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He'll never be satisfied [Míra] #FB

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He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Dobromierz Komorowski el Sáb Oct 08, 2016 5:21 am

Finales de agosto de 1979

En casa del matrimonio Komorowski se apagó la última luz. La modesta vivienda era la única en todo el barrio que apagaba las luces tan pronto, destacaba pues en su misma calle ninguna otra casa fallecía tan pronto. Sus vecinas seguían con vida, se distinguían luces desde varias de sus ventanas y pasar junto a ellas desvelaba el movimiento que tenía lugar en su interior: ruidos amortiguados, voces, sonidos procedentes del televisor, música y conversaciones familiares. El matrimonio Komorowski dio su día por terminado. Ambos integrantes yacían en su habitación de matrimonio, en camas separadas por un pasillo impenetrable de rencor. Dobromierz no tenía sueño, habría que ser un niño para sucumbir al llamado de morfeo a una hora tan temprana. Tenía sus ojos híbridos clavados en el techo, iluminado por la claridad que venía de las casas colindantes. Seis años atrás, su esposa insistió en pintar de color caqui el techo, el polaco por su parte prefirió un tono beige más sencillo. No era necesario apuntar que la contemplación actual de Dobromierz era un cielo color caqui, cuyo tono ocre parecía un constante recordatorio de todas sus batallas perdidas en el infierno que debía llamar matrimonio. Cuando no era tormentosa, su vida se describía fácilmente con dos palabras: monótona y aburrida. Tanto que el matrimonio cenaba lo más temprano posible y se acostaban cuando el cielo aún no oscurecía del todo. No podían ser más de las nueve. Una pequeña esperanza residía en el polaco desde unos meses atrás, la esperanza de que una vida menos latosa esperase por él en Hogwarts. Medio equipaje estaba preparado, los baúles con documentos y utensilios frágiles se cerraron mágicamente, debían sobrevivir de una pieza al ajetreado viaje que tenían por delante. Por fortuna, en Hogwarts pasaría más tiempo cerca de la mujer que más quería, y más tiempo lejos de la mujer que aborrecía con mayor intensidad. Considerando ese hecho, el nuevo trabajo se transformaba de manera instantánea en el perfecto plan.

Ya dormida, Miranda se revolvió bajo las sábanas, el sonido originado por la fricción entre cuerpo y seda molestó a Dobromierz. Minutos después la bella durmiente seguía moviéndose en sueños, cada vez que las mantas rozaban su piel, el sonido reincidía. Lo que en principio se antojó molesto para el polaco, se tornó pesado. Se volvía constante el ruido, aumentaba la frustración del marido. Una vez más, lo consideró odioso. Otra repetición, insoportable. Para la vigésima ocasión, Dobromierz aspiró una bocanada de aire e intentó relajar su respiración para evitar cometer un homicidio. En su interior sabía que Miranda no era culpable, sí de muchos otros sucesos, pero no de éste en concreto. Con los años todo lo que provenía de su esposa le irritaba, inclusive los actos involuntarios, por injusto que pareciera. Respiraba fuerte, le irritaba. Pestañeaba demasiado, le irritaba. Se descuidaba, le irritaba. Intentaba arreglarse, le irritaba más. Cada gesto y acción, por la infeliz convivencia, por el error que resultó su enlace y lo poco que ella puso de su parte durante los primeros años matrimoniales, razón que empujó a Dobromierz a desistir y a sumarse a la espiral de odio y rencor. El recíproco aborrecimiento se debía a la certeza de haberse arruinado la vida mutuamente. No obstante, diversos factores le obligaban a seguir durmiendo bajo el mismo techo caqui, y entre ellos estaba la costumbre, lástima, el aprecio por el desprecio y el miedo a lo desconocido, a salir de su monotonía para afrontar un futuro incierto. Era complicado, difícil de entender para una parte no implicada, un matrimonio tóxico y ellos, dos toxicómanos.

Su corazón dio un vuelco cuando llegó a sus oídos el agudo zumbido del timbre. Inesperado, el matrimonio no era propenso a recibir visitas nocturnas, temió que se tratase de una mala noticia, quizás referente al bienestar de su pequeña. Se levantó de la cama de un brinco, pasó de largo junto al lecho donde su mujer aún dormía plácidamente y bajó las escaleras hasta la puerta. Se asomó antes por la mirilla, manipulada con magia para aumentar el campo de visión, otorgaba generosas vistas de todo el rellano. Reconoció a Míra al otro lado de la puerta, su cuerpo se tensó, adoptó una rigidez desmedida. No hacía tanto tiempo desde su último encuentro con la pocionera, cuando recibió su visita inesperada para una consulta express basada en el requerimiento de su conocimiento sobre la herbología. Míra buscaba información sobre la Bursera graveolens, una planta mágica cuya imitación circulaba por el mundo, fácil de adquirir, por gracia y obra de los muggles. Sin embargo, su versión original era escasa, difícil de encontrar y muy preciada para hacer pociones por sus muchas propiedades mágicas. Se encontraba sólo en zonas concretas y recónditas del mundo, en Brasil por ejemplo, donde Dobromierz recomendó buscar. Los antiguos magos de la zona, llamados chamanes, fueron los primeros en descubrir las propiedades mágicas de la planta. Su aceite diluido poseía gran variedad de propiedades curativas, también era un preciado repelente y un aclamado perfume. Comprendía pues, el motivo de su última visita, mas no la razón de su temprano regreso.

Antes de abrir se giró para mirar la escalera en penumbra. Temía el despertar de su esposa como si se tratase de un dragón dormido, una bestia cuyo despertar accidental supondría una catástrofe. Un tsunami de recriminaciones seguiría al despertar, enojo respecto a la visita de otra mujer, antigua compañera que ya suscitaba sus celos en el pasado. Abrió la puerta y salió enseguida, tan pronto sus pies descalzos besaron el rellano se arrepintió de haberlo hecho. En el exterior, el frío nocturno azotó su torso desnudo y erizó el oscuro vello de sus brazos.—¿Qué estás haciendo aquí otra vez?— Preguntó en voz baja, mirando en derredor, temiendo que algún vecino indiscreto contemplase la escena desde su vivienda.—¿Acaso quieres que la maravillosa mujer con la que me casé me mate?

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Re: He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Míra Z. Creagh el Sáb Oct 08, 2016 9:45 am

El pecho de la rubia cenizo subía y bajaba con lentitud. Sus respiraciones eran profundas pero notaba un peso sobre su cuerpo que le oprimía cuando el aire pretendía llenar por completo sus pulmones. Intentó llenarlos otra vez sin conseguir lo pretendido. Sus manos se desplazaron de estar sobre la cama a llevarlas sobre su cuerpo cuando chocó con algo, o más bien con alguien. Abrió los ojos para ver a Lisa durmiendo recostada contra su cuerpo; con la cabeza apoyada sobre su pecho y la mitad del cuerpo sobre el de la checa que había estado los últimos días demasiado cansada como para ir a ningún sitio. Puede que las personas con el problema de Lisa no fueran cercanas a los demás, que les faltara ese toque de empatía e ignoraran o no comprendieran los sentimientos de los demás, pero la conexión entre madre e hija era diferente, era algo que la checa quiso desarrollar desde el mismo momento en el que supo lo que tenía, que nunca sintiera que estaba sola. No le importara que hubiera días en los que actuara como si no existiera y solo se centrara en sus juguetes. Lisa era lo más importante de su vida.

