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Faded || Privado - Flashback

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Faded || Privado - Flashback

Mensaje por Maisha Du Plessis el Sáb Feb 04, 2017 7:36 pm

B. Du Plessis▼ Dos años y medio atrás▼ Ciudad del Cabo

Where are you now,
Was it all in my fantasy?

Debía ser una broma. Debía ser una jodida broma. Una de pésimo gusto, una de esas que ni a los peores enemigos se les llega a desear. Sentía cómo mi pecho, delgado e infantil, subía y bajaba a destiempo, cómo mi respiración era prácticamente inexistente y mis manos, con finos granos de arena aún adheridos a mi piel, temblaban sin parar. Ni siquiera recuerdo en qué momento mis rodillas se hincaron en el piso de mármol de la mansión, mucho menos me importaba el futuro dolor que me dejaría tal golpe en cuanto fuera más consciente de mi cuerpo. Pero ahora... por ahora sólo deseaba que esta pesadilla acabara pronto, que el cantar de los ruiseñores me despertara con el alba y el sol volviera a colarse por mi ventana, para que seguidamente llegara el olor de los panqueques especiales de mi padre viajara hasta mi nariz y terminase por arrancarme la pereza que se adueñaba de mí.

Como todas las mañanas eran, como todas las mañanas no volverían a ser.

Pues ya había aceptado que no era una broma ni tampoco estaba teniendo una pesadilla. Todo había pasado frente a mis ojos en cuestión de minutos, tal vez segundos. No estaba segura del tiempo, sólo estaba segura que la luz de los ojos de mis progenitores se había apagado. Y no se volvería a encender.

Where are you now?
Were you only imaginary?

Betserai... Rai. —lo llamé, entonces. Volteé a mi derecha, en busca de él, en busca del mellizo que también acababa de perder a sus padres frente a sus ojos, en busca de la única familia que me quedaba. —Rai. —sollocé, escuchando un tropel de pasos que llegaban hasta el comedor que ocupábamos. El que había comenzado como un día ordinario del fin de semana, había terminado con la mayor de las tragedias.

Sudáfrica podría haber perdido a su Magno Chamán. Pero, mi mellizo y yo habíamos perdido a nuestros padres.  
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Re: Faded || Privado - Flashback

Mensaje por I. Betserai Du Plessis el Dom Feb 05, 2017 5:45 am

Teóricamente, Betserai se convirtió en el hombre de la casa, minutos atrás y por vía directa. Debió comportarse como tal, tomar las riendas de la situación y gestionar el fallecimiento de sus progenitores con madurez y dignidad. No obstante, de momento, su condición de joven quinceañero predominaba ante su imagen como nuevo patriarca. El sudafricano creía estar llevando la situación con entereza, hasta que un descenso de su mirar aguamarina le confirmó que sus manos temblaban como nunca antes. Vanamente trató de serenarse, de recuperar la compostura arrebatada por la visión de los cuerpos inertes de sus padres, desprovistos de vida. El veneno dejó sus rostros hinchados y amoratados, irreconocibles, el propio Betserai tuvo que agacharse y cerrar sus párpados, para así ocultar sus globos oculares inyectados en sangre.

Sin saber qué hacer, permanecieron en el gran salón que fue testigo del homicidio, junto a los cadáveres todavía calientes de sus padres. Las últimas palabras de Akanke, el alma más dulce que hubiera existido jamás: todavía no puedes beber vino. Las de Jonáš, gran Magno Chamán y mejor padre: El pavo está jugoso. Dos frases estúpidas, lamentables como últimas palabras, nada merecedoras de la familia Du Plessis. La mente de Iqbaal repetía esas palabras en sucesión, mientras escuchaba el eco de las pisadas, las personas que llegaron alertadas por los gritos de auxilio de los mellizos, cuando sus padres aún se debatían entre la vida y la muerte. Era demasiado tarde, ya no valía la pena seguir gritando. Entre la estampida de criados, Betserai escuchó una voz aterciopelada, pronunciando su nombre débilmente. «¿Mamá?» Se giró, esperanzado, asumiendo que se trataba de un malentendido, que su querida madre todavía podía recibir atención médica. La decepción invadió su rostro cuando identificó al emisor, Maisha, tirada en el suelo de mármol y llamándolo con un hilo de voz.—Mai.— Respondió secamente.—Levántate, no estés tirada en el suelo, la gente está llegando. No pueden vernos así.—Ordenó, con su mirar clavado en el frente. Sorbió por la nariz, secó sus lágrimas saladas con la manga acampanada de la túnica que vestía y, una vez tras haberse asegurado escondiéndose bajo una máscara de imperturbabilidad, volteó hacia el gentío.—Llevaos los cuerpos de aquí, que averigüen la clase de veneno y de dónde procedía, mañana comenzaremos los preparativos para el velatorio.—Cogió aire.—Anunciad que el Magno Chamán ha muerto.—Las personas que trabajaban en la mansión observaron a Besterai, vacilantes, dudando sobre si debían obedecer las órdenes de un altivo mocoso de quince años, sin embargo, tras una pausa asintieron y se dispersaron.

