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Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

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Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Aneeta Ravenscroft el Jue Sep 29, 2016 5:58 am

El agotamiento había sido un leal compañero el último mes, se sentía abrumada de responsabilidades que ella misma se echaba al hombro una a una, todo con tal de mantener la cabeza ocupada. Se mantenía afable, su calidez seguía presente, pero su mirada ya no tanto; siempre parecía estar en otro lugar, con los pensamientos en la luna. No pretendía hacerlo, había perdido demasiado en tan poco tiempo, hacia lo posible por mantener la barbilla en alto, eso era todo.

Black clouds are behind me, I now can see ahead. Often I wonder why I try hoping for an end

Sonreía, todo el tiempo, se esforzaba por parecer sincera aunque cada vez resultara más complicado; si no estaba en el casino yendo de aquí a allá, estaba en la universidad yendo de allá a acá, o probablamente en las oficinas de El Profeta con las prácticas, corriendo. Siempre corriendo, siempre a las prisas, se dejaba envolver por el ajetreo de su alrededor, todo el ruido para poder ensordecerte y ya no oír sus propios pensamientos; no se detenía, sólo se mantenía en la acción, calificándose como la chica ocupada, porque la chica ocupada es mejor que la chica rota.

Sorrow weighs my shoulders down and trouble haunts my mind

Mamá siempre dijo que parecía una muñeca de porcelana, o al menos lo que debería ser una muñeca de porcelana, sin la siniestra sonrisa estática y los ojos vacíos; solía decir que lo que necesitaban era esa centella en los ojos, ese brillo que chisporroteaba una apaciguada paz; ahora tiene miedo de volverse lo que suelen ser esas muñecas, sin esa paz y sin ese brillo, y no lo que mamá veía en ella. En el fondo, se podría considerar agradecida de que su madre ya no estuviera, con tal de que no viera cómo la muñeca estaba resquebrajándose; en el fondo, agradecía que su hermano se hubiera ido antes de ver cómo iban cayendo los pedazos.

But I know the present will not last and tomorrow will be kinder

Todo cambiaba cuando llegaba a casa, porque una vez cruzando ese umbral el dolor se reducía, poco a poco la sonrisa era más sincera y el brillo opaco volvía a relucir como gotas de rocío al sol del perezoso amanecer. Recibir aunque fuera un poco de Remus, le bastaba para respirar bien de nuevo y creer en la llegada de días mejores. Gracias a él, eran días buenos. No oscuros como solían serlo antes, buenos.

Today I've cried a many tear and pain is in my heart. Around me lies a somber scene, I don't know where to start

La ansiedad había vuelto, era difícil ocultar la dificultad para respirar cuando la gente la rodeaba, encontrar un lugar privado para agarrar grandes bocanadas de aire era algo necesario cada cierto tiempo de su día laboral; esos momentos la hacían sentir como alguien que lucha por sacar la cabeza del agua y seguir respirando, seguir viviendo, seguir a flote. Cada vez que sentía que perdería el control, comenzaba a repasar hechos: "Los árboles tienen troncos gruesos y delgados, crecen altos y pequeños; de ellos crecen ramas y de las ramas crecen hojas finas y pequeñas, ovaladas y circulares, grandes y pequeñas; las hay verdes, cafés y moradas, y en ocasiones hay flores...". Podía estar así por horas, hasta que su respiración se calmara y volviera sólo a tomar aliento con fuerza a intervalos.

Today I've cried a many tear and pain is in my heart. Around me lies a somber scene, I don't know where to start

Era por eso que al llegar el ansiado momento de llegar a casa, se sentía tan aliviada que causaban ganas de reír. No había nada mejor que ser recibida por la música suave del jazz llenando cada recoveco del apartamento, relajando sus músculos; guardando su traslador especial en el bolso, para dejar éste con el abrigo en la mesita junto a la entrada, se dirigió a la cocina con la esperanza de encontrar a Remus, puesto que no lo veía en la sala. Sonrió mostrando la hilera de dientes superior, sus ojos se achinaron y brillaron como sólo hacen cuando tienen a Remus Lupin a la vista; era como si hubiera esperado el día entero para sonreír así, solo para él.

But I feel warmth on my skin, the stars have all aligned, the wind has blown, but now I know that tomorrow will be kinder

El castaño aún no se daba cuenta de que había llegado, la música tocaba con mayor volumen del usual y parecía demasiado entretenido cocinando para voltearse, dándole la espalda. Cruzada de brazos, se recargó contra el marco de la entrada a la cocina, permitiéndose observarlo así un rato. Cuando creía que nadie lo estaba viendo, era cuando más le gustaba verlo; su cuerpo se soltaba, sus movimientos eran más confiados y ligeramente juguetones, la música lo hacía tararear por lo bajo y hacer un pequeño bailecito inconsciente mientras hacía lo suyo y marcaba el ritmo con el pie. Era sencillamente encantador, por más que quería seguir disfrutando la escena, ya no pudo resistir ir hacia él y abrazarlo por la cintura desde su espalda, asomando la cabeza a un lado de él para poder verlo a la cara.

Tomorrow will be kinder, it's true, I've seen it before, a brighter day is coming my way. Yes, tomorrow will be kinder

—Es un hecho que no podré resistir los días en los que no te vea tan seguido, pero si soy recibida con tan exquisito aroma y gusto musical, creo que la espera hace valga la pena la recompensa—aseguró, para después alzarse de puntitas para poder besarlo en los labios con cariño y añadir:—. Sobretodo encontrándote así, te amo. Y te extrañé—agregó otro beso y sonrió sobre sus labios esta vez.

A brighter day is coming my way. Yes, tomorrow will be kinder
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Remus J. Lupin el Dom Oct 02, 2016 4:11 am

La vida que estaba viviendo en aquellos momentos, era una que jamás se habría imaginado. Era un antes y después. Era una vida nueva. Incluso en sus pensamientos más remotos y alocados habría sido incapaz no sólo de estar en una relación con Aneeta Ravenscroft, su amiga de toda la infancia, y el amor de su vida, sino que además... Vivir juntos. Era cuando pasabas la página del libro que leías y te adentrabas en el terreno de "felices para siempre".
Remus Lupin. Viviendo en pareja. ¿Quién lo habría dicho? No él. Eso era más que seguro.

Pero lamentablemente, no todo era color de rosas. Absolutamente todo era mejor junto a Aneeta, sí. Cada momento era único, irremplazable, memorable. Cada comida sabía mejor, cada película que veían juntos era más divertida, cada canción se escuchaba mejor que a solas.
Pero Aneeta no era la Aneeta de siempre... Era la Aneeta que ya había sido antes. La Aneeta que le dolía ver. Era sumamente comprensible, desde luego. Había perdido a su hermano, y nadie podía culparla. Ella hacía su mejor esfuerzo por seguir adelante, por no dejarse caer. Remus siempre la había admirado por su fuerza de voluntad, entre otras cosas.

Así que, intentaba animarla de cualquier forma que se le pudiera ocurrir. Pequeñas bromas, leyendo junto a ella el libro que pidiera, tocando el piano. Incluso había aprendido algunos "trucos mágicos" muggles sólo por encontrar algo nuevo para distraerla de su dolor. ¿Quién diría que hacer magia muggle sería más difícil que hacer magia de verdad? Eran detalles insignificantes, y quizás a ojos de muchos podrían ser considerados tonterías, pero él creía que podían ayudar, al menos un poco. Intentaba hacer que Aneeta pudiera disfrutar al máximo cada momento que pasaban juntos, y le fuera así más fácil sobrellevar el duelo por su hermano.

En cuanto a él, no podía quejarse demasiado. Los "problemas" que había tenido con el Merodeador de anteojos ya se habían solucionado, por lo cual habían vuelto a hablar normalmente; veía a Lily con regularidad, si bien aún ella no había vuelto a ser la Lily de siempre; y había descubierto en Alric un verdadero Gryffindor, un amigo en quien podía contar cuando en verdad era necesario. Entre otras cosas.

Luego de pensarlo por mucho tiempo, Remus decidió que se dedicaría a la enseñanza, y que la próxima vez que pisara los terrenos de Hogwarts, lo haría como un profesor más. ¿Qué mejor que hacer del castillo que había sido su segunda casa por tanto tiempo su nuevo lugar de trabajo? Sin embargo, aún no tenía la edad requerida para ingresar en el sector profesional de Hogwarts. Y mientras tanto, iba a adquirir todo el conocimiento que pudiera; esa era la razón por la que actualmente seguía el curso de Aprendiz de Probador de Encantamientos. Tenía la idea de tomar varios cursos hasta tener la edad requerida para ser profesor. Cualquier medio que pudiera servirle como experiencia en el futuro.

Siempre que llegaba antes que Aneeta, se tomaba la tarea de preparar la casa para su llegada. Detalles solamente. Puso el tocadiscos para que el apartamento se llenara de música de jazz por todos sus rincones, y guardó el regalo que tenía preparado en la sala... Si lo pensaba con detenimiento, no era lo mismo llegar con el regalo en mano, que estar esperando con el. Bueno, de todas formas se daría cuenta cuando ella llegara, y tendría el regalo preparado.
Decidió que aprovecharía el tiempo, y prepararía algo de comer. Aneeta seguramente llegaría cansada, además de que le gustaba cocinar para ella.