Volvió a cerrar los ojos con una pequeña sonrisa dibujada en sus labios a la par que acariciaba los bucles ocres que caían desordenados sobre el rostro de Lisa y de su propio pecho. Movió la cabeza e intentó incorporarse dejando que la pequeña descansara sobre la cama. Una sola ojeada hacia sus piernas hizo que un gemido de malestar escapara de sus labios. Hacía una semana que había regresado, a duras penas puesto que el dolor se había disipado con la poción que tomó pero la herida seguía en el mismo lugar, y aún no había conseguido que curara del todo. Pasó dos dedos por la cicatriz que le recorría por completo el muslo izquierdo. No le molestaban las marcas que le quedaran en la piel, siempre había conseguido encontrar una forma de poder disimularlas o hacerlas desaparecer, pero aquella persistía con dureza.

Rodó los ojos con algo de enfado mientras se levantaba de la cama y cubría a Lisa con una sábana para que no pasara frío. Pensaba matar a Dobromierz en cuanto le fuera posible por haberle recomendado ir a Brasil sin avisarle de que tuviera cuidado con los otros árboles que se podría encontrar allí. Bien cierto era que la misma checa tendría que haber supuesto que no era un buen sitio, ser más observadora… pero él sabía de buena mano que cuando se trataba de investigaciones y de probar cosas nuevas perdía completamente el norte y no era capaz de fijarse en el resto de cosas que la rodeaban. Se dejó caer sobre el sillón mientras alcanzaba con una mano el frasco donde había vertido la mezcla que creó en un intento de hacer desaparecer la cicatriz y, además, mejorar la zona tan dañada y maltratada en los últimos días. Consiguió agua de Hamamelis, algo de Aloe y, en especial, aceite de Hipérico. Había tratado en demasiadas ocasiones con aquel aceite por razones bastante distintas al uso que le estaba dando en aquel momento.

En cuanto hubo untado la mezcla en su pierna tomó una amplia bocanada de aire girando el rostro hacia la habitación donde podía vislumbrar a una Lisa que dormía plácidamente, sus ojos se dirigieron hacia el reloj de pared que colgaba en el poco decorado salón de su casa en Escocia. No tardaría mucho en volver si se iba ahora. Dejar a Lisa sola no era algo de su agrado pero tenía algo de lo que ocuparse en aquel momento, ya que sus doloridos músculos le estaban dando una tregua.

En un abrir y cerrar de ojos sus pies chocaron contra el suelo de una zona residencial de Londres. Pocas veces iba a Londres, se había convertido en una especie de sitio ‘tabú’ para ella. Las ocasiones en las que acababa yendo a aquel lugar eran para verlo a él y pedirle consejo sobre alguna planta diferente que crea que podría usar en una poción concreta. Hacían un buen tándem cuando él no se dejaba información en el tintero. Paseó en silencio por la calle. Se podían vislumbrar las luces de las casas de la zona, se escuchaban risas, sonidos de cubiertos puede que en la mesa o siendo lavados, televisiones con el volumen excesivamente alto… pero donde ella se dirigía no se escuchaba ni veía un ápice de luz. Por unos segundos se quedó parada frente a la puerta, pensando si llamar o no al timbre. Quizás no estaban en casa, cosa que se le hacía extremadamente extraña. Sin pensarlo más veces tocó el timbre y se quedó de brazos cruzados a la espera de que alguien, a poder ser Dobromierz, apareciera al otro lado del marco de entrada.

La brisa hizo que un escalofrío la recorriera por lo que se dedicó a arreglar sus pantalones largos de deporte y ajustaba su sudadera gris en el momento que la puerta se abrió frente a ella. Por escasos segundos se quedó completamente bloqueada. Pero solo se quedó en aquello en una impresión que duró apenas unos segundos. Lo recorrió con la mirada y luego giró la cabeza hacia un lado, como hizo él al querer percatarse de que nadie lo estaba viendo. —Lo cierto es que si no lo hace ella lo haré yo— inquirió regresando la atención hasta él, cruzando los brazos frente a su pecho con expresión molesta. —Si tanto te molesta que esté aquí me voy, no quiero que tus vecinos piensen que voy a destrozar tu precioso matrimonio— le recriminó rodando los ojos.

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Re: He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Dobromierz Komorowski el Sáb Oct 08, 2016 11:27 am

Un simple vistazo bastó para confirmarlo, si Miranda descubría a Míra, se armaría una masacre. Envidiaría que la pocionera preservara la belleza de antaño, que siguiera intacto el esplendor en sus ojos verdes, mientras que el suyo se había esfumado. Los ojos dispares del polaco contemplaron a la visitante, el paisaje ante él reafirmó el dicho que rezaba las comparaciones son odiosas. Comparó, comparó y salió perdiendo. Míra seguía siendo una beldad, como siempre. Miranda, en cambio, perdió su atractivo sobre todo debido a la dureza de su carácter. El efecto que Míra imponía con un modesto conjunto deportivo, Miranda no podría igualarlo ni con sus mejores galas. Dobromierz desvió la mirada, perturbado. Tenían nombres tan parecidos, ¡y qué distintas eran! ¡y qué estúpido él, por fijarse en la mujer equivocada! —Por merlín, baja la voz. Si continúas hablando en voz alta despertarás a Miranda y te aseguro que entonces moriremos los dos—Musitó, fijándose con desconfianza en el hogar situado a espaldas de la pocionera. Dicha vivienda tenía encendida la luz del piso superior. En ella vivía la señora Thompson, una anciana antipática y entrometida que disfrutaba metiéndose en asuntos ajenos. Con oído bionico se entrometía en las vidas del resto del vecindario, y por reacia que Miranda fuera a simpatizar con sus muggles vecinos, solía conversar con la anciana sobre los problemas de los demás, alimentándose de males ajenos para así olvidar los suyos propios. Míra y Dobromierz ofrecían un espectáculo más que suculento a la anciana cotilla, un interesante relato que contar al día siguiente.

La duda cobró vida en su mente. Miranda o vecinos. Puerta o rellano. Interior o exterior. Sucedía a contrarreloj, debía tomar rápidamente una decisión o conseguiría que su vieja amiga se enfadara más de lo que ya parecía estar. Se rascó la barba incipiente, manía que aparecía inmediatamente cuando se originaba controversia en la psique del polaco. Una brisa gélida y cruel tomó la decisión por él, sopló sobre su torso descubierto y esta vez erizó algo más que el vello.—Será mejor que entremos en casa, hace frío aquí fuera.—Resolvió con firmeza. A continuación inició su batalla contra la puerta. La trató con más delicadeza que a la porcelana, empleó la consideración con la que debería tratarse a una dama en su primera vez. Giró el pomo suave, casi sin roces, y empujó la madera con el mismo respeto. Las bisagras chirriaron, su corazón se detuvo. El sonido fue leve, pero en su cabeza sonó como una estampida. Tras una pausa recuperó el aliento y siguió su camino, aliviado, al comprobar que el mar seguía en calma. Exageraba, sí, mas toda medida de precaución escaseaba ante la posibilidad de despertar a su mujer y que ésta descubriera a su marido descamisado junto a la atractiva pocionera. Evitó prender la luz de la entrada, pues su iluminación ascendía hasta alcanzar el rellano del piso superior. En su lugar se tomó la libertad de coger a Míra por la muñeca y guiarla entre tinieblas hasta el salón, donde encendió el interruptor.

