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There is no home without you — Privado.

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There is no home without you — Privado.

Mensaje por Robert D. McKinnon el Mar Feb 07, 2017 9:31 am

Recuerdo del primer mensaje :

Provienen de.
Febrero, 12º..
Irlanda, residencia McKinnon.


Quiso echarse a reír a carcajadas en medio de aquella calle, pequeña pero transitada, llena de la humareda que producía el vaho de todos aquellos que trataban de sobrevivir en un frío que a cada nuevo paso se volvía más penetrante — Me gustaría comprobar eso de alguna manera, seguramente el dolor de cabeza fuese la menor de mis preocupaciones — terció, estrechando con fuerza la mano de ella, sintiendo la presión en sus nudillos y casi masajeando el dorso. Se sentía bien poder decir que estaban pasando una tarde en compañía que llevaban meses deseando, fantaseando — ¿Quién dijo que debías hacer el desayuno tú? — preguntó, frunciendo el ceño a la par que una de sus cejas se alzaba sugerente. A veces se sentía muy pequeño al lado de ella, pero en ocasiones como aquella la seguridad que trataba de demostrarle y el planteamiento de vida que quería proponerle conseguían hacerlo sentir más grande de lo que, a su lado, ya era. No por grandeza, no por méritos — pues bien sabía que la rubia cargaba a sus espaldas con muchos más años de experiencia —, sino por el mero gusto de poder sentirse en una posición estable en cuanto a quebraderos de cabeza.

Que no eran pocos, no obstante.

Dejando a un lado el tema del masoquismo, el cuál ni siquiera se le había pasado por la cabeza por mero respeto a la rubia, se imaginó el gesto de sorpresa y la cara blanca que seguramente se le quedaría a Marlene si lo viese aparecer con medio labio hinchado y parte medio enrojecido — Seguramente no sería buena idea — bromeó, llevándose la mano libre a la cabeza, rascando parte de su nuca en un gesto inocente y tonto, haciéndole recordar nuevamente a que era cierto que parecían quinceañeros recién enamorados. La vida daba tantos vuelcos... como sus pisadas. Porque si seguían andando y aquel restaurante había llamado su atención, en aquel instante se había olvidado por completo de todo. Ansiaba llevarsela a Irlanda, ansiaba poder pasar la noche junto a ella, ansiaba tantas cosas y podía con tan pocas que sus ojos se iluminaron ante la sola idea de poder apresarla durante el resto del día sin tener que dar explicaciones ni a sus superiores ni a ella misma — Me halagas demasiado, pero te confundes — paró en seco, casi arrastrándola a ella a su lado ante la inercia de quien quiere seguir caminando pero ve frenado sus pasos por una mano que tira — Mi búlgaro, como habrás podido comprobar, es torpe y... pésimo, muy pésimo — terció, llevándose la mano libre al mento, tratando de recordar alguna que otra palabra — Обичам те?* pronunció, en un búlgaro tan atropellado y tan malo que ni sabía exactamente lo que acababa de decir — Corrígeme si me equivoco, ¿quieres? No me va a importar quedar a la altura de tus zapatos en esto — puntualizó, negando con la cabeza ante su propia estupidez.

No quería quedarse en aquel lugar, realmente. Comer a solas era algo bonito, pero mucho más si al menos conseguían evitar cualquier mirada. El recogimiento del que disfrutaba en su casa no era el mismo del que se podía disfrutar en una bonita velada a la luz de unas velas que él mismo se encargaría de encender. Y, siendo sinceros, no disponía del suficiente dinero como para alquilar, literalmente, el local entero al dueño — Ahora mismo, seguramente, si que vas a terminar odiándome por esto — y acto seguido, sin mediar más palabras, la atrajo del todo para volver a besarla al mismo tiempo que en su cabeza aparecía la imagen mental de un lugar que bien conocía y que tantos recuerdos, tan buenos como tan malos, le traían. La aparición fue tan rápida y segura que no quiso ni pensar cuántos bocados terminaría recibiendo en el labio. Ella ya había sufrido hacía un tiempo una despartición, y aparecerse seguramente no sería del todo de su agrado. O eso quería creer.

En medio del remolino, puso pies en el suelo tratando de mantener el equilibrio y sin soltarla a ella en ningún momento, aspirando el aroma tanto de sus labios — los cuáles todavía seguían presos de los suyos — como de la estancia en la que ahora se encontraban — Bienvenida a casa, supongo — murmuró sin apartarse, moviendo los labios para gesticular palabras delante de su boca, dejando un leve rastro de si mismo cada vez que volvía a abrirla y cerrarla para darle pequeños besos que terminaban por encender el calor de un hogar que los recibía en plena Irlanda, sin darle tiempo a rechistar en ningún momento. La casa, no del todo amueblada, se observaba en penumbra ante la poca cantidad de luces que habían dejado los abuelos de Marlene encendida. Les había recordado que dejaran siempre un rastro de luz en la casa, por mera seguridad y para evitar fisgones que opinan que la mejor manera de salir de la miseria es robándole a otros. Le agradaba saber que le habían hecho caso.