El joven licántropo tenía ciertas reglas en cuanto a la magia. No usaba magia en su librería de Hogsmeade, no usaba magia para leer (para pasar las páginas o buscar una específica), y no usaba la magia para cocinar. Le quitaba la "diversión", así que hacía las tres cosas al estilo muggle.
Se dirigió a la cocina con paso alegre, e incluso antes de lo que esperaba, tenía una ensalada caprese casi lista. Había elegido comida italiana esta vez. Le gustaba hacer ese tipo de cocina para Aneeta. El único detalle, es que se aseguró de no usar aceite de oliva. Diug. Tarareaba alegremente mientras cortaba las últimas rodajas de tomate y mozzarella; y decoraba con hojas de albahaca. Había sido una buena idea dejar el plato principal cocinándose mientras se ocupaba de la ensalada. Tiempo ahorrado.
Una vez la entrada ya terminada, se dedicó a revolver la salsa que estaba sobre el fuego. Sus pies se movían inconscientemente al compás de la música, la cual quizás estaba un poquitín demasiado fuerte.
No pudo evitar sobresaltarse ligeramente cuando fue abrazado por alguien que, según creía, no debía estar aún ahí.
Una maravillosa sorpresa, debía admitirlo.

— Es un hecho que yo tampoco, te lo aseguro. Pero pienso en ti esté separado sólo unas horas, o unos días. Te extraño de todas formas, sólo lo haré por un poquito más de tiempo — Sonrió de oreja a oreja, expectante al ver acercarse el rostro de su novia, disfrutando cada segundo de aquel beso — ¿Por qué me haces ser contradictorio? Me alegra muchísimo saber eso, y me gusta aún más que me lo digas, pero no sé si alguna vez me acostumbraré del todo — Comentó con las mejillas ligeramente sonrojadas al oír sus palabras. Cerró los ojos por un momento al recibir el segundo beso, pero los abrió rápidamente. No quería perderse el deleite de verla tan cerca suyo. — Oh, ¡Acabo de recordar! — Se separó unos centímetros de su novia, y con su varita la cual dejaba siempre a su alcance, hizo que mágicamente la cuchara de madera siguiera revolviendo la salsa que aún estaba encima del fuego.
Ahí estaba. Regla rota. Pero no le importaba romper reglas cuando se trataba de Aneeta.

La tomó de la mano con entusiasmo, y la arrastró rápidamente hacia la sala. El regalo no se iba a entregar por sí solo.
— Tengo algo para ti. No es mucho, pero debes cerrar los ojos — Su tono de voz demostraba que se estaba divirtiendo. Disfrutaba incluso esas cosas tan simples cuando se trataba de Aneeta. Esperó a que la chica cumpliera las condiciones, depositó un beso en su mejilla, y fue en busca del ramo de flores que tenía preparado para ella. — Ya puedes abrirlos — Susurró mientras extendía frente a ella un ramo de una docena de rosas rojas, envueltas cuidadosamente en papel celofán transparente, con el cuidado suficiente para que las flores pudieran respirar, y atadas con un llamativo moño de color también rojo. — Y yo te amo a ti, me haces el chico más feliz de todos los mundos. Y te amaré hasta que la última rosa se marchite. — Pero no eran flores normales. Al menos no todas ellas. No era nada demasiado rebuscado, eran once rosas normales, las más bonitas que había podido encontrar, pero se había asegurado de que la rosa número doce no lo fuera. Nada de magia, era simplemente una rosa artificial, como acostumbraban a veces los muggles. Necesitaba estar seguro de que la última rosa estuviera hecha de tela para que no se marchitara nunca.
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Aneeta Ravenscroft el Sáb Nov 12, 2016 10:02 pm

¿Qué había hecho exactamente para merecer a alguien tan extraordinario como Remus Lupin? No lo sabía; era difícil imaginar que fue vivía la suerte de tenerlo en su vida, y que además la amara a ella. Simplemente era… ¿Cómo explicarlo? Siempre trataba de hacerlo, había ocasiones en las que se encontraba reflexionando al respecto. Frente al escritorio, cuando encontraba momentos libres en los que su mente divagaba hacia sus sentimientos, trataba de explicarse a sí misma, poner en palabras, definir lo que despertaba Remus en ella. Claramente era un intento en vano, porque uno no puede limitar algo tan puro y tan natural como lo es amar a tu persona en unas cuantas palabras, esa con quien sabes que pasarás el resto de tu vida porque fuiste hecho para amarla. Amar a Remus es un instinto, y ser amada por él es un regalo.

Por supuesto que no pasaba por alto los esfuerzos que hacía por animarla. Si no se había derrumbado hasta ahora después de lo sucedido con Einar, era por él, que siempre tenía algo nuevo con lo que levantarle los ánimos y hacer que haberse levantado ese día en verdad hubiera valido la pena. Aunque a decir verdad, con despertar y tenerlo frente a ella ya se sentía bastante agradecida. Bendecida, dirían algunos muggles. Y era decir poco.

Sí, podría asegurar que Remus era la única constante en su vida y si llegara a perderlo, no… Dios, no… Una vida sin él no era vida. Cuando tienes a alguien contigo desde hace tanto tiempo, cuando apenas tenías uso de razón… ¡Cuando eras tan joven que los recuerdos previos a él son borrosos! Simplemente debe estar en tu futuro, debe
serlo. Y en realidad no era un deber, no era una ley porque entonces suena a algo impuesto, como si fuera algo en contra de la voluntad y resultaba todo lo contrario. Lo que sucedía en torno a Remus y todo lo que significaba para ella, era algo establecido, era como una de sus funiones vitales, algo tan arraigado en su ser que se había vuelto parte de ella.

Estaba muerta de hambre, de eso no cabía duda. Su estómago rugía como si un león se albergara en éste, estaba cansada física y emocionalmente aunque, como sería de esperar en ella, no se quejaría demasiado al respecto con tal de disimular. No podía creer la clase de detalles que Remus se tomaba con ella; pocas personas recordaban el hecho de su procedencia, y obviamente eran contadas las que sabían cuánto le fascinaba la cocina italiana, así que encontrarse con ese regalo la dejaba simplemente sin palabras y con el corazón hinchado de felicidad apabullante. Aceite de oliva. Yum. Pero a Remus no le gustaba, una pena.
— Qué cosas dices, Lupin — rió levemente sonrojada, deshaciendo el abrazo por atrás para poder tenerlo de frente. Rodó los ojos sonriendo con gran brío, alzando una mano para acariciar su mejilla con gentileza lista para perderse en su segundo beso. Fue tomada por sorpresa cuando se separó de ella, abriendo los ojos alerta y risueños viendo cómo maniobraba y la tomaba de la mano. Se quejó entre dientes sin decir nada en realida, sólo gruñendo porque aunque adoraba los regalos era demasiado curiosa como para animarse a cerrar los ojos y esperar a recibirlo. Pero de todos modos lo disfrutaba tratándose de Remus.

— Es un novio muy cruel, señor Lupin — regañó cruzándose de brazos como si fuera una niña castigada, pero su actitud fue suavizada tras el beso gentil. Una tenue sonrisa apenada se le escapó. Diablos, nunca veía venir esa clase de gestos — Oh, Dios — exclamó sin pensar tras abrir los ojos, llevándose las manos al pecho y viendo las flores con fascinada sorpresa. Después se volvió a Remus y a las flores una vez más. — Re-Remus… Yo… Ay, Dios... — tartamudeó sin encontrar las palabras, conforme sus ojos iban llenándose de lágrimas con una sonrisa ensanchando su boca como la más brillante de las estrellas; terminan corriendo por sus mejillas como Aneeta hacia los brazos de su amado, cuidando a hacer de lado las flores para no arrugarlas. Tomó su rostro entre sus manos para fundirse en un beso profundo, pues quizá así podrí mostrarle aunque fuera una gota del inmenso océano de amor que le tenía. Valía la pena intentarlo.
— Te amo, Remus, te amo tanto que… — no pudo terminar la frase para besarlo nuevamente, rodeando su cuello con los brazos. Eso mismo era,
eso era el algo que despertaba en ella, momentos como aquel, en el que su cuerpo se envolvía de una serena emoción que bañaba su pecho hasta recorrer el resto de su cuerpo, justo cuando dices que podría ser una opresión te retractas porque es más algo que te libera. Te libera de mil maneras inimaginables. Y un pensamiento plasma en tu mente. Que todo estará bien, que lo está. Así de simple, y cierto.
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Remus J. Lupin el Dom Nov 13, 2016 1:30 am

La vida está llena de sorpresas. Variables en importancia y tamaño, pero es un hecho innegable que la vida es todo menos predecible. Sol, lluvia; frío, calor; felicidad, tristeza; todo podía llegar a ser tan repentino, fugaz, efímero. Incluso algo tan básico como el clima, aún no podían predecirlo con total certeza. Pequeñas sorpresas triviales.
Pero luego están las sorpresas que hacen más que aparecer en tu vida. La cambian. La dan vuelta de pies a cabeza, la reorganizan, la mejoran. La hacen de nuevo. Porque la sorpresa que el joven ex-prefecto se llevó cuando la hermosa chica que se encontraba junto a él correspondió sus sentimientos, simplemente le dio comienzo a una vida nueva. Diferente. Mejor. Ahora le era imposible no ver a esa nueva vida como la única vida posible. Sabía que en cualquiera de los mundos alternos era igual. Esa era la magnitud con la cuál amaba y necesitaba a Aneeta.
Las cosas más importantes son las más difíciles de decir. Eso era y a la vez no, cierto. Remus amaba a Aneeta. La amaba. No había duda de eso. ¿Le era difícil decírselo? No, salía de lo más profundo de su corazón. Sin embargo, no había palabras suficientes para explicar cuanto la amaba. El vocabulario actual era insuficiente. Era allí donde yacía el problema. Era más que difícil, casi imposible encontrar una manera de hacerlo.

