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S.A. Société Anonyme || A.R.

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Mensaje por Lyonel De Beaulieu el Lun Ene 23, 2017 12:31 am

Lo sé, ¿suena descabellado, cierto? –preguntó en medio de la risa invariable. El frío de la noche azotaba sus vestimentas, pero no era tan gélido como se creía. La vista era maravillosa, todo París desde los cielos, o bueno, desde una altura razonable. La capital estaba en pleno crecimiento; cientos de edificios se alzaban alrededor, pero el más imponente era el Purity, con su decoración renacentista casi exclusiva. Ser el joven dueño tenía sus ventajas, por ello, Lyonel no escatimó en la cena de aquella noche. A parte de la vista, una módica mesa separaba al dúo con docenas de postres diferentes que sirvieron luego de una apetitosa cena. Botella de los mejores vinos se servían al toque de la magia; y aunque hubiera maquillado los números de su bebida, el heredero ya llevaba cinco copas encima y la sexta siendo servida. Las risas no dejaban de ser parte de la bonita cena, que además alumbraba con velas blancas inextinguible gracias a la magia, todo un conjunto de detalles reunidos sólo para agasajar a su invitada: Alaska Rizzo.

En esa oportunidad estuve inconsciente en la enfermería –comentó–. Me perdí la temporada por una fractura en el hombro. Creo que en ese momento supe que el Quidditch no era lo mío. –sonrió en medio de la anécdota. Verla sonreír a él también le hacía bien.

La verdad, tengo que agradecerte. –fijó en cuanto las risas se calmaron un poco– Creo que no había reído tanto en meses. Navidad este año fue muy duro para nosotros. –se refirió también a su hermana, que desde que sus padres murieron, no había dejado de lloriquear al mínimo instante. Para él era sumamente difícil– Gracias por venir a la cena. –una sonrisa tímida se precipitó y sus ojos chocaron con los de la joven. Se habían visto solo un par de veces desde aquel encuentro en la cafetería. Desde ese entonces, no habían parado de hablar de sus desgracias, como si aquello se tratase de una competencia de quién resultaba más desbastado. Por suerte, ambos comprendieron que ninguna de las situaciones los llevaría a algo mejor, y por ello, solo decidieron compartir cosas buenas y graciosa que le hubieran pasado en la vida.

Por cierto –dijo antes de llevar un trago de vino a su boca–. No hubiera esperado que cuidaras de los bienes de Cassandra en esos momentos. Supongo que desde que salió en libertad ahora todo marcha a la normalidad. –preguntó paciente. La luna gigante y las luces de la ciudad en el fondo no se comparaban con lo radiante que lucía ella; como si se hubiera preparado exclusivamente para la ocasión con un vestido idóneo y una sonrisa imbatible.
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Re: S.A. Société Anonyme || A.R.

Mensaje por Alaska D. Rizzo el Lun Ene 23, 2017 2:31 am

Los ojos son las ventanas al alma, al corazón; una mirada lo dice todo, o también, puede no decir nada. Son, quizá, cerradura y tesoro, la mejor manera de constatar que aquel a quien se las dedicas, es, sin duda, quien las merece, pues, aquellas cosas que no se dicen son las que más relevancia tienen, para aquellos lo suficientemente atentos, y, suertudos. En ese momento, en la cúspide de la alegría,  Alaska gritaba enardecida con aquellas orbes azules que le caracterizaban, cristalinas, tan profundas y vivas como el mismo mar al que asemejaban en color. Por un ínfimo momento la rusa se sentía en paz, consigo misma y con todo a su alrededor, era ella, libre, apasionada, feliz; era feliz gracias a Lyo.
Su alrededor, contrastaba con ella misma, brillante, precioso, lejano, infinito. Francia siempre había sido de sus países europeos favoritos, tenía recuerdos esplendorosos de aquel lugar, y, sin duda, después de aquel día, amaría aún más Francia. Alaska  llevaba horas sin poder deshacer la sonrisa de su rostro, una sonrisa especial, distinta a todas aquellas que había aprendido a fingir después de la Batalla.

Cinco meses ya habían pasado desde el desastre, desde qué, aquella qué solía ser la princesa de Slytherin, la qué volaba de flor en flor y aparecía en Corazón de Bruja, se volvió una niña huérfana, sola y asustada, perdida, olvidada. No estaba superado, no, pero sí avanzado, Alaska ya no lloraba todas las noches, ni se mataba de hambre, pero, en definitiva, ya no era la misma, ni volvería a serlo. Por mal, dirían unos, pero la bruja había madurado, apresurada y pasos agigantados, sin embargo, lo había hecho, ahí estaba, sentada frente al heredero más joven y rico de la década, sin intentar nada. ¿Quién diría?