— Esta vez yo cocino — comentó mientras se ponía cómodo, haciendo desaparecer su abrigo que hacía un rato ya le sobraba. Preparar la comida se había vuelto algo tan sumamente parte de si mismo que no le importaba, en lo absoluto, tener que pararse un tiempo en lo que ella se acomodaba. Además la magia siempre era una buena aliada.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Robert D. McKinnon el Dom Feb 12, 2017 5:56 am

El brillo en sus ojos crecía por momentos. La lenta tortura que le producía la espera conseguía aminorar su corazón y darle un respiro tras el agitamiento que se había producido. Recoger todas las cosas de la cocina que, por alguna razón que no entendía, habían acabado en el suelo — hasta objetos de la encimera que supuestamente ni siquiera habían rozado — calmaban lentamente un corazón que pedía a gritos más, mucho más. Bombear sangre se había convertido en algo secundario, y perfilar la muestra de cariño que llevaba meses demostrándole era lo prioritario en aquel mismo instante.

Alzó una ceja, no obstante, cuando todavía ella seguía haciendo bromas sobre su propia condición. Cosa que al irlandés sacaba de sus casillas — Deja al menos que yo no tenga que recordarte eso, ¿quieres? — mencionó, acariciando con suavidad ese rostro tan perfecto, maquillando con sus dedos una fina línea entre ambos ojos y haciendo cosquillas en una nariz que hacía las veces de separación entre la línea imaginaria que volvía todo tan simétrico — Al menos que uno de los dos siga recordándolo de otra manera — sentenció, esperando aquella respuesta que después de tanto había conseguido sacarle, emocionándose por dentro hasta el punto de querer tomarla entre sus brazos, alzarla en peso y llevársela a terminar todo lo que habían empezado minutos antes. Pero se contuvo, no obstante, sin ser capaz de adelantarse al gesto de ella, a ese beso que tanto le recordaba a la miel, a lo dulce que podían ser los labios de alguien al posarse en los propios — Quiero que tus penas no lleguen a alzarse nunca, si con todo esto consigo que al menos una parte de ti se olvide de todo por lo que has pasado cuando estemos juntos, ¿qué más le puedo pedir a la vida para ser feliz? Para recuperar una parte de mi que llevaba tiempo dormida, mi amor — susurró, entonces, entregándose a ese beso que ella quiso hacer corto pero que los ávidos labios del castaño alargaron hasta los extremos.

Por el tiempo que habían pasado sin saber nada del otro. Por los años que se habían quedado con una parte de ellos. Por las horas vividas sin ser conscientes de lo cerca que habían estado. Por los días que acontencían nuevas dichas y terminaban por convertirse en desgracias. Por la forma en la que la vida volvería a ser parte de ellos durante su existencia. Por su familia, por la de ella, por todas las personas que trataban de hacer aquello posible... por lo que estaba por llegar. Por todo eso, y por más, era cierto que el beso le supo más delicioso que nunca, y el ver aquel anillo, humilde entre muchos, le hizo darse cuenta de que ya habían sellado algo que necesitaba hacerse oficial.

Rió, casi a carcajadas, separándose entonces para mirar su rostro, dándose cuenta entonces de que verdaderamente aquel no era el mejor sitio para llevar a cabo algo que hasta hacía nada les había parecido la mejor opción — Parecemos quinceañeros enamorados, mi vida — contestó, sin poder evitar volver a reír, revolviéndose en su lugar para encender unas velas que se habían apagado, tratando de volver a crear un ambiente de calmada tranquilidad, por el mero hecho de volver a empezar de cero y conseguir, finalmente, cenar — Estoy seguro de que todavía sigues teniendo hambre — tomó un trozo de pan, dándole un pequeño bocado ante el apetito voraz que su estómago andaba reclamándole pero que hasta entonces no se hubo dado cuenta — Será mejor que dejemos los entrantes para el final, resultaría incómodo... — realmente incómodo. El brillo picaresco en sus ojos no había desaparecido, ni tan siquiera las ganas locas por volver a pasar por todo aquello una vez más. La acompañó hasta su silla, cediéndole el sitio en el que, normalmente, Marlene desayunaba antes de volver a desaparecer por días. Una vez acomodada, se volvió para dar media vuelta a la mesa y, con avidez, centarse en el sitio que le correspondía a la luz de las velas, justo en el opuesto de ella, alcanzando su mano con cariño, estrechándola con delicadeza — Supongo que no tendrás que dar expliaciones si preguntan por ti en el trabajo, pero yo llevo ya rato dándole vueltas a qué voy a decir si alguien se da cuenta de que llevo horas sin dar señales de vida — aunque, por un lado, seguramente en el departamento ya estarían acostumbrados. A fin de cuentas en su pasado seguía el historial que lo habían hecho convertirse en lo que era ahora.