La lámpara de techo desveló un salón típico inglés, la zona más amplia del hogar. Paredes revestidas de papel pintado con motivos florales, suelo enmoquetado, muebles antiguos y librerías. Destacaba una gran chimenea de ladrillo rojo empotrada, cuya repisa estaba decorada con marcos de fotos y candelabros de plata. En la mayoría de fotografías se distinguía a una Caroline bebé, jugaba y de vez en cuando sonreía señalando al objetivo. Un marco más grande que el resto portaba una fotografía del peor día en la vida del polaco, su boda. En ella aparecía una Miranda esbelta, con una melena pelirroja cayendo sobre sus hombros, y Dobromierz vistiendo un traje prestado, con su oscuro cabello repeinado. Se veían tan jóvenes que aparentaba una fiesta de disfraces y no una boda real.

Siéntate— Susurró, y él mismo se hundió en el sillón chesterfield. No era su primer encuentro con Míra, pero sí el más sospechoso, motivo por el que lanzaba miradas intranquilas hacia la entrada.—¿A qué debo el honor de tu visita?—Preguntó irritado. Recibir a Míra siempre fue un honor real, pero en aquel instante tal honor podía costarle demasiado, un precio que no podía pagar.—¿No encontraste la Bursera graveolens?
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Re: He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Míra Z. Creagh el Sáb Oct 08, 2016 12:58 pm

No le gustaba hablar mal de Miranda, en otra época ambas fueron compañeras en la casa Ravenclaw, eran como uña y carne, siempre estaban juntas y lo hacían prácticamente todo unidas. Fue su mejor amiga en tiempo en el que estuvo en el castillo, o al menos la mayor parte del tiempo que estuvo allí puesto que cuando empezó una relación con Dobromierz, y posteriormente se quedó embarazada, comenzó a desarrollar un sentimiento que la checa no entendió al principio. No le había hecho nada y no comprendía las razones de aquel odio o los ataques de celos que la abordaban cada vez que la veía hablar con Dobromierz. Bien cierto era que la mayoría de las veces en las que ambos acababan quedando para hablar todo giraba, de algún modo, en torno a Miranda y como lo estaba pasando con su embarazo. Pero su amiga no parecía querer ver aquello y se escudaba en que no debían quedar a sus espaldas, ni a solas, ni mirarse de aquella manera.

Aún en el presente le hacían gracia los celos incomprensibles que escupía cuando sabía que contactaban. Míra estaba al otro lado del mundo y, aun así, parecía que no podía salir del pensamiento de la que en su momento fue su amiga. Era cierto que, en su momento, quizás si sintió algo por Dobromierz, pero solo era una niña cuando todo aquello pasó, no podía seguir culpándola de esas tonterías que una hace cuando tiene dieciséis años y se lleva bien con un chico guapo que, encima, es amable y está pendiente de ella. Meneó la cabeza hacia un lado, arrugando los labios con molestia ante sus palabras para rodar los ojos seguidamente. Cuando tenía que hablar con él había ocasiones en las que sentía que la rechazaba por alguna razón que desconocía, como si no quisiera que nadie supiera de su existencia o de su visita más lejos de él. Se apartó hacia un lado para dejar que él mirara lo que había tras ella y que parecía mucho más interesante que su persona. —Te preocupas por Miranda, te preocupas por…— se volvió para mirar a su alrededor, donde no había nadie. —por los vecinos. Tenías dos opciones. O irte a vivir en medio de la nada, como hice yo, o dejar de hablarme para no darte tantos problemas— ironizó al inicio en un tono más fuerte pero después bajando la voz. Tenía que ser consecuente. La checa tampoco quería cruzarse con una Miranda despeinada que la echara a patadas del vecindario.

Al parecer la visita sería más breve aún. Siguió con los brazos cruzados frente a su pecho, observándole con tranquilidad y cautela. Odiaba con todo su corazón esos ojos apagados que ahora se mostraban ante ella, solo quería golpearlo por haber sido un idiota y haber destrozado su vida. Pero, ¿qué podía decir ella? Cometió errores parecidos, más tarde quizás, pero acabó cometiendo muchos también. Alejó sus ojos verdes de los contrarios y bajo levemente viendo como se rascaba el mentón, después se percató por completo que solamente vestía unos pantalones e instintivamente regresaron hacia los de él, entrecerrándolos. No podía salir a recibir a la gente de esa manera, por Morgana. Lo siguiente la sorprendió y arqueó ambas cejas. Nunca hubiera pensado que, finalmente, la invitaría a que entrara, pensó que le diría que tenía… no sé, ¿quizás una casita donde Caroline jugaba en el jardín trasero? Suspiró asintiendo con la cabeza y dando un paso para entrar en la casa pero chocando contra la espalda de un Dobromierz que parecía haber olvidado las llaves de casa porque no sabía como abrir la puerta. La checa se hizo hacia un lado mientras sacaba la varita y apuntaba a la puerta para abrirla, pero no llegó a conjurar nada. —¿Somos dos adolescentes colándonos en una casa ajena?— le susurró incrédula con los ojos fijos en la escena que estaba frente a ella.

Dejó que la cogiera de la muñeca y la guiara hasta donde quisiera mientras en su cabeza se repetía, una y otra vez, que había “venido a romperle la cabeza”. Prefirió no mirar a su alrededor solo se sentó en el sillón cuando se lo dijo, o más bien le pareció que le ordenaba. —¿Vas a estar todo el rato mirando a tu alrededor como si estuviéramos haciendo algo malo?— contestó con otra pregunta a la que él mismo pronunció. Frunció el ceño con molestia. Se cruzó de piernas y un frío tirón en la zona del muslo hizo que apretara lo labios y volviera a su postura original. —La encontré— dijo entonces mirándolo directamente —pero, sabiendo como soy, deberías haber tenido la delicadeza de avisarme de que, oh, no sé, que hay árboles con unos aguijones enormes en el tronco que te pueden atravesar la vena femoral y hacerte morir desangrada en medio del Amazonas— le recriminó haciendo un esfuerzo por mantener un tono de voz bajo, cosa que le estaba costando horrores en aquel momento.

