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Crónica de una muerte anunciada ―Familia Dürrenmatt.

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Crónica de una muerte anunciada ―Familia Dürrenmatt.

Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Miér Abr 05, 2017 6:56 pm

1
La última cena
No pedimos ser eternos; pedimos tan sólo no ver que los actos
y las cosas pierden de repente su sentido.
El vacío que nos envuelve, se hace entonces patente.

Antoine de Saint-Exupéry.

28 septiembre, 1979. Münich, Alemania. [
El reloj aún no marcaba las ocho de la tarde. La hora de la cena todavía no veía su comienzo. Dicen algunos, tal vez más los locos que los cuerdos, que el pasar del tiempo depende de tantas cosas. Cuando se quiere atesorar un recuerdo, los segundos se escurren cual arena entre los dedos. Huyen sin mirar atrás. Se apresuran. Cuando, por el contrario, se palpa la ansiedad los segundos aligeran su transitar a través de los minutos, se vuelven cínicos y piensan únicamente en su goce a costa de la pobre y aterida víctima. Se ralentizan mientras se regodean de la desgracia. Nadie, entonces, parecía saber a ciencia cierta sobre lo tanto que se decía del correr del tiempo. Depende de cada uno, decía siempre al final alguien. El tiempo, entonces, era como el destino. Nunca nadie podría comprender cómo, pero simplemente pasaba.

Pasaba insignificante para algunos. Despiadado para los menos afortunados.

Para Käthe Dürrenmatt, en cambio, pasaba con el tempo de un tango. Un comienzo lento, mientras contaba la historia de una emperatriz alemana que tuvo todo cuanto quiso, que poco a poco fue dejando que su cuerpo se convirtiese en su arma y que su corazón se congelase. El crescendo de la canción correspondía a los pecados que cometió, que la convirtieron en un seductor vaivén de caderas y en un sugerente revoleo de pestañas y la hicieron creerse capaz de comerse al mundo. Hasta que fue el mundo quien se la comió a ella. Inexorable. Así concluía su tango, en un conjunto de notas agónicas que reflejaban su descenso desde lo más alto.

Hasta dejarla convertida en una esclava de la Oscuridad, en una sierva condenada a lo inevitable.

Dos campanadas anunciaron las ocho. La cena estaba lista para ser servida en la mansión de los Dürrenmatt. Una de las familias más importantes de Alemania, ¿cómo no si el patriarca era el mismísimo Ministro de Magia?

Leòpold se encontraba en una butaca, leyendo el periódico. O pasando hoja tras hoja, más bien. El susurro de las hojas al pasar se mezclaba con el ir y venir de los elfos domésticos mientras ponían la mesa, con el expirante crepitar de la ostentosa chimenea que amenizaba la sala. Los ojos del alemán viajaban por cada titular y cada fotografía que se asomaba. Cansados, pero albergaban esperanza. La esperanza de saber el paradero de su única hija, de su princesa. Y ella, oculta tras un pilar de la antesala, sintió cómo su corazón se resquebrajó una vez más. Cuatro cicatrices tenía ya su corazón, cada una resquemando peor que la anterior. Nunca antes lo había visto así. Y, por encima de todo, saber que era ella misma la causante del desfallecer de su héroe la hacía arrepentirse de todo. Desde cuándo estaría así, se preguntó Käthe mientras se aferraba a la capa. ¿Qué tan rápido viajaban las noticias, en tal caso? Rápido, podría apostarlo. Muy deprisa.

Tan deprisa como ella se había Desaparecido de Salvio Hexia en cuanto sintió el escocer en su antebrazo izquierdo, como si algún maleficio le estuviera carcomiendo la carne y hueso de su brazo. Tan deprisa como sus piernas comenzaron a correr, hasta que llegó el octavo día y sus músculos temblaron y desfallecieron. Porque Käthe corría por su vida, corría como una prófuga.

Corría.

Correr. Acción de andar rápidamente con tanto impulso.
Huir. Apartarse de algo con prisa para alejarse de un peligro.

