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Mensaje por Domenico H. De Sica el Dom Ene 22, 2017 8:22 am

20 de enero de 1980

Tras el gran discurso dado por el nuevo Ministro de Magia de Reino Unido las cosas se volvieron completamente frenéticas en la Confederación Internacional de Magos; la ruptura de relaciones con la institución y el cierre de la red flu eran algo inminente para los integrantes de la comunidad mágica. No quería ahondar demasiado en aquello pero, claramente, siempre acababa escuchando algún comentario en los pasillos de Islandia, siempre le decían algo como residente en Londres. Sorprendentemente no se había parado a pensar en las consecuencias que aquello tendría ara su propia vida, la dificultad con la que se encontraría a la hora de poder ir cada día hasta Islandia desde la ciudad de Londres pero, como siempre, todo tenía un plan que había sido meticulosamente elaborado. Aunque detestara los viajes en trasladores sería lo su transporte habitual en el mismo momento en el que el sistema flu cerrara por completo.

El italiano se había habituado por completo a la soledad, al silencio de su apartamento durante los años que vivió allí pero, con la llegada de su hermana, muchas cosas habían cambiado en su vida. Ya no era un cambio para mal, como los que acontecieron en los meses anteriores debido a causas ajenas, sino un cambio por el que Domenico se vió influenciado para bien. No tenía ni idea de cuantos años hacía que no salía cómodamente con su hermana a comprar el día de Navidad y presenciar el encendido del majestuoso árbol de la calle principal; no sabía cuánto tiempo hacía que cosas tan comunes y simples como aquellas habían sido relegadas a un rincón oscuro y olvidado de la vida del italiano. No se podía quejar del inicio de año aunque tuviera una ingente pila de documentos frente a él. Salió de Reino Unido huyendo de aquel tipo de obligaciones pero se encontraba con ellos allá a donde fuera. Comprendía todo aquellos. Se habían llevado a cabo juicios en diciembre, apresurados por el hecho de las inminentes consecuencias de la elección del nuevo Ministro, y ahora debían de controlar si se estaban llevando ejecutando aquellas advertencias de dejar a todo un país incomunicado. Y lo eran. Volvió a revisar los mapas de zonas donde ya había sido cerrada la red flu y cuáles eran las próximas. Un mero control que no llegaba a entender ya que no estaban haciendo absolutamente nada por impedirlo, solo observando desde fuera como todo se escapaba de sus manos.

—¿Conoces la zona de cierre de hoy?— preguntó una de sus compañeras apoyándose ligeramente contra la mesa del italiano y señalando con un dedo en el mapa que tenía frente a él. Miró con desinterés donde estaba señalando y los alrededores. Estaba claro que aquella era la zona que cerrarían aquel día puesto que se trataba de la contigua al día anterior, pero no supo por qué razón debía de interesarle en especial esa y no otra. —Sí, la vi esta mañana, no tiene mayor importancia.— contestó mirándola de soslayo. Era una mujer atractiva, se lo pareció desde el mismo momento que puso un pie en el Confederación, pero el italiano no era de aquello que se dejaban llevar por la belleza exterior de los demás. Ella se rió ante el desinterés del italiano y se levantó, informándole que ya se iba a casa y que él debía hacer lo mismo. Se despidió con un gesto de mano antes de regresar la atención al mapa. «Maledizione» pensó para sus adentros cerrando el mapa y dejando caer la cabeza hacia atrás. Si no lo hubiera señalado no se habría percatado de la zona concreta que se trataba.

En lugar de regresar directamente hasta su apartamento de Londres sus pies tocaron tierra, o más bien adoquines, diferentes a los que estaban acostumbrados. Caminó con la tranquilidad de quien sabía hacia donde se dirigían sus pies pero no la razón por la que lo hacían. Al final de la avenida se podía vislumbrar la mansión Wright, hacía tiempo que no la veía y se le antojaba hasta melancólico. Se aventuró a ir por el simple hecho de que aquel día cerrarían la red flu de la que disponía la mansión pero sus razones debía de ser otras, no se habría molestado, simplemente, por aquello porque, además, ¿qué podía hacer él? Las luces estaban encendidas y podía vislumbrar movimiento en el exterior por lo que supuso que no había creído tan mal y que, posiblemente, se encontrara en el lugar. No tardó mucho en alcanzar la verja que protegía la residencia Wright pero nada más intentar poner un pie dentro lo pararon. Por más explicaciones que daba de quien se trataba y lo que estaban haciendo no conseguía absolutamente nada. Tenía terminantemente prohibido pasar. Él. Él concretamente lo tenía.

Metió las manos dentro de sus bolsillos con indiferencia ante la decisión de la castaña pero, en cierto modo, enfadado por la actitud infantil que estaba teniendo con respecto a él. ¿El mero hecho de cortar la relación entre ambos hacía que tuviera que tomar aquel tipo de precauciones? Volvería a Londres, igualmente no iba a tomarse las molestias de intentar saber de alguien que tantas precauciones había tenido para que él no pudiera estar cerca de ella. Quedó parado para usar la aparición cuando unos gritos llamaron su atención. Tras una ventana se escuchaba a un matrimonio discutir si ya no funcionaba su red flu, ninguno se sentía capaz de asegurarse comprobándolo al no tener claro cómo sería lo que estaban haciendo. El italiano se giró para observar la mansión a sus espaldas y luego la casa frente a la que estaba. Estaba perdiendo el juicio. Se repitió aquella frase, como si de un mantra se tratara, en su cabeza antes de golpear la puerta con los nudillos y que esta se abriera frente a él. —Buenas noches, soy miembro de la Confederación Internacional de Magia y estaba revisando que la red flu esté siendo correctamente cerrada, hoy la zona marcada es esta así que me gustaría asegurarme de que todo está bien.— comentó enseñándoles el documento de hechicero vigilante que llevaba con él. Mintió como nunca había hecho pero su expresión seria y segura hizo que le dejaran entrar. Miró el reloj de pared de la casa donde se encontraba. Aún quedaban dos horas para que la red flu cerrara por lo que no se arriesgaba a absolutamente nada.

Fue llevado hasta el lugar y se acercó a la chimenea, observándola como si se tratara de un experto en aquello, tocando con cuidado los polvos flu que tenía en un pequeño recipiente. —Lo probaré, retírense un poco.— dijo como si se tratara de la cosa más común del mundo, haciendo un gesto para que se retiraran hacia atrás, antes de dejar caer los polvos pronunciarlo la dichosa dirección de la castaña.
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Mensaje por Cassandra J. Wright el Sáb Ene 28, 2017 10:22 am

La Red Flú cerraba esa noche en el sector en donde la Mansión Wright estaba emplazada. Cassandra nunca fue ávida usuaria de ese transporte, pero recordaba con mucha nostalgia los atardeceres frente a la chimenea esperando a que apareciera su padre en medio de llamas verdes. Siempre pensó que su majestuosidad era enaltecida con esas llamaradas envolviéndolo, sobre todo cuando era una niña pequeña y la magia parecía sacada de un sueño. Sobre todo cuando su madre era la que la instaba a sentarse justo en frente de la chimenea, como en ese instante, para esperar la figura alta e imponente de Marcus Wright volviendo de quién sabe dónde. Suspiró mirando el vacío de la chimenea porque, a pesar de que hacía frío en el exterior, el hueco estaba apagado y sin fuego, en discordia con el resto de las chimeneas de la casa que estaban todas encendidas. Es que esta tenía algo especial y era que siempre había enmarcado la alegría del reencuentro durante su vida. Ahora que cerraba, hacía más real todo. Él jamás volvería.