Era incapaz de quitar los ojos de su mano, allí donde el anillo reposaba — Se ve tan bonito una vez que te das cuenta verdaderamente de todo lo que está pasando — inquirió, apretando un poco más su mano, mordiéndose el labio inferior que aún se resentía en el lateral por las mordidas de ella, reprimiendo las ganas de volver a tirar todo de aquella mesa — Come, por Merlín, lo necesitas — aunque internamente su fuego interno gritarse "lo necesito".
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Noëla Coster-De Haes el Vie Feb 17, 2017 5:43 pm

Absolutamente nada. No había nada más que pudiera pedirle a la vida, que le mendigase al destino que todo lo que tenía en frente. Porque Robert Mckinnon perfilaba todo en su vida. Porque aquel mago poseía las raíces del pasado que le recordarían quién era incluso cuando ella misma lo olvidara, el aroma del presente que la cautivaba y podría embriagarla día sí y noche también y, sobretodo, la esperanza de un destino negado, de un porvenir que se pintaba de los más vivos colores siempre y cuando él estuviera ahí para sostener cuanto pincel ella necesitase. Y de esos nunca dejaría de necesitar, menos cuando sus dedos, una vez más, habían comenzado a picarle con las ansias de un adicto a su droga.

Tal como lo hacían sus labios en ese momento.

Sus labios, rosáceos y visiblemente más hinchados que antes, eran adictos a los del irlandés, a esos que conocían cada rincón de su cuerpo y llevaban su sabor impreso tal como lo hacían los suyos. Adictos a su sabor de madera y dulzor, a su pericia que la enloquecía. A esa dulzura que le recordaba lo que era sentirse la mujer más delicada del mundo, que podían tratarla como la porcelana misma para luego devorarla tal como lo haría un sediento al salir del desierto. No era necesario que dijera más, que las palabras se fugasen de su boca para que Robert supiera todo lo que tenía que decirle. Devoción y confianza le prometió con el roce de los dedos de la mano que reposaba sobre su pecho, fidelidad y lujuria danzaron junto con su lengua en un cándido tango sin llegar al exceso. Amor y compromiso se fusionaron para regalarle un beso que distaba de parecerse a los anteriores pero que, finalmente, daba por concluido el capítulo que habían dejado pendiente hacía mucho tiempo junto con el inicio de uno nuevo.

Inspiró, profusa y lentamente, el aliento de la risa que le obsequió. Quería guardarla, quería guardar todo lo que viniese de él en su pequeña cajita de cristal que guardaba en su pecho. —¿Y eso está mal?—preguntó, sabiendo que realmente su actitud no era la más apropiada para la edad que tenían. Pero, ¿qué más daba que tuvieran el deseo de profesarse todo lo que en su interior bullía, las ansias de cumplir los más fervientes sueños que amenazaban con enloquecerlos? —Te necesitaba, no me culpes. —se excusó junto con un leve encogimiento de sus hombros, deleitándose con la caricia que le propinó el sonido de su risa hasta llegarle al oído. Tuvo que morderse la lengua, apañar las pocas fuerzas que habían comenzado a crecer en su interior para frenar el comentario la mar de sugerente. No eran adolescentes, aunque le costase admitirlo. Él era incluso abuelo, por lo que debía aprender y comprender lo que eso significaba. El imaginarse los torpes intentos de hablar de Lyanna al ver a su abuelo mientras se dejaban llevar, consiguió que la sangre se le helase lo justo y necesario. Lo justo para que se abrochase los botones de su camisa y que se ajustase la coleta que ahora lucía más desprolija y suelta que antes. —Para cuando me asegures de que no llegara nadie más. —tuvo que decirlo, la imagen mental le causaba espantos y le provocó que su estómago se revolviera.

Se deslizó hasta quedar de pie, intentando borrar el sin número de situaciones bochornosas que podían tomar lugar. —Te hará falta más que esos ojitos tuyos para conseguir convencerme. Acabo de curarme de espanto con la simple idea de que llegue Marlene con la niña. —le comentó, acomodándose en la silla que le había indicado le correspondía. Incluso algo así le provocaba escalofríos, el ocupar un lugar en una mesa como la futura señora McKinnon tenía mucha significancia como para asimilarlo con un simple abrir y cerrar de ojos. —Puedes decirles la verdad. Que te topaste con tu prometida y que tuviste que escoger entre ella que te patease el trasero por dejarla de lado o entre que ellos te diesen un memo. —ese, tal vez, era uno de los motivos por los que había negado ocupar el lugar que le ofrecieron en la Confederación. Ya había tenido lo suficiente con asuntos de política y diplomacia. Repasó con el pulgar de su otra mano la del castaño, trazando los nudillos y delineando las delgadas venas que brotaban. —O si quieres voy yo.—bromeó, con sus labios formando una fina línea curvada hacia un lado. Le gustaba sonrojarlo, ¡qué hacerle, entonces, a eso!