Dio el primer trago a su cuarta o quinta copa de vino, dándose en tiempo de disfrutar el peculiar aroma de la bebida oscura, también percibiendo un tenue olor a pólvora mágica. La bruja de cabellos caramelo no despegaba su atención del francés a su frente, de su colonia, sus expresiones, sus palabras, que, actuaban cual hechizo sobre sus cinco sentidos;separó la copa de sus labios sonrosados y alzó la mirada, atravesando sus cálidas orbes por el trazo qué formaban los labios de Lyonel con cada palabra, sonriendo, involuntariamente.
“Las sonrisas pertenecen a quienes las provocan”

— No las des, Lyo, con todo el gusto del mundo — respondió, suavizando su sonrisa, ladeando la cabeza. El viento jugó con su cabello resplandeciente, y Alaska movió la diestra hacia sus mechones, acomodandolos grácilmente detrás de su oreja —. ¿Cómo perderme de una velada tan amena? Me parece increíble retomar nuestros viejos tiempos — suspiró, pensando en sus encuentros más recientes, y, los más antiguos. Aún tenía fresco el día qué lo había conocido, de vuelta en Moscú; una bailarina en la fuente de un parque y un fotógrafo difícil de impresionar. La ex-slytherin amaba recordar aquellos días, cuando ambos hacían lo qué amaban y eso era lo único qué importaba.

Su copa se vio vacía de nuevo, y antes de qué aquello pudiese causarle alguna clase de sentimiento, él líquido oscuro rellenó de nuevo él cristal. Tomó un trago y continuó escuchando al francés, con la mirada brillante y el rostro vivo.
”Sus sonrisas le pertenecen”

— Yo tampoco me lo esperaba. Nadie, en realidad — una risa cantarina se deslizó por los labios de Alaska. Tomó otro trago, esa vez más largo —. Sí, supongo qué ahora va bien, no he hecho mucho...— otro trago. La heredera sopesaba la idea de decir la verdad, y hubiera seguido, de no ser por él alcohol dentro suyo qué comenzaba a hacerle mella —. En realidad me despidió — pronunció Alaska con rapidez, mordiéndose el labio antes de dar otro trago y dejar una risa escapar de sus labios, una risa equilibrada y melodiosa.
“La risa alimenta el alma”

— ¿Sabías qué la risa alimenta el alma? — le sonrió de oreja a oreja, tan dulce como  los restos de vino en sus labios.


Última edición por Alaska D. Rizzo el Lun Ene 23, 2017 6:07 pm, editado 1 vez
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Re: S.A. Société Anonyme || A.R.

Mensaje por Lyonel De Beaulieu el Lun Ene 23, 2017 4:39 pm

Sus ojos se abrieron como platos, más la decisión de pasar por alto la respuesta punzó a través de su sistema y lo obligó a guardar silencio. También se encogió de hombros, ¿qué más podría hacer? Su mano viajó hasta el cristal más fino de su copa y la alzó con premura; dos tragos de vino seguidos, y agradecía que tuviera tolerancia al alcohol, al menos hasta el momento.

Finalmente la escuchó y su frase no causó efecto en los primeros segundos. Él trató de comportarse como el hombre que deseaba ser: alguien malditamente siniestro y sin contemplación. Pero no pudo. Su boca estalló en una risa incontrolable, como respuesta a su cuerpo.

¿Verdaderamente estaría alimentando a su alma?

Pues creo que mi alma será obesa si estás lo suficientemente cerca muy seguido. –dijo, acompañando con otro trago, como si fueran de agua pura y cristalina. Su copa tocó el mantel de la mesa y su índice le señaló sin reparo– ¿Sabes cuál es el problema? –hizo una pausa– Es que las personas, en realidad valoran poco lo que tienen a su alrededor. –sí, era una respuesta a la rebeldía que no había podido matar en la frase anterior de la castaña. Una pizca de culpa brilló en sus ojos, sin embargo, no dejó que la decisión lo afectara en el habla– Eres una persona buena, Laska. Y quizá te merecieras algo mejor. –después de todo, él podía hablar desde su propia experiencia: Cuando corría con ella en plena guerra, nunca se imaginó la confesión que escucharía. A pesar de todo ello, la rusa nunca demostró descontento alguno en querer ayudar a la hija del ministro. Él en cambio, no había decidido mover ni un solo dedo para abatir el sistema y contemplar el regreso más que pronto de su eterna enemiga, ¿por qué?, pues la respuesta era de lo más sencilla: decepción.

Su codo se apoyó en la mesa y cerró su puño, apoyando con mediana fuerza su cabeza. Las copas y la grandiosa cena parecían una trampa montando por él mismo. De ninguna manera podía luchar con el inminente ardor del alcohol que se gestionaba en su estómago. Quizá ello fuera el secreto de su risa, entonces, ¿el alcohol alimentaba el alma?

Desde que crecí, solo veía a mi padre esforzarse por su imperio. Mi madre supuso el sostén familiar por mucho tiempo, pero en ocasiones, parecía que mi padre estaba más enfocado en sus negocios que en su familia –se confesó, ¿y cómo no hacerlo con dos maravillosos orbes que le prestaban atención? Alaska era quizá el prospecto de esposa perfecta que su madre hubiera preferido para alguien como su terco, callado y malhumorado hijo–. Desde que recuerdo, la competencia de mi padre siempre fue contra Marcus Wright, luego contra su única descendiente. Y, admito que al principio pensaba de la misma forma, pero luego… me di cuenta que Cassandra Wright era lo más parecido a mí en mi vida. –y suspiró, porque, aunque ella fuera la peor de las mujeres viéndola desde su perspectiva, era una persona a la que admiraba desde cierto punto.

