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There is no home without you — Privado.

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There is no home without you — Privado.

Mensaje por Robert D. McKinnon el Mar Feb 07, 2017 9:31 am

Provienen de.
Febrero, 12º..
Irlanda, residencia McKinnon.


Quiso echarse a reír a carcajadas en medio de aquella calle, pequeña pero transitada, llena de la humareda que producía el vaho de todos aquellos que trataban de sobrevivir en un frío que a cada nuevo paso se volvía más penetrante — Me gustaría comprobar eso de alguna manera, seguramente el dolor de cabeza fuese la menor de mis preocupaciones — terció, estrechando con fuerza la mano de ella, sintiendo la presión en sus nudillos y casi masajeando el dorso. Se sentía bien poder decir que estaban pasando una tarde en compañía que llevaban meses deseando, fantaseando — ¿Quién dijo que debías hacer el desayuno tú? — preguntó, frunciendo el ceño a la par que una de sus cejas se alzaba sugerente. A veces se sentía muy pequeño al lado de ella, pero en ocasiones como aquella la seguridad que trataba de demostrarle y el planteamiento de vida que quería proponerle conseguían hacerlo sentir más grande de lo que, a su lado, ya era. No por grandeza, no por méritos — pues bien sabía que la rubia cargaba a sus espaldas con muchos más años de experiencia —, sino por el mero gusto de poder sentirse en una posición estable en cuanto a quebraderos de cabeza.

Que no eran pocos, no obstante.

Dejando a un lado el tema del masoquismo, el cuál ni siquiera se le había pasado por la cabeza por mero respeto a la rubia, se imaginó el gesto de sorpresa y la cara blanca que seguramente se le quedaría a Marlene si lo viese aparecer con medio labio hinchado y parte medio enrojecido — Seguramente no sería buena idea — bromeó, llevándose la mano libre a la cabeza, rascando parte de su nuca en un gesto inocente y tonto, haciéndole recordar nuevamente a que era cierto que parecían quinceañeros recién enamorados. La vida daba tantos vuelcos... como sus pisadas. Porque si seguían andando y aquel restaurante había llamado su atención, en aquel instante se había olvidado por completo de todo. Ansiaba llevarsela a Irlanda, ansiaba poder pasar la noche junto a ella, ansiaba tantas cosas y podía con tan pocas que sus ojos se iluminaron ante la sola idea de poder apresarla durante el resto del día sin tener que dar explicaciones ni a sus superiores ni a ella misma — Me halagas demasiado, pero te confundes — paró en seco, casi arrastrándola a ella a su lado ante la inercia de quien quiere seguir caminando pero ve frenado sus pasos por una mano que tira — Mi búlgaro, como habrás podido comprobar, es torpe y... pésimo, muy pésimo — terció, llevándose la mano libre al mento, tratando de recordar alguna que otra palabra — Обичам те?* pronunció, en un búlgaro tan atropellado y tan malo que ni sabía exactamente lo que acababa de decir — Corrígeme si me equivoco, ¿quieres? No me va a importar quedar a la altura de tus zapatos en esto — puntualizó, negando con la cabeza ante su propia estupidez.

No quería quedarse en aquel lugar, realmente. Comer a solas era algo bonito, pero mucho más si al menos conseguían evitar cualquier mirada. El recogimiento del que disfrutaba en su casa no era el mismo del que se podía disfrutar en una bonita velada a la luz de unas velas que él mismo se encargaría de encender. Y, siendo sinceros, no disponía del suficiente dinero como para alquilar, literalmente, el local entero al dueño — Ahora mismo, seguramente, si que vas a terminar odiándome por esto — y acto seguido, sin mediar más palabras, la atrajo del todo para volver a besarla al mismo tiempo que en su cabeza aparecía la imagen mental de un lugar que bien conocía y que tantos recuerdos, tan buenos como tan malos, le traían. La aparición fue tan rápida y segura que no quiso ni pensar cuántos bocados terminaría recibiendo en el labio. Ella ya había sufrido hacía un tiempo una despartición, y aparecerse seguramente no sería del todo de su agrado. O eso quería creer.

En medio del remolino, puso pies en el suelo tratando de mantener el equilibrio y sin soltarla a ella en ningún momento, aspirando el aroma tanto de sus labios — los cuáles todavía seguían presos de los suyos — como de la estancia en la que ahora se encontraban — Bienvenida a casa, supongo — murmuró sin apartarse, moviendo los labios para gesticular palabras delante de su boca, dejando un leve rastro de si mismo cada vez que volvía a abrirla y cerrarla para darle pequeños besos que terminaban por encender el calor de un hogar que los recibía en plena Irlanda, sin darle tiempo a rechistar en ningún momento. La casa, no del todo amueblada, se observaba en penumbra ante la poca cantidad de luces que habían dejado los abuelos de Marlene encendida. Les había recordado que dejaran siempre un rastro de luz en la casa, por mera seguridad y para evitar fisgones que opinan que la mejor manera de salir de la miseria es robándole a otros. Le agradaba saber que le habían hecho caso.

— Esta vez yo cocino — comentó mientras se ponía cómodo, haciendo desaparecer su abrigo que hacía un rato ya le sobraba. Preparar la comida se había vuelto algo tan sumamente parte de si mismo que no le importaba, en lo absoluto, tener que pararse un tiempo en lo que ella se acomodaba. Además la magia siempre era una buena aliada.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Noëla Coster-De Haes el Mar Feb 07, 2017 3:31 pm

Jamás, de los jamases, de todas las cosas que pudieron cruzársele por su mente cuando soltó dichas palabras de advertencia, la rubia pudo haber predicho que tomaría su comentario tan literalmente. Tampoco previó el beso hasta que sus labios se aferraron a los ajenos como si su vida dependiese de ello, como si el simple pensamiento de estar lejos de ellos la haría perderse en el bucle al que los sometió a ambos con la Desaparición conjunta. ¿Miedo? ¿Qué era eso, más que una nimia mota de polvo, comparada con la emoción que bullía en su sangre con el simple hecho de estar entre los brazos de su amado, de sentir que cada parte de su cuerpo encajaba y de que no había movimiento incómodo ni torpe porque, por alguna fuerza superior a ellos mismos, sus gestos se complementaban con la misma, sino que más, delicadeza y complicidad con la que se bailaba un vals.