La sonrisa se le ensanchó. —Tarde o temprano iba a pasar, Robb. Sólo fuimos unos necios que se negaban a hacerle frente a lo inminente. —lo imitó, viendo también el discreto anillo adornando su dedo. Ella no era una bruja de joyas, siempre las había catalogado como distracción durante una misión así como objetos de los que podía aventajarse su oponente. Una vez vio cómo, durante su entrenamiento en Japón, su instructor encantó el collar de otra aprendiz para que se le enroscase como una pitón. Meneó su cabeza y ladeó el rostro, desviando su exótico mirar hacia el de Robert. —Uy, ya le he dicho que sí me casare y ha comenzado a darme órdenes. —pero era cierto, necesitaba algo que saciase el hambre que volvió con pies de hierro a instalársele en el estómago. —Amor, ¿me devuelves mi mano? Ya sabes, necesito de ambas para comer. —enarcó sus cejas, no queriendo ser quien rompiese lo que los mantenía unidos.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Robert D. McKinnon el Vie Feb 17, 2017 7:29 pm

La dulce ensoñación del que disfruta de una pequeña parte del día, mezclada con la autosatisfacción generalizada en una sociedad mágica que apenas le daba tiempo a respirar, era algo que tener en cuenta. Poder dejarse llevar por un momento de pura paz y tranquilidad tras el acontecimiento que en casa de los McKinnon acababa de vivirse eran el culmen final a una larga noche que de seguro al castaño le traerían buenos recuerdos — No está mal, era tan sólo un comentario — terció, aún con su mano en la de ella, sintiendo la caricia sincera de los dedos rozar sus nudillos y dibujar un escalofrío de alegría vigorosa y completamente renovada — Te culpo, claramente, porque por mucho que lo niegues te gusta ver cómo yo también te ansiaba — y era algo obvio, no había límites en establecer una clara sospecha de que ambos necesitaban el uno del otro como el mero abrir y cerrar los ojos cuando despertabas por la mañana.

Quería creer que podía ser capaz de sellar la casa al completo para que nada ni nadie pudiera molestarlos, pero el agobio de encerrarse ante cualquier noticia que pudieran darle seguía presente en sus propias carnes, y el irlandés evitaba en todo momento alejarse del contacto social que durante tantos años había rehuido por propio interés personal, familiar.

Parpadeó fingiendo una inocencia que se abría paso por, precisamente, sus ojos. El orbe de ella que todavía se sentía vivo parecía querer jugarle una mala pasada, y viéndose obligado a centrar la vista sobre el plato de la mesa comenzó a servir con la mano que tenía libre — o mejor dicho propició a la magia que hiciera su trabajo agitando la varita y consiguiendo en milésimas de segundo servir una cena que ya llevaba largo rato preparada pero que no por ello había perdido la esquisitez ni el aroma, así como la temperatura —. La tenue luz de una vela volvió a iluminar sus rostros, ardientes en deseos de una paz nocturna que acontecía historias hasta media noche. El fulgor que destelleaba en la cocina dejaba una cálida sensación en el rostro de ambos, y poder observarla mover los labios grácilmente mientras hablaba era un regalo que la vida le había ofrecido en aquel preciso instante — Por Merlín, en verdad es que quieres hacerme pasar vergüenza, ¿es como una especie de fantasía que llevas años tratando de cumplir? Te recuerdo que cuando trabajaba para ti me evitabas incluso en el despacho y nunca me dijiste por qué — pese a que ambos sabían el motivo de todo aquello.

Soltando su mano, entre risas que se contagiaba de su propia sonrisa, trató de pedir perdón juntando ambas palmas de sus manos, dejándole vía libre para atacar la comida con ávida desfachatez. Si quería dejar a un lado los modales bien seguro estaba Robert que no iba a juzgarla ni tan siquiera un segundo — Hey, tampoco es eso... pero te recuerdo que hemos dejado los entrantes a un lado por evitar, precisamente, desaprovechar todo esto — inquirió, tratando de excusarse ante sus palabras, comprendiendo que verdaderamente no hacía falta pero sintiendo la necesidad de hacerlo. Las palabras con Celaena eran muy fáciles de intercambiar. Recordar brevemente el jugar de sus lenguas entrelazadas le producía escalofríos, y con aspereza sepultada por el jolgorio y el cansancio del día se llevó un bocado de aquella gran empanada que había hecho. Relamiéndose, prácticamente, sintió su estómago llenarse a cada nuevo bocado que daba, a cada nuevo bocado que compartía.

— ¿No extrañabas estos momentos? No recuerdo cuándo fue la última vez que cenamos juntos — hizo una pausa, volviendo a devorar con la avidez de quién no prueba bocado por años — De hecho no recuerdo siquiera si alguna vez hemos hecho esto antes — porque parándose a pensar en todas las veces que la había visto no concebía un recuerdo en su cabeza que le recordase un momento como aquel, a la luz de la vela, sintiendo el regocijo interno del que ataca con precisión una comida para tratar de pasar a los postres con velocidad despampanante. Necesitaba sentir su cuerpo, necesitaba poder acunarla durante toda la noche, necesitaba poder respirar su propio aire interno. Nervioso, acomodándose nuevamente el cabello, desabrochó el botón superior de su camisa que gritaba por una liberación desde hacía ya un tiempo, dejando a un lado la recatadez y la costumbre de parecer una persona formal que en ningún momento pierde el control de lo que siente en su fuero interno — Cómo puede ser posible que no deje de pensar en esto — murmuró avergonzado, tratando de probar el guiso con la cuchara, pensando que quizás no debería haber preparado todo aquello.