El joven mago tenía diferentes metas en su vida. Las tenía ingenuamente organizadas. Una de sus metas, trabajar entre algo que amaba tanto como los libros, había podido ser cumplida. Su librería en Hogsmeade era un increíble logro personal, si bien sólo fuera un pequeño grano de arena más, en el gran reloj del mundo. Otra de sus metas era el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts. No podía hacer nada para acercar esa meta, por lo cual era prácticamente secundaria. La meta más importante en ese momento, en el ahora; en el día a día, era ayudar al amor de su vida. Hacerla sonreír, animarla. Poder darle la felicidad que ella le daba a él.
Él conocía a Aneeta. Sabía lo fuerte que era su novia -novia siendo el término utilizable por cuestiones de familiaridad, porque para él era mucho más que simplemente eso-, pero no quería que pasara por todo ella sola. Juntos. Cuando ambos estaban juntos podían superar cualquier cosa. Era simple y tan ilógicamente lógico como eso. Habían nacido para estar juntos. E incluso si el destino puso alguna traba en alguna ocasión, allí estaban. Los dos. Inseparables.
Aneeta era la mitad del libro que completaba la historia de la vida de Remus.

Comida. Agua. Oxígeno. Aneeta. Las cosas que el hombre-lobo necesitaba para vivir. No, erróneo. Sin la última sólo sobreviviría, en lugar de vivir. La chica de cabellos dorados, esa que era tan tierna como un peluche, tan inteligente como Artemisa, tan hermosa como un ángel; formaba una parte irremplazable de su vida.
Cada segundo junto a ella pasaba de manera tan rápida, como si estuviera en "fast-forward". Cada segundo alejados parecía una eternidad.

— La verdad, como siempre, Señorita Ravenscroft — respondió con una sonrisa, su corazón calmándose al sentir el tacto sobre su rostro. Su alma se serenaba y la paz reinaba por cada rincón de su cuerpo con algo tan simple y hermoso como esa caricia. Y al sentir esos labios que tanto necesitaba, a los que se veía atraído una y otra vez; un sinfín de sentimientos surgían por todo su ser.
La cocina y todo lo que sucedía en ella quedó en segundo plano momentáneamente, mientras la arrastraba para hacer entrega del presente preparado sólo para ella.

La sorpresa debía ser sorpresa, sólo por eso insistió en que la chica cerrara los ojos por un momento.
— Rompes mi corazón, Aneeta, yo aquí, intentando mi mejor esfuerzo por ser el mejor del mundo... Porque es lo que te mereces, en realidad — se burló, y le mostró la lengua, incluso si ella no podía verlo. Aunque estaba seguro que podría saber que lo estaba haciendo, aún con los ojos cerrados.
Cuando la chica abrió los ojos, ya tenía delante suyo el ramo de rosas especialmente preparado —¿Sí, mi vida? Dime — sonrió enormemente como si la sonrisa que veía frente suyo lo contagiara. En parte era así — Oh, no, no, no... Nada de lágrimas — se apresuró a decir, aunque ya era tarde. Lágrimas descendían por aquel rostro perfecto... ¿Estaba mal? ¿Estaba mal que le pareciera hermosa incluso así? No, no le gustaba verla llorar, incluso cuando como en la ocasión presente, no fuera de tristeza. Pero se veía preciosa aún así. Lo enamoraba una y otra vez. Aunque, con completa sinceridad, no hacía falta que ella hiciera nada para eso. Era inevitable. Aneeta simplemente siendo Aneeta era suficiente.
Estuvo a punto de extender un brazo, con el cometido de secar las lágrimas que danzaban camino abajo, cuando ella se le adelantó, y antes de poder hacer algo, lo capturó con sus labios. La más dulce de las capturas. De una que no quería librarse nunca.
— Y yo te amo a ti, de forma tal que no puedo describirla, An... — las palabras no pudieron terminar de  salir de su garganta, porque sus labios se encontraron nuevamente con aquellos que tanto necesitaba, aquellos que hacían que todo alrededor se apague y el tiempo se detenga. Un ligero calor también comenzó a recorrer sus mejillas al sentir como era envuelto por esos brazos que tanto amaba que lo hicieran.

Se separó unos centímetros únicamente para poder verla mejor, y tomar una de sus manos. La observó en silencio, hipnotizado con tal belleza, cautivado al tener enfrente suyo a la chica que cambiaba su vida con sólo un movimiento de su mano.
— ¿Sabes? Aparte de increíblemente hermosa, te noto un poco cansada — comentó con una sonrisa en el rostro, porque sabía que seguramente Aneeta había estado intentado no dejar ver eso. Pero ambos se conocían — Si quieres puedo acelerar un poco la cena, para que puedas descansar lo antes posible, ¿Qué te parece? — no pudo resistirse, y se acercó al rostro de la chica más hermosa en todos los mundos, para darle un pequeño beso sobre la punta de su nariz — ¡Oh! ¡No, mejor aún! — exclamó emocionado, y apoyó ligeramente su frente contra la de Aneeta, mirando sus hermosos ojos, perdiéndose por completo en ellos — ¿Por qué no vas a la cama? Desde luego no te dejaré dormir sin comer, pero podría llevarte la cena a la habitación, ¿Te gustaría? Cenemos allá — su tono de voz era incapaz de mantener bajo control la emoción por su propia idea, que le parecía tan adecuada en esos momentos.

Cosas tan simples como esa. Cocinarle, o la idea de cenar junto a ella en la cama, lo llenaban de felicidad. Todo era único junto a ella. Todo era mejor, y eso no iba a cambiar.
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Aneeta Ravenscroft el Dom Ene 01, 2017 1:01 am