Sus pasos le condujeron, otra vez, hasta su hermana melliza.—Vamos a otro lugar, Maisha.—Murmuró, ofreciéndole su mano como pocas veces hizo antes.
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Re: Faded || Privado - Flashback

Mensaje por Maisha Du Plessis el Dom Feb 05, 2017 11:09 am

¿Qué otro adolescente podría decir que había visto morir a sus padres frente a sus ojos? Y eso ni siquiera fue lo peor. Fue el abrupto golpe de la realidad, fue el ver a Akanke y a Jonáš beber de sus copas luego de un suave chocar de las mismas. El estar riendo por dentro un momento ante la negativa de su madre en que ellos bebieran del vino tinto que les hubo sido obsequiado mientras en su mente el recuerdo de haber probado cerveza muggle se desenrollaba como alfombra persa, y luego ver como el último sorbo de aquella bebida comenzaba a hacer de las suyas en los serenos rostros de sus progenitores. Aquello, ciertamente, fue lo peor que ahora viviría en mi memoria. No pude ponerme de pie, mis piernas se pusieron tan pesadas de un momento a otro y mis manos no respondían ante los constantes intentos de mi cerebro. Un golpe seco, el choque unísono de ambos cuerpos contra el suelo consiguió que saliera de la conmoción momentánea.

Un sonido que estaría presente en mis sueños y pesadillas por el resto de mis días.

Mi mano, más pálida de lo usual, se encontraba sobre la fría de mi padre buscando, de manera inútil y necia, el más pequeño indicio de que la sangre aún bombeaba en su corazón y podía sentir el más débil de los latidos. Pero no. En ese cuerpo ya no había ni habría vida. —Son mis padres. —no nuestros, en ese momento eran sólo los de una adolescente que le quedaba tanto por vivir, por aprender de sus progenitores y que se negaba a aceptar la cruda e inminente verdad que se enredaba en sus dedos y tiraba de ella. No nuestros, porque yo era incapaz de portar la misma serenidad que Betserai, que reflejar tal impasibilidad en el semblante. Yo no era así. Y repudié al mayor por ser así, por tener la capacidad para reponerse tan rápidamente como si no acabase de ver a sus padres riendo segundos atrás y ahora simplemente le quedaba la más grotesca representación de ellos. —Y-y su esp-esposa también. —tartamudeé porque, aún sumida en un estado de shock, sabía que la comunidad mágica de nuestro país extrañaría a la esposa muggle de su magnánimo represente.

Observé la mano de Betserai y sin dudarlo, la tomé, apoyándome en esta para finalmente ponerme en pie y dejar que los empleados siguieran las órdenes que el ahora señor Du Plessis acababa de comandar. —No. —me negué, sintiendo como mis delgadas piernas flaqueaban y casi me desmayaba. —No podemos dejarlos, Rai. —yo no podía ser la muchacha madura que él quisiera que fuera. Honesta y sencillamente me era imposible. —¿Cómo pudo pasar esto? —pregunté, apretando la mano que aún tenía afianzada entre la mía. —¡¿ACASO NADIE REVISABA LOS REGALOS QUE LLEGABAN?!—chillé, soltándome de mi mellizo y encarando a los empleados de la mansión, subordinados que ahora no me parecían más que incompetentes y culpables de la traegida.
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Re: Faded || Privado - Flashback

Mensaje por I. Betserai Du Plessis el Miér Feb 08, 2017 10:58 am

En la mansión sucumbieron a la vorágine de confusión y caos que trajo consigo la tragedia. El primogénito continuaba sin asimilar los acontecimientos recientes, el premeditado fallecimiento de sus padres. Confiaba en haber caído víctima de un mal sueño, las voces se acallarían tan pronto despegara los párpados para despertar en la cama con dosel de sus aposentos. Se equivocaba. Fue incapaz de evadir la aplastante realidad, que lograba imponerse con cada evidencia capaz de convertir los hechos en reales; el hervidero de criados, el derrumbamiento de su melliza y, la prueba suprema, los cadáveres tendidos en el mármol. Un silencio absoluto se formó en el salón cuando Iqbaal comenzó a hablar, confirmó las sospechas de los presentes y dictó órdenes directas sobre cómo proceder. Betserai procuró desviar su mirada aguamarina para así evitar presenciar como, aproximadamente cuatro hombres, cargaban los cuerpos envenenados y los llevaban a otro lugar. Debió tomar la iniciativa, exigir que trataran con más delicadeza los cadáveres de sus padres, pero sentía un agotamiento mental que arrebataba sus ganas de comportarse como un digno portador de su apellido.