Quería levantarse de la silla, acortar la distancia imperecedera que los mantenía, caóticos, a ambos extremos de la mesa. Obviar todo a su paso pues para remendar el estropicio siempre había tiempo. Pero la voz de la razón le recordaba una y otra vez que aquello seguía siendo una casa abierta a varias personas que, por desventura, tenían acceso — Sigo pensando que todo esto no es justo, aunque te tengo que confesar que el tema con Marlene se vuelve peliagudo siempre que te mento — a quién quería engañar. Lena sabría perfectamente a lo que se refería, la forma en la que lo habían hablado en la tarde había quedado más que clara, y que si antes recibía todo el aprecio y admiración por la pequeña de la casa — no tan pequeña —, ahora todo parecía haberse vuelto del revés — No quiero engañarte, bien sabes que no podría hacerlo, pero espero sepas llevar el tormento que puede llegar a ser Marlene cuando en su cabeza piensa cosas que no son, o incluso que pueda hablarte mal... en fin, supongo que son cosas que he propiciado tras tanto tiempo dejándola al amparo de sus abuelos — y ante el descontrol que ella había sentido al no disfrutar del cariño de su padre.

¿Podía reprocharle, entonces, que sintiera un celo incondicional por no ser ella la única merecedora de su cariño? Llevaba años diciéndose que no, llevaba años torturándose por ello. Y en su cabeza, aún así, tan sólo tenía pensamientos para algo que deseaba sucediera como el amanecer por las mañanas: inevitablemente.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Noëla Coster-De Haes el Sáb Feb 25, 2017 1:57 pm

¿Cómo había podido resistir todos esos días, esos meses cuando aún ocupaban los lugares de subordinado y jefa, cuando había altas paredes de bloques que ella, decidida y presurosa, se encargaba de construir noche tras noche luego de simplemente cruzar mirada con él? Encerrarse en sí misma, en las órdenes que le llegaban de parte de su superior y de las misiones que le encargaban en la Orden habían sido su vía de escape, vías que siempre encontraban la manera, de alguna u otra forma, de llevarle hacia él, de arrastrarle hasta que estuviese frente a los únicos zafiros que eran capaces de desnudarle hasta el alma en cuestión de un batir de pestañas. ―Porque eras una distracción y un recuerdo de algo que no creía merecer. ―y todo eso ya no valía la pena, nunca lo hizo si debía ser sincera pues Robert McKinnon siempre encontraba la manera de inmiscuirse en sus pensamientos, como si lo llevase calado en sus huesos desde Merlín sabía cuándo. ―A lo cual puedo seguir diciendo que eres una distracción. ―se encogió de hombros la rubia, viendo ávidamente todo el ir y venir de platos con comida en la misma mesa hasta, ya de una vez por todas, darle la forma que merecía tener esa cena.

Una distracción para su ojo, el cual se desesperaba por cubrir la falta de su par y así poder deleitarse con todo el ejemplar y vivo retrato de un dios griego. Una distracción para su corazón, que se emocionaba con cada gesto que él realizase y que la obligaba a respirar con mayor intensidad para poder cubrir el precipitado bombeo de sangre. Una distracción para su cuerpo, para su piel, que no veía más que poder estar entre sus brazos y aún no decidía si lo mejor era dormir entre ellos o simplemente no dormir en absoluto.

La promesa de sus labios se veía en una sonrisa ladina y juguetona, en una sonrisa que nadie más que Robert podía decir haber visto adornando el rostro de la rubia. Porque nacía de una complicidad que sólo compartía con él, que compartió y compartiría únicamente con él. Cuando tuvo sus manos libres, estas se adueñaron de los cubiertos dispuesto al lado del plato que más le había llamado su atención. Un guiso que se veía más que apetitoso y que consiguió despertar a su estómago del letargo al que se vio obligado minutos antes cuando la lujuria reinó por sobre la gula. ― Y mi estómago te lo agradece, aunque otra parte de mi cuerpo no tanto. ―frunció ligeramente su nariz, llevándose la primera cucharada hasta sus labios. Exquisito. Delicioso. No era de sorprenderse, al fin y al cabo, había probado en más de una ocasión la habilidad y experticia de sus manos. Y si era capaz de hacerla temblar únicamente con sus dedos, pues bien debía cocinar manjares dignos del propio paraíso. ―Me enseñarás a cocinar esto. ―se llevó otra probada hasta su boca, relamiéndose de gusto el sinfín de sensaciones placenteras que dejaban en su paladar. ―Y esto también. ―añadió luego de agarrar con su diestra un pedazo de la empanada que también tenía en frente. ―Todo lo que sepas cocinar, quiero aprender. ―aunque de querer aprender a conseguir hacerlo existía un enorme trecho, Celaena lo intentaría así cada plato le tomase un lustro.