Remus era el tipo de chico del que escribían las canciones de amor, la clase de amante que una se desvelaría escribiendo cartas desnudando corazón y alma, en un intento desesperado de dar sentido a la locura de sentimientos que se desataban en el interior de una misma. Era el hombre por el que huirías de todo, dejando todo un mundo y una vida detrás por la pasión de un amor escrito por los dioses para una pareja predestinada, como una Helena para su Paris; la persona por la que darías la espalda a tu propia familia y todos los ideales que alguna vez te impusieron, porque ninguna seguridad tan firme habías experimentado antes con sólo una mirada a sus ojos, como una Julieta para su Romeo; era por quien superarías cualquier prueba, desafío o reto por más imposible que fuera, dispuesta a dejar la tiara a un lado para desenvainar la espada y pelear por quien valía la vida, pues ésta misma perdía razón si él no formaba parte, como una Psique para su Cupido.
Así que sí, bien podría pensarse aunque fuera por accidente que Aneeta se entregaba a Remus como esas chicas de leyendas, mitos y obras, y su amor era tan real como los mismos autores de esas historias, sin importar qué tan verídicas fueran las mismas. Y sin embargo preservaba la originalidad de su propia historia por un simple detalle: ellos mismos. Ningún amor es igual al otro, ni siquiera los más grandes tienen algo demasiado en común, y esa podría llamarse la magia que hacía del amor mismo indefinible, porque si las personas no lo somos, menos lo que profesamos. Nuestros sentimientos somos nosotros, así que al darle el corazón a una persona es darse a uno mismo, cuando es lo que te hace seguir vivo. Aneeta era por completo de Remus, y lo único que se atrevía a pedir era un lugar en su vida por pequeño que fuera; y vaya sorpresa sería, cuando él hizo más que eso y decidió corresponderla, algo mucho más allá de lo que se atrevía a pedir.
Remus era su roca, allá donde le faltara fuerza para seguir adelante, él le otorgaba lo que necesitara, porque nadie la conocía mejor y probablemente ni siquiera ella misma. Era todo lo que le faltaba y de lo que más necesitaba para estar completa, así como estaba segura de serlo para él, o deseaba creer. Porque si no hubiera nada que lo uniera a ella, entonces estaría perdida con el miedo de que un día se diera cuenta y se fuera. Sabía que nunca se lo haría, pero a veces se preguntaba ¿era ella la mujer para él, como él era el hombre para ella? ¿Era la indicada, enviada para amarlo como nadie más podría, o había alguien más esperando por él? No quería ni pensarlo, y podría sonar egoísta pero de existir ese alguien, no quería que lo encontrara nunca. Sólo quería un poco de Remus en su vida, y para ella. Atesoraba el objeto de su amor como la gema más preciada.
No pudo más que reír entre las lágrimas al ver su reacción en pánico por verla así, tratando de secar unas cuántas.
—Nunca supiste cómo tratar a una chica que llora, John—se burló en tono burlón, mirándolo con admiración. ¿De verdad tenía ese hombre para… ella? ¿No era ninguna ilusión?
Cuando Remus se separó de ella entre sus besos arrebatadores, no pudo más que embelesarse en sus ojos hasta perderse en el marrón oscuro de su iris como un abismo que la iba consumiendo hasta ser él, y él ser ella. Era como estar en una clase de trance, en el que todo parecía oírse como si estuviera bajo el agua, y lo único claro era la respiración tranquila de Remus, con su aliento acariciando su rostro de lo cerca que aún estaba, y su tacto era lo único que la mantenía presente.
Cuando él sonrió, ella sonrió también, como si fuera un espejo que sólo imitara la felicidad de lo que tenía delante. Si Remus era feliz, entonces ella también. Se atrevió a reír ante lo que iba diciendo; no importaban sus esfuerzos, no podía ocultarle nada a Remus por mínimo que fuera. Arrugó la nariz cuando se la besó, un gesto que siempre le hacía cosquillas pero adoraba. Apretó los labios pensativa ante su propuesta, y se mordisqueó el interior de la mejilla; la idea no sonaba nada mal, en lo absoluto, así que no tardó en asentir con el mismo entusiasmo que el mismo Remus contagiaba.
— Me parece genial, es algo demasiado tentador para negarme. Aunque viniendo de ti suena razonable, porque nunca te puedo decir que no—sonrió abrazándolo por el cuello para darle otro pequeño beso en los labios, alargado sólo unos segundos—. No sé qué sería de mí ahora sin ti, Remus, gracias—murmuró sobre sus labios con la voz un poco entrecortada. Sabían ambos a lo que ella se refería, a todo lo que había estado haciendo por ella, no la había dejado sola un solo momento desde haberse enterado sobre la muerte de… de Einar, y si bien no había nada que hacer para quitar el dolor, Remus nunca dejó de estar ahí para Aneeta, sosteniéndola para no derrumbarse,  siendo su apoyo cuando estaba demasiado débil para seguir sobre sus propios pies, siempre ahí, siempre con ella, era algo que nunca podría terminar de agradecer. Y más allá de eso, que estuviera amándola como la hacía, que desde antes y para siempre estuviera a su lado sin apartarse por un momento, y siempre la hubiera acompañado hasta en las noches más oscuras, para iluminarlas hasta disiparlas. Algún día se lo retribuiría.
Con un movimiento de la varita apagó el gramófono de la sala, para después ir con él a la cocina a llevar los platos, con magia hacer que vasos y jarra los siguieran flotando hacia las escaleras, para después subir hasta su habitación juntos. Se sentó en el centro de la cama, su plato estaba en una tabla de madera que le servía como una mesita para apoyarse y no ensuciar la cama. Le sonrió a Remus para que se le uniera, y con la varita hizo que se pusiera un disco en el gramófono de su habitación. El de abajo había sido uno de los varios regalos por su mudanza, pero el que tenían en su pieza se lo había traído Aneeta de casa. Su madre coleccionaba varios, y a escondidas de su padre se llevó el favorito de Evelyn, pues ya lo sentía suyo al conservar tantos recuerdos con ella, explorando todos los discos de cantantes muggles estadounidenses, conversando sobre su vida de allá y la vida del ahora, que en este ahora ya no eran más que recuerdos que te rompen un poquito más el corazón.
—Ya sé que no es la primera vez que te lo digo, Rems, pero te juro que si la carrera de profesor, o tu librería no llegaran a funcionar, deberías dedicarte a cocinar, ¿sabes la envidia que te tiene Effy por esto? Dice arrepentirse de haberte enseñado —rió refiriéndose a la elfa doméstica de los Ravenscroft que tantas veces había jugado con ellos de niños. Se llevó un bocado a la boca y sentía como si su boca se derritiera de placer—Mmm, mejor no te dediques a eso, no quiero que otro pruebe esto, me alegra ser cliente única—se mofó entre risas pequeñas mientras seguía comiendo. Hasta que recordó algo y, con algo de vergüenza sacó la nota del pequeño bolsillo en su vestido, escondido entre los pliegues. —Casi lo olvidaba, ten—Se la tendió, tan apenada que no se atrevía  verlo a los ojos—. Hace unos días fui a comprar en tu librería; Cien sonetos de amor, de Pablo Neruda, lo estaba leyendo hoy y hubo uno que... bueno, quise anotar el último verso y pensé en... en dártelo.
La nota rezaba:

"Y desde entonces soy porque tú eres, y desde entonces eres, soy y somos, y por amor seré, serás, seremos."

—Es del soneto LXIX—explicó jugando con sus dedos, prefiriendo ver la nota en vez de a él o su posible reacción—. Creí que... podría gustarte.
Se encogió apenas de hombros, nerviosa por lo que fuera a decir o hacer, con la mirada clavada en el edredón bajo ellos.
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Remus J. Lupin el Dom Ene 08, 2017 1:42 am

En algunas ocasiones, Remus recordaba. Quizás entre medio de la lectura de algún libro sacado de la tienda de Hogsmeade, quizás al mismo tiempo que tomaba un café, quizás al mirar el agua golpear contra la ventana en un día lluvioso. Hacía un pequeño recorrido a través de su vida... Su infancia, su tiempo en Hogwarts... Los últimos meses... Analizaba como llegó hasta donde llegó. Y cuando uno ve los eventos de su propia vida a través de los anteojos del recuerdo, puede notar ciertas similitudes en algunas situaciones, ciertos pequeños factores que se repiten, personas que habitan una gran parte de ellos.
Para sorpresa de nadie, Aneeta había estado siempre en la vida de Remus. En los buenos momentos -cada momento junto a ella era, de hecho, bueno-, en los malos; desde pequeños, en los últimos meses; Aneeta Ravenscroft formaba gran parte de la vida del licántropo. Desde luego no siempre la relación había sido la misma, pero ella siempre había estado incondicionalmente y sin pedir nada a cambio.
Desde pequeño, y sobretodo luego de ataque de Fenrir Greyback -uno de los peores y más oscuros momentos en la vida de Remus-, siempre había contado con la amistad de la mayor de las mujeres Ravescroft. Siempre estaría eternamente agradecido por el apoyo de la chica, y su familia en si. Pero Aneeta siempre había sido la más cercana, la que siempre había podido tocar su corazón. La relación poco a poco fue cambiando con los años... O quizás no cambió, quizás sólo se dieron cuenta. Pero en la actualidad, el ex-prefecto no podía imaginarse sin ella... De hecho, cuando paseaba por los pasillos de sus recuerdos, llegaba a preguntarse "¿Cómo pude vivir tanto tiempo sin ella?"... Una pregunta tonta. Porque nunca lo había hecho. Ella siempre estuvo, y siempre lo estaría. Y él siempre la había amado, quizás incluso inconsciente de ello. Pero en el momento en que ambos fueron entendiendo lo que sentían por el otro, todo cambió por completo. Era una nueva vida; la vida que quería, que necesitaba.
Aneeta era la luz que disipaba toda oscuridad. Alejaba las dudas, los miedos, la inseguridad. Siempre lo había aceptado, y sólo hace poco se daba cuenta de que tanto lo había aceptado. Como era, con sus virtudes y defectos, sin cambiar nada. Remus no recordaba haber hecho ninguna exagerada y extrema obra de bien como para merecerse la felicidad que la chica le brindaba.
Podría decirse que Aneeta era como la musa inspiradora de grandes artistas... Pero no, eso sería mentir. Aneeta era la musa de la vida de Remus. Musa y co-escritora. Porque eso era lo que hacían, ambos escribían juntos su propia historias. Eran los dueños de cada palabra que se agregaba al libro, de cada trazo que se sumaba al lienzo que se pintaba poco a poco.
— Eso es, porque nunca estuvo en mis planes hacer llorar a una. Mucho menos a ti. — Replicó con una sonrisa, sólo escucharla bromear con algo tan simple, llenaba su cuerpo, corazón y alma con una calidez única que sólo ella podía proveer — No puedes esperar que me acostumbre a algo que no me gusta. — Finalizó empleando el mismo tono burló que había utilizado la chica.

Cada vez que era preso de los labios de la chica de sus sueños, perdía cualquier tipo de orientación. Esos labios, que tanto anhelaba y necesitaba, lo transportaban mágicamente a un mundo diferente... Flotaba, convirtiéndose en una parte más del universo, perdido en un limbo de sensaciones y sentimientos humanamente inexplicables que lo embargaban por completo. Sin aviso, y sin permiso, pero que nunca negaría incluso si tuviera la oportunidad.
Y cuando se separó, cuando dejó sus labios, aunque incluso deseara y necesitara más, la sonrisa que tenía enfrente lo embelesó y cautivó, llenando su corazón con el calor que sólo su amor podía.
Y aquella sonrisa, tan única, y que lo conquistaba de una forma sin precedentes, se traspasó rápidamente al propio rostro del chico al recibir la aceptación de la idea.
Soltó una pequeña risa, emocionado, y se frotó las manos en un gesto que decía "manos a la obra, entonces".

— Por supuesto, por eso mismo lo propuse, Srta. Ravescroft. — Bromeó con un tono profesional, que intentaba imitar a un mayordomo muggle — Oh, como siempre, sólo exageras... — Si tenía algo más que decir, las palabras quedaron presas en su garganta, porque al sentir nuevamente sus labios, cerró los ojos, entregándose por completo, perdiéndose, disolviéndose en ellos — Tonterías, Aneeta, sólo soy yo... Nada especial. Pero es todo un honor si sientes eso. Me siento halagado — Admitió con una sonrisa, mientras acomodaba un pequeño mechón dorado que amenazaba con cubrir esos ojos hermosos que tenía enfrente. — Sólo... Me gusta mucho verte sonreír... Así que... Wow, que egoísta que soy... — Dijo con fingida sorpresa, mientras se llevaba una mano al mentón con aire pensativo — Tú te mereces sonreír a todo momento, y si yo soy, aunque sea, motivo de una pequeña de esas sonrisas, soy feliz.