En silencio, maldijo la enfermedad muggle que terminó con su abuelo materno, él hubiera tomado las riendas de la situación. Entonces reparó en su hermana, y comprendió que debían aprender a vivir en un mundo en el que solamente existía el otro. Estrechó la mano ofrecida a Maisha, irradiaba el mismo toque cálido que las manos de su madre antes de actuar el veneno que las enfrió eternamente. Comenzó a caminar, aunque enseguida Maisha le soltó para encarar a los empleados de la mansión; algunos contemplaban a los huérfanos apenados, otros conversaban entre ellos y el resto enviaba misivas urgentes a diferentes instituciones. Cuando Maisha gritó, todos repararon repentinamente en su presencia.—Tranquilízate, Maisha.—Ordenó Betserai.—Los que estén involucrados, aquellos que participaron en la preparación de la cena y en el reconocimiento de los regalos, pagarán duramente su ineptitud.—Exclamó con voz glacial, sin importarle que algunos de los empleados presentes cumplieran con la descripción revelada en voz alta. Una vez más, Betserai erraba en su comportamiento. El joven se sentía poderoso, creía que ambos seguían siendo importantes, pero estaba equivocado. En su situación actual, el mundo externo jugaba el papel de carroñero, y ellos de dos cachorros que acababan de quedar desprotegidos, vulnerables a merced de los depredadores.

Un centelleo plateado captó la atención de Iqbaal. Caminó hasta su procedencia, se agachó y recogió la copa que su padre sostuvo justo antes de morir. Inspeccionó el recipiente, en su interior aún conservaba unas gotas de la substancia letal que mató a su bebedor.—Maisha, acompáñame a mi habitación. Tenemos que hablar.—Exigió con calma, depositando la copa de plata sobre la mesa.—Avisadnos si alguien viene.—Fue su última orden, antes de ofrecer el brazo a su melliza. Si Maisha quería llorar, patalear o derrumbarse, sería mejor que no lo hiciera frente a los demás, el mundo no tenía porqué compartir el dolor de los hermanos Du Plessis.
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Re: Faded || Privado - Flashback

Mensaje por Maisha Du Plessis el Sáb Feb 11, 2017 10:08 am

Where are you now?

Horas, minutos... tal vez, y muy probablemente, sólo habían transcurridos segundos, míseros y angustiosos segundos, desde que mis padres bebieron su último sorbo. Espacio, tiempo, todo era lo mismo para el incesante palpitar de mi cabeza; sueño, pesadilla, ya ni siquiera intentaba elegir. El presuroso trepidar de mi corazón hacía imposible el poder diferenciar si caminaba, si caía, o si, por lo menos, el aire conseguía llegar hasta mis pulmones para poder respirar.

Todo, absolutamente todo, carecía de sentido en ese momento. No valía la pena respirar, no valía la pena vivir.

Another dream...

Betserai, a pesar de que sentía la calidez que emanaba su cuerpo junto al mío, se sentía tan lejano. Lejos, muy lejos, en el pináculo de la vorágine que se comenzó a formar en mi interior y que, de la manera más viciosa jamás pensada, comenzaba a arrastrarme hasta la oscuridad. Oscuridad que se alzaba ofreciéndole paz a mi alma, regalándole la tranquilidad que se me escabulló de las manos como la misma arena con la que mis dedos jugaron en un rato más temprano. Y qué pasaría, si y sólo si, sucumbía ante esa oscuridad que, tan atenta conmigo, podría brindarme lo que se me fue arrebatado por elección de alguien que ni siquiera me conocía. Ni a mí, ni a mi hermano, y que, aún así en un acto vil y egoísta, había actuado sobre nuestros destinos al igual que lo haría un maestro de títeres con sus muñecos.

¿A dónde iría ahora, si ya todo estaba perdido? ¿A dónde iríamos, mi mellizo y yo, cuando una vez lo tuvimos todo y ahora no teníamos nada?

The monsters running wild inside of me...