Ella tampoco lo recordaba. Y si no lo hacía era porque no había pasado. Cuán triste era eso, sin lugar a dudas. ―No tuvimos oportunidad antes. ―se limitó a decir, no queriendo traer a colación todo lo que tuvieron que enfrentar en menos de tres meses cuando, finalmente, habían decidido comenzar a escribir una historia juntos. Todo eso los había traído hasta ese momento, pero no por eso tenían que flotar entre ellos con la constante amenaza de arruinarles la ocasión. Nada les arruinaría su encuentro prometido. No lo iba a permitir. Jugueteó con el tenedor entre sus dedos, deteniéndose para verlo desabotonándose la camisa. Depositó la punta del cubierto sobre el labio inferior y, con el ápice de su lengua, se relamió lentamente el inferior. Que ni se atreviera a culparla por su reacción pues fue su acción lo que la llevó a hacer aquello. ―Piensa que mientras más pronto comas, más pronto pasarás al plato principal. ―repuso, deleitándose con el bochorno que afloraba en su rostro.

Cómo debía de gustarle aquel tinte en sus pómulos, que se sentía una ilusa mortal simplemente con pensar que nunca encontraría el tono adecuado para poder pintarlo sobre un lienzo.

Dio otro bocado a la empanada, dos y tres más hasta dejar el plato prácticamente vacío, hasta terminar por ladear su rostro. Ella ya lo sabía. Ni siquiera lo sospechaba, estaba totalmente convencida de que Marlene no se mostraba muy afable en todo lo que se refería. ―Creo que eso es en gran parte culpa mía. ―entonces, se confesó. Antes no había tenido oportunidad de comentárselo y cuando la oportunidad se dio, el tiempo parecía ya haber muerto para que así naciera algo más importante de hablar. ―El día de Salvio Hexia, cuando llegaste mal herido y ella estaba ahí… yo no pude pensar bien en mis palabras y le dije que esperaba que ahora que te había aceptado de vuelta, no te volviera a perder. ―el castaño ya había estado inconsciente, ajeno al duelo que las dos rubias de su vida se disputaban por él. Robert no era el culpable, lo era nadie más que ella por haber carecido de tacto y haber optado por soltar palabras capaces de herir para que espabilara. ―Y tampoco puedo culparla. Quiero decir, creció sin su padre y cuando finalmente llegas a su lado… ―se encogió de hombros y suspiró ante la congoja que quería hacer mella en su interior. ―Aparezco también en escena y le robo una parte de la atención que tienes para ofrecer. Aunque son dos amores diferentes, ella aún es una joven que simplemente me ve como una amenaza y una ladrona. ―y esa era un de las cosas que más le atemorizaba, que Marlene nunca dejase de verla de tal manera y Robert terminase en medio de eso, sufriendo por culpa de la incapacidad de ambas de limar con sus asperezas.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Robert D. McKinnon el Jue Mar 02, 2017 7:12 am

El gesto simple de compartir aquella velada ya significaba mucho no sólo para el castaño, sino para todo lo que tenía que ver con ellos dos. Para ellos dos por el sentido de poder tener, finalmente, una larga jornada para ellos solos, sin tener que depender de intromisiones, de meteduras de pata ni temas antiguos por los que llevarse una mano a la cabeza. Y sin embargo, ante todo aquello, sentía parte de culpabilidad al recordar cómo Marlene había pasado tanto tiempo de su vida sola. Pero no por ello quería dejar de ofrecerle a Lena lo que en parte le hubo privado a su pequeña estrella durante tantos años.

— Creo entonces que no he perdido parte de mi encanto — terció, en un acto completamente narcicista mientras se llevaba un trozo de empanada a la boca, saboreando la mezcla de ingredientes que tan apetecibles se les hacían a su paladar, sin dejar de mirar en ningún momento todos y cada uno de los gestos que Celaena le regalaba — Amaría enormemente saber qué se te pasa por la cabeza a todas horas, mi vida — comentó, alcanzando el servilletero, tomando una servilleta entre sus manos y llevándosela a los labios — Casi te digo que me vuelve enfermo no saber qué estás pensando ahora mismo, aparte de todo lo que estamos hablando — inquirió, agachando la mirada al tiempo que ella volvía a provocarlo de aquella forma, devolviéndole entonces lo que seguramente ella había interpretado como un gesto provocativo cuando había tratado de aliviar el calor de su cuerpo desabotonando los botones iniciales de su camisa.

Suspiró, esbozando una media sonrisa picaresca.