No se iba a sentir mal por culparlo de aquello. Bien cierto era que la mayoría de culpa residía en la checa por ser tan despistada o atrevida cuando se trataba de algo relacionado con sus investigaciones pero también le podía haber advertido que tuviera cuidado. —Aguijones que provocan tales cortes que te dejan paralizado y no se curan ni con potentes pociones— terminó de hablar aún con sus ojos verdes dejando entre ver una acusación.
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Re: He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Dobromierz Komorowski el Dom Oct 09, 2016 3:51 pm

Míra expresó su molestia hacia la frecuente costumbre de Dobromierz de mirar a su alrededor tanto o más que a su visitante, gesto involuntario e inevitable. La pocionera estaba en lo cierto, el encuentro entre los dos presentes no era algo malo, pero indudablemente para su esposa significaría la peor de las traiciones. No estaba del todo informada, desconocía escenas acontecidas muchos años atrás, en la intimidad conyugal Miranda le rogaba entre lágrimas que no se encontrara a solas con ella. En esa época Caroline crecía en su interior, y el polaco consideraba sus celos un síntoma más del embarazo, culpaba a las hormonas y al pésimo momento por el que estaban pasando. Sin embargo, el tiempo pasó y los celos de su esposa no desaparecieron, celos irracionales considerando que Dobromierz no estaba enamorado de otra, no era un hombre infiel y procuraba ocultar la atracción que sentía hacia su amiga, entonces y también ahora. Aunque durmieran en diferentes lechos y llevaran años sin dedicarse un gesto cariñoso, los celos de su esposa seguían frescos como el primer día. El último espectáculo resultante de esos celos tuvo lugar recientemente, cuando el polaco anunció que trabajaría en Hogwarts y, por tanto, residiría allí durante gran parte del año. Miranda se resistió a aceptar la idea, gritó y pataleó, hizo públicos sus temores sobre lo que su marido podía hacer estando lejos de casa y resultó una ardua tarea convencerla de lo contrario.

No puedo prometerte nada— Respondió con socarronería. Asomó en sus labios una sonrisa perdida en un tiempo pasado, propia del Dobromierz antaño feliz. Fue la sonrisa típica del joven atractivo y presumido que lucía con orgullo el uniforme de quidditch verde con detalles plateados. El joven rebelde que tenía un grupo de amigos y disfrutaba coqueteando con chicas guapas. El que iba tras dos jóvenes amigas que le volvían loco, una rubia y otra pelirroja. Ese chico que murió al recibir la noticia sobre el embarazo, y asistir a la posterior reunión familiar en la que se decidió - sin tener en cuenta su opinión - que contraería matrimonio lo antes posible.

En ocasiones, entre el odio que sentía hacia su esposa y lo sencillo que resultaba acusarla de arruinar su vida, Dobromierz se sabía culpable. Sabía que Miranda se llevó la peor parte. El polaco, aunque hacerlo significara oponerse a los deseos de su familia, siempre tuvo la opción de huir, pero ella no podía huir de algo que crecía en su interior. Una muchacha no podía quedarse embarazada tan joven sin convertirse en la comidilla del colegio y en la vergüenza de sus padres. Consciente de ello, el polaco se sentía culpable, y dicha culpabilidad era una de las razones que le mantenían fiel y le retenían a su lado. Sólo esperaba, deseaba, rogaba que en la vida de su primogénita no apareciera ningún chico como otrora fue él, dispuesto a arruinarle la vida para siempre.

Sus cejas gruesas se alzaron al conocer el motivo de la inesperada visita, la razón por la que Míra parecía estar tan enojada con él. Le proclamaba culpable del accidente selvático que había sufrido durante su viaje. La pocionera había perturbado su aburrida paz marital, exponiéndolo a las indiscretas miradas de sus vecinos, y todo sólo para regañarle. ¿Por qué le sorprendía? Era típico de Míra después de todo. Ahuecó la diestra sobre su boca para ocultar una risa contenida. Una risa. ¿Él, Dobromierz Komorowski, riendo? Y sin embargo, Míra estaba enfadada con él, no convenía que riera frente a una mujer enfadada. Al menos con Miranda no le ocurría, cuando ella se enfadaba Dobromierz nunca tenía ganas de reír, sólo de gritar y romper cosas.—Perdóname—Se disculpó cuando recuperó la compostura.—La próxima vez te avisaré sobre los evidentes peligros que tiene la selva, irás de todas maneras porque eres una cabezota y terminarás haciéndote daño de una forma u otra. El resultado será el mismo, pero al menos no te tendré de morros en la puerta de mi casa, en un momento nada conveniente.—Se cruzó de brazos, observándola, olvidando hacer su habitual revisión del entorno.

Pensaba en lo descrito por la pocionera, y dicha información consiguió que se olvidara por un instante de la mujer que dormía arriba.—Ahora mismo no recuerdo ningún ejemplar de árbol con grandes aguijones en el tronco capaces de atravesar la piel, debe de ser muy interesante—Se frotó el mentón, pensativo.—Debía tener algún tipo de veneno o anestésico natural si impidió que pudieras moverte y que las pociones consiguieran curar del todo la herida. Interesante, francamente interesante.—Empezó una investigación intensiva sobre plantas extrañas cuando supo que trabajaría como profesor, le extrañaba no tener del todo claro qué espécimen había herido a Míra.—¿Dónde tienes la herida? Déjame que la vea—Pidió, inclinándose hacia su huésped.
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Re: He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Míra Z. Creagh el Dom Oct 09, 2016 5:43 pm

Los casi diez años que había pasado viviendo en Estados Unidos habían destrozado muchos de los lazos que la checa hubiere tenido con las personas de su entorno. Había hecho que su vida se convirtiera en algo completamente nuevo y desconocido, y estaba totalmente sola ante todo aquello. Sin su familia, sin sus compañeros de clase, sin sus amigos. Un país donde no conocía a absolutamente nadie y apareció una buena mañana cargando con un bebé de casi un año de edad. No le resultó extraño que los primeros meses en el pueblo cercano la observaran con desconfianza. ¿Quién era la extranjera que apareció un buen día con un bebé y se asentó en la casa en el bosque? Seguro que pensaban que era la típica bruja de los cuentos que se les cuenta a los niños y que me comería a sus retoños. Pero poco a poco todo fue volviendo a donde debía. No sus amigos, no su familia. Pero al menos no se sentía tan desarraigada como el día en el que sus pies tocaron aquella tierra totalmente desconocida para ella.

Como habían sido capaces de ‘destrozar’ sus vidas con tanta facilidad. Se habían dejado guiar por los sentimientos y las cosas se habían torcido de una forma demasiado espinosa, dando lugar a problemas absurdos en algunos casos e inverosímiles en otros. Evitó todo contacto visual con las imágenes que decoraban algunas de las paredes del comedor de la casa familiar. Temía chocarse con la mirada de una Miranda que ahora no la soportaba por imaginaciones suyas. Ambas habían discutido y reído cuando iban detrás de algún chico en Hogwarts pero nunca llegaron a aquel tipo de reacción sabiendo que, bueno, las relaciones eran algo que tanto una como la otra iban a respetar las tuvieran con quienes las tuvieran. Sus ojos se alejaron del pantalón deportivo para fijarse en él. Arqueó ambas cejas e intentó no sonreír. Estaba enfadada y era un hecho. No iba a poder ganársela con una broma o una sonrisa como siempre había hecho cuando eran unos adolescentes. Habían pasado demasiados años desde que la checa le hacía reír con cualquier comentario o lo atacaba para hacerle cosquillas cuando Miranda no estaba cerca. Su única reacción fue rodar los ojos y apretar sus finos labios hasta formar una línea tensa.