Y también hubiera admitido estar enamorado de forma irracional de ella, pero luego de que se enterase de sus dotes mágicos de encandilamiento, él podía jurar que todo era más que una simple farsa.

Lo siento, no deberíamos estar hablando de ella… –fijó– pero hasta tú, caíste en sus juegos. –descerebrado, descortés, pero con el vino, su mente no hacía filtro de lo que realmente pensaba.
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Re: S.A. Société Anonyme || A.R.

Mensaje por Alaska D. Rizzo el Mar Ene 24, 2017 10:17 pm


Si los ojos de Alaska ya estaban deslumbrantes, después de escuchar hablar al francés éstos comenzaron a soltar fuegos artificiales. ¿Hacía cuanto tiempo que nadie le decía un cumplido, o le sonreía de aquella manera? Aunque las intenciones de Lyonel  fueran ahogadas por más de un par de copas de vino, a la rusa le sentaba de maravilla aquello, pues, aunque no lo pareciera, su autoestima no era la misma con la que contaba hacía unos meses, podría decirse que, incluso, apenas y contaba con una. Su sonrisa se extendió aún más, y, de haber nacido con genes veela, seguramente se hubiese puesto a deslumbrar de, literalmente, encanto; en realidad, era una suerte aquella reacción, causada, sin dudas, por la cantidad de vino en su sistema. La rusa pudo haber reaccionado mal, muy mal, pudo haberse puesto a pensar cuanto se creía incapaz de aquel puesto que antes poseía, le pudo haber negado rotundamente aquella afirmación, quien supiera, incluso pudo haberse sentido tan incómoda como para excusarse e irse.
Pero no.
Alaska ahí estaba, con la barbilla apoyada sobre sus palmas unidas en alto, sonriendo, no solo con los labios, también con los ojos. Con la mirada perdida en los ojos añil que tanto se parecían a los propios, decidió reflexionar detenidamente las palabras de Lyonel. Ella en realidad no tenía una mala opinión sobre su despido, o quizá sí, pero en aquel momento de euforia no podía plantearlo con claridad, de lo que estaba segura era que, si Cassandra no la necesitaba más a su lado para manejar lo que sea, estaba de acuerdo. Alaska ya no quería estar y no estar, servir y no hacerlo a la vez.

— Tienes una opinión demasiado generosa sobre mi  — bufó, haciendo un par de mechones volar lejos de su campo de visión —... quizá no algo mejor, solo diferente. Quiero creer que me hizo un favor al dejarme ir — se encogió de hombros, estirando el brazo para dar otro trago a su copa. Alzó la vista sin dejar de verter entre sus labios el líquido ligeramente amargo, pestañeó, y su cerebro le hizo una mala jugada.
Frente a ella, no estaba el par de ojos azul de Lyonel.
Frente a sus ojos, las orbes gélidas y brillantes de Theodore Nott le devolvían la mirada, apagadas, tristes, cansadas y llenas de decepción. Pestañeó de nuevo, asentando la copa vacía en un movimiento rápido y robótico. Ziro, ya no estaba.
Los ojos de la castaña se cristalizaron, pero antes de que pudiera pasar nada, se percató de los labios ajenos en movimiento.

"Pero hasta tu, caíste es sus juegos" Alaska no había escuchado nada antes que aquello, pero no lo necesitaba. Conocía lo que era tener el corazón roto, o, estarlo por completo, sabía perfectamente porque lo decía, o, al menos, esperaba saber.

— Tómalo así, en la vida muchas personas vienen y van, las únicas importantes son las que se quedan — le sonrió, de nuevo, y apartando la silla donde estaba sentada, sacó la varita de su bolsillo, haciendo un movimiento con ella y causando que una placentera música sonara — ¿La recuerdas? — cuestionó, invitando al moreno a pararse junto a ella y moverse el son de la balada — Es la canción que sonaba cuando nos conocimos en Moscú. Llevo pensando en ella un rato, igual que en las fresas de la mesa ¿por qué hay fresas si ambos somos alérgicos? — intentó apagar la incomodidad del tema anterior, o eso quería pensar, tal vez, simplemente quería deshacerse del lastimero recuerdo del prófugo, recordándose a si misma con quien estaba, y porque — Igual, tienes aroma a pólvora mágica siempre, también a vino ¿aún tocas el piano? — dejó de moverse al compás de la música y se tapó la boca, conteniendo la risa — Estoy hablando mucho, lo siento — se disculpó, sonriendo con timidez, ignorando el color rojo de sus mejillas.
Definitivamente, Alaska trataba de acallar aquellos sentimientos encontrados dentro suyo con palabrería de segunda.
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