Se encontraba en el suelo, sentada con las piernas cruzadas. Llegado un momento, le dio la espalda a la chimenea para aprovechar la luz que provenía del techo, pero de un sector opuesto a ella. Estaba sola en casa. Lo que significaba que Anthony y su nueva novia no estaban ahí, pero sí lo estaban Vittorio y los otro cuatro guardias de seguridad en el interior de la casa y otros veinte magos resguardando el perímetro del jardín. Habían pasado varios meses desde la tragedia y, a medida que pasaban los días, sus vecinos ya no la molestaban tanto. Al menos ya se cansaron de intentar quemar la casa con ella al interior, también de lanzarle maldiciones cuando se podía vislumbrar su silueta desde el exterior. Ahora solo algunos le gritaban cosas de vez en cuando. Las aguas parecían calmas luego del comienzo de los ochenta.

En la posición en la que estaba, muchas revistas abiertas mostraban a modelos con vestidos de procedencia árabe, otros con una leve influencia pero más occidentales. Todavía no se cerraba el trato que iba a llevarla en matrimonio con el príncipe Ahmed, pero eso iba a ocurrir pronto y, cuando eso pasara, quería llevar algo que no fuese tan inglés. Un vestido que reflejara el equilibrio entre ambas culturas. Además de ello, también estaba rodeada con pergaminos con la caligrafía de Sirius. Las más recientes eran más cortas que las más viejas. Asimismo, pergaminos arrugados con un intento de carta para su amigo, ninguna llegando a ser lo suficientemente buena como para hablarle. Desde que se había ido a Brasil para las Olimpiadas, la comunicación entre ellos bajó al mínimo. Asimismo, en su muñeca derecha reposaba el brazalete que él le había dado como regalo de navidad. Esta era una especie de traslador que, si lo tocaba pensando en él, se transportaría de inmediato al lugar en donde él estuviese. Pero también era un canalizador de energía y de sensaciones. Era capaz de sentir lo que Sirius estaba sintiendo segundo a segundo. Aunque a veces estaba segura de que él no la estaba usando porque se sentía un vacío.

Así era como estaba pasando su noche “libre”. A pesar de tener mucho trabajo que hacer, se había tomado toda la tarde para estar en casa y asegurarse de que el proceso que conllevaría el cierre de las chimeneas se lograra sin mayores problemas. Por su cabeza había cruzado la idea de que, aunque restringida la entrada para cualquier desconocido, habrían magos y brujas sin nada más que hacer que intentar usar por última vez la Red para llegar a cualquier sitio. Y debía estar preparada para poder repeler esas visitas inesperadas. Pero, mientras se tomaba la noche libre, seguía pensando en sus deberes.

Así fue como se reacomodó en el suelo y se alisó el vestido blanco* que llevaba encima. Era cómodo para estar en casa y sola. Pero no cuando llegaba alguien. Que era lo que justo acababa de pasar.

Se puso de pie de un salto, sus pies descalzos tocando la loza, con la varita de cerezo en la mano y apuntando hacia las llamas verdes que dejaron, luego de unos segundos que se le antojaron interminables, la figura atlética y fuerte de alguien que conocía bien.- ¡Revelio! –Claro, no se iba a tragar de buenas a primeras que Domenico estuviera ahí, en su casa, por cuenta propia. Además que había cerrado la chimenea por si él intentaba usarla. Lo había hecho ¿no? Como fuese, el hombre quedó intacto, ni un pelo se movió de su sitio, porque quien había llegado era él. Su varita se quedó en alto por escasos instantes, pero poco a poco su mano fue bajando a medida que su brazo se iba creyendo que era él. Había perdido la cuenta de las veces que esa varita había estado en guardia frente al florentino.- –Silencio. Los ojos avellana enmarcados por sus cabellos largos y ondulados, estaban puestos incrédulos en los orbes de Domenico, verdes como un bosque salvaje.

Soy una descuidada. No cerré la Red Flú para él. Pero, ¿quién iba a pensar que aparecería así?

-- No te quedes ahí parado. –Su corazón desbocado por la impresión, sus manos temblorosas invitándolo a pasar.- Por favor, entra. –Su reacción como anfitriona llegó tarde y torpe. Aunque poco a poco sus movimientos se iban haciendo más fluidos y gráciles como siempre. Camino con un paso etéreo hasta quedar cerca de la chimenea para indicarle el paso.- ¡Krykzo! –Demandó. ¡CRACK! Un elfo bien cuidado, aunque con semblante temeroso por estar en la presencia de Casssandra, apareció en frente de su ama.- Algo de beber para nuestro invitado. –Ordenó y CRACK, desapareció. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Qué necesitaba? ¿Por qué mejor no enviar una carta si deseaba decirle algo? Preguntas. Muchas preguntas asaltaron su cordura, pero no llegó a pronunciar ninguna.

El elfo volvió rápidamente con dos vasos servidos con un jugo rojo que, aparentemente, era de frambuesas. Cassandra tomó el suyo e instó a que Domenico hiciera lo mismo.




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Mensaje por Domenico H. De Sica el Lun Ene 30, 2017 7:26 pm

En los últimos meses solo se había dedicado a realizar las tareas que tenía encomendadas, prefería no preguntar ni inmiscuirse en el trabajo de los demás. Era, como le gustaba denominarse, el nuevo en el lugar. Cierta reticencia a confiar en su persona sobrevolaba las cabezas de los integrantes del área cuando el italiano entraba en la sala; lo veía completamente normal, se trataba de una persona que había dejado su trabajo de auror para comenzar un nuevo empleo en la Confederación Internacional de Magos, proveniente del país que tantos problemas le estaba dando a los integrantes del organismo en los meses precederos. Pero, poco a poco, con la meticulosidad y perfeccionista trabajo por parte de Domenico las aguas se fueron calmando a su alrededor y, en especial, el día que Evadne se acercó hasta la ordenada mesa del italiano intentando entablar conversación con él; una conversación que le fue bastante fácil de sacar con comentarios amables, divertidos con un toque de ironía sobre todo lo que estaba aconteciendo a su alrededor. Desde aquel momento tomó costumbre de ir donde Domenico siempre que tenía la menor oportunidad, en ocasiones importunándolo con comentarios que hacía que el italiano torciera el gesto ligeramente, debido a la extraña,  y silenciosa, confianza que había crecido entre los dos compañeros.