Murmuraciones y tintineos sin sentido, así llegaba todo a mis oídos. Sentí, entonces, un cálido rastro deslizarse por mi mejilla. Una gota, luego otra más, un par que delineó el hueso de mis pómulos como si fuese una curva cualquiera hasta hallar refugio en la comisura de mis labios. Huéspedes, salados e indeseados, que me recordaron lo que era llorar, lo que era dejar caer el muro de contención y dejar que toda la pena guardada fluyera cual río embravecido. Después de reír por incontables días, llorar era... agotador. Y más cuando lo hacía en silencio, cuando me tragaba cada sollozo y cada quejido que deseaba escapar de las paredes de acero que los encerraban.

¿Qué haremos ahora?—pregunté a mi mellizo, al sentir la necesidad de hablar por miedo de perder mi voz, de perderme en medio del silencio que se erigía en mi interior. —¿A dónde iremos?—porque ni siquiera su habitación se sentía familiar, porque todas las paredes de nuestra mansión se sentirían vacías sin la entrañable risa de madre y sin la siempre fiable y autoritaria voz de padre. —Rai, ¿qué debemos hacer?—demandé, volteando y alzando mi rostro, a sabiendas de que me toparía con un par de piedras de aguamarina idénticas al par que acababa de apagarse, de dejar de brillar para alegrarle la vida a los demás.

You fade away.
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Re: Faded || Privado - Flashback

Mensaje por I. Betserai Du Plessis el Mar Feb 14, 2017 11:44 am

Contradicciones propias del desconcierto acechaban a Betserai, su mirar aguamarina extraviado en rincones oscuros de la mansión, mientras su mente elucubraba. ¿Qué ocurriría en las siguientes horas? Quería conservar el poder que poseía su familia, pero una parte de él -la más sensata- sospechaba que los mellizos resultarían prescindibles sin la protección del Magno Chamán. Claro que su arrogancia eclipsó toda sensatez, según sus comprobaciones, el dinero significaba poder y en la línea de sucesión, la fortuna tras años acumulada terminaría en manos del primogénito. Con el dinero suficiente y los contactos necesarios, quizás tras finiquitar los estudios tendría esperándole un beneficioso empleo en la Cámara Sudáfricana. Urdir planes de futuro fue su manera de evitar hundirse en el dolor, mientras se comportara como un digno adulto, no sucumbiría ante las debilidades humanas que obligaban a Maisha a comportarse como una niña. Dinero y poder, en dichas palabras residía la clave de su estabilidad mental, la conservaría mientras eludiera los recuerdos asociados a las personalidades bondadosas de sus progenitores.

Su hermana, apresada por el dolor, se encontraba lejana a su cuerpo físico. Iqbaal no dudaba que en su interior encontraría más vida que en la capa externa, igual que ocurría con él. En sepulcral silencio digno de la circunstancia, guió a Maisha hasta los que fueron sus aposentos desde el primer día de existencia. Se abrió ante ambos una estancia amplia y luminosa, tan impoluta que ni el más bravo explorador hallaría en ella una sola mota de polvo. El paseo finalizó junto a la cama con dosel, cuyas sábanas de algodón importado no presentaban una arruga hasta que los huérfanos plantaron sobre ellas sus huérfanas posaderas.

Los tres interrogantes de Maisha precedieron a un largo silencio. Con cierta impotencia, Betserai contempló las orbes castañas de su hermana antes de contestar, sesenta segundos después. La máscara del heredero Du Plessis se resquebrajó, dejando ver tras ella a un niño perdido que lloraría sobre las faldas de su madre si todavía fuera posible. Se manifestaron tres palabras que jamás se creyó capaz de considerar en voz alta.—No lo sé, Maisha.—Sus ojos se abrieron de par en par, como si acabara de descubrir que era tan débil como su hermana.—No lo sé.—Repitió, consternado.—No sé que debemos hacer, ni adónde debemos ir.—Subió las piernas a la cama y se abrazó las rodillas. Repentinamente, se desbarataron sus planes de futuro, pasarían años hasta que pudiera trabajar en la Cámara Sudáfricana, hasta entonces debían hacer algo por sobrevivir.

Regueros de agua salada descendían desde los ojos de su melliza, los ojos de su madre. Entre los bolsillos internos de su túnica, encontró un pañuelo bordado que empleó para limpiar las lágrimas incesantes de Maisha, por el momento era lo único que podía hacer como hermano mayor.—Nos vengaremos, los responsables pagarán.—Sorbió por la nariz, procurando parecer amenazante.—Pero de momento debemos pensar en algún amigo de nuestros padres en el que podamos confiar.— Sugirió, temiendo que cualquiera, sediento de poder, participaría en la conspiración que terminó con la vida de ambos enamorados.
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Re: Faded || Privado - Flashback