Entrecerró los ojos en su dirección, no perdiéndole ni un por segundo de su campo de visión. —No seas idiota— le recriminó al ver como intentaba ocultar las risas tras un gesto que lo delataba por completo. No le molestaba hacerlo reír, es más, estaba cansada de que siempre que lo visitaba o se citaba con él estuviera con aquella cara de alma en pena y con malhumor; adoraba verlo reír. Extrañaba a aquel joven adulador y prepotente que siempre tenía una sonrisa chulesca en los labios. El silencio reinaba en la casa y solo era roto por las voces de ambos, no era tan tarde como para que todo el mundo estuviera durmiendo en casa. Por uno segundos se sintió culpable de no haberle avisado, habría estado bien concertar un encuentro con él donde gritarle, muy adecuado. No, sin duda eso habría sido mucho peor. Seguía siendo tan impulsiva como siempre, o al menos con las personas que conocía.

No pudo evitarlo. Sus ojos se abrieron de par en par y resistió las ganas que tenía de levantarse y gritarle que era un completo imbécil, que ella no había tenido la culpa de haberse herido, que debía de haber sido un caballero y acompañarla o avisarle que tuviera cuidado con ciertas plantas. Ser algo más útil que decirle que fuera a Brasil y encontrara un árbol que le sería de lo más útil. Claro que le sería útil, pero cuando se pudiera levantar de la cama estando recuperada de su aparatosa herida. —¿Un momento nada conveniente? Son las nueve y media de la noche, Dobro, ni siquiera los niños se acuestan a esta hora— resopló con molestia a la par que cruzaba los brazos. —Cabezota y patosa— le corrigió aunque no fueran precisamente cualidades buenas las que enumeraba. Bien sabía que no era buena en ejercicio físico y que sus reflejos no es que fueran los mejores; él mismo los sufrió cuando intentó antaño ‘enseñarla’ a jugar a Quidditch.

Se levantó del sillón, dando una vuelta sin mirar nada, exasperada por sus comentarios sobre lo interesante que debía de ser aquel estúpido árbol que casi la desangra en la selva. Eran idénticos cada uno en su materia. La checa podía estar manteniendo una conversación pero su mente volando sobre alguna poción o algún ingrediente que debía de comprar, mientras que la Dobromierz divagaba con curiosidad sobre el árbol que le había comentado. Ni siquiera lo podía culpar o acusarlo de aquello cuando ella no era mucho mejor. —Te diría como era el árbol pero lo cierto es que no me percaté de esos aguijones hasta que uno de ellos decidió que era una intrusa— ironizó, aun así, un poquito mientras se acercaba hasta él y le apartaba el antebrazo del sujeta brazo del sofá para poder sentarse ella. —Ni siquiera era capaz de coger una poción de mi bolsa y tomármela, estaba desorientada— masculló casi en un susurro más para sí misma que para él. No quería recordarlo, no quería pensar en el dolor lacerante que sintió cuando aquel aguijón cortó su piel y el dolor la embargó por completo.

Fue entonces la checa la que dirigió su mirada hacia las escaleras que dirigían al piso superior y después hacia él. Ni siquiera se había acordado de que iba sin camiseta hasta que regresó la atención hasta su persona y casi se levantó de un salto del reposabrazos. Notando como se ruborizaba estúpidamente. Debía de dejar de ser un espejo, de ser tan expresiva cuando estaba cómoda con alguien. —No creo que sea correcto— se precipitó a decir regresando la atención otra vez hasta la escalera. —Es en el muslo izquierdo pero no creo que sea adecuado que me quite los pantalones con la cortina sin poner— hizo un gesto mirando hacia el ventanal que estaba en el comedor y no tenía cortina alguna.
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Re: He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Dobromierz Komorowski el Mar Oct 11, 2016 11:18 am

La mirada dispar del polaco paseó junto con Míra, siguiéndola en cada uno de sus pasos. Parecía que evitara mirar a su alrededor, como si el salón del matrimonio Komorowski le produjera alguna molestia. Atendió al comentario sarcástico de la pocionera, refiriéndose a su incapacidad de observar detalladamente el árbol, puesto que estaba ocupada desangrándose a causa del ataque de los aguijones que la tomaron por intrusa. Acto seguido, Dobromierz imaginó a su vieja amiga desangrándose en mitad de la salva amazónica, incapaz de alcanzar una poción curativa y a merced de otros muchos peligros, peligros que harían parecer la amenaza de los aguijones venenosos un simple juego de niños. Ante dichas circunstancias, al polaco le costaba creer que Míra siguiera de una sola pieza, que estuviera suficientemente saludable como para permitirse hacerle una visita con regañarle como único propósito. No, imposible que hubiera salido completamente sola de una situación tan peliaguda, o alguien la acompañó durante su aventura selvática, o exageraba respecto al tema del desangramiento. O quizás ambas hipótesis eran ciertas.— Desorientada— Repitió en voz alta, y al percatarse bajó el tono antes de agregar.—Sí, definitivamente era veneno — Resolvió, más para sus adentros que para informar a su huésped, pues probablemente esa misma conclusión ya habría pasado por la mente de Míra con anterioridad, y no debía importarle más que por asuntos de salud.

Dobromierz esperó que Míra accediese a su petición y le mostrase la herida sin problema, por eso su inesperada reacción no pasó inadvertida para él. Hubo un sobresalto que casi la obliga a abandonar el reposa brazos en el que estaba sentada. Pensamientos turbios abandonaron el filtro de casado y penetraron en la mente del polaco cuando distinguió el rubor en las mejillas de su visitante, y su previa revisión a la escalera que llevaba al piso superior. A raíz de la cadena de sucesos extraños, seguidos de su contestación, Dobromierz se planteó por primera vez en años que Míra pudiera verlo como un hombre y no sólo como un viejo amigo cuya vida se había echado a perder. Cierto era que Dobromierz creía haber perdido todo su atractivo mucho tiempo atrás, tanto que ya no quedaba en él un resquicio del muchacho coqueto que fue en su día. Las miradas de su esposa expresaban desprecio antes que deseo, suceso que desalentaría y minaría el autoestima de cualquier hombre. El polaco había perdido la cuenta del último día que su esposa le había besado, de la última muestra de afecto, del último encuentro sexual.