No era necesario que preguntase donde la había trasladado. Su corazón se lo dijo.

Sus párpados, apretados ligeramente; sus manos, jugando con ese cabello rebelde que tanto necesitaba un corte. Sus labios, ocupados y preocupados por una sola labor, por no perder ni un segundo del día en fusionarse con los ajenos, en arremeter y saborear esa lengua que tanto la llevaba por el camino del pecado, que hacía que se imaginase otro sitio donde la quería en ese preciso instante. —Hogar... dulce... hogar. —susurró sobre sus labios, cada palabra con un corto beso en medio, no queriendo ser la primera en romper la etérea unión entre ellos. No quería alejarse de él, no otra vez. No ahora que, finalmente, había vuelto a ocupar el lugar que le correspondía en su vida. Recorrió, con la boca, como la más fina pluma, la comisura de sus labios, el arco que tanto la tentaba hasta llegar a la pequeña pero entrometida magulladura que quedaba sobre su labio inferior. Se detuvo ahí, respirando queda y profusamente, provocándole, jugando con su paciencia. Hasta que, finalmente, pasó el ápice de su lengua por la herida que ella misma había causado, terminando por sonreír sobre sus labios. —Muero por comer algo... de comida. —profirió una suave risilla, disfrutando cómo el aliento que se deslizaba fuera de sus labios se mezclaba con el de Robert.

Me parece una genial idea. No me gustaría incendiar el sitio. —porque era tan acogedor, tan familiar, tan perfecto que provocaba que su pecho se distendiera para darle cabida a una calidez que no sentía desde que se fue de casa de sus padres. Lo observó alejarse de ella y ella lo imitó, quitándose el abrigo que, si debía ser sincera, hacia mucho tiempo había comenzado a ser un estorbo. —¿Marlene y Lyanna viven aquí?—preguntó, dejando su prenda de lado, sacando la varita del bolsillo para llevarla hasta su melena y atarla en una alta coleta. Ella casi nunca se recogía el cabello, pero si iba a empezar una nueva vida con Robert, no venía mal el que comenzara a adoptar nuevas manías. No había vuelto a ver a la joven rubia, no desde el fortuito encuentro que tuvieron durante el juicio de Byrne. —La cargué. A Lyanna, por unos momentos. —le comentó al irlandés, andándose con cuidado mientras caminaba entre el mobiliario. —Era tan... pequeña. Ya debe haber crecido— ella no estuvo durante el crecimiento de sus sobrinas. Su memoria era un poco nublosa en cuanto a cómo era el crecimiento de los bebés, pues debía rebuscar entre aquellos cajones de antaño cuando Henrik vivía.

Cajones tan abandonados, que la pusieron a dudar sobre si tendría material para ella, algún día, cuidar de sus propios hijos. Suyos y de Robert.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Robert D. McKinnon el Mar Feb 07, 2017 3:53 pm

Aún sentía el escozor en sus labios más no por la hinchazón que estos le provocaban, sino por el gesto en el que tanto se había recreado la rubia antes siquiera de que ambos se hubiesen vuelto a separar para empezar a organizar una comida que, hasta entonces, no habían planeado. Trataba de quitar cachivaches y varios tiestos que encontraba en su camino a la cocina, deambulando torpemente entre varias cajas apiladas que cortaban el paso, dándoles un pequeño empujón con el talón y provocando un ligero tintineo de vajilla al chocar entre ellas — Disculpa el desorden, aún no veo el día de conseguir que esto tome la forma que quiero — comentó, agachando la mirada en un gesto inocente y preocupado por la forma en la que Celaena pudiera ver todo el desorden que había provocado en varios meses que llevaba organizando la cantidad desorbitada de muebles que había estado restaurando para la casa — Tampoco es como que fuera a dejarte, a este paso terminará incendiado y no precisamente por culpa de los fogones o la comida — sentenció, dejando entrever una mirada de soslayo que no auguraba nada más que un sinfín de sensaciones que el castaño llevaba tiempo soñando por volver a sentir pronto.

Ah, la efusividad del momento.

— A ratos — hizo una pausa, tomando varios platos y bandejas que fue disponiendo sobre la mesa de una encimera pulcramente cuidada a diferencia del resto de la casa, si de algo estaba seguro era de que no cogería una infección ni se intoxicaría a sí mismo por mantener la cocina ensuciada — Quiero decir, van y vienen, resulta bastante complicado de explicar — argumentó, acomodando una mesa que a golpe de varita seguramente hubiese tardado menos de lo debido, pero las costumbres muggles corrían por sus venas y el mestizaje de sangre le habían enseñado a requerir preparar la comidad mediante la magia tan sólo en mera urgencia — Ciarán mantiene a la niña tremendamente ocupada, temo por su propia salud mental... tantas horas apegada a ese hombre terminarán por volverla loca — corroboró, como si no conociera las habladurías o no hubiese compartido tiempo en el trabajo antaño cuando aún servía para progresar en una profesión en la que ahora se veía estancado.