Mensaje por Maisha Du Plessis el Sáb Feb 25, 2017 10:03 am

Cada pestañeo parecía abrir una brecha milenaria entre lo que había pasado y lo que estaba sucediendo, cada respiración parecía absorber con desesperación un aire que no terminaba por llegar hasta mis pulmones. Cada señal de vida, por más pequeña que resultase, se sentía como el acto más mezquino y egoísta que, prácticamente en quince primaveras, jamás he cometido. Miserable y ruin cada inhalación que les robaba el aire, vital y necesario, a mis padres. A mis padres que habíamos dejado atrás, como unos simples y meros bultos que en ese momento no aportaban nada, que no servían para nada. Ironías de la vida, asomándose viciosas por las ventanas junto con los rayos de sol que se filtraban, resultaba ser todo. Irónico era, sin lugar a dudas, que en meros e inservibles bultos nos convertiríamos, tal vez más temprano que tarde, mi mellizo y yo. Pues, ¿quiénes éramos nosotros más que unos simples quinceañeros que aún estudiaban y siempre, al haber nacido en cuna de oro, habíamos tenido prácticamente todo lo que nuestras infantiles e inmaduras mentes deseasen?

Nada. Eso éramos.

No éramos más que auténticas fichas de adorno en un juego, en el cual a nadie le apetecía hacer las veces de guardián de estas. Un juego de poder para el cual ni Betserai ni yo estábamos preparados para poder realizar nuestro primer movimiento sin resultar ilesos. ¿Contra quién podríamos nosotros, jóvenes ilusos, si el propio Jonaš, tan experimentado como ningún otro y el mismísimo Magno Chamán, había perdido contra su oponente en menos de seis segundos? Porque, a pesar de que todo era y seguía siendo tan surreal, una parte de mí había alcanzado a contar el tiempo que duró toda la tragedia. Una parte de mi subconsciente, ciega y ajena a la cruda realidad que se erigía ante mis ojos de castañas, fue contando desde el momento en que el costoso cáliz se posó en los labios de mi padre, tal como lo haría la primera hoja marchita en el suelo para anunciar la llegada del otoño, hasta el segundo exacto en que el primer sorbo pasó por su garganta y el blanco de sus ojos se inyectó de sangre. Cinco segundos que jamás olvidaría, que nunca podría llegar a superar.

Al igual que las sesenta vueltas del segundero que pasaron hasta que mi mellizo, finalmente, dejó caer en pedazos la máscara de sosiego que lo caracterizaba.  

Tres palabras bastaron para que saliera de mi ensoñación, del desalmado ensimismamiento que me había aprisionado desde que me senté en la cama. Ver a un Betserai más humano que nunca, tan frágil, tan vulnerable, me hizo recordar que los dos acabábamos de ver a nuestros padres morir frente a nuestros ojos. Tres palabras que lo confesaban un igual a mí, que lo condenaban a ser un simple adolescente huérfano al cual no le quedaba más que afrontar lo que la vida les ofrecía. ―No podemos irnos de aquí. ―murmuré, tratando de no desviar mi mirada hacia otro lado. Cuán doloroso era todo eso, el vernos a los ojos y toparnos con las preciosas gemas de nuestros progenitores. Rai vería el café, rebosante de devoción, de nuestra madre en mí. Mientras que yo contemplaba el azul, tan feroz como el océano, de nuestro padre en él. ―Este es nuestro hogar. ―aquí habíamos crecido, compartido tantos momentos y creado incontables recuerdos. ―Es el hogar que ellos nos regalaron. ―y jamás de los jamases podría negarme a aceptar un obsequio del matrimonio más enamorado y envidiado de toda Sudáfrica -muggle y mágica. Cerré, entonces, los párpados para que él pudiese limpiar con facilidad mis lágrimas, constantes y presurosas para brotar de mis ojos.

Nos vengaríamos, ¿en verdad conseguiríamos vengarnos? Separé mis párpados, y al hacerlo asumí que sí lo haríamos. No solamente me habían arrebatado a dos pilares fundamentales de mi vida, sino que también habían comprometido al tercero, lo habían resquebrajado al punto de dejarlo con su débil ser a la intemperie. Se había metido con mis padres y con mi mellizo, sin importarle en absoluto la precariedad de su salud. ―No podemos confiar en nadie. ―aseveré, recogiendo también mis piernas para flexionar mis rodillas y pegarlas a mi pecho y reposando mi cabeza sobre su huesudo hombro. ―Nuestros padres eran muy confiados y mira cómo terminaron. ―encontrar voz y palabras entre el relajo que era mi interior no fue tarea sencilla, pero debía hacerlo, debía hacerlo por mi mellizo. ―No permitiré que me separen de ti. Rai. ―una promesa.
Más bien un juramento. No era necesario los votos y la magia de un inquebrantable cuando se tenía la devoción y el amor de una leona que cuidaría de su cría contra todas las vicisitudes que le pusiera la vida misma.
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Re: Faded || Privado - Flashback