Su luna de miel ya dejó entrever lo poco intensa que sería la futura vida matrimonial de los Komorowski, irónico en comparación con el noviazgo previo al embarazo de Miranda, entonces la relación entre ambos se mantenía por la pasión y el desenfreno adolescente. Un día después de la boda, viajaron a Roma a elección de la novia, el día transcurrió medianamente bien hasta que llegó la noche y por ende el momento de consumar el matrimonio. El ánimo de Miranda detonó en cuanto se metieron en la cama, la ''feliz'' novia se echó a llorar, le culpó de mil maneras, gritó y descargó su ira con débiles puñetazos contra su pecho hasta que menguaron sus fuerzas y perdió las ganas de seguir batallando. Su recién estrenado marido la contuvo en la medida de lo posible, abrazó a su mujer, susurró palabras de aliento que carecían de sentido para ambos y en cuestión de minutos perdió también las ganas de intentar hacer funcionar el matrimonio, se sumó al llanto de su esposa y juntos se deshicieron en lágrimas hasta quedarse dormidos. Así terminó la luna de miel más patética del mundo, protagonizada por una pareja de novios demasiado jóvenes para casarse. A la mañana siguiente a Dobromierz le despertó el sonido de las náuseas matutinas de su esposa, fue en aquel momento, contemplando el techo del cuarto de hotel y escuchando de fondo las arcadas, cuando el polaco asumió definitivamente que su vida matrimonial jamás sería feliz.

La reminiscencia del fatídico día no tardó en transformar en pesadilla sus ensoñaciones. El sentimiento de culpabilidad cayó sobre él como un rayo. No podía permitirse pensar en Míra de otra forma, ni desear que ''le enseñara la herida'' , no podía tener un deseo tan humano pero al mismo tiempo tan mezquino, considerando que su mujer - por insoportable que pudiera ser - dormía en el piso superior con la seguridad de que el hombre con el que estaba casada dormía plácidamente en la cama de al lado.—¿Crees que sería inadecuado solamente por las cortinas?.— Preguntó sarcástico, pretendiendo no haberse quedado tildado recordando el pasado, hundiéndose en ideas suicidas. Temió que su respuesta fuera tomada por una confesión de atracción, absurdo pero cierto, y se apresuró a enmendar lo dicho. — Es decir, para mí no sería ninguna molestia echar un ojo a la herida, pero yo no me arriesgaría a quitarme los pantalones en el salón de un hombre casado con una loca — Murmuró, poniendo enseguida cara de no haber roto un plato, pues sabía que Míra no disfrutaba los comentarios ofensivos hacia Miranda, por mucho que Dobromierz adorara idearlos.

La mejor cura se haría extrayendo veneno del mismo árbol que te atacó, eso seguro.— Razonó, cambiando de tema intencionadamente —Pero daré por hecho que estabas ocupada desangrándote y no te molestaste en hacerlo.— Se apresuró a aclarar, pues sabía que de lo contrario Míra haría las aclaraciones, y no de un modo agradable.— ¿Has probado a hacer una poción con las hojas de la Bursera graveolens? Tienen muchísimas propiedades mágicas sanadoras.— Repitió, como ya dijo antaño cuando recomendó la planta y por ende también la aventura amazónica.
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Re: He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Míra Z. Creagh el Miér Oct 12, 2016 6:20 pm

No podía estarse quieta. Ignoraba deliberadamente los dolores que la recorrían cuando apoyaba con fuerza la pierna izquierda pero, al menos, aquello anulaba una parte de su ajetreada cabeza. En aquel momento se sintió culpable por haber dejado a Lisa sola, por haber sido tan impulsiva y no pensarse en ir a una hora más normal o dejar a Lisa al cargo de sus padres. Odiaba haberse ido de Estados Unidos, cada vez lo hacía más y más. Su cabeza, cuando estaba allí, no tenía tantos problemas, no tenía que pedir favores de que cuidaran de Lisa mientras estaba fuera porque ella siempre la acompañaba allí donde se dirigía la rubia, aunque estaba claro que a Brasil no se la hubiera llevado ni en un millón de años. Por extraño que pareciera se le estaba haciendo complicado encontrarse cara a cara con los demás. No era lo mismo mandar una lechuza o una carta que tener que acabar manteniendo una conversación con alguien de cerca. Se sentía tan... poco civilizada cuando pensaba aquello.

—Desorientada— contestó suspirando y parando el trayecto que estaban siguiendo sus pies. No hizo comentario alguno más puesto que sus ojos verdes se quedaron fijos en la gran fotografía que presidía la estancia. Esbozó una pequeña sonrisa con la mirada aún fija en la imagen que se mostraba ante ella. Miranda se veía preciosa con su melena pelirroja decorando sus hombros, con una disimulada sonrisa en los labios y un delicado vestido que buscaba disimular un poco la barriga que todos los que la conocían sabía que tenía. Aun así no se veía el brillo en los ojos de la joven; no aquel brillo que la checa había conocido tan bien y del que había disfrutado durante los primeros años de amistad en el castillo. Las cosas habían cambiado demasiado entre ellas. De ser inseparables a temer cruzarse cuando Dobromierz estaba por en medio. Sus ojos viajaron hasta la figura del joven novio, lo observó con tranquilidad. ¿Por qué razón si su amistad había sido desde un inicio con Miranda había acabado teniendo relación con él y no con su amiga? La enfadaba aquella reacción. Daban igual los años que hubieran pasado. Bien cierto era que la checa se fue y nadie supo demasiado de ella durante los diez años precederos pero seguía molestándole el hecho de perder una amistad por una estupidez como unos celos irracionales.

Al terminar su estancia en Hogwarts la distancia se hizo mucho más llevadera y aún más teniendo en cuenta que la misma checa acabó teniendo pareja, lo que hizo que su amiga se preocupara menos. Apretó los labios aún inmersa en los recuerdos que le evocaba aquella fotografía colgada en la pared. No tenía envidia del matrimonio que tenían pero si le hacía pensar en las cosas que ella nunca tendría. Parpadeó varias veces con cierta confusión mientras regresaba la atención hasta él, arqueó ambas cejas posando la mirada en el ventanal y luego en él de nuevo. —Creo que es incorrecto e inadecuado porque estás preocupado de lo que tus vecinos puedan pensar— dijo encogiéndose levemente de hombros —y bastante tengo con que Miranda  me odie como para darle más razones si se despertara— puntualizó esbozando una pequeña sonrisa divertida. No, en verdad le aterrorizaba la imagen de Miranda intentando matarla por un malentendido; la checa tomó sus decisiones en el pasado con lo que tenía que ver a su amigo y las cosas estaban claras. —Te daba miedo hablar conmigo en la puerta, Dobro— suspiró con la molestia latente en su tono de voz.

Lo dedicó una mirada enfadada ante el apelativo que acababa de usar, que no fueran ya verdaderas amigas no significaba que pudiera catalogarla de aquella manera. Era su mujer a fin de cuentas. —Esa loca es tu mujer, si no te gusta haz algo en vez de actuar de esta forma— le recriminó con dureza mientras alcanzaba una silla y la colocaba frente a él para sentarse más cerca del polaco. Se mordió la mejilla por dentro. Sabía que no tendría que haber dicho aquello porque Dobromierz tenía sus razones para no hacerlo y ella había dicho aquellas palabras fruto de la impulsividad mezclada con algo de enfado. —Lo siento— susurró en un hilo de voz mientras entrelazaba las manos sobre su regazo bajando la mirada como si hubiera hecho algo realmente malo.