Era un pésimo cocinero. Ni siquiera podía llamarse de esa forma a si mismo. Había olvidado por completo la cena... Desde luego era completamente justificable, porque había llegado Aneeta, pero aún así... La siguió hasta la cocina, y se alivió al ver que en realidad había ya dejado todo listo, y nada estaba incendiándose. Oh, bien pensó, soltando un pequeño suspiro.
Siguió el camino que marcaba la chica, mientras ayudaba con su propia varita a no ser los únicos que subían a la habitación.
No pudo evitar una sonrisa con el detalle de la música, y luego de que Aneeta se acomodara, se sentó a su lado. Observó en silencio, y con expectativa como probaba el trabajo de unas horas.

— Debo haberte dicho millones de veces, que eres una exagerada. — Bromeó al tiempo que le enseñaba la lengua — Confieso que mi madre también me ha dado algunos tips de cocina... No ahora... No es que yo le haya enviado una lechuza, ni nada... No... Hace mucho... Si, hace mucho. Eso. Años. Años atrás. — Se quedó callado. Callado eres más listo, Remus. Se limitó, en silencio, a robarle con delicadeza el utensilio, para ser él mismo quien llevara el alimento hasta su boca — Abre grande. — Soltó una pequeña risa, al notar como parecía estar alimentando a una niñita pequeña.
La miró con curiosidad, sin entender del todo a qué se refería mientras una nota de papel le era entregada.
— Oh, no sabía que te gustaba la poesía... ¿Latinoamericana si no me equivoco? — Sonrió, y la miró con los ojos entrecerrados, mientras la escudriñaba. — No tienes que comprar en mi librería... — Un suspiro de resignación y el girar de su cabeza fueron señal suficiente de que, de todas formas, se daba por vencido — Pero bueno, veamos. Admito que tienes toda mi curiosidad.
Sus ojos recorrieron rápidamente las palabras sobre la nota. La sonrisa que ya estaba dibujada en su rostro, aumentó considerablemente de tamaño. Un agradable cosquilleo le recorrió cada centímetro del cuerpo, e incluso pudo sentir un pequeño calor llenar sus mejillas.
— Aneeta... Es muy, muy bonito... No sé que decir... — La miró apenado, y sonrió al notar la reacción que ella tenía. Extendió una mano para levantarle suavemente el rostro, y poder mirar sus encantadores ojos — ¿Sabes que quiero besarte, y no dejar de hacerlo nunca? — Preguntó prácticamente en un susurro, aún apenado, pero no esperó respuesta alguna. Por su mente pasaron rápidamente ciento y un poemas que le recordaban a ella, a sus sentimientos, pero decidió que, a veces, una acción dice más que cualquier palabra. Corrió cuidadosamente la tabla de madera junto con el plato a un costado, y acercó su rostro al de ella, mirando sus hermosos ojos por un momento, antes de besarla. Simplemente la besó. Como sus sentimientos pedían que lo hiciera. Como su cuerpo le exigía. Se entregó por completo a sus labios, mientras una de sus manos se entrelazaba con una de ella, y con la otra acariciaba la suave y delicada piel de su rostro.
— ¿Tienes idea del descontrol de sensaciones y sentimientos que me provocas? — Susurró suavemente sobre sus labios, antes de recostarla sobre la cama, él encima de ella, para poder besarla con mayor comodidad — Me haces sentir cosas que nunca antes sentí por nadie... — Confesó entre besos, cada uno más largo, y más instintivo que el anterior. Sólo se dejaba llevar, ser. — Me gustaría pasar el resto de mi tiempo así, contigo... — Le dedicó una sonrisa, sonrojado, y respirando sobre su rostro a causa de la mínima distancia entre ellos. Acercó los labios lentamente hasta su cuello, pasando por su boca, su mejilla, apenas rozándola con ellos. — ¿Podemos quedarnos así un ratito más...? — Susurró sobre la desprotegida piel de su cuello, antes de depositar un gran y largo beso.
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Aneeta Ravenscroft el Lun Ene 16, 2017 3:56 am

Aneeta nunca fue una chica muy popular entre las personas; tenía sus amistades, y no tenía problema para convivir con personas así, pero siempre fue reservada y por más social que fuera y amable con quien se cruzara, los amigos con los que se quedaba siempre eran los mismos.
Conforme la vida pasaba, algunos se iban habiéndose quedado un largo rato, o sólo yendo de paso, mientras que otros pocos se quedaban. Sí, había muy pocos que llegaron y se quedaron con ella, ya fuera desde hacía mucho tiempo o sólo un par de años. Pero había una persona en particular, que se había sentado junto a ella a observar pasar a todos los demás, dar la bienvenida y también las despedidas. La gente dice que llegamos a esta vida solos y nos vamos solos, pero por increíble que parezca al hacer la excepción, Aneeta había llegado a esta vida acompañada de Remus desde un inicio, y estaba más que segura de que se irían juntos cuando tuvieran que pasar a ese siguiente capítulo. Remus Lupin siempre se quedó con ella a observar el panorama, era El amigo, con quien aprendió todo eso, ¿sabes a qué me refiero? Aprendieron juntos a cómo se tiene un amigo, las partes oscuras y las favoritas de tener un compañero de vida, a escuchar y querer hacerlo feliz, a tragarte el orgullo cuando no te queda mas que admitir la culpa, y a defenderlo de quien fuera que tratara de lastimarlo.
Aneeta se llevó la peor de las frustraciones en esa parte cuando ocurrió lo de Fenrir Greyback; se suponía que debía protegerlo, era muy pequeña para entender bien la magnitud del peligro entonces, pero ella se había adjudicado el deber de evitar cualquier daño a toda costa de Remus, su persona favorita en el mundo y la más importante. Ella no podía dejar que llorara, o que lo hirieran, y si sucedía debía enfrentar al culpable, tal vez no sabía lo mal que estuvo y debía hacérselo saber, para que no lo hiciera a otros niños, a otros Remus, ella debía hablar con el señor Greyback y que se disculpara con Remus. Conforme fue creciendo se dio cuenta de la realidad de las cosas, y el señor Greyback se convirtió en el peor monstruo causante de todo el sufrimiento de su mejor amigo, de su Remus. Entonces ya no sólo debía disculparse, debía pagar por lo que hizo y ella se iba a ocupar de eso, ¿no era eso lo que hacía un verdadero amigo? No sólo secar tus lágrimas, o curar tus heridas, sino encargarse de que no se repitiera, y de que quien lo hizo se arrepintiera. Aquello no había cambiado mucho con el correr del tiempo, sí dejó los pensamientos infantiles de lado, pero seguía convencida de la maldad en aquella verdadera bestia, y de que un día lo haría pagar. No era una chica de amenazas, o juramentos para defender la justicia y demás, no era vengativa ni rencorosa, pero todos esos papeles se esfumaban en el momento en que el dolor alcanzaba a Remus; sabía que era demasiado testarudo para admitir vulnerabilidad, sin embargo no por eso iba a dejar de ser su prioridad. Ella también debía protegerlo, salvar a su caballero de vez en cuando y alejar cualquier amenaza contra él.
Era suyo, sin el sentido posesivo de la palabra, sólo lo era como ella para él, estaba convencida que nadie podía cuidarlo como ella lo hacía, cada vez lo veía más claro; nadie iba a amarlo como Aneeta, o a defenderlo, o conocerlo, muchas podrían intentarlo, sabía a su pesar que su chico era uno atractivo y… bueno, para ella era perfecto, tenía que aceptar que no era la única que veía eso. Pero sí era la única que sabía verlo, que podía en su totalidad, y lo apreciaba como se debía, así que se esforzaría por mantenerse a la altura y conservar su amor para ella, ese que nadie podría atesorar como Aneeta lo hacía, responderlo y cuidarlo como más valioso que su propia vida.
Remus era el soporte para que ella pudiera seguir en pie, la centraba y era constante recordatorio de lo maravillosa que es la vida, porque lo era cuando formaba parte. Disipaba todo mal, toda incertidumbre; todo era un escándalo de sonidos atribillando, movimientos sin dirección, locura desenfrenada, hasta que él aparecía y lo demás se esfumaba, para Aneeta el único sonido era su voz, el único movimiento era el de su cuerpo, la única locura era la que hacía de sus emociones con solo verla.
—Hablas demasiado, Rems, como siempre haces cuando intentas distraer la atención de tí—se burló encantada con verlo divagar como lo hacía, tan enternecida… adoraba observarlo—. Tienes que venir creyendo de una vez mis palabras y lo importante que eres, o comenzaré a creer que no confías en mí—insinuó con tono juguetón y se rio entre dientes—. Entonces si es lo que te hace feliz, sonreiré el resto de mi vida.
Rodó los ojos al techo golpeándolo su hombro con el de ella, riéndose de sus nuevas divagaciones, así que tuvo que esperar más al siguiente bocado para no preocuparse de posible asfixia. Se quedó callada con él, viéndolo con ojos risueños.
—No tienes que explicar, Rems, no te ayudas.
Obedeció abriendo la boca para recibir el alimento, y se rio con él mientras masticaba, pestañeando repetidas veces para dar una imagen más infantil e inocente, captando el juego.
—Como ya dije, delicioso.
—No empieces, ya es bastante vergonzoso mostrártelo ahora, ten piedad de mí. Y chileno, para ser precisos—añadió, aun viendo el edredón como si fuera lo más interesante del mundo. Siempre ha sido muy penosa para los asuntos amorosos de manera clásica, con sus poemas, las flores y aunque tuviera más confianza con él que con nadie, seguía teniendo dificultades para no sonrojarse—. Sólo lee.
No se atrevió, no tuvo el valor para quedarse a observar su reacción, se mantuvo gacha con las mejillas carmesí, ¿y si no le había gustado…?
—No digas nada… —su corazón comenzaba a latir más rápido apenas la tocó para hacer que lo viera, fue alzando hacia él la mirada con cautela hasta que encontró la suya, y su corazón se detuvo por un instante. Volvió a latir más tranquilo, como si lo hubiera entumecido.
“¿Sabes que quiero besarte, y no dejar de hacerlo nunca?”
Su corazón rugió como locomotora a toda marcha entonces, la electricidad recorrió su cuerpo entero con sólo oír aquellas palabras y perdió el aliento, perdida en aquellos ojos de miel que significaban su mundo entero. No conocía nada más, no necesitaba otra cosa. Sus labios como puertas a la infinidad y el corazón mortal iluminado hasta la ceguera, no existía otra cosa.
Los temblores por la oleada de sentimientos amenazaban con apresarla, pero un roce de su mano en su rostro y se disipaban, la otra envolviendo la de ella y no había nada que temer. Estaba segura.
Su cerebro estaba tan entumecido, que si bien su voz se abrió paso hasta su mente, tardó en entender su significado y otro más en que se dirigía a ella. Sólo se dejaba recostar y guiar por lo que Remus hacía de ella, con los ojos entreabiertos buscando de nuevo sus labios.
— Yo… Me doy una idea… Así me siento…—respondió con dificultad para encontrar las palabras, subiendo las manos a su cuello —Remus… — murmuró apenas entre los besos que recibía y respondía, casi tan ida como si estuviera en un trance, lo único que la tenía conectada con la realidad era su tacto y su voz llamándola, de otro modo sentía que en cualquier momento se desvanecería en éxtasis. Fue hasta que lo vio sonreír, y respondió con brío como un espejo. Acarició su mejilla, admirando el rostro que tenía delante antes de responder.
—No hay otro lugar en el que quisiera estar mas que aquí, así, para siempre—murmuró sobre sus labios, como si fuera un secreto entre amantes, que de alzar demasiado la voz podría romperse.
Un suspiro se agudizó al sentir su aliento sobre su cuello, causando nuevas sensaciones que nunca antes había experimentado, no así, no tan embelesada de amor y gloria.
—Podemos…—alcanzó a decir cerrando los ojos por el beso.
Las palomas de sus manos inquietas bajaron por su espalda, buscando a algo a qué aferrarse, cayendo hacia Remus empapándolo de caricias por debajo de la camisa, con manos temblorosas más por la excitación de lo nuevo que el temor a lo mismo, con el corazón casi calcinado por los sentimientos que encendía a viva flama en su fuero interno. La respiración era aún controlada, pero eso no tardaba en cambiar, podía sentirlo, porque sí era pesada y hasta ahora se volvía lo más lejos que habían ido de un inocente beso prolongado.
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Remus J. Lupin el Miér Ene 18, 2017 4:28 am