Atosigado por la falta de tiempo y el hambre que ella padecía, decidió dar rienda suelta a su creatividad armando una empanada y un plato de guiso bien condimentado a consta de especias y pechugas de pavo que comenzaron a salir de la nevera, mientras que la conversación fluía y terminaba por colocar el último cubierto a la mesa — ¿No se te paró el tiempo cuando la tomaste en brazos? Me pasa continuamente, me da tanta ternura — susurró, casi embobado al quedarse prendido de aquel marco de fotografía en el que se vislumbraba perfectamente una diminuta sonrisa en brazos de una señorita con una sonrisa aún más grande, ambas mirando a la cámara y alegrando los días a todos los que pasaban el día en la casa de los McKinnon — Me gustaría poder verla más a menudo, verlas, a ambas... me faltan casi a diario, aunque hace una semana que pude verlas y saber de ellas y sí, no hace más que crecer, pero sigo tomándola en brazos y sigo creyendo que es un tesoro muy frágil, demasiado real para ser cierto — sacudió la cabeza, pasando un dedo por su barbilla en un gesto divertido al imitar a alguien que se saca la baba de encimar después de hablar de una de las criaturas a las que más apreciaba en su vida.

El olor en la cocina empezó a notarse, el hilo de humo que salía de las cacerolas inundó la estancia y el castaño comenzó a moverse atropelladamente por todo el lugar — ¿Qué sabes de Ragnor y las niñas? El muy imbécil dice estar ocupado, no se le ve el pelo ni en el trabajo a veces — se encogió de hombros, tratando de no salpicar más de lo debido y cuidando una compostura que pocas veces Noëla le había visto adoptar. Ser amo de casa durante tantos años... casi estaba por echarse a reír — Se le está subiendo lo parental a la cabeza, no se qué va a hacer cuando tenga que lidiar con romances en la casa — rió, acompasado por una respiración agradable que le provocaba el hecho de darse la vuelta de vez en vez y observar cómo ella lo miraba todo el rato. No le daba tiempo, entre el estropicio, de caer en cuenta que aún guardaba un anillo de compromiso que llevaba meses tratando de sacar a colación, y no veía el momento de finalmente dar por finalizado un sello que marcaría sus vidas para siempre.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Noëla Coster-De Haes el Mar Feb 07, 2017 10:56 pm

Robert podría quejarse de los desbarajustes que, a su parecer, predominaban en el sitio. Mas, para ella todo era un mero añadido a lo que significaba una casa, un hogar. Avanzando por lo que suponía era, o sería, la sala de estar, su mente la trasladó a la casa que ella compró, cuando recién se mudó a Inglaterra. Una casa a la cual nunca consideró en el escalafón de hogar, una casa a la cual nunca se molestó en amoblar para que encontrase confort dentro de sus paredes. Una casa que únicamente pudo sentirse realizada cuando, hacia apenas meses atrás, se la confió al viejo director de Hogwarts para que hiciera las reuniones de la desaparecida Orden. Cuánto tiempo había pasado de eso, cuántas cosas habían sucedido tras eso.

Meneó la cabeza, espantando ese tipo de pensamientos, alejándolos para evitar que la envenenasen. Ya no tenía sentido que se detuviera a pensar en eso, ahora sólo pensaría en el capítulo de su vida que comenzaría a escribir junto a Robert.

Se deslizó hasta llegar cerca de lo que concluyó era el espacio entre comedor y la cocina, dejando que su ojo vagara por el sitio. Analizando, rebuscando en cada esquina. Habían costumbres de las cuales, al parecer, no podría deshacerse tan fácilmente. —¿Cómo está eso de que "van y vienen"?—preguntó, siguiendo el hilo de la conversación mientras que su ojo, tan ávido por descubrir todo su rededor, reparaba en el irlandés. En ese momento, todo lo demás dejó de existir. Todo lo demás era banal, incapaz de competir con lo que la figura de Robert, moviéndose de un lado al otro desbordando dominio y experiencia con cada gesto, le ofrecía. Se recreaba en la firmeza con la que sus manos, ya acostumbradas a la labor, acomodaban las cosas; en el ligero sonroso de sus pómulos y su frente, sintiendo la necesidad, la urgencia, de retratar el perfil que le obsequiaba. —Byrne no está loco... Al menos no totalmente. —no buscaba defenderlo, sólo expresaba la forma en que ella veía al ex Auror. —Él simplemente ve las cosas a su manera, a la conveniencia de su superior inmediato. Lo que me preocupa es el ajetreo. No debería ser así. —sus manos, blanquecinas y con callos y cicatrices enmarcando sus músculos, se posaron en el respaldar de una silla que encontró en su caminar. Una parte le decía que no debía entrometerse, mientras que la otra parte de su ser se defendía al decir que simplemente mostraba interés por la familia de Robert. Cosa que era completamente cierta.

Robert la maravillaba. Esa fluidez con la que se movía, la misma con la que lo había visto desenvolverse durante las pocas misiones en las que se embarcaron juntos, le daban ganas de simplemente colocarse frente a él y besarlo. Masi non, no se atrevería a ser ella misma quien se arrebatase la oportunidad de conocer otra versión que le había mantenido oculta hasta ese momento. Una versión que, en cuestión de segundos, concluyó estaba dispuesta a ver por el restos de sus días. —Yo... —no sabía qué decir, ¿acaso debía sentirse diferente por haberla cargado? Buscó,sin embargo, en su memoria el pergamino enrollado que guardaba aquel instante de su vida. Estaba fresco como el mismo óleo  que tanto tiempo llevaba echando en falta. Aunque el tiempo no se detuvo, Noëla sí que pudo experimentar ganas de abrazarla, de estrecharla entre sus brazos y hacer cualquier mueca con tal de ver esa diminuta sonrisa aparecer en sus labios. —Te recordó a Marlene misma. —se aventuró a decir, posando su mirar sobre el mismo porta-retrato que él. —Me gusta el hecho de que hayan superado lo que los distanció. —¿qué tan difícil, después de todo, podría ser lidiar con la hija-madre-adolescente de Robert?

Si era capaz de ir al mismo corazón ardiente el infierno por él, haría todo lo que estaba a su alcance por tener una buena relación con Marlene.