Rodó los ojos pero no agregó comentario alguno a lo dicho. No había cogido una muestra porque no respondía de ella misma y tuvo bastante suerte de encontrarse con Andor. Aún recordaba aquello de una forma bastante extraña... el hecho de encontrarse con alguien que, casualmente, conocía de cuando estuvo en Hogwarts y quien le reconoció que disfrutaba picándola de forma.. ¿coqueta? Meneó la cabeza y subió la pierna izquierda, apoyándola sobre la de Dobromierz, y después alcanzó la parte baja del pantalón para ir subiéndolo hasta que consiguió que toda la pierna, incluido el muslo, quedara el descubierto. —Tenía pensado investigarlas un poco antes de usarlas, he probado con muchas réplicas que han hecho que ingredientes realmente valiosos acabaran en la basura por culpa de ser imitaciones baratas— replicó.  Pasó sus manos por la zona afectada y presionó levemente los lados de la cicatriz. —Está un poco hinchado así que he tomado cúrcuma, corteza de sauce blanco, harpagofito...— enumeró con voz ausente pero con los ojos fijos en la línea rosada que le recorría la zona. —Se que no eres medimago y no debes tener ni idea de porqué sigue así— dijo con una pequeña sonrisa en sus labios y alzando la mirada. —Siento haberte culpado de que... yo sea una inconsciente— continuó torciendo un poco el gesto de solo pensar en lo estúpida que se veía en aquel momento.
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Re: He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Dobromierz Komorowski el Jue Oct 20, 2016 1:35 pm

Su preocupación no era más que un reflejo de la ajena, un espejismo empático. La preocupación residía en la ventana, o más bien, en los que podrían ver la escena a través de ella. Si los vecinos del matrimonio Dobromierz veían oportuno salir a tomar el aire o asomarse a sus ventanas, quizás tomaran la decisión de dirigir sus miradas al salón del matrimonio más aburrido del vecindario, entonces sus orbes atravesarían el cristal y verían como su vecino casado revisaba los muslos de una joven desconocida. Probablemente no sería una escena agradable para el supuesto espectador, ni conveniente para nadie. Quedó zanjado el asunto al confesar Míra que tampoco le resultaría agradable tener que encararse con Miranda, añadiendo así una razón más para ser odiada por aquella que un día fue su amiga. Dicha amistad quedó enterrada en el pasado, bajo metros de tierra, años y rencor. El polaco asintió ante el último comentario de su huésped, admitiéndolo sin vergüenza, como si ignorara el deje de molestia presente en la voz de su amiga.— Aunque yo no diría miedo, más bien pavor — Puntualizó, bromeaba. Siguió al chiste una expresión impertérrita, ojos apagados y labios prensados en una fina línea. Semblante común siempre que bromeaba, como si fuera plenamente consciente de la escasez de gracia que guardaban sus comentarios, y por ende, ni él mismo defendía su humor con una mera sonrisa. La mecánica reacción acarreaba más de un problema en sus escasas relaciones con el mundo exterior, pues debido a su impasibilidad, las personas no sabían que no hablaba en serio y tendían a tomar por ofensa lo que nacía como broma.

Dobromierz debía hacerse cargo de sus palabras, sabía que el comentario peyorativo sobre su esposa no sería bien recibido por la pocionera. Sabía que vendría una queja, una acusación, quizás incluso un insulto. Debía estar preparado para lo que vendría a continuación, pero aun así la recriminación le golpeó como un puñetazo y le privó del habla durante los siguientes minutos. ''Si no te gusta haz algo''. Habría preferido quejas, acusaciones, mil insultos. ''Si no te gusta haz algo'' Desde fuera parecía sencillo ponerle fin a todo, ser feliz, pero en el interior del problema residían los obstáculos visibles. Culpabilidad, pasado, opiniones ajenas, familia, Caroline. Caroline, todavía menor de edad, su futuro y felicidad en manos de las malas decisiones que podría tomar su padre de dejarse llevar por su egoísmo. Y el tiempo, que tenía una gran importancia. Por mucho que los cónyuges se detestaran mutuamente, existía una dependencia entre ambos, dependencia que solamente puede crear el tiempo.

Y eso es lo que había pasado, el tiempo, quince años de matrimonio, hasta que la idea de desprenderse de algo tan duradero parecía aterradora. Una vez uno se acostumbra a algo, concibe la separación como algo imposible. Podría encerrarse a alguien con su peor enemigo, en principio ese alguien buscaría desesperadamente la forma de salir. Tras días, semanas y años de encierro, renunciaría a intentar escapar y el sentimiento de dependencia aparecería, sería entonces cuando la libertad se convertiría en sinónimo de incertidumbre y desconocimiento. En cambio, dentro de su prisión, estaría lo que el tiempo convirtió en hogar y el acompañante que la costumbre hizo su familia.

Así se sentía el polaco, por eso elegía quedarse encerrado aunque las puertas estuvieran entreabiertas, dispuestas a dejarlo salir.—No importa— Exclamó ante su disculpa.—Pero no es tan fácil — Se excusó, no podía explicar a Míra cómo se sentía. Dudaba que alguien que no fuera su mujer pudiera comprenderlo, y temía que su vieja amiga le considerase un cobarde que no cambiaba su vida por miedo a la reacción que pudiera tener su esposa. No, él no temía a Miranda, sentía más lástima por ella que temor. Sabía que separarse de ella sería el último capítulo del manual de cómo arruinarle la vida a alguien.

Le abandonó toda respiración cuando la pocionera estiró su pierna lastimada sobre la ajena y subió el pantalón al mismo tiempo que lo hacían sus colores. Le costó recobrar el aliento para concentrarse en las explicaciones que Míra le daba, entretanto sus ojos de casado pecaban deleitándose ante la contemplación de su piel descubierta, pálida y tersa. Tragó saliva, obligándose a concentrarse en la cicatriz y no en todo lo demás. No tenía buen aspecto, hasta el peor medimago lo habría juzgado así. Afirmó ante la mención de los múltiples remedios empleados, cerró los dedos en torno al pliegue de su rodilla y tiró de su pierna, atrayendo hacia él para examinar la herida desde más cerca.—Insisto en que la Bursera graveolens podría ayudarte, en caso de ser la auténtica, de haber traído una muestra podría confirmartelo.—Encogió los hombros.—Pero llevas razón, no soy ningún experto en materia— Confesó. Dobromierz tenía manos encallecidas y decoradas con cicatrices debido a la cantidad de ocasiones en las que se había herido investigando algún espécimen nuevo. Otras veces en las que manipulaba plantas peligrosas, sus manos no resultaban las únicas perjudicadas, y ante la aparición de heridas graves siempre terminaba acudiendo ante un medimago — en su caso solía ser su suegro, retirado años atrás. Puede que no fuera un profesional en el campo médico, pero sin duda era un profesional en ser herido por plantas mágicas poco amigables. —Si en unos días sigue doliéndote y su aspecto no mejora, será mejor que te revise un profesional —Concluyó, con cierto resquicio del tono paternal que usaba para dirigirse a Caroline.