Desde el momento en el que estuvo cerca de él, y ocupó su lugar característico, apoyada contra su mesa, que no se encontraba a su lado por cualquier razón, que no señalaba y recalcaba el área por puro aburrimiento sino por un interés bastante claro. Por todos era conocido que el italiano participó activamente en la liberación de una mujer condenada a Azkaban por ser seguidora de Voldemort y hacer uso de magia oscura. Él ni siquiera se mostraba cercano con ella pero daba la sensación de que pudiera leer su mente, atravesar las duras capas de hielo y hierro que rodeaban al italiano, aquellas que lo aislaban, por completo, del mundo exterior y solo eran abiertas en contadas ocasiones y con las personas más cercanas a él, aquellas que se habían ganado a pulso su confianza.

En el mes anterior se habían llevado a cabo varios juicios de mortífagos capturados, algunos de ellos habían salido libres de Azkaban mediante el juicio y otros tantos permanecieron a la sombra de los dementores en la prisión mágica. Una de las personas que tuvieron que permanecer allí fue la joven de cabellos rubios que el mismo italiano capturó en la Batalla de Salvio, sin duda estaba completamente enloquecida pero no llegó a interesarse por las razones que rodeaban al suceso que hizo que se la llevaran automáticamente del juicio a Azkaban de nuevo. ¿Qué era lo que Domenico había hecho entonces? Preocuparse por la seguridad de Cassandra aun sabiendo que tenía la suficiente protección a su lado para que nadie pudiera dar un paso hacia ella sin ser interceptado por algunos de sus pares de guardianes. En otro tiempo él solo fue el que se tuvo que ocupar de todas las obligaciones que le eran impuestas por el hecho de protegerla, de cuidar de ella sin importar su propia integridad, tanto física como psíquica.

A cada paso que daba en el interior de la casa de aquella pareja de magos pensaba que el plan que había ideado, en apenas unos segundos, era del todo descabellado e inconsciente. Ni sabía por qué lo estaba haciendo. Recorrió con sus ojos claros la estancia, parándose en algunas fotografías que decoraban las paredes, en jarrones que descuadraban con el resto de decoración pero, sobre todo, en la imponente chimenea que coronaba la sala donde se encontraban. Guardó con sumo cuidado el papel que antes mostró para poder entrar en el interior de la casa. Los polvos flu se escurrieron entre sus descuidadas y agrietadas manos, regresando hasta el envase donde había reposado hasta que fueron alteradas por los dedos del italiano. Finalmente cogió un sutil puñado de la sustancia antes de entrar dentro de la chimenea con el puño cerrado, inclinándose para examinarla desde todos los ángulos que le era posible. Sus conocimientos sobre el método de transporte eran casi nulos, nunca se interesó en ellos, ya que el uso que hizo del método podía contarse con los dedos de una mano y poder cortarse algunos de ellos. Pero, aun así,  se mostró serio y seguro en cada lento movimiento que realizaba. Una advertencia, seguida de un gesto, surgió de él antes de dejar caer los polvos flu pronunciando con seguridad, pero con disimulo, la dirección concreta a la que quería ir.

Se le hacía mucho más cómodo, aunque tendría bastantes detractores si lo pronunciara en voz alta, el uso de los trasladores. Al menos era mucho más higiénico que el polvo que ahora caía sobre sus hombros. Ni siquiera tuvo tiempo de intentar apartarlo y salir del lugar cuando una varita lo apuntó directamente y siendo pronunciado un hechizo que lo sorprendió inicialmente pero que, después de apenas unos segundos buscando sentido, lo encontró. Los ojos claros del italiano se quedaron fijos en la figura frente a él, no buscaron sus ojos, no se fijaron en su indumentaria ni en lo que la rodeaba, solo la observó como quien no veía nada frente a él.

Primero un pie y luego el otro. Salió del cobijo que le proporcionaba la chimenea, contento de no haber perdido alguna extremidad en el camino o de haber quedado encerrada en tierra de nadie por haber sido cerrada la dirección a la que se dirigía. No dijo nada, solo siguió con la mirada y escuchó las reacciones de la castaña. Con un ligero movimiento de mano fue a declinar la bebida pero, seguidamente, la tomó entre sus manos antes de que el elfo doméstico desapareciera de súbito. Le recordaba a Omerón. El elfo de la familia De Sica ahora vivía en Londres en el hogar de Fiorella y Domenico; tan escurridizo y asustadizo cuando se encontraba con el mayor de los De Sica o tenía que acudir a su reclamo. Dejó el vaso a un lado. —He tenido que recurrir a un medio de transporte arriesgado porque no me dejaban pasar por ser Domenico De Sica— dijo en voz alta con la mano aún en torno al vaso hasta que lo soltó. —. Tienes una forma bastante curiosa de agradecer a los demás lo que hacen por ti, Cassandra.— pronunció su nombre de forma suave pero el resto no pretendían ser suaves ni cercanas a ella. Se sentía casi como una reclamación de una explicación del porqué se lo habían impedido.
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Mensaje por Cassandra J. Wright el Mar Ene 31, 2017 5:47 pm

Le dio la espalda abiertamente a Domenico. No quería ni deseaba verlo a los ojos. Tanto porque no lo soportaba como porque no quería que viese la confusión que sus ojos podrían estar demostrando. ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué sortear la guarda de los aurores para usar la Red FLú? Él sabía, o debería saber, que se cerraría esa tarde, era la razón por la que ella estaba ahí, pero dudaba que él también estuviera allí por eso. ¿Venía en su calidad de hechicero vigilante? ¿O simplemente venía a dejar algún recado? Cerró los ojos con fuerza, en su cabeza se alzaron millones de voces que se escuchaban como gritos desenfrenados y enfermizos. Asdasd

Pero aquellas voces se apagaron cuando él habló. Su tono de voz denotaba que quería escuchar una explicación, pero ella no se la daría; no tenía derecho a pedirla, ni tampoco Cassandra estaba en condiciones de dar una coherente.

No se volteó a verlo, simplemente se quedó de pie, cercana al cristal de una ventana observando al exterior y preguntándose si eran más estúpidos sus guardias o ella. “No hay que dejar pasar a Domenico de Sica por ningún medio”, había dicho. Pero, al parecer, nadie la escuchó.- Mi agradecimiento por tus actos se llevaron a cabo en Roma. –Respondió en una voz suave, melódica, pero tan fría como un iceberg en medio del atlántico invernal. En sus dedos temblorosos todavía se reflejaba el nerviosismo que sentía por tenerlo allí, en su casa, en la Mansión Wright, pero estos estaban bien escondidos delante de ella y sosteniendo el vaso de jugo de frambuesas. Frunció los labios y el ceño, algo molesta consigo misma por no prever que eso iba a ocurrir, pero es que los hechos dictaban algo completamente diferente a lo que estaba pasando. Por un momento se preguntó si se había quedado dormida en el piso. No había forma de que eso ocurriera.

