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My middle finger salutes you [Jürgen Leuenberger]

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My middle finger salutes you [Jürgen Leuenberger]

Mensaje por Davina Woolridge el Dom Mar 05, 2017 4:11 pm

Siendo una chica madrugadora, cada mañana la recibía de buena gana y tomándose su tiempo para  acicalarse con vanidad, como si aquel rito del día a día fuera todo un espectáculo que debiera hacerse con elegante detenimiento. Su reflejo le devolvió una sonrisa queda, se acomodó una vez más el cabello, asegurándose de que estuviera bien sujeto. Ni un cabello fuera de lugar, se dedicó una última mirada en el espejo antes de irse, y dejó el apartamento con los tacones resonando en la baldosa hacia su salida.
  Llegó al ministerio tan puntual como acostumbraba, y en cada paso el contoneo de sus caderas llamaba las miradas de los demás, sólo para bajarlas al suelo intimidadas al reconocer a la dueña. Se sonrió con arrogante satisfacción mientras la gente se apartaba de su camino para dejarla pasar, alzando un poco más la barbilla de manera altiva en lo que llegaba a su departamento; una vez ahí, su buen humor se desvaneció casi en el acto cuando su querido primo entró en su campo de visión. Su sonrisa se torció y se mordió el interior de la mejilla con irritación. Ya había olvidado el detalle de su nuevo compañero de trabajo, ¿realmente sus familias creían buena idea juntarlos para "mostrar que la excelencia sólo se consigue con las familias puras y de renombre"? Ugh, claro que sí. Y poco les importaba qué tan bien se llevaran.
—Ah, si no fueras familia—murmuró entre dientes para sí misma antes de acercarse a él con la sonrisa más falsa y filosa.
El recuerdo del por qué de su relación tan arisca quedaba empañado por el pasar del tiempo, y lo único que parecía quedar igual de claro únicamente propenso a crecer, era el sentimiento de rencor compartido. Tal vez fue cuando de niños, en una reunión familiar, mostraron sus primeros indicios de magia humillando al otro, y nadie podía humillar a Davina; ella era la predilecta de todos, su orgullo, que Jürgen manchara tan importante día para arrebatarle el trono era imperdonable. Davina no necesitaba recordar qué había hecho, sólo que no merecía su perdón, de eso estaba más que segura. Desde entonces las cosas no hacían más que empeorar entre ellos, pareciera que Jürgen no quedaba satisfecho con esa primera falta y lograba ser una espinilla en el trasero para ella, de la que no podía deshacerse de una vez por todas porque compartían sangre.
  La historia entre ambos primos se desarrollaba en cobrar venganza tras venganza, formando una rivalidad titánica que no parecía tener fin; cuando niños eran travesuras bastante crueles y pesadas en cada encuentro; de adolescentes, jugarretas más pensadas, hechas a traición con la fría astucia digna de sus apellidos. Desde entonces no se habían visto, podría decirse que hubo una pausa entre sus ataques desalmados y, si Davina por una vez fuera sincera consigo misma, admitiría que se encontraba levemente ansiosa por saber qué novedades le deparaba Jürgen para molestarla. No, no contó con el fin más crudo a su guerra de dos, porque si iban a ser aliados a regañadientes en el trabajo, sería difícil sabotearlo sin llevarse a sí misma de por medio. Al inicio fue realmente una coincidencia que quedaran juntos, y el trabajo fue tan bien hecho que sus familias presionaron más la idea ya formada del ministerio, para hacerlos un equipo. Increíble.
—Jürgen, querido primo—saludó con cortesías de dientes para afuera—, ya que estaremos codo a codo en todos lados de ahora en adelante, me veo obligada a desearte los buenos días—ronroneó ofreciéndole la mano para que se la besara, como todo caballero, y aunque sonreía en sus ojos centelleaba algo muy contrario a lo que la curvatura de sus labios intentaba aparentar.
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Re: My middle finger salutes you [Jürgen Leuenberger]

Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Dom Mar 26, 2017 12:43 pm


Jürgen llegó a su puesto de trabajo dos minutos antes de la hora, como de costumbre. Le gustaba llegar esos exactos 120 segundos antes de lo que debería. Era el tiempo fríamente calculado que necesitaba para llegar a su departamento, quitarse la chaqueta, dejarla con cuidado y sentarse. De ese modo empezaba el trabajo en punto, como debería todo el mundo. Generalmente la gente llevaba a la hora y se ponían tarde a trabajar. No entendía como se consideraban puntuales cuando su trabajo no empezaba realmente a la hora que debería, lo peor es que todos salían a la vez por lo cual al final el más rentable era él. La eficacia y la diligencia le caracterizaban y por ello no pudo negarse cuando, contra toda su voluntad, le asignaron como compañera nada más y nada menos que a Davina Woolridge, familiar cercano del germán. Su enemistad era ya algo viejo, costumbrista que ni sabían muy bien el porqué pero que sin duda era una rivalidad más que divertida, deliciosas venganzas iban y venían, poniendo a prueba le intelecto el uno del otro. Aunque no lo admitiera a Jürgen le parecía interesante aquel juego peligrosamente adictivo en el que el nivel subía a medida que envejecían. Sus mentes perversas, tan parecidas, tan similares, eran incapaces de encontrar satisfacción. La victoria, incierta, era a lo que ambos aspiraban con anhelo.

Estaba concentrado leyendo unos informes que acababa de encontrarse sobre la mesa, tranquilamente enfrascado en el significado de las palabras cuando e ruido de unos tacones le llamaron la atención, No levantó la mirada, ya sabía quién era antes de que entrara en su campo de visión. -Deberías contener esos comentarios, Davina, la gente tiene orejas en todos lados y podrían malinterpretar tus intenciones... -Comentó, tranquilamente, levantando la cabeza a la vez que le dirigía una sonrisa insolente. Seguramente ella ni se imaginaba que él pudiera oírla pero el silencio del despacho era sepulcral y últimamente el alemán estaba bastante a la defensiva, de modo que cualquier ruido que lo sorprendiera era analizado y escuchado al detalle para adelantarse a un posible problema. Y definitivamente, su queridísima prima era un problema.

La observó con desdén cuando ella le tendió la mano, lo que menos le apetecía era besársela y rendirle pleitesía pero por supuesto era un caballero y nunca debía perder las formas. Ni ante ella. -Buenos días, querida prima. -Besó fugazmente su dorso procurando el menor contacto posible con ella. -No sé si eres consciente de que llegas, exactamente, -consultó el lujoso, elegante y caro reloj de muñeca -cuarenta y cinco segundos tarde. Debería tomarte más enserio eso de que menos es más. -Le sonrió, con falsa amabilidad, haciendo una referencia directa a la cantidad de maquillaje que llevaba encima. Por otra parte, cantidad perfectamente normal y poco escandalosa, la elegancia y el buen gusto eran cosa de familia, pero ese no era el punto. -Así llegarías a la hora y podríamos ponernos cuanto antes a lo que nos concierne... ¿O es que acaso disfrutas tanto mi compañía que te gusta retrasar nuestra labor? -Le preguntó, en un tono casual, mientras volvía la vista a sus papeles.
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