Si bien podría decirse que Remus estaba separándose un poco de sus padres al abandonar su casa de toda la vida e irse a vivir con Aneeta, juntos en Piccolo Eden, también podía decirse que siempre tuvo una muy buena relación con ellos. Además, desde luego, Aneeta siempre había sido bien recibida en la casa de los Lupin, tanto como Remus en la de los Ravenscroft. Así había sido toda la vida. Pero los padres a veces son insistentes y muy curiosos, y en innumerables situaciones, el joven licántropo había sido interrogado acerca de su vida amorosa. Principalmente por Lyall, su padre.

"— ¿Cuándo será el día que traigas a una bonita bruja contigo, Remus? — Preguntó el mago castaño de mediana edad, mientras sonreía a su hijo con todos los dientes, en una de las tantas ocasiones que se repetían cada vez que el joven licántropo salía del castillo — Sabes que será aceptada aquí, ¿Verdad? Estoy seguro de que hay algunas leonas -o quizás también incluso de otras Casas- que están detrás del más listo de los Gryffindor. — Acto seguido, el mago solía darle una codazo juguetón, o sino, revolverle todo el cabello al pequeño Remus. En ocasiones, ambos.
En esos momentos, Remus no comprendía bien las intenciones de su padre, y de hecho, terminaba frustrado o con una pequeña molestia. Era lo normal.
— No tengo tiempo para esas cosas, papá. Además las chicas se fijan en los jugadores de Quidditch y eso; yo me la paso en librería. Pero no es que me importe, de verdad. — Era lo que respondía cada vez, y terminaba haciendo pucheros cuando su cabello era revuelto en contra de su voluntad.
No lo comprendía, pero a su vez notaba, que a diferencia de algunos de sus amigos en Hogwarts, su padre no buscaba que cambiara de hábitos. Remus sabía que era bastante introvertido, y se la pasaba entre libros, sí. Pero Lyall siempre había respetado eso. Su padre no quería que él cambiara. Y Hope, su mamá, siempre se mantenía fuera de esas conversaciones. Por supuesto eso no significaba que se quedara fuera del tema de conversación. Pero ella dejaba que Lyall y Remus tuvieran esas conversaciones así, de padre a hijo. Y para desesperación del joven lobo y león, también buscaba una conversación de madre a hijo. Pero Hope Howell tenía otra forma, muy diferente a la de Lyall, de abordar esos temas.
— ¿Aún no hay ninguna chica en Hogwarts que capture el corazón de mi pequeño lobito? — Solía preguntar con esa sonrisa suya que tanto la caracterizaba, que nunca faltaba. "Lobito", una clara demostración tanto del aprecio de Hope para con su hijo, además del sentido del humor que la no-maga tenía.
— ¡Mamá! — Exclamaba Remus poniéndose rojo, en ocasiones llevándose las manos al rostro — Te he dicho muchas veces que no me llames así... — Era vergonzoso, incluso si podía sentir todo el cariño con el que ella lo decía. — Y no, no hay nadie. No me fijo en esas cosas. Estoy ocupado estudiando en el colegio. — Explicaba siempre. En respuesta, su mamá sólo sonreía, y le besaba las mejillas.
— ¿O es que acaso ese corazón ya aulla por su dueña? Una jovencita rubia muy simpática que no vive muy lejos de aquí. ¿Cómo era su nombre? Oh, parece que no puedo acordarme, incluso aunque se la pasen todo el tiempo juntos. ¿Alissa? No, no. No se llamaba así, ¿Cómo la llamas a veces? ¿Rita? ¡Que mala memoria tengo! — Un largo y exagerado suspiro, normalmente agregaban más énfasis a su sarcasmo.
— ¡Hope Howell Lupin! — Era normal que Remus utilizara el nombre completo de su madre en ocasiones así — Aneeta y yo sólo somos amigos. Nada más, mamá. Por más que insistas, eso no va a cambiar
— Quizás no sepa mucho de magia, pero sé de amor, y les auguro un futuro lleno de el a ambos. Juntos. Yo sé lo que digo. Pero... — Solía tomar una de las manos del joven Remus, y ponerse seria — Aceptaré que son solo amigos. Por ahora. — Y la peor parte para él. Se acercaba a su oído, y le susurraba de manera cómplice — Aunque se vean preciosos juntos y hagan una pareja hermosa.".


Le llevó varios años a Remus comprender todo. Que su papá sólo intentaba que se aceptara como era, que no debía cambiar, que estaba orgulloso de él; pero al mismo tiempo, que no le temiera al rechazo, que tendría una vida normal y también los demás lo aceptarían como era, incluso sabiendo el secreto de su licantropía.
Y su mamá... ¿Cómo lo hacía? Desde luego que había acertado por completo, porque no había nadie que el joven hombre-lobo amara más que a "Alissa" alias "Rita" Ravenscroft. Ambos... siempre habían sido excelentes padres.
— Es algo que me digo yo mismo a veces, en mis tantas conversaciones en voz alta conmigo mismo. Hablo mucho, sí — Comentó sacándole la lengua, y contagiándose de la misma risa que ella era víctima — Claro que te creo, y confío ciegamente en ti. Pero... Es que... Cuando fui dándome cuenta de lo que sentía por ti, nunca creí que te fijarías en mí. — Desvió rápidamente la mirada, un poco apenado — A veces aún me cuesta creer un poco lo afortunado que soy, sólo eso. — Finalizó con una pequeña tos nerviosa que siempre lo delataba cuando se sentía así.
Obedeció, y no dijo mucho más, sólo hizo lo necesitaba hacer. Lo que sentía. La besó, y se entregó a ella por completo, como ella también lo hacía con él. Dejó que sus labios saciaran la necesidad que tenían de los contrarios. El silencio reinaba, sólo interrumpido por el sonido de sus respiraciones, el latir de dos corazones, hechos el uno para el otro, que compartían el ritmo.

Con sólo oírla, algo tan simple como eso. Con oir sus palabras, mil y una fogatas se encendían en el cuerpo y alma del joven mago, disipaban la oscuridad y frío de la noche. Estar con ella allí, los dos juntos y tan cerca era... Indescripitible. Era así, no podría describirlo. El resto del mundo se había desvanecido del plano de la existencia, y sólo estaban ellos dos, él y ella, en un limbo creado por sus sentimientos, sus necesidades, sus deseos. Todo había desaparecido para él, excepto ella, su Aneeta, quien estaba a escasos centímetros de sus labios.
— Tenemos... — Las siguientes palabras no querían salir de su boca, y su cerebro no parecía estar en condiciones de dar las órdenes básicas como para forzarlas. Estaba hechizado... Sus labios tan cerca, su respiración encima de los de él.. No podía salir de aquel trance. ¿Qué le sucedía? Jamás se había sentido de esa forma, y al mismo tiempo se daba cuenta que quería más de ella — Tenemos... toda una vida para nosotros. Para estar así. — Finalizó con dificultad y no poco esfuerzo.