Hasta que ya no pudo huir más. Hasta que sintió cómo su cuerpo no podía más, cómo sus pies estaban cansados de tanto andar y cómo sus ojos se habían resecado de tanto cuidarse las espaldas para no ser descubierta. Hasta que su conciencia despertó del sueño auto impuesto y la comenzó a torturar lentamente por todo lo que cometió.

Amo, la cena está servida. ―la voz del mayor de los elfos la sacó de su ensoñación, la arrancó del alud en el que se había sumergido segundos atrás. ―La ama Sonja ya se encuentra bajando al comedor y pregunta si hoy la congratulará con su compañía. ―y, por primera vez desde que se coló en su propio hogar, vio cómo los labios de su padre se torcían en una sonrisa. Y ella lo imitó. Porque no era necesario preguntarle o inmiscuirse en su mente para saber que el mismo recuerdo se había asomado en ambos, un recuerdo que los involucraba a ambos durante una tarde en Florencia llegando hasta el domicilio que habían rentado y recibiendo las mismas palabras de la matriarca de la familia. Inteligente de su parte. Excelente movimiento de ficha para captar la atención de su esposo. Leòpold bajó el periódico y lo depositó sobre el pequeño cojín entretejido, asintiéndole al elfo. Llevaba días él sin comer, los mismos días que su preciada primogénita llevaba de desaparecida. De prófuga.

Y justo ahí, todo pareció detenerse en el hogar de los Dürrenmatt.

Sonja, altiva y elegante como siempre, con todo su porte impecable, apareció por detrás de la figura encapuchada que observaba la deplorable escena desde lejos. ―La hija pródiga ha vuelto. ―exclamó la madre de Käthe, consiguiendo ponerle los nervios de punta y que se sobresaltase en su espacio. Consiguiendo, además, que Leòpold apresurase su andar hacia donde la hubo escuchado. En sus ojos brilló la esperanza tras reparar en la tercera figura, en la punta que completaba la pirámide familiar. La poderosa pirámide que respondía a los Dürrenmatt. ―Käthe. ―la llamó y ella se quedó ahí, congelada de pies a cabeza. Hasta ese instante no había considerado qué hacer o qué decir. ―Estás aquí. ―mas, no fue necesario que ella se moviese. Su padre tomó la iniciativa. El impertérrito yugo alemán que caracterizaba al Ministro se rompió en mil pedazos y se abalanzó a abrazar a su hija, a estrecharla y a palparla para comprobar que no era una aparición.

Estaba ahí. Sí, estaba en su hogar. Pero, ¿por cuánto tiempo iba a estarlo?
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Re: Crónica de una muerte anunciada ―Familia Dürrenmatt.

Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Jue Abr 13, 2017 1:01 am

La hija pródiga había vuelto.

Esa flama, vivaz y danzarina, que encendía la chimenea del hogar cuando los patriarcas dejaban que el calor comenzaba a extinguirse. Esa voz, melodiosa y angelical, que amenizaba las veladas cuando el frío de los alemanes se filtraba por las ventanas y amenazaba con calarse hasta en sus huesos. Esa hija que mantenía el hogar unido, un matrimonio que con los años, los engaños y las falacias había comenzado a convertirse en una rutina, en pura apariencia de poderío y opulencia. Hasta ese momento, Käthe no había caído en cuenta de ello. No se había percatado de que sus padres se convertían en eso que ella tanto repudiaba, que tanto proclamaba, hacía lo que le sabían como siglos, jamás llegaría hasta su puerta. Porque Leòpold y Sonja sí que habían caído en la monotonía. En la amarga y umbría monotonía. Leòpold se mostraba distante con su esposa, con la mujer más bella de la comunidad mágica germana. Él, tal vez más que nadie, sabía cuán perversa y codiciosa podía llegar a ser Sonja, y cuán arrebatadores y atractivos resultaban esos atributos para cualquiera que tuviese el infortunio de cruzarse en su camino. O la bienaventuranza. Él era consciente de la belleza etérea de su mujer, de esos encantos que una vez lo cautivaron y que día a día le fueron enamorando hasta que nació el fruto de su unión.