Se puso de medio lado para poder ver a Domenico girando su rostro. Él seguía ahí, impasible, con ese gesto suyo tan neutral y difícil de leer. Tragó saliva dificultosamente, recordando sus brazos rodearla y sus labios besarla. Cosas que, de cualquier forma, no iban a pasar otra vez. Después de la última vez que se vieron, pasó noches soñando que él la abrazaba, pero luego el abrazo era tan fuerte que la asfixiaba y despertaba sudando. Otras veces soñaba con él abrazándola, pero el abrazo se convertía en él apuñalándola por la espalda y dejándola morir desangrada en el suelo. Tenía miedo de que él le hiciera daño, sentía horror por salir herida de esa relación mal llevada. Incluso, más de una vez, soñó que lo había olvidado, que podría escapar de su piel. Pensó que por fin podría dar vuelta la página con respecto a él, porque se fue y aquello sonó como que no volverían a verse después de Roma y, justo cuando pensaba que había logrado olvidarlo por un tiempo, lo tenía de pie en medio de su salón de estar. Su corazón desbocado le decía que no. Seguía ahí, justamente en el mismo lugar de hacía tiempo, en el fondo de su vida.

-- ¿Puedo saber a qué debo el honor de tu visita? –Alzó la barbilla y lo miró sin que sus hermosas y perfectas facciones se movieran más que para observarlo con el halo de superioridad que la envolvía, incluso aunque no fuese así. Se movió a través del salón, pasando por frente de las ventanas, así permitiendo a la luz del crepúsculo dibujar su silueta a través de su vestido blanco. Tan perfecta figura, tan soñados movimientos, tan exquisita voz. Todo en ella estaba hecho para atraer.- Te has esmerado mucho para llegar hasta aquí. –Añadió como razón para querer saber de su intempestiva aparición. Aunque querría añadir algo más, hubo un sonido como de un grito ahogado y una explosión que vino desde la chimenea, seguido por un polvillo que cayó dando a entender que la Red Flú había cerrado. Los ojos de la castaña se distrajeron de la figura atlética de Domenico para observar lo que estaba ocurriendo con el polvillo, el que descendió y dejó un rastro de mugre en la alfombra. Luego miró otra vez al ex auror.- Ahora tendrás que usar la puerta principal cuando desees irte. –Apuntó con una leve sonrisa, con las palabras arrastradas, como si se estuviese burlando de esa situación y esperando lo que pasaría con los aurores afuera. Bebió un corto trago de su jugo y esperó.




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Mensaje por Domenico H. De Sica el Sáb Feb 04, 2017 4:00 pm

Se permitió observar la vestimenta que cubría a la castaña, ¿acaso nunca podía lucir algo cómodo? De seguro ella pensaba que no iba, ni siquiera, vestida de forma correcta para recibir una visita, si es que la interrupción del italiano tenía derecho a llamarse de aquel modo. Había actuado de forma que ni él entendía, con impulsividad desconocida desde hacía demasiados años; rara vez se permitía el privilegio de actuar con espontaneidad, sin pensar mil veces antes de recorrer con sus pies el camino que había escogido con el cerebro. Por aquella razón, aunque mínimamente, no pasó de inadvertida la ligera sorpresa que reflejó el rostro de Cassandra; quizás se negaba a volver a mirarlo mientras se ponía la careta de indiferencia sobre el rostro,  el mismo rostro que el italiano podría describir con los ojos cerrados y sin fallo alguno.

Había pensado, mientras recorría caminando la distancia que discurría entre el lugar en el que se apareció y la verja de la mansión, cuáles eran las razones por las que en su mente cruzó la idea de ir en su busca cuando le abrieron los ojos en relación al área en el que se cerraría la red flu aquel día. Se repetía una y otra vez que aún no había conseguido cambiar su mente en el sentido de su protección, no como un trabajo que le hubiere sido asignado, sino como un ánimo que nacía en alguna parte de su cuerpo y aún no conseguía ubicar. Podía tratarse de sentir cierto cariño hacia la castaña, no se lo negaba en absoluto desde el mismo día en el que intentó apagar sus temores estrechándola entre sus brazos, por ser una de las pocas personas que había conseguido hacer que se interesara más de lo que acostumbraba. Nunca se inmiscuía más de lo debido con las personas que lo rodeaban, prefería vivir en la ignorancia en relación a como se desenvolvía la vida de estas personas mientras él estaba al corriente de su caso, pero con ella todo había sido demasiado caótico. En una mente organizada y cuadriculada como la de Domenico se había alojado otra idea de forma demasiado rápida; no la creyó desde el mismo momento en el que se lo comunicó pero le costó mucho menos que lo que le habría costado con otros sujetos.

Una sonrisa irónica se dejó entrever en el rostro del italiano que dejó de centrar su atención en ella y se dedicó a observar su alrededor con cierta despreocupación. Se podría decir que solo se comportaba de aquel modo cuando alguien de su confianza estaba cerca. Como habían cambiado las tornas en relación a las dos personas que estaban frente a la otra; en otro momento no se habrían atrevido a despistar sus manos de las varitas, no se habrían dado la espalda… y menos el italiano habría parecido en la chimenea de la castaña. Unas cartas sobre la mesa llamaron la atención del hechicero que, aun así, no leyó letra alguna de las correspondencias, sino que regresó el mirar cristalino hasta la espalda descubierta que tenía frente a él, o al menos hasta que ella decidió volverse y enfrentarlo.

No había esperado que la recibiera la misma Cassandra débil de la que se despidió en Roma, esperaba que no le recibiera la misma Cassandra que dejó atrás hacía varios meses en el tiempo. —Estaba preocupado.— dijo sin ápice de duda en su voz cuando pronunció las palabras. No tenía problema alguno en reconocerlo frente a ella; ambos habían cruzado hacía demasiado tiempo la fina línea que los separaba y se sentía con la libertad de decir lo que realmente lo había llevado hasta aquella intromisión tan poco planeada por su parte. —No dudo que estés al tanto de los juicios que se realizaron hace un mes en la Corte Internacional de Magia, algunos de ellos salieron libres y pensé en si estarías bien debido a las circunstancias en las que se resolvieron el tuyo.— prosiguió declarando. Su rostro permaneció impasible mientras las palabras brotaban de sus labios, no reflejaron nada extra que agregar a sus vocablos que, de por sí, fueron suficientemente claros.

El estruendo hizo que él también volviera el rostro hacia la imponente chimenea de la sala en la que se encontraban. Seguidamente regresaron sus ojos azules hasta el reloj que llevaba en la diestra, percatándose de la hora en la que se encontraban. Tan puntuales como un reloj ya que, al fin y al cabo, los británicos siempre habían presumido de aquello. —Siempre que estoy cerca de ti insinúas que debería irme, pero no tengo claro que sea lo que quieres realmente.— comentó metiendo las manos dentro de los bolsillos delanteros de sus pantalones, permitiéndose reflejar cierto escepticismo en sus facciones. —Para ello están las puertas, ¿me equivoco?— preguntó entonces con cierta sorna en su voz. Sabía a qué hora exacta había utilizado la chimenea usada y también sabía cuándo cerraría la red, si la castaña pensaba que no había pensado en como salir antes de entrar estaba equivocada.
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Re: Some things are unclear | Priv

Mensaje por Cassandra J. Wright el Dom Feb 05, 2017 11:13 pm

Con suerte alguna parte de su cuerpo se giró hacia él. Sentía la fuerza de un imán tirando de ella hacia el florentino, necesitaba toda su fuerza de voluntad para mantenerse lejos y fue la razón por la que puso varios muebles en medio de ellos. Pero estaba poniendo la mayor parte de su concentración en esa tarea, por ello fue que apenas se giró hacia él, aunque sus ojos no podía desviarlos a otro punto. Él estaba allí, sin haber mediado ninguna invitación. Debería sentirse animada por eso, sin embargo, lo que conseguía era confundirla más. Sobre todo con su respuesta. ¿Qué se suponía que significaba eso? ¿Preocupado? La reacción que no puedo evitar fue un bufido envuelto en un “já” burlesco, seguido de una negación con la cabeza y desvió la mirada hacia la chimenea otra vez. No agregó nada luego de escuchar su explicación. El silencio reinó en la habitación.