Si bien Aneeta se encontraba debajo de Remus, aprisionada entre él y la cama, Remus era tanto prisionero de ella como ella de él. El aroma de su piel con un toque de lavanda lo embriagaba; el calor de su piel al tenerla tan cerca, le quemaba la propia, y sin embargo lo hacía querer más, no escapar. Arder por completo, perderse en ella. Eran sensaciones nuevas y tan fuertes, que lo confundían, prácticamente anulando su capacidad de razonar.
Con los labios recorrió el costado de su cuello lentamente, antes de depositar otro beso aún más largo que el anterior. Y quería continuar, quería seguir besándola. Allí, por todo su cuerpo, quería cubrir su cuerpo por completo de besos. El rostro del castaño enrojeció al darse cuenta de sus propios pensamientos, pero no pasó mucho antes de que toda su atención cambiara de objetivo al sentir dos suaves manos recorrerlo por debajo de la prenda que llevaba. Una serie de corrientes eléctricas lo inundaron con el mero tacto, y su propia respiración se aceleró ligeramente entre suspiros.
— Aneeta... — Fue lo único que alcanzó a decir, en un susurro casi imperceptible, mientras su piel era examinada por las mejores detectives. Sentía el tacto ajeno viajar por su espalda, ocasionalmente pasando por encima de alguna vieja cicatriz debido a las tantas lunas llenas de su vida.
Estaba completamente perdido. Su cuerpo ardía en llamas, su respiración comenzaba a irregularizarse poco a poco, y sólo podía pensar en ella. Sólo Aneeta. Nada más en el mundo. Los mundos. El universo. Ella lo era. Ella lo era todo. No tenía escape, pero tampoco quería escapar de donde estaban.
Las llamas lo envolvían, y de repente, la camisa que hasta hace unos momentos había sido algo más, algo que estaba y ya, comenzaba a molestarle. Se separó apenas unos centímentros, sólo los suficientes para poder mirarla, mientras su corazón latía con fuerza, y comenzó a desabotonarla, dejando su pecho cada vez más al descubierto, y buscando con la mirada la reacción que ella tendría. Una parte de él quería desviarla, no muchas personas habian visto su cuerpo cubierto de cicatrices, aunque Aneeta ya sabía que estaban allí. Pero no lo hizo. Con esa simple mirada, quería transmitirle todo lo que sentía en ese momento. Lo que sentía con hasta la última fibra de su cuerpo. También buscaba su permiso, su autorización, porque sus propias manos, al igual que las de ella hacía unos momentos, también buscaban más. Las mismas bajaron hasta el final del vestido, y comenzaron a subir poco a poco por debajo de el, recorriendo la piel de sus piernas con las yemas de los dedos.
La piel de Aneeta lo llamaba, y los labios del castaño volvieron a besar su cuello, la respiración entre cada beso golpeando contra ella. Poco a poco fueron bajando hasta su hombro, y se detuvieron allí. Una de sus manos subió rápidamente, para tomar el tirante del vestido, y bajarlo con suavidad hasta dejar su hombro vulnerable a sus besos.
— ¿Me detengo...? — Fueron las únicas palabras que salieron de su boca, apenas audibles.
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Aneeta Ravenscroft el Lun Feb 20, 2017 6:06 am

Viéndolo en retrospectiva y desde el exterior, Aneeta guardaba secretos que de ser desvelados podrían mancillarla para terminar colgando el hábito como joven virgen carente de cualquier sensualidad erótica.
Ella sí era virgen, y también tímida ante muchas cosas, especialmente hacia la carnalidad; tan acopada era sobre esto, que uno esperaría Aneeta no pasara de gestos tan inocentes como tomarle la mano a un muchacho, abrazos o besos castos que no pasaran de la mejilla o los labios. Ella también espera eso de sí misma.
Lo cierto era que para su propia vergüenza, había encontrado su propia sensualidad femenina en situaciones que le parecían vulgares y carentes de sentimientos amorosos, y la ausencia de aspectos románticos verdaderos era lo mismo que le causaba pesar y humillación al rememorar sus acciones. Con arrepentimiento y dolor, como única experiencia en el ámbito erótico contaba a hombres que no la amaron; Cloud había sido el primer hombre con el que intentó hacer de lado su timidez para poder confesarle sus sentimientos, y su única respuesta había sido fascinación por la belleza que representaba para él, más concentrada en lo que percibían sus ojos que su corazón, si es que aludía al mismo estando con Aneeta. Al final no le entregó nada más que un corazón que terminó siendo estrujado entre sus descuidadas e insensibles manos, y sin embargo con eso ya se sentía bastante despojada de cualquier esperanza para recuperarse de tal decepción amorosa. Había estado enamorada de él como una niña tanto tiempo, una niña embelesada con la imagen de caballero y guardián de armadura brillante que Cloud fungió para Aneeta tanto tiempo, que ver la ilusión desvanecerse en el aire, lo hacía tan real como el mismo cuento de hadas al que pertenecía todo su encanto. Supo protegerla todo ese tiempo de cualquier amenaza, pero a la hora de quedar solos corazón a corazón, no mostró piedad en arrebatarle el suyo; al final la mayor amenaza a la que la expuso Cloud, sin haber nadie para guardarla esta vez, la encontraba en su espejo. Había sido sumamente doloroso hacerla ver que por más que había creido encontrarse en un plano distinto por "ser su mejor amiga", que la salvaguardaba de su crueldad tenoria y le proporcionaba un cariño real, al final la trató como a cualquier otra deshechándola del mismo modo. Y se fue con el mismo desinterés, haciendo parecer poco más que una burla todo lo que pareció haber sido real entre ellos, machacando los retazos de su relación bajo sus pies como quien sacude el polvo de sus suelas mientras se iba.
Su primer corazón roto prometió ser el último con la iluminación por el descubrimiento de su amor hacia Remus, que hizo ver la ilusión hacia Cloud como algo nada más que eso, una ilusión, un juego de niños que fue muy lejos y terminó hiriéndola de un modo tan desconocido para ella.
El suyo ya no era un amor de niños, no se parecía a ninguna otra clase de amor que vivió antes o incluso creyó vivir, era un mundo completamente nuevo que contemplaba con la misma fascinación que los primeros colonos de América ante nuevas tierras y nuevas maravillas. Y seguía aplicándose la misma curiosidad, de resultar un mundo que siempre estuvo ahí y relativamente no era nuevo, sólo no había volteado a ver a esa parte hasta entonces; no fue hasta que se le ocurrió ir más allá, probar la suerte de un nuevo modo y toparse con lo que siempre tuvo ahí y nunca vio realmente. Era como si hubiera elegido tener la maña de ignorar lo más grandioso que la vida podía ofrecerle, hasta que se le ocurrió probarse unos lentes con aumento de corazón para la falta de visión del alma.
Sin embargo, como ocurría a esos mismos primeros colonos, que encontraron maravillas de las que carecía su origen, tantas de ellas, Aneeta probaba adentrarse más en ese mundo que significaba Remus para ella, con el fin de encontrarse nuevas tierras que nunca antes pensó en explorar. Así que con la excitación del viajero que inicia una aventura mayúscula, guiada por la primitiva llamada hacia lo desconocido como un plano misterioso que ha de desentrañar, se dio ánimo para tomar coraje y adentrarse hacia el final de los mares para encontrar la continuación de más maravillas o un precipicio al abismo del universo. Porque así era el amor, arriesgarse a saltar hacia lo que no controlas y no sabes, ya sea que esa otra persona te de una caída al vacío o te de la mano para llegar al otro lado. Iba a confiar en que Remus la asiría, la sujetaría y la mantendría con él, estaba segura.
Así que el amor estaba presente en la habitación esa noche, como la estrella más brillante del universo iluminaba desde sus corazones, refulgiendo a través de la oscuridad como símbolo de la salvación, la salvación del alma. El amor se encontraba en las manos de Aneeta al acariciar su piel como un marino que las pasa por el agua excitado por el viaje al océano que conserva su espíritu, al presionar sus dedos allí por donde pasaban como un náufrago aferrándose a aquello que lo mantenga a flote, al detenerse en las irregularidades de su piel que indicaban cicatrices como una madre que limpia las lágrimas del rostro infantil de su pequeño. El amor estaba en su boca cuando buscaba devorar la ajena como un degustador experimentando con nuevas delicias culinarias que revolucionan su paladar, en sus labios cuando trazaba caminos de besos por su cuello como un viajero encontrando nuevas rutas en parajes desconocidos y exóticos, en sus dientes cuando se atrevía a morder su clavícula como un herbívoro arranca las plantas que le dan vida. Cada tacto de su piel la revitalizaban distinto a como ya lo hacía antes, pinchazos de electricidad que le robaban el aliento recorrían su cuerpo entero mientras más se perdía en Remus y en descubrirlo. Finalmente, el amor se encontraba en su mirada, como un recién nacido que abre los ojos por primera vez y conecta el rostro con la voz que siempre lo acompañó en la oscuridad.
Creyó que no encontraría la voz cuando intentara hablar, pero habló claro en un volumen bajo.
—N-no sé...—confesó.
Lo más desnuda que había estado ante un hombre, había sido con Cloud cuando la despojó de su blusa y besó cuanto pudo sin deshacerse de otra prenda. Había experimentado una total revolución de hormonas, mas al compararlo ahora con lo que sentía con Remus, era como el trueno de una bala junto al trueno de un rayo. Los truenos de una tormenta.
Con un poco de duda, se enderezó y con ello a Remus también hasta quedar ambos sentados en la cama. Los platos con la comida habían quedado olvidados, y con simplemente pensarlo su magia corporal los apartó para ponerlos en la mesilla de noche. Se atrevió a mirarlo a los ojos mientras hablaba.
—No eres el único con cicatrices que quiere ocultar, Remus...—dijo comenzando a abrazarse a si misma sin notarlo, como un reflejo de vulnerabilidad al pensar en aquello—. Sabes... de las cosas que hemos pasado... de los ataques, y cuando no estabas...—con ello se refería al ataque en el callejón Diagonal de hace ya casi un año, y ya comenzaba a sentir el apretujón en el pecho aunque hubiera pasado tanto. Bajaba la mirada pero intentaba mantenerla—Sé que no se comparan a lo que vives cada mes... pero quiero que sepas que así como soy feliz contigo, también... también sufro... contigo. No por ti, claro, pero compartimos dolores e historias que nos marcan... odio esas marcas casi tanto como odias tú las tuyas, lo he sabido... pero revelan lo que hemos pasado y dónde estamos, que aquí seguimos—cobrando mayor confianza, desabatonó su camisa con cuidado hasta quitarse y la ponerla a un lado suavemente, y mientras seguía hablando hizo bajar el cierre y se bajó el vestido que cayó hasta su cintura. Ya podían verse cicatrices tenues, algunas podían confundirse como pigmentación de la piel. Pero la una era una muy blanca, y esas marcas rosadas podían identificársele con una vista aguda y atenta—. Somos lo que hacemos y lo que aprendemos en partes iguales—comenzó a acercarse más hasta que al alzar la mano hacia él quedó entre sus torsos, apoyada en su pecho desnudo; acariciaba una cicatriz gruesa y la acaricio con el pulgar—, nos guían nuestras convicciones y nuestra gente y su amor nos cambian a quien estamos destinados a ser—prosiguió bajando a besar otra cicatriz en su hombro. Se quedó ahí a apoyar su mejilla en él—. No te define en qué te conviertes en la luna llena, yo no veo a un monstruo, te veo a ti y tú eres mi destino. Me quedaré con el hombre que hay en la superficie y también amaré a la bestia que duerme dentro tuyo; no me importa el peligro que creas que corro a tu lado, mi lugar es contigo bajo el sol o bajo la luna—subió entonces un poco más la cabeza, aún escondida en su cuello bajo su barbilla mientras lo abrazaba para pegarlo lo más posible a ella, abrazando todas sus cicatrices—. Hay muchos monstruos peores, y tú no eres de ellos; yo te prefiero, te prefiero, Bestia—sollozó la última oración haciendo alusión a una de sus frases favoritas de la Bella y la Bestia, recordándole tanto que intentó ayudarle cuando eran niños y usaba el cuento para hacerlo sentir mejor con su licantropía. Ahora tomaba un significado tan diferente y poderoso entre ellos, que no pudo contener un par de lágrimas al sentirlo. Subió las manos a enredarlas en su cabello para acercarlo a ella y juntar sus frentes, poder respirar su aliento—. Es mi promesa. No me iré por más cicatrices o maldiciones que escondas, las llevaré contigo, amor mío.—murmuró sobre sus labios antes de sellarla con un profundo beso fundido en amor puro.
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