Rió, entonces, cuando oyó cómo se refería a su mellizo. —En ocasiones debe viajar, últimamente por culpa del imbécil de Specter le ha tocado rendir más cuentas a la Confederación sobre lo que pasa en el Reino Unido. —eso era lo último que supo de Ragnor. De hecho, en los últimos meses no sólo se alejó de Robert, sino también de su mellizo. —Podría venir todos los días, con tal de verte así. —dijo, cerrando sus ojos e inspirando profundamente. El aroma de la comida consiguió que su estómago rugiese y le recordase que no había probado bocado ninguno. —Lhya lo volverá loco, te lo aseguro. Yo prefiero mantenerme alejada, pero supongo que tarde o temprano me tocará a mí darle la "charla". —ni siquiera sabía cómo debía decirle a esa charla, pero sabía que era la más importante para los jóvenes de la edad de su sobrina. —Aunque a él podría dársela también. Es todo un adolescente, nos gana incluso a nosotros. —reconoció, aprovechando una zancada para poder quedar frente a él y robarle un fugaz beso de sus labios. —¿He mencionado ya cuanto te odio, Robert McKinnon? Me mal acostumbrarás a que me cocines, nada bueno saldría de ahí. —le arrancó uno de los cubiertos que tenía en sus manos y los colocó sobre la mesa, junto al resto de la vajilla que había comenzado ya a disponer. —Me enseñarás a cocinar. —ciertamente no era una orden, era una petición que la confesaba abochornada por ser nula en algo así.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Robert D. McKinnon el Miér Feb 08, 2017 9:20 am

— Pues eso, que van y vienen — comentó conforme trataba de seguir el hilo de una situación bastante peculiar mientras preparaba la comida y trataba de no despistarse un segundo entre movimientos de varita y movimientos de los ojos de ella viéndolo casi atropellarse al desplazarse de una punta de la encimera a la otra — Pasa más tiempo fuera que dentro de esta casa, oficialmente está viviendo conmigo pero con el trabajo casi que creo pasa más tiempo en su propio refugio por lo cansada que llega cuando vuelve de trabajar — y porque verdaderamente la casa no era tan habitable como a Robert le gustaría, por lo que, desgraciadamente, todo aquello tenía que esperar. Sin embargo recordaba que Marlene viajaría pronto, fuera, por mucho tiempo... muchos meses. Y seguramente la tónica de la relación seguiría siendo la misma, pero si con Noëla las cosas habían estado medio encauzadas y el contacto había sido tan complicado de mantener, ¿qué pasaría con su pequeña si la distancia entre continentes era atroz? ¿Qué pasaría con Lyanna? Darle vueltas al asunto le producía dolor de cabeza, y aunque no descartaba seguir pensando en soluciones que facilitaran la estancia de su hija en todo aquel embrollo trataba de evitarlo.

— Quizás no esté loco, pero seguramente la trate como mula de carga en la mayor parte de las ocasiones — hablaba desde la ignorancia. Se alegraba de que Marlene tuviese como instructor a ese señor, pero con los acontecimientos recientes y los problemas que había ocasionado... la desconfianza había aumentado entre ellos pese al trato cordial y seguro que se daban cuando se encontraban en el trabajo — Además me preocupa el hecho de que no tenga asiento en ningún lado, está continuamente viajando y bueno, termina arrastrando a Marlene a donde le place — porque, a fin de cuentas, ella estaba en formación y el papeleo para llevar a cabo otro trámite de solicitar uno nuevo era más complicado que ver a Ragnor tocar las palmas en aquellos días — Desde que todo pareció normalizarse para la sociedad el ministerio ha estado demasiado ocupado, y el ajetreo se respira hasta en las salas de descanso — corroboró, dándole la razón de que la Confederación Mágica Internacional debía ser de otra manera, si estaban presentes en aquella institución era por velar por la garantía de que no hubiese nada que importunara la seguridad de sus ciudadanos. Y si supuestamente todo estaba en calma...

Dió varias sacudidas a su varita, terminando por fin el guiso que había preparado y que, pese a su inexperiencia en aquellos temas pues prefería salir del paso con platos menos elaborados, el aroma llegó a su olfato y casi pudo sonreír del gusto. Pero más gusto daba la sensación de que compartiría, después de tanto tiempo, algo de comer con Celaena — Seguimos distanciados pero de otra forma, ella sabe que puede contar conmigo cuando quiera — indicó, dándose media vuelta para observarla ayudar a colocar la mesa que casi estaba preparada. El tintineo de los vasos agolparse en las galeradas de la pared se confundía con el burbujear del guiso que ahora, en reposo, seguía oliendo de maravilla. En el horno una gran empanada — que sería el delirio de Marlene pues no le importaba llegar a casa y ver sobras bien guardadas en la nevera — empezaba a tomar forma y no hacía siquiera falta hacer uso de la varita para terminar de acabarla.

— Ragnor es un caso ejemplar, todavía me pregunto cómo hace para sobrevivir en esa jaula de... leonas — comentó en un tono muy bromista. Apreciaba muchísimo al hermano de Lena, tanto que le había confiado más que su propia vida y era poseedor de sus más antiguos secretos. Pero ciertamente cuidar y sacar adelante aquella casa, tras tantos años, le daba la curiosidad y a la par le apenaba. Le apenaba porque el castaño no había sido capaz de dedicarle a Marlene todo el tiempo que hubiese querido durante tantos años.

