes gustos peculiares— dijo al fin, apartando sus manos antes de que comenzasen a sudar. Suficiente tenía ya con el tambor que resonaba en su pecho, delatándolo. Un adolescente lo hubiese hecho mejor que el mago, en ese y en cualquier momento. Con el gélido viento sobre su rostro, prefirió asentir, dándole vida a los bucles de su cabeza que se mecían con la suave brisa. Un acepto que fue mudo, y esperaba, que el inicio de algo más que un encuentro entre ambos desconocidos. Puedes quedarte y destruirme la vida si eres tú.
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Re: El corazón delator.

Mensaje por Anna G. Howell el Dom Abr 23, 2017 7:28 pm


L
as manos de Anna temblaron en cuanto las de Arthur rozaron su piel. Un cosquilleó le recorrió la columna y ella se estremeció, arqueando la espalda hacia atrás y estirándose, casi hasta el borde de ponerse de puntillas. ¿Y si de verdad podía leerle el futuro? ¿Y si realmente veía algo en sus líneas de vida? Anna quiso apartarse, retirar su mano en un movimiento arisco e irse. Tenía miedo, le daba miedo que ese chico se entrometiera tan rápidamente en su vida. Había algo, algo que le decía que no iba a salir. Que iba a quedarse ahí, durante mucho tiempo, seguramente más del que a ella le gustaría.

Las cálidas manos de Arthur persiguieron expertas los caminos de su suave palma, eran líneas frágiles y enmarañadas. El corazón de Anna latía desbocado, tan nervioso que sentía que se le iba a salir del pecho. Hacía lo imposible por mantener la calma, apenas fue un minuto de silencio que a ella se le presentó eterno, interminable, invencible. Sin embargo, la atención de Anna se concentró en la mirada del mago con la conciencia clara de quien busca en él la transparencia, la visión de cosas que fueron y serán, el puro testimonio del aire en lo profundo, el latido del sosiego; todo aquello terminó causando en ella un estremecimiento que le bajó hasta los párpados...

   —¿Magia?
   Anna tembló, otra vez, y parpadeó desconcertada, aleteando sus pestañas como mariposas inquietas. Escuchó el susurro de Arthur, y lo hizo con tanto empuje que sintió que aquella palabra se le clavaba en los recuerdos y se los estrujaba. Los exprimía, los maltrataba. Anna negó con la cabeza. No, por favor, no. Por un instante, tan solo en un sordo golpe del tiempo Anna sintió unas terribles ganas de romper a llorar. La garganta se le hizo un nudo, y sus labios temblaron afligidos; los mordió. Sus ojos ya acuosos, se humedecieron con más vehemencia y ella se apartó. Se llevó la mano al pecho en cuanto él la soltó y arrugo la tela de su abrigo entre sus dedos.

En esos momentos, Anna se sintió más estúpida e inepta que nunca. Dejándose seducir por su irremediable curiosidad, casi olvida que sus paredes son de papel y su vida, de cristal. Casi olvida que una ráfaga de viento podía destruirle y que una tormenta invernal le haría volar por los aires. La sonrisa fingida del físico terminó por desvencijarla, la desmontó como si fuera una muñeca y tiró cada una de sus piezas al suelo. Después las pisoteó. Era un mago. Era un maldito mago y eso la destruyó, le abofeteó con tanta fuerza en la cara que hasta las mejillas le ardían y no era del frío ni del calor, era de la rabia; ese sentimiento de impotencia que emponzoña las entrañas y el alma.

   —¿Gustos peculiares? ¿Yo? —Anna se esforzó por volver a sacar una sonrisa que no se inclinara forzada. Lo logró—. Será por eso que estoy hablando contigo —bromeó, recogiéndose un mechón tras la oreja en lo que volvía a sonreír, resplandeciente. Sus ojos brillaron de nuevo, y esta vez no por la tristeza. Anna hizo un borrón y olvidó lo ocurrido. Olvidó la posibilidad de que él pudiera ser un mago y se autoengañó con que ella, tampoco lo era ni lo fue nunca. No quería volver a tener nada que ver con la magia, pero sí con Arthur. ¿Cuánto tiempo le duraría la mentira? ¿Cuánto más podría aguantar fingiendo que no quería tener nada que ver con él, ni con su mundo? Empujó del todo la puerta y salió al exterior.