Mensaje por I. Betserai Du Plessis el Sáb Mar 04, 2017 7:15 am

Inconcebible, pero encontró entre el agudo dolor de la pérdida un hueco para lamentar también el daño que su orgullo sufrió tras confesarse ignorante, tanto como la lacrimógena jovencita ubicada junto a él. Transcurrido el luto lamería sus heridas, cubriría su rostro con una máscara tan sólida como la anterior, y jamás permitiría a nadie volver a contemplar más fragilidad que la ofrecida por sus rasgos delicados.

Su aguamarina mirar entornado distinguió la temblorosa convulsión que sufrían sus extremidades, tan similares a las últimas sacudidas que observó en el cuerpo de sus padres antes de exhalar su terminal aliento de vida. Cabía la posibilidad de que el vino no fuera lo único que trajo veneno a la mansión, quizás el homicida impregnó con la substancia tóxica el queso azul, los kiwano o el mandazi que la familia compartió. La tragedia de la familia Du Plessis, hallados muertos en el salón junto a su último manjar. Mas no, carecía de lógica que el veneno actuara inmediatamente en sus padres y no en ellos, la triste realidad permitió que continuaran vivos, vivos y solos. Su mente masoquista rememoraba incesante la imagen de sus progenitores tendidos en el mármol, glóbulos oculares inyectados en sangre y piel púrpura.

¿Quién perpetró el vil asesinato? El matrimonio solía granjearse la adoración del pueblo, no el odio. Creía que su padre no contaba con enemigos, no suficientemente inteligentes como para conseguir burlar la seguridad de la mansión sin ser vistos. Decían que el veneno era un arma de mujer, aunque descartaba completamente que una mujer tuviera algo contra sus padres, en el país todavía jugaban un papel secundario, primitivo.—Es nuestro hogar.—Contestó con escaso convencimiento. Pensando en asuntos legales, la mansión sería heredara por la línea sanguínea directa, por tanto pertenecería a los mellizos una vez superada la mayoría de edad. Mientras tanto, por mucho que buscaran, no podrían ser independientes.—A estas alturas la noticia se está propagando como la peste, y nacerán rumores que dejarán a nuestros padres como mártires o culpables de su suerte.—Explicó seriamente. La humanidad no decepcionaba en ningún área del globo terrestre, a fin de cuentas todos estaban cortados por el mismo patrón.—El ministerio actuará, el país llorará la pérdida de su Magno Chamán y una semana más tarde celebrará la bienvenida del próximo. No van a olvidarnos, Maisha, porque intentarán arrebatarnos lo que nos corresponde por derecho.—Predijo. Podría ganarse el sueldo como vidente, la humanidad siempre tan predecible. En África la riqueza escaseaba, el equilibrio entre riqueza y pobreza se encontraba tan descompensado que, ante una fortuna semejante, todos codiciarían hacerse con ella. No estaban seguros.

El pañuelo bordado absorbió las lágrimas saladas que borbotaban desde unos ojos café, alimentándose de su tristeza como una criatura tenebrosa. Mientras tanto, el mellizo mayor seguía pensando en la manera de conservar su fortuna, en caso contrario los antaño hermanos Du Plessis se convertirían en dos huérfanos pobretones, pasarían a tener cero importancia para el mundo. Betserai no podía permitir tal cosa, no valdría la pena vivir sin fortuna e importancia,  jamás se resignaría a ser un joven enfermizo vestido con harapos, tan patético como los pobres que abundaban por los alrededores.

El rencor dotó de sensatez el discurso de su hermana, una sensatez insólita en situaciones menos específicas. Ciertamente, no podían confiar en nadie más que su mellizo, pero siendo tan jóvenes tampoco podían actuar solos. La única familia que tenían vivía en su ignorancia muggle, ajena a las leyes mágicas que recaerían sobre ambos.—No van a separarnos.—Aseveró. La venganza conseguiría aquello que nunca logró la afinidad, unir a los hermanos Du Plessis. El heredero enterró los huesudos dedos entre los cabellos de su hermana, rubios como el clima soleado. En el pasado una escena semejante se pintaría imposible; Betserai nunca sintió cariño convencional por su melliza, sentía envidia de ella y existen pocos venenos más letales que la envidia. No obstante, en la situación actual predominaba un sentimiento más poderoso que la envidia, el rencor. Rencor hacia todo individuo relacionado con el asesinato de sus padres.