El ruido de ella acercarse para dejarle un nuevo beso en los labios lo llevaba encandilando desde que había entrado en aquella casa — No sabes cuánto te he extrañado — terció, acariciando con suavidad su mejilla, rompiendo una tensión que llevaba meses contracturada y sintiendo la quemazón en su cuerpo por el que quiere algo más que una velada en la cocina — No me va a importar cocinarte hasta que decidas tomar la iniciativa — bromeó, dándole a entender que algún día él soltaría el delantal para cederle el testigo a ella, hubiese o no aprendido a manejar los fogones de la cocina — Con magia es más fácil — guiñó un ojo, dando por finalizado todo el entuerto y atrayéndola hacia si de mientras el guiso y la empanada iban de camino a la mesa. La tomó por la cintura, colocándola en la encimera con suavidad y delicadeza, como quien toma una pluma y la trata con cuidado por el mero hecho de no estropear ninguna de sus fibras — Los entrantes... — susurró a su oído, mordisqueando con suavidad el lóbulo de su oreja derecha, ignorando por completo el sinfín de aromas que desprendía la comida que acababa de hacer, dejándose llevar por la sensación de tenerla finalmente para él solo.

Siguió recorriendo entonces el perfil de su rostro, tomando por carretera la perfecta delineación de su mandíbula hasta llegar a su cuello, colocando los dedos por detrás de su espalda y aprisionándola para, al erguirla, poder besar cada rincón desesperado de su piel — Muchísimo, muchísimo de menos — su voz se quebró al sentir la respiración agitada de ambos cuerpos. En consonancia con sus acciones, y sin que ella fuese consciente, hizo levitar el anillo que ahora descansaba bien guardado en una de las cajetillas de la cocina — allí donde todavía apilaba pequeños cachivaches y enseres personales — para dejarlo a un lado de la mesa, en el borde donde justo se sentaría ella, mientras la entretenía y le demostraba que la distancia no hacía más que aumentar el deseo por volver a ser idiota durante toda la vida.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Noëla Coster-De Haes el Miér Feb 08, 2017 3:45 pm

Los aromas que viajaban hasta su olfato la tenían delirando, el recrearse con el andar de un lado al otro de Robert la tenía maravillada. ¿Qué más podía pedirle a la vida, si todo lo que estaba frente a sus ojos la hacía feliz y más que eso? La embriagaba con alegría, le hacía desbordar ilusión y euforia, la hacía sentirse completa. Con todas las piezas del rompecabezas que había sido toda su vida finalmente encajadas, con todos y cada uno de los raudales encauzados de la forma en la que, fuera obra del destino o fuera obra y gracia del propio Merlín para favorecerla, siempre debieron estar.

Si esa era la vida que le esperaba, el trajinar y la rutina que aguardaba por ella en cuanto se mudase a vivir con el castaño, porque lo haría sí o sí, pues abría sus brazos de par en para para recibirles con gusto.

Lo solucionarán, lo de Marlene yendo de un lado al otro. Así deba yo hablar con Byrne y coaccionarlo a que recapacite... no dejaré que tú estés comiéndote las uñas simplemente por su capricho de turno. —aseveró, adoptando esa postura tan suya, tan Jefa del escuadrón de Aurores. Lo solucionaría, por supuesto que sí. Sin importar las veces que Robert se opusiera, porque ya podía escuchar sus réplicas acerca de no hacerlo zumbando en sus oídos, Noëla lo haría. Se lo debía. Luego de todo lo que había hecho por ella, era lo mínimo que podía hacer. En un gesto distraído se pasó la mano por la coleta que recogía su cabello, mirando la forma y colores que iba adoptando la mesa, percibiendo los deliciosos olores que se mezclaban con el de la humedad que caracterizaba a Irlanda. —¿Debo sentirme aludida también ante eso?—le preguntó, enarcando ambas cejas en su dirección y jugando con estas. —Pues gracias, me siento halagada por ello.—una sonrisa felina adornó sus labios, sonrisa que llegó hasta su ojo y le confiaba tantas cosas que no eran eran necesarias explicar. Cosas, gestos, confidencias que sólo eran para él y para ella, que serían sus secretos hasta la tumba, que serían su sentencia si alguna vez fueran juzgados por pecadores. —Y sí, estoy orgullosa de ser su hermana. Pero jamás se lo digas. —fue descendiendo su tono de voz, como si realmente le estuviese confesando el más grande de los secretos.

Fácilmente se hacía una idea, ella misma lo había extrañado. Hasta en el tuétano se le había calado la necesidad de verlo luego de tanto tiempo. —Te puedo asegurar que lo sé. —murmuró, ladeando su rostro para que la caricia se profundizase, para que hasta los dedos de sus pies llegase la corriente que su tacto le provocaba. Porque la provocaba, por un demonio que lo hacía. —¿Te das cuenta que de eso pueden pasar años, lustros... décadas incluso?— pues tarde o temprano aprendería. Y no importaría si era más tarde que temprano, pues de todos modos estarían juntos viendo la vida pasar frente a su puerta.

Un quedo suspiró se escapó de sus labios al sentirse manejada con tanta facilidad, sintiéndose tan frágil en sus manos. Con sus huesos volviéndose de seda misma ante la espera de que la tocase como su piel ardía en ansias. Y con aquel susurro... ¡su norte, su cordura y su juicio, todo eso los perdió en el mismo momento en que lo sintió jugueteando con su lóbulo! Llevó las manos hasta su cabello, deslizándose, enredándose hasta posarse en su nuca. —Menos palabras... —murmuró, asombrándose a sí misma de tener voz. Su espalda, arqueada, dejándose hacer por esos dedos que tanto extrañaban; su cabello, ya no era rubio, sino una mezcla tan confusa de tonos borgoñas y rojizos. Rojo por la pasión, por la lujuria que reverberaba en sus venas. —¿Podemos comer luego?—preguntó, arqueándose un poco más y rodeando su cuerpo con las piernas. —Será lo de menos si se enfría... —porque no estaba segura si podría aguantar más las ganas. Deslizó la diestra más abajo, palpando los músculos de su espalda y dejando escapar un suave siseo de exclamación.