     El aire ahí fuera era de un rigor despojado, extenso, blanco. La parte trasera del café daba a uno de los parques del campus, que era tan bello y extenso que se asemejaba a un bosque. Ahí fuera, los ojos de Anna era como si se abriesen por primera vez a la novedad del mundo: la plenitud de un espacio inicial, puro comienzo, recién estrenado casi para quien contempla extasiado el silencio alto de los pinos.
   —Mira, por allí está mi laboratorio —dijo emocionada, señalándole al físico un edificio blanco que se asomaba al final de los árboles del parque. Se adelantó unos pasos, caminando coqueta por la senda de hojas secas que crujían bajo el grosor de sus tacones—. Y pensar que en estas mentes se revelaron todos aquellos grandes inventos como la imprenta, el microscopio, la máquina de vapor, las vacunas, la bombilla, el automóvil, la penicilina, los antibióticos, la fibra óptica... Puede que alguna vez logren inventar algún aparato que nos permita comunicarnos con cualquier extremo del mundo en solo cuestión de segundos, ¿te imaginas? ¿No sería maravilloso? —Anna sonreía maravillada, dejando que el frío viento le golpeara en el rostro y tiñera de rosa sus mejillas junto a la punta de la nariz. Estaba hablando de los muggles, por supuesto, solo que de una forma extremadamente sutil. Hablaba esa inmensa admiración que sentía hacia ellos. A la gran capacidad y conocimiento que habían estado demostrando a lo largo de los años aún sin tener ninguna facilidad ni acceso a la magia o soluciones rápidas.

Para Anna,los muggles eran increíbles, magníficos. Estaban muy por encima del desarrollo y progreso de los magos. Eran los dioses de la fría lógica, y ella quería volver a ser como ellos. Volver a ser humana, sencilla. Volver a ser Anna.



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Re: El corazón delator.

Mensaje por Arthur M. Green el Mar Abr 25, 2017 4:50 pm

Arthur lo sintió, su miedo, sus sentimientos infalibles que lo dejaban entrar a cualquier persona y revisar sus archivos como una computadora. Y dudó, dudó por un momento si estaba haciendo lo correcto. Mundos diferentes, vidas diferentes. ¿Cual sería el precio de corromperla? Con su magia, con sus problemas. Estaba allí, parada frente a él, a centímetros, pero pudo sentir la lejanía, había universos entre ellos. Universos infinitos como el mismísimo cielo. Y el dolor, el dolor estaba allí, clavándose como mil dagas en su pecho cuando vio esos ojos celestes obstinar sus lágrimas. Instintivamente, embobado, fuera de sí, pasó su pulgar por la mejilla de la maga. Explotando por dentro. Nunca había sido tan difícil desafiar las reglas, ni siquiera las de su padre. Pero su naturaleza se vio alterada, como una pintura de Dalí, todo empezó a derretirse a su alrededor. Excepto ellos dos, absortos en la nada, con un inglés muy dispuesto a proteger a la desconocida entre sus brazos y susurrarle palabras de amor al oído. Sin embargo sus fantasías se estrellaron contra el suelo y se volvieron cristales rotos en apenas un parpadeo. Una costumbre de la que no podía zafarse, intentando pegar aquellos pedazos y cortando sus manos en el intento. Sabía que iba a sangrar, siempre sangraba. —Lo siento, no pretendía asustarte— susurró, aún cautivado por su resplandor, su tersedad. Tocó su pecho, imitando las acciones de la belleza terrenal, afligido, ahogándose con su mismo corazón y ésta vez regaló una sonrisa sincera. Asustada. No te vayas.

—Ya comprendí que soy un poco peculiar— dijo, pretendiendo estar ofendido, pero con su órgano palpitante en la palma de su mano. Esperando no ser lanzado lejos, pues eso podía significar la muerte. Arthur siguió a la fémina, dubitativo. Sus dígitos ansiosos, osados habían encontrado un lugar en la cintura de la mujer mientras que cerraba la puerta tras él. Todo esto estaba mal. Dio un largo suspiro, llevando consigo otro cigarrillo a sus labios. Desconocía el paradero del anterior pues su cabeza daba vueltas, enfrascado en cosas más importantes que un simple armado de tabaco. Cuando el humo escapó de sus fosas nasales, le entregó el objeto inanimado a su compañía. Esperando ser aceptado en silencio. Absorto era palabra que mejor definía su estado cuando la muchacha dejó escapar sus palabras, Arthur, por su lado, conocía apenas la mitad de las cosas que ésta nombraba. Sin embargo no iba a preguntar, hacerlo delataría su ignorancia. Y no deseaba aquello, algo dentro de sí quería impresionarla. Podría haber nombrado cientos, no, miles de hechizos por el contrario, ejecutarlos sin o con varita, recitándolos o no. Pero perdido como estaba prefirió oírla. Cautivado. El mago se interesó, aprendió. Poco, podía ser, pero una puerta nueva estaba abierta ahora que la anterior se había cerrado. A lo lejos divisó entonces la figura de su hermano. Esa alucinación que no debía pasar de los catorce años, un niño pelirrojo y ojos verdes como el agua de un río cristalino. Satisfecho, dibujando una sonrisa en su rostro. Su inconsciente tocó aquel botón por el que jugaría su vida, incluso su apellido.