Reinó, hasta que tomó aire y dijo cosas que, en realidad, no había pensado decir: - Estoy bien. –Resolvió la duda de él, tan escuetamente, que parecía que estaba mintiendo. Pero no lo estaba. Claramente su paso por Azkaban fue una época oscura, de locura insana, de tocar fondo sin ninguna esperanza de volver a la superficie. Ni fantasear de volver a la cima. Fue una época de pensar en el suicidio, parecía la única opción viable. Pero una luz apareció en su camino y la ayudó a escalar hacia la superficie. Gracias a esa luz, ya no debía esconderse, ni siquiera le preocupaba mucho qué podrían decir de ella cuando estaba con él, simplemente era ella. Era exactamente el consejo que Domenico le había dado aquella vez en Roma y lo había seguido lo que más pudo. Pero con el florentino dentro de las mismas cuatro paredes que ella, el aire parecía acabarse y no le dejaba pensar bien.

-- Siempre que estás cerca de mí no eres capaz de entender lo que quiero. Por ello, ahora, no quiero nada. Solo te sigo la corriente. –Declaró mirándolo un poco más de frente, pero sin acercarse ni un paso más. Temía por toda la poca confianza que se tenía a sí misma, fuera consumida por la confusión que estaba sintiendo.- Es la manera más sana de averiguar cuál es el motivo real de tu preocupación sin tener que violar la promesa que te hice. –Agregó delineando con la mirada los ojos de él, verdes como la selva amazónica y cristalinos como el mar caribeño; también sus labios, tan serenos y atrayentes, pero capaces de liberar mucho veneno para el corazón delicado de la empresaria.- No hay otra misión. No hay información oculta. No hay juego de palabras. –Le recordó, porque ella no lo olvidaría jamás, aún menos sabiendo que no lo volvería a ver. Hasta este día.

Pero, antes de seguir diciendo cualquier cosa sobre eso, se detuvo para escuchar su réplica acerca de la forma en que se iría. Negó con la cabeza sintiéndose un poco divertida, aunque no lo demostró.- Ellos no debieron permitir que entraras, es una de sus funciones. –Caminó por el salón, recorriendo los respaldos de dos sillones de un cuerpo con la punta de los dedos, como una suave caricia a una piel desnuda.- Pero fallaron. ¿Tú sabes lo que ocurre cuando la gente me falla? –Dijo mirándolo a los ojos, moviéndose otra vez como un espectro sin tocar el piso. Se estaba acercando a él sin querer hacerlo realmente.- Se van a asustar porque lograste entrar, quizás intenten lanzarte maldiciones porque pensarán que yo no fui capaz de conjurar nada. –Siguió explicando con su voz melodiosa, pero lenta y pausada.- Y ninguna parte del interior de esta casa, ni del jardín, permite que te Aparezcas en otro sitio. Mis abuelos dejaron ese legado a principios de siglo. Entonces, si intentan atraparte, hay una alta probabilidad de que lo logren. –Terminó parándose justo en frente de él.- Lo que, inexorablemente, provoca que me pregunte…¿por qué arriesgarse a venir, entrar, a que yo te pueda cerrar la puerta en la cara, cuando podías enviar una carta? –Lo miró hacia arriba, a sus ojos y a sus labios, esperando que se movieran para responderle, en una cadencia gallarda y obstinada.- ¿Por qué te preocupas tanto? –Murmuró. En el silencio de la mansión, se escuchó claramente la pregunta como una demanda.- Quiero entender la naturaleza de tu comportamiento errático. -Explicó con una pausa tortuosa entre palabras.




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Re: Some things are unclear | Priv

Mensaje por Domenico H. De Sica el Dom Feb 12, 2017 3:15 pm

Nunca tuvo problemas en mentar la verdad, no tenía razones suficientes como para esconderla cuando tenía tan poca relevancia como las realidades que acababa de mencionar. En nada dependía su vida de lo que dijera frente a ella; puede que en un momento de su vida todo lo que comentara con la castaña repercutiera de algún modo en su vida pero todo aquello quedó atrás hacía ya mucho tiempo. Por extraño que pareciera el italiano lo recordaba cercano, como si solo hicieran unos días que todo pasó y la relación entre ambos se vió cercenada sin miramiento alguno por parte de ninguna de las partes afectadas. No se quejaba de ello. Sus meses habían sido pacíficos, no podía decir que hubiera pensado en ella porque no era cierto, había estado tan ocupado que, en los escasos momentos en los que se liberaba, solo podía pensar en su hermana o en regresar a Florencia donde seguir arreglando todos los problemas que su padre había dejado pasar con respecto a las propiedades de los De Sica; y le había venido bien no tenerla en su mente ya que hacía que su actuar fuera errático e incongruente para el tipo de persona que era Domenico, para el orden y coherencia sobre el que había organizado toda su vida desde el mismo momento que abandonó a Italia dejando todo recuerdo atrás.

Asintió ligeramente con la cabeza. Estaba bien. ¿Qué más podía hacer ya allí? La red flu había sido cerrada y él, simplemente, no tenía nada más que hacer allí pero, sin una razón concreta y definida, no quería alejarse de ella puesto que en cierto modo extrañó sus miradas altivas, el arrastre que le proporcionaba  a las palabras cuando hablaba, sus elegantes vestidos, su esbelta figura. —Me alegra escuchar eso.— fue todo lo que dijo acallando, silenciando por completo aquel lado de su mente que se activaba cuando ella estaba cerca.