Y, dejándose llevar por lo que su cuerpo clamaba, movió el rostro para alcanzar sus labios y reclamarlos en un beso.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Robert D. McKinnon el Miér Feb 08, 2017 4:04 pm

Había perdido el rumbo de las palabras. Ya no tenían sentido en su cabeza, ni tan siquiera era capaz de sostenerse en pie ante la tensión y el ardor que sentía palpitar por todo su cuerpo ante la cercanía y el ansia con la que manejaba el cuerpo de ella a su antojo, con la que recorría su cuerpo sin pararse a pensar que todavía estaban en la cocina. Había perdido la sensación vergonzosa de pensar que alguien podía entrar en cualquier momento si así lo precisaban al oír voces en el interior pues en realidad nadie esperaba al castaño tan pronto. No al menos en compañía.

Suspiró, acallando los labios de ella cuando sus bocas se encontraban, cuando ella gesticulaba una nueva palabra o trataba de contarle algo, recorriendo con avidez la perfecta e impoluta silueta que conformaba todo su rostro, deleitándose con el gusto de poder sentirla tan cerca y revivir un pasado que en el futuro se veía con más claridad, con más ganas y con mucho más sentimiento — Está bien... — susurró, mordiendo él ahora sus labios, boqueándolos con suavidad y jugueteando con ellos entre sus dientes, sin llegar a producirle un dolor intenso pero si una sensación que lo avispaba por dentro cuando las manos de Lena empezaron a bajar por su espalda y él casi podía sentir el apretar de sus uñas contra su piel. Había sucumbido al deseo y no sabía siquiera cuáles eran sus palabras favoritas en aquel momento. Trataba de sentir todo a la vez y de no perderse detalle de todo lo que ella llevaba a cabo cuando recorría su piel, cuando tironeaba en pequeños calambres que terminaban por hacerle convulsionar de mero gesto de placer.

Con la respiración entrecortada, obviando el hecho de que la comida seguía servida y perdiendo por completo la noción del tiempo, volvió a tomarla en sus brazos, haciendo a un lado todos los platos que con tanto esmero habían preparado y sintiendo el rechinar de una mesa que, pese al barnizado que había sufrido hacía varios días atrás, se resentía ante el leve peso de ella — No se va a enfríar nada, estoy seguro de ello — murmuró con la picaresca expresa en sus palabras, con el fulgor del que resplandece cuando ve la situación de lo que se le avecina delante de sus ojos. La acomodó, tratando de zafarse de su agarre, sacudiendo su cabeza para apartar un flequillo que se volvía rebelde cuando estaba junto a ella, y apartando su cabello de tintes rojizos en aquel preciso momento para poder observarla con mayor claridad, con la nitidez que quisiera — Había olvidado todo esto por completo — terció, llevando una de sus manos, ahora libres, a su pelo, sintiendo el aroma que este desprendía y cómo cambiaba de color al roce, al mero tacto de sus piernas. Soltó un jadeo fervoroso, alcanzando nuevamente su cuello para empezar a bajar por aquella zona de su cuerpo que tanto tiempo llevaba sin ver, memorizando todas y cada una de aquellas zonas que tanto gustaba cuando pasaban días sin noticias suyas.

Meses, en aquel instante, y le parecían años.

Varios platos a su alrededor cayeron estrepitosamente, pero ninguno de los dos parecía percatarse. Con el horno bien apagado pero el calor bien encendido en sus cuerpos, la cocina seguía estando en un ambiente cálido bastante apetecible. No estaba seguro de si estaban actuando bien, pero la forma en la que sus labios se movían por su cuerpo, ahora un poco más al descubierto por causa del incesante descontrol que los dedos del irlandés llevaban a cabo en su camisa, lo querían decir todo, quería hacerle solucionar la vida — Te quiero tanto, Celaena — iba susurrando por su busto, con la lenta parsimonia de quien se recrea la vista ante una auténtica obra de arte.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Noëla Coster-De Haes el Jue Feb 09, 2017 3:53 pm

¡Qué delicia eran sus labios! Hechos a la medida para enloquecerla, para borrar con cada beso el camino hacia la razón, para hacerla perder el norte sin dejarle ni señal ni aviso alguno de cómo volver. ¡Qué maravillosas eran sus manos! Mágico y hábil par eran estas, sabiendo exactamente donde debían para terminar de llevarla por el sinuoso camino hacia el punto sin retorno. Resolló, suave y quedamente, cuando se atrevió a devolverle el gesto que ella hizo de vuelta en el callejón. Venganza, no había nada más dulce que esta entre dos amantes que tenían el sol y la luna como posibles testigos de su delito. Enterró, con mayor fervor que antes, las yemas de sus dedos y sus uñas en la espalda del irlandés, sintiendo, de paso, como sus labios escocían de la manera más ardiente y placentera por el jugueteo que ejercía sobre ellos.

Más le valía por su propia seguridad a Robert que no soltara las riendas, porque la rubia se lo cobraría. De la manera más tortuosa, más libidinosa que podría siquiera imaginar.

Celaena jadeó. Sin querer privarse de ello, sin percatarse del estrépito de platos que dejaban a su paso. Sintió, por escasos segundos, un poco de culpa por echar a perder la laboriosa cena que el castaño había preparado para ambos. Segundos que se esfumaron, cargo de conciencia que se disipó ante la cercanía de sus cuerpos, ante la presión que ejercía sobre ella hasta el punto de sentir en unísono el trepidar de ambos corazones. Mordió su propio labio inferior, tomando también entre sus dedos ese mechón que tanto le había guiñado y tentado desde que lo vio en medio de la plaza. ¿Cómo podía su cuerpo pedir por más, su piel arder por todo y nada? El ansia la estaba carcomiendo, el verlo en medio de su cuerpo la hacía ver nublado. —¿Y por qué esperamos tanto para recordarlo todo?—un reproche, más para ella que para él. Volvió a abrazarlo con las piernas en un intento de querer estar más cerca, de que sus cuerpos, finalmente, fueran uno solo en cuerpo y alma.