—Lo es— por supuesto que era maravilloso, todo lo que saliera de sus labios lo era. Podía jurarlo, por sus dedos de las manos o sus ojos. —Pensé que eso ya existía, ¿no se llama teléfono?— cualquiera podría haberse tomado aquella pregunta como algo sarcástico, pero el inglés lo decía muy en serio. Realmente cuestionándose si aquello era cierto o el artefacto era en sí un mero objeto de la imaginación muggle, fantástico como todos aquellos libros que habían llegado a sus manos. Era complejo para el hombre de cabellos negros dibujar una linea entre realidad y  ficción en ese paradero desconocido. —¿Qué harás con el profesor? Si sabe lo que hiciste con...— cuando la aludida señaló al laboratorio, fue lo primero que pasó por su mente. Aguardando que el final de la frase llegara a su mente, sus yemas delinearon la cintura ajena, saboreando cada segundo antes de separarse por completo. —Eso que hayas hecho—.
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Re: El corazón delator.

Mensaje por Anna G. Howell el Mar Mayo 02, 2017 7:15 pm


A
nna se llevó el cigarrillo a los labios en cuanto el mago se lo ofreció. Lo agradeció esbozando una cálida sonrisa que redondeó sus rosadas mejillas. Apenas sus labios rozaron el cilindro, este quedó ligeramente marcado por el carmín; una suave mancha que parecía firmar como suyo lo que toca. El humo, espeso, pálido y templado, se escapó de entre sus labios y se abandonó junto al viento, que arrastraba con él el agradable aroma a pino y savia. Los mechones largos y oscuros de Anna se mecían, así como los encantadores rizos del mago. Ella soltó una risa divertida tras escuchar su cuestión:  

 —¿Te estás burlando de mí? —sus ojos adquirieron de nuevo ese brillo risueño—. Hablo de algo mucho más avanzado, como por ejemplo... —empezó a hablar, y no paró. Sus labios delinearon palabras como «contacto», «desarrollo» y « emocionante» que pronunciaba con tanto apego e inclinación que estas parecían escapar de sus labios para tomar formas en el aire. Las hojas secas crujían bajo sus pies conforme ella avanzaba dicharachera por el sendero hacia la facultad de química. Le habló desde la comunicación, hasta desviarse hacia la fuerza que desprendían las olas del mar al chocar contra los muelles. Incluso le contó —muy por encima— sobre aquel día en el que se creyó una sirena y buceó tan lejos que al volverse no volvió a encontrar la tierra. Anna sonreía, y disfrutaba con todo aquello que contaba, adornando sus historias con gestos suaves y ocurrentes que buscaban volver a sacar otra sonrisa más al mago de ojos verdes.

Apenas a unos metros se presentó ante ellos la puerta de la facultad de química. El viento arrastró las últimas hojas que se amontaban al final del camino y enredaban agitadas entre sus pies.

 —¿Qué harás con el profesor? Si sabe lo que hiciste con...
 Anna se detuvo. El aire la golpeó con fuerza y ella se frotó temblorosa los brazos para arroparse del frío.
 —Sólo espero que mis errores merezcan la pena —se retiró un mechón de pelo que se alborotaba frente a su rostro—. Y pensar que nadie me vería robando estas muestras ha sido un completo error. Así que trabajaré duro con ellas para conseguir un resultado satisfactorio para el profesor Scheider —Anna asintió con esa misma certeza de quien elige su propio destino; la seguridad del que se sostiene en pie gracias a su entera confianza.
 ¿Qué pasa, te preocupa que me expulsen? Sonrió con la mirada, esa vez con un aire pícaro que se exteriorizó con tanta levedad como ese brillo fugaz que escribió en sus ojos: Arthur, te muestras tan cohibido que me dan ganas de desmelenarte, de quitarte el cigarro de la boca y darte un beso que te pare el corazón; ese que palpita tan enloquecido que hasta escucho recorrer el estremecido sonido de tu sangre...

...pero hacerlo sería un error. Y algo le decía que cometerlo no merecería la pena.