— ¿Por qué debería enseñarte? No me va a importar cocinarte toda la vida, ¿sabes? — murmuró, no molesto pero si curioso. Miraba, ilusionado, cómo ella se deleitaba con lo que había preparado, cómo su lengua recorría sus propios labios en ergonomía causada por poder seguir probando bocado sin descansar un instante, casi pudiendo padecer por un momento cómo terminaba por recorrer su cuerpo sin siquiera titubear. Parpadeó, varias veces, tratando de volver a tomar el hilo de una conversación que se había esfumado por instantes al imaginarse todo aquello. Espabila, McKinnon, te ves como un completo imbécil. — Tan sólo te enseñaré a cocinar si vuelves a instruirme como si fuese uno de tus alumnos de Bulgaria — indicó, alzando un dedo sin darle oportunidad a rebatirle la cuestión, casi levantándose por completo para tapar sus labios con su índice — Y no exigiré un no como respuesta, ya es hora de que vuelva a sentirme útil, ¿no? — el tiempo había dejado mella en su cuerpo. En su cuerpo y en su salud física. Pese a que el castaño no había obviado en ningún momento su entrenamiento sabía perfectamente sus limitaciones, y desde Salvio Hexia las cosas se habían denotado por otro favor — en parte por la mera indignación y el catastrófico reconocimiento que había sufrido el cuerpo de aurores tras todo aquello —. Quería volver a sentir la adrenalina recorriendo sus venas, no mostrarse sumiso ante un papeleo diario y matutino mezclado con diferentes viajes que no requerían esfuerzo ninguno — El viaje a Bulgaria escaseaba en cuanto a peligrosidad, no quise reconocerte que el papeleo era lo importante de toda la visita — reconoció, llevándose una mano a la cabeza, apartando varios platos del medio y comenzando a recoger una cocina que se había visto atacada por el desorden que ambos habían provocado.

Sí, ambos.

Escuchar que el plato principal todavía estaba esperándolo le hicieron darse media vuelta, atónito. ¿Realmente lo decía en serio? Quiso pensar que si, y con tan sólo un pequeño esbozo de una sonrisa en sus labios, siguió ajetreado recogiendo una cubertería que llevaba años en la familia — Lena, no puedes culparte por todo — rezongó, frotando con ganas la bandeja donde había estado la empanada y que ahora trataba de hacerse hueco entre los cacharros apilados del fregadero — Cierto es que quizás no fue la mejor manera de decirle las cosas, más teniendo en cuenta que parte de la culpa de que ella haya crecido sin sus padres es mía, pero no por ello lo dijiste con maldad o tratando de hacerle daño — porque si había algo de lo que estaba completamente seguro era que la rubia también estaba en su derecho de plantear las cosas de aquella manera — No trato de excusarte, ni trato de hacerte sentir mejor con mis palabras, simplemente es lo que pienso — suspiró, colocando la bandeja ya en su lugar y alcanzando varios platos más que seguían resistiéndose. Tras una larga jornada metido en la cocina el trabajo más duro, para todos, era aquel. Y sin embargo, en compañía de ella, se le hacía más sencillo de lo acostumbrado. Casi podía sentir el respirar de ella en el otro lado, observándolo desde la mesa, queriendo acercarse a si mismo por segundos, tratando de evitar la lejanía con la mirada — No le has robado nada y es de lo que tiene que darse cuenta — resopló, apartando como siempre ese mechón de su flequillo que se echaba hacia delante para impedirle ver con claridad lo que tenía delante.

Soltó todo una vez estuvo cansado de seguir recogiendo, delimitando las distancias con su propio cuerpo, trazando una diagonal imaginaria que acabó con dejarlos más juntos que separados, y tomó su mano con delicadeza, con una suavidad innata que crecía en la rugosidad de las palmas de sus manos — No has robado nada que no se te haya permitido robar — susurró, posando sus labios en el dorso de la mano donde descansaba el anillo, recorriendo su brazo con lentitud, dejando un sinfín de escalofríos en su erizada piel que le hacían ver el gusto que ambos necesitaban en aquel instante — Amenaza has sido siempre, pero no para nosotros — bromeó, riendo bajamente, aún con sus labios posados en el brazo de ella, tratando de salvaguardar una distancia que había perdido interés desde que había vuelto a sentir su piel, a sentir cómo su vello se erizaba. Quiso llegar a su cuello más se quedó parado, mirándola de frente, rogando entonces a los cuatro vientos un permiso que llevaba toda la noche implorando.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Noëla Coster-De Haes el Sáb Mar 11, 2017 1:01 pm