Ni siquiera encontraba palabras para describir la vorágine de sensaciones que abrasaban su cuerpo en ese momento, no podía pensar ni armar palabras coherentes. Mucho menos cuando su pecho subía y bajaba, cuando su respiración se entrecortaba y sus manos, en un intento de exteriorizar todo lo que se arremolinaba en su cuerpo, no dejaban de enredarse en el cabello del irlandés, tironeando de este ante cada sensación eléctrica que él mismo provocaba sobre su cuerpo. —Yo te adoro. —porque lo adoraba sin mayor necesidad de explicación, porque lo adoraría hoy, mañana y la semana entrante, porque adoraría y veneraría ese cuerpo que tanto la enloquecía. No había más que calor entre ellos, no había nada más que el deseo de lo inminente. Deseo que la consumía, que la cegaba.

Estiró, entonces, su mano para afianzarse al borde de la mesa. Y tocó algo que no debía estar ahí, que discernía en absoluto con el panorama de lo que se suponía debía ser una cena a la luz de las velas. Una caja aterciopelada que le heló la sangre. —Robert... —murmuró, removiéndose ligeramente y tironeando, con una suavidad que le quitó media vida, de la base de su cabellera para que cesara lo que le estaba haciendo. —Robb... —lo llamó, jadeando, fijando su mirar en el de él. Sintiendo como el deseo que que destilaba a través de los ojos traspasaba cada fibra de su cuerpo y se instauraba en lo más profundo de sus entrañas.

Por esos segundos, la curiosidad pareció vencer a la lujuria. —¿Qué... es... esto? —porque tuvo que preguntarlo, sin importar cuán entrecortada resonaba su voz, necesitaba saber qué era esa pequeña caja y por qué, de todos los lugares, debía estar justamente ahí.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Robert D. McKinnon el Jue Feb 09, 2017 4:44 pm

La lujuria del momento lo llevaba por un sendero sinuoso que terminaba desembocando en todo su ser, provocando palpitaciones en todo su cuerpo y levantando sensaciones que creía dormidas desde hacía ya varios meses. El pudor había sido reemplazado por una maraña de sentimientos encontrados que buscaban en todo momento separarse para dejar a lado una distancia eterna que lo había estado consumiendo durante tanto tiempo. La sensación estrepitosa de su piel rozar con la de ella enarbolaba con sutileza un mensaje de deseo bien impreso en sus propios labios, y el tironeo y agarre de ella en su espalda y su cabello le hacían resoplar de puro gusto.

Un gusto esquisito, mezclado con la entereza de disfrutar de aquel momento a solas, de poder colocar sus cuerpos en una posición que llevaba ansiando desde que había vuelto a posar los labios sobre su boca — Nos puede la distancia... — articuló, de pura casualidad, entre jadeos provenientes de una garganta que no hallaba mejor palabrería que la que le dedicaba con el lenguaje corporal y el ir y venir de una sangre agolpada en su cerebro. Que le dijera cosas al oído, que se mantuviera extensa en el borde de la mesa lo provocaba hasta límites insospechados y, entretenido con su camisa en un gesto torpe por la desfachatez de ella al vestir tan tremendamente provocativa — a sus ojos, ilusos y engañados por el deseo, ardientes por la esperanza de poder consumar algo en aquel momento — trataba de darle la vuelta a la situación para poder disponer de ella en su regazo, acunarla hasta que los besos supiesen a gloria y las caricias masajearan sus ilusiones ya no tan perdidas.

Gruñó, no obstante, al escuchar el sonido de los platos caer al suelo y al sentir cómo las manos de ellas topaban con los bordes de la mesa. Gruñó nuevamente, ofuscado ante sus palabras, tratando de reprimir el sentimiento que llevaba dentro y que le obligaba a no parar toda la comitiva. Volvió a gruñir, desesperado, anhelante, rogando a la dueña de sus actos porque le dejara continuar con todo aquello. Pero la firmeza de sus manos lo decían todo, la separación entre ambos parecía volver a hacerse insalvable y el pudor a ser descubiertos comenzó a llamarle la atención más de lo debido — Por Merlín... — susurró, sin llegar a escandalizarse porque su cabeza le decía que nada de aquello había estado mal, que haberse dejado llevar por la lujuria no era algo malo, que hasta los más santos pecaban en el mundo muggle... — No puedes hacerme esto, te lo ruego — acometió nuevamente, tratando de robarle más besos, de acariciar aquel rostro que a sus ojos resultaba perfectamente impoluto.

Nada.

Seguía firme en sus actos, pero la fuerza de voluntad de Noëla no era algo que hubiese que obviar. Se separó, respirando entrecortadamente, agitando con suavidad sus manos para descargar una tensión producida al cargarla y al entregar sus manos a un masajeo perspicaz que había llevado a cabo sobre sus senos, ahora tapados nuevamente por la blusa de su camisa. Se acomodó, tratando de hacer ver que nada había pasado, colocando el bajo de su camisa en su sitio y abrochando botones que creía puestos pero que, con el traqueteo, habían acabado por desabrocharse. No quiso mirar de cintura para abajo, sino que prefirió percatarse de aquello que la rubia portaba en sus manos. Lo había olvidado — Diablos — terció, alcanzando su varita para realzar el estropicio que había conseguido armar y que le valió el preguntarse cómo era posible que los abuelos de Marlene no se hubieran extrañado. No obstante agradecía a todas las fuerzas místicas si es que existían el haber hecho posible pasar desapercibidos. Cómo explicabas a Peter Lowell todo aquello sin que Marlene se enterara y armara un escándalo...