Escuchó lo que dijo, con las manos metidas dentro de los bolsillos de sus pantalones, y recorriendo la estancia con la mirada mostrando cierta despreocupación ante las advertencias que le profesaba. —¿Qué pasa cuando la gente te falla?— preguntó a la cuestión que ella misma hizo, con los ojos claros fijos en los oscuros contrarios. —Yo lo hice y sigo aquí, no sé si se supone que debería de saberlo.— agregó retirando los ojos azules de los de ella y fijándose en el exterior que se dejaba ver por la ventana de la habitación hasta que el caminar de la castaña llamó su atención y la siguió con la mirada, con gesto neutro, sin expresar sorpresa o más interés del esperado por lo pronunciado. Solo observando como caminaba a la espera de hacer que el italiano reaccionara de una forma que no haría. —Si creen que no eres capaz de conjurar algo son más incompetentes de lo que lucen.— inquirió sacando las manos de sus bolsillos y bajando la cremallera de su cazadora. Ya se vio con ellos en Roma y aunque, claramente, eran superiores en cantidad, no les prestó más importancia de la que merecían por su parte aunque, a decir verdad, en aquel momento solo quería dar por concluso, quizás erróneamente, una parte de su vida que él mismo parecía querer reabrir sin pararse a pensarlo. —Enviarte una misiva supondría que habría pensado en ti en alguna ocasión, pero no ha sido así— reconoció con total tranquilidad mientras hablaba. No mentía, solo decía la pura verdad. —. Pero cuando supe la zona de cierre pensé en ti, Cassandra, sorprendiéndome a mí mismo cuando lo hice y decidí venir, no lo puedo negar.— incluso la parecían divertidas sus palabras, si las pronunciara ante otra persona podrían ser interpretadas de muchas formas erróneas. —Lo que no puede prever fue que no me dejarían pasar teniendo en cuenta que las cosas terminaron correctamente entre nosotros.— que el mismo italiano enterró lo malo del pasado que tuviera que ver con ella y prefirió cerrar aquella página como había hecho con otras muchas.

Quedó pensativo. A él mismo le habría gustado poder contestarse la pregunta a sí mismo en varias ocasiones en las que, aunque decía que ya nada los unía, regresaba con preocupación interesado en la situación de la castaña. Sorprendiéndose a si mismo por mostrar más interés del normal en alguien que no fuera Fiorella. —Es una pregunta sin respuesta.— acabó afirmando sin apuro alguno de dejar que ella viera sus pensamientos. —Yo también me lo pregunté cuando decidí impulsivamente venir a percatarme de tu bienestar, aunque ya no sea algo que me competa directamente, pero no encuentro una respuesta clara a ello. Es un poco caótico cuando tiene que ver contigo.— reconoció golpeando ligeramente en el dedo índice su vaso de jugo pero sin acercarse a ella, permaneciendo en el mismo lugar que ocupó cuando llegó allí.
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Mensaje por Cassandra J. Wright el Mar Feb 14, 2017 12:43 am

La mirada silente, pero perspicaz, de un profundo avellana, viajó y se quedó clavada en el subir y bajar de los pectorales de Domenico, haciéndose con el compás de su respiración una vez agresiva, pero otra vez resignada.- Lo estoy. –Respondió queriendo sonreír, porque ya no le quedaban asuntos pendientes dentro de la casa de ella, pero aún así parecía querer permanecer allí. Cassandra, una vez rogando internamente porque el italiano se quedara, ahora solo podía observar los cambios en su comportamiento, inconsecuentes y erráticos, casi como si algo le detuviese. ¿Tenías algo más que decir, Domenico? No. He ahí el asunto cerrado.

Sus ojos se dirigieron raudos hasta los ajenos, queriéndose filtrar a través de ellos y averiguar la razón por la cual él pensaba que le había fallado. Dentro de la cabeza desordenada de Cassandra, no cabía la posibilidad que él pudiera pensar eso. Había cumplido con su fin de una manera perfecta, incluso cuando al pensar como “fin” lo estaba cosificando. Dentro de los planes propios, en los que incluyó a Domenico, específicamente en ayudarla a salir de prisión, Domenico lo había hecho perfectamente. En lo único que estaba fallando era en averiguar sus verdaderos sentimientos. Lo demás lo había hecho bien. Incluso si pensaba en Domenico como en alguien que desertó de su trabajo correspondiente a cuidar su seguridad.- No lo hiciste. –Respondió dejando las palabras flotando en el aire, un tímido eco dentro de las paredes de piedra y porcelana.

Reconoció en un silencio total los confiados pasos de las palabras del florentino haciéndose hueco en la estancia. Incongruentes. No podía pensar de otra manera en ellas. ¿No había pensado en ella? ¿Pero aún así un simple impulso lo llevaba a irrumpir en su hogar de aquella manera? No pudo sino alzar leve las cejas, única demostración de que escuchó algo, pero no se molestó en dar una respuesta.

Volvió a clavar sus orbes oscuros como su alma, en los verdes y salvajes del italiano. ¡Qué ojos más amantes de los ajenos! Pero en su mirar no se percibía expresión alguna más la de intentar desentrañar pensamientos y sensaciones esclarecedoras. Los entrecerró, todavía frente a él, menuda como una muñeca justo frente a un dios griego, pero poderosa como una homóloga a él y peligrosa como una maldición sin saber ocuparse. ¡Cuánta tentación frente a ella! Qué delicia poder respirar el mismo aire, casi poder escuchar el latir de su corazón, pero ¡qué derroche de energía en ocultar el caos! Su querido Domenico, esos labios anhelados, rebosantes del dulzor de Florencia, escapaban palabras tan inconsecuentes unas de otras. En italiano podía decirse como quisiera, pero en británico eso solo estampaba un cartel en su pecho con una única palabra: esperanza. ¿Debía ser ella la que deshiciera el enredo que él traía arrastrando desde su silla en lo que sea que fuese su lugar de trabajo? ¿O el asunto “caótico” no era ella, sino su propia cabeza? ¡Ay, Domenico! ¿Por qué trasladas tu confusión al cerebro disfuncional de Cassandra?

-- Me disculpo… –Dijo inclinando su cabeza levemente para dedicarle una reverencia tan ligera como una pluma. Los bucles de su cabello cayeron desde su espalda hacia adelante.-…no es mi intención generarte molestias. –“Yo soy la razón de su comportamiento errático” palpitó en su cabeza como una estrella fugaz que, incluso, dolió placenteramente al saberlo.- Mi bienestar hace mucho tiempo que no es de tu competencia, he lamentado haberte arrastrado a ello en el pasado. Eso no volverá a ocurrir. –Salió de su campo visual y caminó hacia la chimenea intentando inspeccionar qué tenía de diferente ahora que estaba cerrada al extranjero.- Creo que lo hice bien en estos meses. Me mantuve alejada de cualquier actividad tuya. –Dijo de medio lado, queriendo acortar otra vez el asfixiante espacio que había entre ellos. Pero sus modales y su autocontrol ahora estaban más refinados que cuando estuvo a punto de morir.- Excepto mis estadías en Italia debido a mis negocios. Pero tengo entendido que ahora vives en Londres. No puedo evitar Londres, es donde he vivido toda mi vida. –La ubicación de la casona en donde estaban ambos era a las afueras de Londres, precisamente.