 —En fin... creo que ya es hora de que desaparezca. Te he prometido que lo haría —Anna rompió con el silencio que provocaron esos pensamientos que rápidamente esquivó negando con la cabeza. Se llevó nuevamente el cigarrillo a los labios y asestó una calada tan intensa que empañó sus tórridos pulmones—. Voy a... darte esto... —rebuscó entre sus bolsillos. Su finas manos temblaron en el aire, no se sabe si por el frío, los nervios, o esa terrible sensación de inseguridad que nos invade en ese preciso instante en el que estamos tomando decisiones tan triviales como un o un no. Finalmente sacó un papelito de su abrigo de pelo, el cual plegó diestra entre sus dedos, formando un cuadrado perfecto— ...para cuando cambies de opinión y creas ser alguien que pueda satisfacer mi curiosidad —rió por lo bajo; una de esas risitas tontas y nerviosas que salen tan naturales porque lo hacen sin quererlo. Se acercó hasta él para guardarle ella misma la nota en el bolsillo de la pechera. Una vez dentro, lo aplastó, posando la palma de su mano contra el pecho masculino con la misma suavidad y miedo del que acaricia el lomo de una bestia...
 —No hace falta que me llames, con que me guardes me basta. —Anna sintió el corazón de Arthur: el corazón delator. Sus manos de seda eran tan cálidas que parecían atravesarle el pecho con su ardor y resguardarlo de todo el daño que pudieran hacerle desde aquel momento, y para siempre.



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Re: El corazón delator.

Mensaje por Arthur M. Green el Miér Mayo 10, 2017 7:34 pm

Mientras que los labios rojizos y perfectos de la muchacha expresaban palabras y dejaban paso libre al baile del humo del cigarro, los de Arthur solo dejaban ver la espesa niebla que escapaba densa gracias al gélido clima. Susurros de su corazón que obviaban sentimientos. Gritos lastimeros reflejados en su sonrisa torcida, palabras que llegaban tan dulces a sus oídos y encajaban a la bruja como una perfecta obra de arte en una caja de cristal. Él, un simple espectador. La gracia desplegando sus alas y apoyándose tan cerca de él, respirando su aire. Preguntándose por qué el destino le entregaba algo tan fascinante de admirar, lejano y hermoso. Una estrella que podía imaginar, nadando entre las olas del mar con escamas turquesas y lágrimas doradas como el oro. Una ecuación que jamás podría comprender ni resolver.

Observó, con cautela. El rojo de la boquilla del cigarro. Preguntándose cómo se vería sobre su piel. Si era esa su marca, o cualquier otra, no importaba. Estaba dispuesto a mancharse con ella, hasta el último poro de sus huesos. El tiritar de la contraria tiró de él como si tuviera una soga atada al cuello, sumiso ante sus encantos, ante aquellos irises del color del cielo. Fue un cliché, caballerosidad o el simple hecho de querer marcar territorio, con su olor, con su presencia. Rodeando sus brazos alrededor de ella. Su tapado pronto cubrió los hombros ajenos mientras que el inglés seguía absorto ante su nueva debilidad. Delineó con su mirada y el deseo de probar el sabor de aquella boca contaminada con aroma a tabaco. La nicotina y cualquier otra sustancia podría haber sido reemplazada con tan solo un beso, un atrevimiento. Acercarse y acortar esa mísera distancia que punzaba como caminar descalzo sobre brasas ardientes. Respiración agitada, nudillos blancos. Ese contacto con su abrigo que lo mantenía atado a la realidad. Cobardía. Arthur se alejó lentamente, respondiendo ante aquella epifanía. —Ten cuidado—, musitó, suavemente. La expresividad de sus palabras siempre había escasa, mas podía notar como la fémina lo leía como si de un libro abierto se tratase. Cada gesto, cada palabra. Lo sabía. Sabía que lo estaba volviendo loco con tan solo respirar. Sin embargo, no se atrevía. Se declaraba culpable. Soltó con las mismas ganas que podría haber tenido de saltar de un avión, las solapas de su saco. Aquel que ahora abrigaba a la contraria.

Crueles, frías. Así se sintieron las expresiones de la mujer. Abandono. Ese al que temía tanto. Destartalándose como un auto viejo, perdiendo partes en el camino con la huida promiscua de la muchacha. No, pensó. Otra vez tomó las solapas de su saco, otra vez miró los azules e hipnotizantes ojos que parecían tener dedos para clavarse en la herida inexistente de su pecho y hurgar allí. Arthur tomó aquel papel que le era entregado, casi con desdén, una excusa para tomar su mano, resguardarla allí, afligido. No quería que se fuera, ni siquiera sabía lo que le estaba entregando. Un número, algo que aún le costaba comprender. Los aparatos muggles, los teléfonos. Era casi como una despedida para siempre, sabía que era demasiado cobarde como para acercarse a ella en el caso de verla nuevamente en el campus. —No creo poder satisfacer tu curiosidad, pero creo…— mordió su labio, juntando todo el valor que no poseía más que para la estupidez impulsiva. Una maraña de inseguridades nadando en su vientre. Descuartizando con uñas y dientes todas las ideologías de su vida. —…creo que puedes satisfacer las mías—. Delineó con su pulgar el labio de la fémina, manchándolo del rojo aturdidor. Y, como el delicado aleteo de una mariposa, los propios se posaron sobre ellos. Una despedida envuelta entre el álgido viento, tan inglés como el hombre que había detenido el tiempo.
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