Se levantó de la cama adoselada, dirigiéndose hacia la puerta.—Sé que es mucho pedir, pero debemos intentar conciliar el sueño. La pesadilla acaba de empezar, mañana viviremos un día largo; tendremos que tomar muchas decisiones, y también tomarán muchas decisiones sobre nosotros.— Trabó la cerradura de la puerta con un hechizo protector. Tarde o temprano acudirían a molestar a ambos, ya fueran los criados solicitando nuevas demandas o conocidos que acudían a la mansión para dar sus condolencias y salivar pensando en la fortuna que podrían extraer de los huérfanos indefensos. No. Mañana aguantaría a los convenidos, mas no hoy.—Como alternativa puedes llorar toda la noche si es necesario, llora hasta quedarte sin lágrimas y deshidratarte, porque mañana tienes prohibido seguir haciéndolo. No dejaremos que el mundo vea nuestro dolor.—Exclamó fríamente, desatando los cordones que mantenían sujeta su túnica de seda, otra ofrenda que también pudo ser malintencionada.
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Re: Faded || Privado - Flashback

Mensaje por Maisha Du Plessis el Dom Mar 12, 2017 3:10 pm

Era nuestro y de nadie más. Nadie más se metería con mi familia, con lo que restaba de ella.—¿Y a nosotros dónde nos deja eso? —fue inevitable el no preguntar aquello aunque podía estar segura que ya había hecho alusión a ello. En mi defensa podía decir que hasta apenas menos de un minuto salí del estado de shock que me dejó el confuso alud del momento. Ni siquiera podía recordar quiénes llegaron al comedor, si fueron los empleados del servicio que formaron parte de mi infancia o algún otro invitado. No recordaba nada más que a mi mellizo tendiéndome su mano y llegando hasta su habitación, hasta el desolado presente. —Pues que se jodan. Que se joda la jodida Cámara con sus jodidas leyes. Que se jodan todos ellos, Rai. —estallé, consciente de que despotricar no nos llevaría absolutamente nada. Pero al menos conseguía que una de las gotas de ira se evaporase del vaso de mi paciencia. Mi rostro debía ser un poema con las tintas de arcoíris, debía estar roja por la furia que alimentaba mi dolor, morado por la desesperanza y índigo por la tristeza que embargaba mi alma.

Apoyé mi cabeza más sobre el hombro de Betserai, sabiendo que si alguien se atreviese a entrar en ese momento se llevaría una sorpresa del tamaño del continente africano al vernos tan cercanos, tan auténtica y genuinamente comportándonos como lo que éramos, como mellizos. Era desgarrador el hecho de pensar que la muerte de nuestros padres había dejado algo positivo para nosotros. Quizás lo único bueno que nos dejaría, mas ¿Por cuánto tiempo sería ello?

Podía jurárselo al firmamento que aún mostraba escasas nubes de blanco algodón, a la mismísima estrella polar que con necedad salía cada noche a alumbrar el camino a los extraviados y sin destino alguno, pues a partir de ese instante mi destino sería impedir que me separen de Betserai. Contra viento y marea, contra rayos y centellas. Contra el mismo rufián que nos arrebató a nuestros padres si se daba el caso. —Ni ahora ni nunca. —añadí, asintiendo lentamente e inhalando profusamente. Hasta ese momento había caído en cuenta que mi respiración se mantenía irregular y que mis venas y pulmones estarían deseosos de aire para oxigenarse de manera correcta. —Seremos sólo tú yo a partir de este momento, Rai. —sentencié. En cuanto se levantó, volví a elevar mis piernas y abrazarlas por las rodillas, dejándolas a estas pegadas a mi pecho. Tal vez no era la posición más cómoda del mundo, pero me daba seguridad, me hacía sentir calor en medio del gélido abrazo que acompañaba mi ser. Ver a mi mellizo dirigirse a la puerta fue extraño, por un momento me pareció verlo en sus pijamas preferidas cuando teníamos cinco años y yo pedía dormir en su habitación porque le tenía miedo a la oscuridad. Temor infantil, sin duda alguna. Temor incomparable, ciertamente, a la oscuridad que se cerniría en nuestras vidas de ahora en adelante.