Se frotó la nuca mientras que escuchaba, una vez más, las disculpas. Siendo sinceros, Dobromierz no sentía que fuera culpable, si bien sentirse inocente era tarea fácil considerando que Míra estaba estupenda, los daños tras el incidente se limitaban a una simple cicatriz. De haber muerto durante su excursión en la selva amazónica, entonces estaríamos ante un caso distinto, Dobromierz se sentiría culpable, merecedor de padecer una eterna tortura a manos del espíritu de su amiga, recriminándole hasta su último aliento el no haber sido advertida sobre los peligros de su aventura.—Estás pidiéndome muchas disculpas hoy, deberías pensar antes de actuar y ambos nos ahorraríamos eso— Se mofó — Pero vale, te perdono—  Añadió burlón.

El silencio posterior bastó para concienciar a Dobromierz sobre la escena comprometedora que estaba protagonizando. Una vez consciente de ello, él mismo tomó la iniciativa y deslizó hacia abajo la pernera del pantalón deportivo, cuidando evitar rozar la cicatriz cuando pasó sobre ella.—Hablemos sobre asuntos más agradables— Sugirió mientras seguía concentrado en la extraña tarea. Cubrió el muslo, la pierna y se detuvo una vez llegó al tobillo. Alzó la mirada, componiendo una sonrisa cansada al encontrarse de lleno con el verdor de sus ojos.—¿Cómo está Lisa?


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Re: He'll never be satisfied [Míra] #FB

Mensaje por Míra Z. Creagh el Vie Oct 21, 2016 1:53 pm

Había tantas cosas de las que arrepentirse, tanto dolor en su pasado… que hacía tiempo no se había permitido ser feliz. ¿Acaso lo merecía? Dañaba a todo aquel que permitía que la quisiera y, cuando era ella, acababa siendo dañada cuando amaba. Quizás no era lo suyo ser feliz, quizás no lo merecía y no era tan diferente a la joven pareja que habitaba en aquella casa. Hubo momentos, en su juventud, que se echaba la culpa de absolutamente todo lo que pasaba a su alrededor. De que las personas cayeran enfermas, de que la hubieran dejado, de que la relación de sus amigos fuera tan desastrosa, de que su hermana la odiara, de que Lisa tuviera aquel problema. Se sintió como el desencadenante de una ingente cantidad de cosas que no podía controlar por mucho que quisiera, que no podía sanar o enmendar por mucho esfuerzo e interés que le pusiera. Pobre Míra de tan solo veinte años que se echaba las culpas y el peso de todo a sus espaldas; pobre Míra que había creído que no era lo suficientemente buena para ser amada; pobre Míra con sus irreparables actos.

Pero frente a las derrotas, el dolor y la soledad algo nuevo debía de crecer, nacer alguien que no se viera abrumada por todos los sentimientos que le despertaba su pasado y diera un paso adelante de forma valiente; arriesgándose, siendo valiente y no conformándose con nada; afrontando con fuerza las consecuencias que derivaran de sus actos. Suspiró con fuerza a la par que meneaba la cabeza. Odiaba tener que resignarse y aceptar a pies juntillas todo aquello que le dijeran los demás, seguir patrones establecidos o hacer lo que era correcto políticamente.

A veces pensaba que Dobro era un completo exagerado. ¿Cómo Miranda se había convertido en el ‘monstruo’ que él pintaba? Que daba a entender con sus palabras, sus miradas furtivas hacia la escalera que llevaba al piso superior y su actitud. Tan diferentes en decenas de aspectos. La checa jamás se habría resignado, de aquel modo, a una vida de infelicidad junto a alguien. Estar con alguien con quien te sientes infeliz es de cobardes, no querer afrontar, por haberte habituado a una rutina, la vida que se puede abrir ante ti lo es. Quizás aquel era uno de los grandes problemas que sobrevolaba la vida de su amigo, que se había acostumbrado a la rutina. La checa tuvo un momento en el que su vida pudo haber sido también así. Haber hablado y atar a alguien a su lado por sus palabras; hacer que dos personas llevaran una vida triste y gris. Ella amando a una persona que habría permanecido a su lado por pura obligación. Haciendo que ese amor hubiera acabado en una mera rutina. —Ojalá las cosas fueran más fáciles… lo siento— volvió a repetir la disculpa. Reconocía sus errores. Sabía cuándo debía de pedir perdón y no le molestaba hacerlo. Sus ojos verdes buscaron los de él. Siempre se sintió atraída por aquella rareza que reflejaban los ojos contrarios.

Retiró su mirar y la depositó en el lugar que él colocó su mano para acercarla más y poder ver la cicatriz de cerca. Se mantuvo quieta. Con su mente completamente ocupada en pensamientos que no conseguía ordenar de forma coherente. —Salí de casa con el ánimo de reprocharte, no se me ocurrió traer una muestra— dijo lentamente con una diminuta sonrisa perfilando sus finos labios. Asintió con la cabeza mientras sonreía divertida ante su actitud ‘paternal’ en aquel momento. No pasó por alto la sensación del tacto de las manos de su amigo sobre su pierna así que, antes de que retirara las manos, las atrapó entre las suyas. Las volteó lentamente sobre las suyas y acarició con  los pulgares las palmas contrarias. —Estás hecho un asco,— fue lo único que comentó soltándolas —la próxima vez te traeré algo para ese tacto de lija— arqueó ambas cejas.

Rodó los ojos y le dio un pequeño empujón en el hombro. Su asignatura pendiente al descubierto. Otra vez. Todos pensaron que después de ser madre dejaría de ser una ‘inconsciente’ pero se cegaba demasiado cuando quería descubrir algo que no cesaba de dar vueltas en su cabeza. Sonrió tristemente cuando hubo terminado de cubrir su pierna y la bajó de encima de él, poniéndola junto a la otra y rozando levemente las rodillas contrarias hasta que deslizó la silla hacia atrás para poner espacio entre ambos. —Regresar a Escocia no le ha gustado, pero no la culpo, yo preferiría estar también lejos de aquí — se sinceró con la sonrisa triste aún en sus labios. —Los cambios siempre son duros al inicio, ahora tiene que adaptarse a un sitio nuevo donde mis padres siempre quieren verla y hacer cosas con ella pero… Lisa no quiere del todo así que es extraño teniendo en cuenta que sigo siendo tutora en Salem y tengo que dejarla en muchas ocasiones en casa con ellos— confesó.

Sus ojos volaron hasta las fotografías que antes no habían captado su atención y vio a una niña pelirroja. Caroline. Sonriendo. Entonces su mirada fue tierna mientras contemplaba la fotografía. —¿Y Caroline? Si ahora mismo me la encontrara creo que no la reconocería después de tantos años. Tendría… cinco o seis años la última vez que la vi— intentó identificar exactamente la edad de la hija de Dobro y Miranda pero dudaba entre quince o dieciséis años; que rápido había pasado el tiempo. —¿En qué casa está?— preguntó de súbito, con curiosidad. Miranda y Míra, cuando eran inseparables, habían llegado a hacer planes de que tendrían hijos a la vez, que irían al mismo año y a la misma casa en el castillo. Planes que se habían desvanecido. Lisa ni siquiera iría a Hogwarts; la checa no estaba segura de cómo reaccionaría su hija ante tal cantidad de estímulos, tantas personas desconocidas a su alrededor.
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