Hasta que Käthe llegó a su vida y Sonja sintió lo que era tener una rival a su altura.
Una rival que ya no competiría por nada más. Una rival que tenía sus días contados.

Käthe se soltó de los brazos de su padre, sintiendo cómo su estómago se revolvía de mil y una formas, cómo las ganas de regurgitar trepaban por las paredes de su esófago. Vomitar fue su única reacción ante el sinfín de revelaciones que pasaron ante sus ojos, revelaciones que tal vez siempre estuvieron allí y nunca antes quiso terminar de ver. Revelaciones que se erigían a ambos lados de su cuerpo. Ella realmente era hija de los dos. Hasta ese momento no había caído en cuenta de las travesuras de la genética, de cómo tenía lo mejor de ambos. Hasta ese preciso momento en que las manecillas del reloj no corrían con regularidad, que los segundos no avanzaban. Su vida ya era una cuenta regresiva.
Leòpold lo sabía. Lo supo desde aquella Nochebuena en que su hija le llegó con lo que ella catalogó como buenas nuevas. El orgullo en sus ojos le hizo imposible reprocharle algo. ¿No debería ser algo de lo que jactarse, en tal caso, el que su heredera haya sido elegida como una de las preferidas de aquel mago británico conocido como Lord Voldemort? Y ahora aquella marca sería su condena. Lo que un día fue el orgullo de su princesa se había convertido en la firma de su sentencia.

El mundo recuperó su rotar habitual a la par que Sonja Dürrenmatt carraspeó. Era algo que siempre conseguía. Sonja acostumbraba a ser el centro de atención, a tener la última palabra sin importar con quién trataba. ―Me voy a entregar. ―sin embargo, fue su única hija quien le arrebató la atención. Una vez más. Como ya lo había hecho otras veces. Silencio se elevó entre los Dürrenmatt. Una cortina densa, cubriéndolos mientras Käthe retrocedía un par de pasos más. Alejándose de su padre y de su madre. No era necesario que diera más explicaciones. Cuatro palabras eran suficientes para encerrar un gran significado, una gran confesión. Para delatar el miedo que la acompañaba en cada paso que daba, que la perseguía como una sombra y se aferraba a sus tobillos imposibilitándole el seguir adelante. ¿O era acaso el remordimiento? ―No puedes hacernos esto. ―declaró Sonja, tomando a su hija por los hombros y obligándola a encararla. Dos gotas de agua se enfrentaron. Una joven, la otra ya empezando a empañarse por los años. Sus ojos eran la única diferencia. El azul de un cielo despejado oponiéndose a un turquesa opaco, marchito. ―No te dejaré hacern.. ―no pudo terminar de hablar. ―Déjame ayudarte. ―dos palabras, un ofrecimiento por parte de su padre. Y las promesas de Leòpold Dürrenmatt siempre eran cumplidas con honor. Al menos con quienes merecía la pena. ―Déjame protegerte, princesa. ―Leòpold recorrió la misma cantidad que Käthe había empleado para alejarse de él, siendo sus manos quienes la tomaban ahora por los hombros. ―No es lo más inteligente, pero es lo correcto. ―argumentó Sonja, comenzando a mordisquear sus labios. Siempre lo hacía cuando tenía un plan comenzando a trazarse en su cabeza.

Resultaba más difícil de lo que esperó en primer lugar. Pero, una vez más, en primer lugar nunca se vio en tal posición.

La heredera se deslizó la capucha, bajándola y dejando al descubierto por completo su rostro. Las ojeras que enmarcaban sus ojos, los moretones y arañazos que mancillaban la perfección des rasgos. ―¿Ayudarme cómo? Ni siquiera es lo correcto. Lo correcto es que me entregue. ―confesarse culpable era algo que le estaba costando a Käthe en demasía. Mas, poco menos que meses atrás. ―Perderías tu cargo como Ministro. ―se dirigió a su padre, sintiendo una vez más las náuseas subiendo por su garganta. ―Si te entregas, perderemos prestigio y credibilidad. Si aún no lo hemos perdido. ―Sonja nunca había sido una madre ejemplar. Y ahora eso quedaba mucho más que evidente.
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