No debo seguir llorando. —no mentía. Una parte de mí quería hacerlo, quería abrir el grifo y dejar que las lágrimas brotaran de mis ojos hasta que el ardor cesase y la desesperación menguase. Mas no debía. Ya no. —¿Recuerdas alguna de las historias que nos contaban? —pregunté, dejando de abrazar mis piernas para enjugar mi rostro de las gotas salinas que necias aún surcaban mis ojos. Nuestra herencia era magnífica, envidiable a decir verdad. Nuestro padre era un inmigrante europeo y nuestra madre era una muggle de la comunidad menos densa del país, por lo que no causaba sorpresa que nuestros fines de semana rebosasen de encuentros culturales. De tradiciones que jamás volverían a ser contadas a menos que Betserai y yo las mantuviésemos con vida. Lo imité y me saqué la túnica, quedando en un fino ropaje que me delataba culpable de haber estado en algún momento por la mañana en la playa. Mi escapada jamás sería castigada, reflexioné casi sin poder evitarlo.
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Re: Faded || Privado - Flashback

Mensaje por I. Betserai Du Plessis el Mar Mar 21, 2017 12:20 pm

Las circunstancias cambiaron todo, cediendo paso a comportamientos insólitos, como ocurrió con la recién adquirida relación de mutuo entendimiento entre los mellizos. En otra ocasión, Betserai censuraría los improperios escupidos por su hermana, indignos de una señorita de su clase y nivel. No obstante, el dolor hablaba por ella, y ni conseguir que Maisha aprendiera a demostrar modales en todo momento, aliviaría el dolor que atenazaba su alma. «No lo comprendes, Maisha.—pensó, guardándose cada reflexión que avivaría más la frustración que ambos sentían.—Nosotros, nosotros estamos bien jodidos»

Nunca pensó que celebraría la compañía de su hermana melliza, pero los inciertos bulevares de la vida encaminaron a Iqbaal hasta una travesía de insospechadas escenas. De haber fallecido Maisha junto a sus padres, el primogénito no hubiera sabido como reaccionar, ahora huérfano y completamente solo en el mundo. Sin embargo, la presencia de su melliza suavizaba la crítica situación, convirtiéndole a él en un adulto obligado a preservar los papeles para mantener cuerda a su hermana pequeña. En caso contrario, quizá Betserai hubiera adoptado el papel de Maisha, convirtiéndose en un paño de lágrimas y rencor que no tuviera más que criados y un elfo doméstico inclinados a consolarlo. No, no gracias a Merlín. Contaban el uno con el otro y, de momento, podían confiar en su hermano más que en ninguna otra persona en todo el globo terrestre.—Sólo tú y yo.—Repitió aunque, inevitablemente, su mente voló hasta una figura morena que no dudaría en ayudarles. ¿Podían confiar en él? Seguramente no, pero la subjetividad apuntaba a que Betserai pensara en lo más parecido a un amigo que tuvo jamás.

Sin perder más tiempo, se obligó a comportarse como un adulto y mirar el presente con ojo realista, consciente de que el amanecer supondría una pesadilla para los mellizos, que tendrían que enfrentarse a otro larguísimo día cargado de emociones y responsabilidades. Tras cerrar la puerta y librarse de su ligera túnica de seda, se dedicó a doblar la prenda minuciosamente hasta comprobar que quedó sin rastro de arrugas. Sus venas se inflamaron cuando pensó en el comedor, en el mármol sucio y pegajoso por las gotas de vino envenenado y las lágrimas de Maisha. ¿Ordenó que lo limpiaran? No lo recordaba, esperaba que así fuera, su respiración se agitó cuando imaginó el desastre a unos metros de ellos.

Una vez semidesnudo, Betserai avanzó hasta su cama con dosel entretanto su hermana tomaba la decisión de renunciar a la llantina.—Recuerdo la mayoría de las historias que nuestros padres relataban.—Confirmó, desviando inevitablemente su mirar sobre el extenso tapiz que decoraba su habitación, traído por sus padres en uno de tantos periplos.—Según ellos el tapiz cuenta con catorce siglos de historia, perteneció a la realeza francesa o algo así.—Recordó en voz alta, sin apartar sus orbes del lienzo bordado sobre lino, que representaba en colores cálidos una escena protagonizada por clérigos y caballeros. Desde un punto de vista objetivo, el tapiz resultaría bastante feo, pero valía el triple de su peso en oro. Sus padres nunca fueron especialmente materialistas, pero sabían que su hijo adoraba las obras de valor.—Te has escapado a la playa.—Acusó, acariciando la pálida piel de su hermana, enrojecida tras la exposición solar. De nada serviría ya chantajear a Maisha con chivar la travesura a sus padres, todo sería en vano. Con el índice recorrió los hombros de Maisha, repasando también su clavícula y más tarde sus mejillas, ya secas tras la desaparición de las lágrimas.—Mañana todo cambiará. Durmamos.—Fueron sus últimas palabras antes de deslizarse bajo las finas sábanas que cubrían su lecho.
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