— Eso, Celaena, es algo que hace tiempo debía haberte dado — indicó, tratando de parecer completamente cuerdo de mientras su cabeza daba vueltas a la encrucijada que había formado. Cómo deseaba poder rebobinar en el tiempo para hacer de los entrantes tanto el primer como el segundo plato — Puedes abrirlo, te pertenece tanto como yo te pertenezco a ti — terció, esbozando una media sonrisa, alzando la varita en todas direcciones antes de poder volver a alcanzarla a ella con sus manos para, con toda la delicadeza del mundo y aún tratando de ignorar todo lo que había pasado, abrir la pequeña caja que escondía un pequeño anillo perfectamente pulido, de un oro brillante pero modesto, con una pequeña incrustación de zafiro — Como tus ojos, Lena — puntualizó, tratando de sacar todo su empeño en colocarle el anillo en el dedo, sin siquiera darle pie a que pudiese dar media vuelta y salir corriendo. No aquella vez, ya todo había quedado aclarado — Celaena Coster-De Haes, ¿me regalarías el enorme privilegio de hacerme feliz casándote conmigo? — trató de sumar la esperanza de, finalmente, hacerlo todo oficial. Porque las palabras se las lleva el viento, pero los actos... siempre se recuerdan.
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Re: There is no home without you — Privado.

Mensaje por Noëla Coster-De Haes el Dom Feb 12, 2017 5:20 am

No quiso hacerlo a propósito. Merlin, ella misma se quiso tapar la boca con un par de hechizos para simplemente callar cualquier interrupción que, de manera ciega y egoísta, escalase por su garganta con premura hasta deslizarse fuera de sus labios como si su continuar respirando dependiese de ello. Qué ingratitud aquella, y qué tan imprevisible traición por parte de su propio cuerpo el haber interrumpido aquello que, hasta hace apenas escasos segundos, era lo que más ansiaban sus labios, necesitaban sus manos y esperaba su fuero interno con enorme fervor. Mas, el irlandés mismo debía comprender. O al menos eso esperaba una parte de su ser, esa parte que se sintió acorralada con las vagas ideas que llegaron a su mente al palpar la suavidad de aquel objeto.

La otra parte de su ser, la menos lógica y la más pasional, se sintió traicionada por su fiel compañera de aventuras y arrojada al frío vacío donde su calor se negaba a extinguirse.

Con irremediable firmeza e ímpetu muy a pesar de que sabía que lo quería entre sus brazos, entre sus piernas, siendo uno con ella como todas las noches lo soñó, se negó a sus besos y a sus caricias. Se incorporó, incluso, todavía con sus dedos sosteniendo la cajita. El temblor en su cuerpo había pasado de ser causado por el deseo a ser provocado por los nervios de saber, confirmar mejor dicho, lo que contenía tal objeto entre sus dedos. Nervios como de los de una pequeña luego de tener su primer brote de magia, nervios sin razón de ser pues en el fondo sabía, Celaena sabía que eso era algo que debía haber llegado hace tiempo. Le vio alejarse, sintiéndose la mujer más miserable del planeta por acabar de hacerle eso, por hacerse eso a ellos. Así que se juró recompensárselo luego, se juró dedicarle el doble de caricias y regalarle el triple de besos por todo su cuerpo.

Su mano libre pasó a alisar su camisa, sus piernas lo dejaron ir de su agarre mientras que su rostro, con el bochorno de ser pillada tintando sus mejillas, se ladeaba mientras lo observaba arreglar el desastre que habían dejado a su paso. Lo encontró divertido y no pudo ocultarlo, una sonrisa se asomó en sus labios ligeramente hinchados. Fina curva que se ensanchó y que llegó hasta su ojo para iluminarlo, hasta su pecho para distenderlo luego de escuchar esas palabras que sin saberlo llevaba esperando. Se incorporó, con un poco de esfuerzo dado el hormigueo de sus piernas ocasionado por la posición, y dejó la cajita en su regazo. —Eres tan mío como soy tan tuya, Robert. No lo olvides jamás. —murmuró de vuelta, negándose a abrirla. Eso era algo que le correspondía a él.

Y, una vez más, su mundo se detuvo gracias a Robert Mckinnon. Todo dejó de girar a su alrededor, de existir para dejarlos únicamente a él y a ella en medio de todo el universo. Porque él era su mundo, su universo, su vida entera.

Estiró su mano derecha, facilitándole un poco el trabajo. Sin darse cuenta de que había estado esperando eso con todas sus fuerzas, sin darse cuenta de que por más que asegurase que no necesitaba de algo para hacer oficial lo que tenían en verdad había esperado finalmente tener un anillo que sellara todo lo que tenían. —Como mi ojo, querrás decir... —se encogió de hombros, mirando detenidamente cómo el anillo se ajustaba a su anular, sintiendo cómo su corazón volvía a acelerarse hasta desbocarse. —Es hermoso... c'est tellement parfait. —no podía dejar de verlo y tampoco dejar de pensar cuan maravillosamente perfecto era. —Oui... oui, mon amour. —estaba tan emocionada que no se había dado cuenta que las palabras salían de sus labios en francés y que su cabello, antes rojo para acompañar el deseo entre ellos, se había tintado de rosa pálido. —El privilegio será todo mío, Robert Mckinnon. —compartir su vida con la de él, aquel era un privilegio que antes ni siquiera hubiera convenido como posible. —Quiero que mis alegrías sean las tuyas, que mis penas se desvanezcan con tan sólo verte. Quiero tener el privilegio de ver cada amanecer y cada anoche contigo. —fue diciendo, acomodándose un poco más para poder estar erguida, más cerca de él hasta el punto de colocar la diestra sobre su pecho donde pudo sentir su corazón palpitar.

Quiero convertirme en Celaena Mckinnon. —susurró, mirándolo, finalmente, a los ojos por debajo de sus pestañas. Acercándose, una vez más, hasta sus labios para sellar su compromiso con un suave beso, uno que apreciaba y veneraba cada segundo que podía pasar acariciando sus labios.
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