Inclusive así, escuchando sobre el caos y la confusión, Cassandra sentó cabeza sobre sí misma y supo que debía comenzar a nivelar, pero hacia abajo. Aunque la esperanza fuera una linda ilusión, la ilusión es un arma de doble filo y la castaña se define como peligrosa con una navaja en las manos.- Tienes razón, Domenico. –Dijo al final, con voz tan fría que se podía pesar en toneladas. No se volteó para enfrentarlo porque no quería tener que mirarlo a los ojos para decirle lo siguiente: - Lo que deseo es que no te vayas. Pero es lo correcto de hacer tomando en consideración mis sentimientos hacia ti, los que no eres capaz de ver ni aceptar; así también tomando en consideración el caos que te provocan las situaciones cuando tienen que ver conmigo. –Citó sus palabras, como una navaja afilada en sus manos a punto de sangrar. Caos. Por muy tentador que sonara, no quería ser un problema para nadie más. No otra vez.- Quiero creer que has venido hasta aquí motivado solo por tus deseos de saberme en buena condición de salud, y lo estoy. Pero es vacío. Cuando tú bien dices que las cosas terminaron correctamente entre nosotros…- No pudo sino darse la media vuelta y quedar frente a él, pero separada por unos dos metros de distancia pulcra y despejada.- ¿A qué te refieres exactamente? ¿Que ya tu situación de custodia conmigo acabó? ¿Que cumpliste con el favor que te pedí? ¿Acaso hay una tortura mayor a mis borrascosos sentimientos que despedirme una y otra vez de ti todo el tiempo? –Su respiración se había agitado notoriamente. La ansiedad que la situación le ameritaba no era en vano. Autocontrol. Respiró una vez más, tan profundo como pudo y se silenció a sí misma.

Sabía muy bien lo que él pensaba de ella. No era necesario volver a penetrar en su mente, revisar sus pensamientos, porque la mano enguantada y calculadora de Cassandra era lo que iba a encontrar como definición. - Como ves, estoy siguiendo tu consejo. -Habló con seriedad al final, refiriéndose a lo hablado en Roma hacía un par de meses. La voz de Domenico todavía seguía haciéndose eco en sus recuerdos, cada palabra y cada mirada. Sus brazos rodeándola. Se estremeció.- ¿Debería detenerme o seguir hablando? -Preguntó retórica con una altivez y soberbia puestas en sus puños cerrados por la angustia.




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Mensaje por Domenico H. De Sica el Sáb Feb 25, 2017 7:52 pm

Permaneció tranquilo, observando el caminar pausado que ejecutaba la castaña en torno a la estancia; un rostro normal podría haber expresado mil sentimientos, mil reacciones en aquel momento, pero  no el del italiano, él no expresaría cosa alguna ante la situación que se le presentaba y tampoco tenía nada que dejar entrever en su mirar ante las palabras pronunciadas. Pocos conocían de los sentimientos del italiano,  pocas personas las comprendieron alguna vez. Ni él mismo conseguía ordenarlas en aquel momento. Siempre tuvo un control sobre estas, atrás quedo la época en la que dudó o dejó que aquellos fueran los que guiaran su accionar. Mas allí estaban de nuevo, haciendo que su raciocinio quedara relegado a un segundo lugar donde nadie pudiera encontrarlo ni guarecerse en su conocimiento, el que siempre le previno y ayudó en cada paso que dio en su camino desde hacía mucho tiempo; desde que el destino quiso destrozar lo que un día fue la familia De Sica.

Escuchó con paciencia todo comentario que emergió de los labios contrarios, estableciendo su mirar azul en la chimenea que quedaba a su derecha. No tenía claro cuando se había vuelto alguien impulsivo que decía ante sus deseos y no sus obligaciones; ¿acaso aquello era realmente un deseo? No lo tenía claro. Era algo que molestaba al italiano cada vez que se atrevía a iluminarse, a dejarse ver en sus pensamientos, incordiándole y provocando que el caos se alojara en un lugar tan protegido como siempre había sido el cavilar de Domenico. Cuando regresó su mirada se encontró con la contraria, oscura como el pozo más hondo al que jamás se hubiera atrevido a escudriñar, entrecerrada, observándolo desde la escasa distancia que quedó establecida entre ambos  y que ninguno parecía tener la intención de cortar bajo circunstancia alguna.

La persona más despistada podría ceder ante la apariencia de ella; ante la imagen de alguien débil y posible de quebrar con facilidad, con la gracilidad de un junco en sus movimientos. Demasiado lejos de la realidad ante la que se podía chocar. No había una gran diferencia entre las dos personas que se enfrentaban en aquel momento. Daba igual la altura, la complexión o palabras de uno y otro; se mostraban tranquilos cuando, en realidad, su interior no era para nada aquello; se mostraban serios cuando, en realidad, solo quería liberar algo que permanecía encerrado en algún lugar de su ser. No podía presumir conocer a la castaña pese a la ingente cantidad de tiempo que pasó a su lado, pese a haber observado sus paulatinos pasos y sobrevivido al arrastre de sus palabras en cientas de ocasiones; nunca llegaría a conocerla del todo… y, para su desgracia, le molestaba de sobremanera haber llegado a tal conclusión.

Sus manos permanecieron dentro de sendos bolsillos de su pantalón e hizo un fugaz gesto de ironía en sus labios en el momento que le dio la espalda. La suficiente confianza flotaba entre ellos como para no temer que el uno le haría algo al otro; no se habían atado, no al menos de aquella manera, cuando tuvieron una relación tensa entre ellos, una relación llena de secretos y medias verdades. —Dejó de serlo en el mismo momento que rehusé seguir encargándome de tu seguridad, por ello no es de mi competencia; pero no todas las personas que se preocupan por ti lo hacen por obligación.— corroboró sus palabras agregando la explicación a su accionar, aunque para él mismo no tuviera una explicación clara y concisa. —Siempre viví en Londres, pero no paso más tiempo del estrictamente necesario allí.— dijo con total dejadez en sus palabras. Antes pasaba más tiempo allí pero ahora, estado en la Confederación, consideraba su residencia como una especie de hostal donde solamente iba a dormir y comía aquello que le servía Omeron por las mañanas.

Sus cejas se arquearon, se permitió a sí mismo dejarse hacer aquello cuando la «razón» le fue dada de forma imprevista. Sus sentimientos hacia él, allí estaba, de nuevo, la parte que no conseguía encajar en ninguna parte del inmenso puzzle que era a joven que se encontraba de espaldas a él; lo que carecía de sentido alguno y él no quería tampoco entender ni proveerle de alguno, como bien ella misma había dicho. No es que no lo viera. Tan observador que siempre prefirió mantenerse al margen de toda disputa, simplemente observando las reacciones, gestos o matices de las personas que lo rodeaban; claramente se había percatado de que, en ocasiones, el actuar de la castaña no era el habitual en ella, pero había preferido alejarlo de su mente y catalogarlo como errores de cálculo, errores de momento de debilidad en los que ella no supo por donde salir y prefirió la salida más cercana que, en el momento, era él. —No ignoro tus sentimientos, Cassandra, solo creo que son erróneos; no sé cuantas personas han sido capaces de preocuparse por ti sin tener que mediar una obligación de por medio, pero tus sentimientos hacia mi han nacido de ello— dijo mirándola directamente a ella cuando se hubo girado. —. Han nacido de sentir que alguien realmente se preocupa por ti sin tener ningún tipo de parentesco o relación alguna.— Era lo único que poseía sentido para él; lo único que podía pensar para proporcionar algo de sentido a las palabras y sentimientos que profesaba la castaña. —Borra esos sentimientos, te hacen más mal que bien.— pronunció con severidad a la retahíla de preguntas que quedaron en suspenso sin una respuesta por parte del italiano que sabía que debía de irse antes de que fuera demasiado tarde.