A Robert podía no importarle, incluso le sorprendería si fuese todo lo contrario, el dedicarse a las labores de cocinarle. Pero la metamorfomaga no podría conciliar aquello, no estaba en lo suyo el sencillamente echarse hacia atrás con los brazos cruzados y dejar que otros hicieran algo por ella. Sin importar si ese otro era su pareja -su amor y su aliento para vivir- y si eso algo que haría por ella se trataba de cocinar. ―[color=#6c818d]Porque también me gustaría consentirte y cocinarte. ―y no necesitaba mayor explicación ni respuesta que aquella, que esas palabras que brotaban desde la parte de su ser que la delataba mujer de casa, como una bruja hogareña que se erigía en la lejanía -al igual que lo hacía la propia luna de su amante sol- y en contraposición a la Auror que se levantaba cada mañana justo al alba para comenzar con su riguroso diario vivir. Hasta que escuchó lo que vino después. Debía estar bromeando. Luego le quedó claro que no. Separó sus labios pero terminó mordiéndoselos ante la insistencia en el tema, ante la urgencia que se estampó en los ojos azules que tanto la enloquecían. Ni siquiera podía pensar en que algo malo podría ocurrirle, tal como aquel día en Salvio Hexia. Quería protegerlo de eso, debía hacerlo. Mas, ¿a quién quería engañar? Ella más que nadie conocía esa desagradable y nauseabunda sensación de sentirse relegado e inútil. ―Tenemos un trato. ―aceptó casi a regañadientes sintiendo como su garganta se veía apresada por un nudo que comenzó a subir por su estómago. ―Pero el entrenamiento será bajo mis condiciones. ―no sería para menos.

Podía pasarse horas enteras negándose ante su petición. Se veía a sí misma, con todo lujo de detalles, caminando de un lado al otro despotricando sobre los motivos por los cuales el que volviera a entrenar era una desfachatez. Pero lo amaba. Lo amaba tanto que le dolía el saber que le estaría arrebatando una parte de su felicidad.

¡Cómo adoraba escuchar su apodo en esos labios que bien podrían ser su antídoto y su perdición! Meneó la cabeza, buscando espabilar y sosegar las hormonas que escalaban en tropel por su cuerpo haciéndola verse y sentirse como una adolescente. ―Mírame hacerlo. ―murmuró en un intento de añadirle un tono hilarante a la situación. Su peculiar humor negro, sin embargo, no fue de mucha ayuda en aquella ocasión porque en verdad se sentía culpable. Tal vez no de todo, pero sí de muchas cosas que involucraban a la familia McKinnon. Hizo un amago de ponerse de pie y ayudar al irlandés en todo, pero al ver la facilidad con la que hacía todo el levantamiento de trastes y fregado de los mismos se acomodó en su asiento y como la perra egoísta que en ocasiones era se sentó a admirar cómo lo hacía, a regodearse de cuán maravilloso era el mago que tenía frente a sus ojos y que ahora era, ni más ni menos, su prometido de manera oficial. Bueno, oficial para ellos y para las cuatro paredes que había sido testigo de su proposición y de otras cuantas cosas más. ―Pero pude quedarme callada. Pude dejar que Ragnor manejara la situación. ―aunque ni la propia Noëla creía sus propias palabras. De los mellizos, ella era quien actuaba por instinto, quien obedecía a la adrenalina del momento y no medía muy bien la consecuencia que podrían tener sus discursos. Mas, con su rostro ladeado y sus labios ligeramente curvados, la rubia se aventuró a concluir que Robert McKinnon era el filtro que tanto le hacía falta a su vida. ―Ya. ―un monosílabo tan incrédulo y que dejaba múltiples interpretaciones. A veces olvidaba que la nobleza y la templanza al momento de hablar era algo que caracterizaba a los Hufflepuffs. Curiosa conclusión, no obstante, pues la joven en la que se centraba su conversación no era muy parecida a la imagen que tenía de los Tejones. ―Esperemos que no se dé cuenta demasiado tarde. ―realmente esperaba que fuera así.

Sus codos, apoyados sobre la mesa; la barbilla, apoyada sobre sus palmas. Noëla se mordió los labios en media sonrisa en cuanto sintió al castaño nuevamente en su espacio personal. Justo donde lo quería. ―Sigue siendo un robo. ―masculló, más por llevarle la contraria que porque realmente lo pensara así. Más porque sí, que porque no. La sensación electrizante, por otro lado, era algo que le complicaba la básica tarea de pensar con coherencia. ―Uno a mano armada, si se me permite decir. ―sus manos se dirigieron a la nuca de Robert, enredándose en los mechones declarados rebeldes sin causa que podía alcanzar de su cabello. No lo necesitaba únicamente cerca suyo, respirando su mismo aire. La necesidad de él iba más allá de eso… ―Merde―.

Noëla Coster-De Haes no era fanática de las palabras mal sonantes, pero aquella definitivamente era su predilecta para todo tipo de ocasión.

Ocasiones, inclusive, como la que tenía en ese momento suscitándose. ―Debo volver a la Academia. ―cinco palabras que romperían cualquier fantasía y ensoñación que comenzaba a hilarse en ellos. ―Hoy llegaba un escuadrón de aprendices de Japón acompañados del rector. Quien fue mi tutor en el palacio. ―apoyó su frente sobre la del castaño, sintiendo como todas las flores se marchitaban y las burbujas de algarabía explotaban. ―Te lo compensaré. ―musitó en sus labios, besándolo con suavidad y devoción.

Un beso de despedida mientras se Desaparecía del sitio. Un beso que taladró hasta su corazón, con sus ojos cerrados pues era incapaz de ver el dolor y frustración que estaría dejando con su partida.
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