—Te aconsejé que dijeras lo que sentías y te liberaras, no que lo hicieras sin antes saber lo que ibas a pronunciar.— Por su parte era mucho más fácil aconsejar que seguir aquellas palabras él mismo. Hubiera sonado como un regaño sino llega a ser por la expresión de indiferencia que se desdibujó en su rostro. Alejó sus ojos de ella para que vagaran por la ventana que dejaba ver el exterior de la casona, como algunas pequeñas luces brillaban en el exterior y las farolas conseguían que se pudiera vislumbrar alguna figura interna en los jardines. —No querías que te hiciera daño, y yo no quería hacértelo; pero al final ha sido inevitable. Mi preocupación e interés consiguen dañarte y no es lo que pretendo hacer.— Su cabeza se movió en gesto negativo, dejando ver cierto cansancio en su mirar azul cuando regresó a ella. La misma castaña creía que dañaba a todo aquel que se atrevía a cercar distancias con ella, pero las tornas giraban en sentido contrario cuando se trataba del italiano. Él siempre había acabado dañando a cada persona que profesaba algún tipo de sentimiento o se atrevía a cruzar la línea que él mismo pintó hacía seis años en torno a su persona. —Con mis palabras no pretendo que otra despedida definitiva sea la que se interprete; no deseo tener que recurrir a este tipo de artimañas en los momentos en los que me preocupe y quiera... verte, pero tampoco deseo ser el que te acarree tanto sufrimiento con sus confusos sentimientos.— Lo cuales no comparto aunque pongas mi vida patas arriba cada vez que estoy cerca tuya, hubo de agregar pero no hizo. Se convencería hasta su último aliento de que lo que profesaba por ella era la preocupación tan ejemplar que siempre tuvo hacia aquellas personas que consideró frágiles y dignas de su interés.
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Re: Some things are unclear | Priv

Mensaje por Cassandra J. Wright el Sáb Abr 01, 2017 9:42 pm

Las palabras afiladas que salieron de los labios de Domenico obligaban a Cassandra a mantener un autocontrol sin precedentes. Ok, los pensamientos del italiano expresados en voz alta estaban alejados de ser afilados o malintencionados, pero para alguien que está acostumbrada a que las situaciones se dirijan en la dirección que ella propone, fue una insubordinación. Si cabía, la castaña se irguió más. Lo observó con la mirada pétrea que la caracterizaba, con un aire lapidante rodeándola. Sus pestañas como una cortina que separaba el bien del mal, capaces de dar un latigazo de furia solo con un abrir y cerrar de ojos. La multimillonaria sintió una rabia súbita, que bien pudo haberla reprimido y fingir que todo estaba bien, pero no lo hizo. Simplemente se encargó de que nada se rompiera, pero no pudo evitar el brillo de su piel palpitante de veela. A ella nadie le dice qué hacer, aún menosi de dónde salieron sus sentimientos.

-- No eres, Domenico, ni por cercanía, ni por nombre, la persona más adecuada para decirme qué hacer o para interpretar de dónde han venido mis sentimientos. –No, su arrastre habitual de palabras no estuvo presente en esa sentencia, mas su voz sonó tan gélida y oscura como el mármol de un mausoleo. Las palabras sin sentido de Domenico habían conseguido molestarla mucho más que su presencia inesperada en la mansión. Verlo siempre era un placer, pero en aquellos momentos se estaba transformando más en una molestia constante que en un momento que pudiese atesorar como la vez anterior que logró verse con él.- ¿Realmente crees que ahora estoy hablando sin saber qué voy a decir? ¡Por Merlín! ¿Es que piensas que no puedo pensar coherentemente por mí misma? –La insana mente que poseyó luego de salir de Azkaban, ya la tenía casi controlada por completo. Sus pretéritos miedos por ser asesinada o morir a causa del Juramento Inquebrantable, se habían esfumado; asimismo ocurrió con sus impulsos momentáneos que no pudo mantener a raya. Cassandra podía definirse otra vez como una mujer calculadora, fría y manipuladora, pero esta vez traía aparejada una característica que la convertía en alguien más peligrosa: no tenía nada que perder, porque ya lo había perdido todo.

Consiguió, no obstante, seguir escuchándolo con interés aunque con la rabia viajando a cada rincón de su cuerpo a través de sus venas. Su diminuto cuerpo centelleaba con timidez bajo la tela blanca y poco abundante de su vestido blanco. Cassandra nunca había podido ver a una veela pura, porque sus antepasados se encontraban todas muertas o lo bastante bien escondidas como para no aparecer. Sin embargo, pudo averiguar que su raza, cuando se enojaban, no eran capaces de controlarse, su temperamento cambiaba muy rápido y el aspecto hermoso y perfecto cambiaba al de una verdadera arpía una vez se enojaban. El carácter cambiante de Cassandra pudo haber sido heredado por la raza, también la belleza, aunque todavía no era capaz de controlar ciertos cambios físicos como ese destello desagradable de la piel y sus cabellos levitando como si no existiera la gravedad. Cambios que la acusaban como una iracunda descendiente de veela.

Se dedicó a mirarlo y a tallarlo otra vez en su mente, perfecto e imperfecto a la vez, antes de decidirse de hacer lo que iba a decir. Porque podría estar tan rabiosa como para quererlo lejos de sí, pero no como para olvidar los detalles de él parado allí, en medio del salón, con su gesto tan despreocupado y desinteresado de lo que había a su alrededor, tanto como siempre.- No sé qué quieres. –Dijo por fin, su lengua arrastrándose en su paladar con lentitud, como en un discurso diplomático-violento.- Pero ya que sé que mis sentimientos son ignorados y no correspondidos, malinterpretados incluso, no insistiré. –Su voz plana, igual que la voz imaginaria que alguien podría tener sobre un espíritu que ha venido a saldar cuentas vencidas y sentencia con muerte y destrucción.- Por favor, no vuelvas a mi casa. No necesito que te preocupes por mí, ya tengo a quien lo hace. –Y tendrá, también, a su prometido. Porque con ese juicio decidió que sus dudas acerca del compromiso no tienen fundamento sólido.- Mantendremos un trato cordial en público, porque es lo que se espera que yo haga, pero no deseo verte a solas otra vez. Si lo que quieres es no dañarme, lo harás. –Ante palabras tan directas y tajantes, ¿quién se opondría? Suspiró lenta y largamente, alzando su mentón y mirándolo desde la misma posición que antes.- Krykzo te mostrará por dónde salir y se preocupará de que los guardias no te ataquen. -¡CRACK! El elfo apareció y le dedicó una reverencia a su ama antes de hacer un ademán para mostrarle la salida al italiano.

Cassandra se quedó allí, de pie, mirándolo y luciendo como una estatua tan perfecta como las talladas por artistas florentinos afamados. Ya no había nada más que decir. La vida de la heredera de los Wright ahora tomaría un giro que nadie se esperaría.




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