Mensaje por Remus J. Lupin el Dom Feb 26, 2017 5:25 pm

Desde luego no era un tema sobre el que hubiese hablado con ella. No cuando eran amigos, y desde luego mucho menos ahora. Aún así, por un puñado de diferentes razones, el joven hombre-lobo podía deducir que no era el primer hombre en su vida. Se preguntaba quién podría haber sido tan afortunado y estúpido... Afortunado debido a la oportunidad, desde luego; y estúpido por desperdiciarla... En realidad no, no se lo preguntaba. No le interesaba. No importaba. Y de hecho, nadie podría darle tantas vueltas a un giratiempos como para cambiar eso. Tampoco había necesidad, desde luego.
Le habría gustado ser el primero, claro, pero simplemente estando tan cerca, había estado muy lejos.

Había muchas verdades de las cuales era consciente. Obviamente no era el primero. Obviamente no era lo ideal. Obviamente eso no podía cambiarse. Obviamente Aneeta tenía más experiencia, la cual se hacía más notoria aún en comparación con la de él; podía vislumbrarse incluso en medio de su tan característica timidez. Remus intentaba no pensar demasiado en eso. En que ambos siempre habían estado el uno para el otro, pero aún así no se habían dado cuenta de ello. En como otros labios habían tenido el privilegio de besar aquellos y simplemente la hubieran perdido.
Obviamente no era el más experimentado o indicado, pero allí estaba, entregando su cuerpo y su alma envueltos en un papel de regalos llamado amor. Como si se tratara de un libro, que esperaba fuera leído y no dejado a un lado para llenarse de polvo en una vieja biblioteca. Lleno de miedos, dudas e inseguridades, pero que no importaban y parecían desaparecer en el calor del momento. Parecían.
Pero el pasado era eso. Pasado. Era una historia que no formaba parte del mismo cuento de hadas. Utilizando nuevamente los libros como analogía, eran dos libros diferentes, escritos por autores diferentes. Puesto que el pasado no podía cambiarse, sólo quedaba el futuro. Y si había algo, una única cosa que podía extraer de ese libro anterior, era que si bien no podía ser el primero en besar aquellos labios, podía hacer lo posible por ser el último. Sería el autor de una nueva historia de amor, y nadie tomaría el lápiz de sus manos. Se aseguraría de escribir una historia feliz, porque nadie se merecía eso tanto como Aneeta.
Eran esos pensamientos -la necesidad y deseo de hacerla feliz, el saber que ella siempre estaría para él, y lo aceptaría con los brazos abiertos- los que provocaban que cada miedo o duda fuera disipándose poco a poco, como si de una niebla se tratase, la cual oscurecía su visión del futuro, y ella siendo como siempre la luz en su vida, la desvanecía.

Por un largo tiempo Remus fue completamente consciente de lo que sentía por Aneeta, pero no se atrevió a hacer nada al respecto. Habían sido amigos desde que tenía memoria, y temía arruinar eso pretendiendo algo que no era posible. Simplemente debía mantenerse callado y fingir que nada había cambiado. Él era una persona callada. Y en cierto modo era cierto, porque aunque no fuese consciente desde un principio, siempre la había amado. Todo debía seguir de la misma forma, pero no resultó tan fácil cómo él habría deseado. Estaba seguro de que podría haber engañado a cualquiera: a Dorcas o Los Merodeadores, por mencionar algunos amigos; incluso quizás también a Aneeta, después de todo ella no estaría atenta a él, ¿Verdad?; también podía engañarse a sí mismo, pero había un simple hecho que se sobrepondría sobre cualquier otra cosa, una verdad simple y rotunda. No se puede engañar al corazón.
Pero decidirse a hacer algo es muy diferente a hacerlo. Remus estaba seguro que por más que su corazón no compartiera la opinión de su cabeza, era inútil siquiera ilusionarse o intentarlo. Aneeta era demasiado buena para él, y por tanto completamente fuera de su alcance. El joven licántropo siempre había sido un ávido lector, y le fascinaban las diferentes épocas de la historia muggle. Historia europea, oriental, sudamericana. Y en cuanto a historia y cultura sudamericana... Metafóricamente, él se encontraba a los pies del templo de Kukulkán en el centro de Chichén Itzá. También conocido como "El Castillo", debido a que los conquistadores españoles buscaban alguna similitud arquitectónica con las existentes en el continente europeo, podría considerarse una descripción gráfica de sus posibilidades para con la chica que hacía de su mundo un lugar mejor. Si él se encontraba a los pies del templo, Aneeta desde luego se encontraba en la cima, como si se tratara de la deidad a la cual se rendía tributo. Sin embargo, a diferencia de la arquitectura real, en lugar de un escalón correspondiente a cada día del año; en la metáfora de Remus, cada vez que él subía uno, aparecían dos más, convirtiendo la tarea en virtualmente imposible.
Le llevó mucho tiempo, pero cuando al fin fue sincero consigo mismo, fue sin lugar a dudas recompensado con felicidad mayor de la que podría haber imaginado.

Aneeta le había demostrado una y otra vez su amor, que lo aceptaba como era, algo que no todo el mundo era capaz de hacer. Estaba infinitamente agradecido, e igual de feliz. Se sentía seguro con ella, y podía ser él, a pesar de su miedo constante con las demás personas. Ella era la excepción a la regla. Ambos se dejaban llevar, con pequeñas dudas, y quizás manos temblorosas por momento, pero cada uno simplemente se permitía ser. Ser, y hacer lo que nacía desde la profundidad sus almas.
Cada caricia, cada ligero roce del tacto ajeno con su piel, eran alivio puro, cómo un bálsamo para sus heridas. Cómo si su piel fuera un viajero perdido en el desierto y cada caricia un pequeño sorbo de agua helada, pura y cristalina. Cada vez que se detenía en una de las cicatrices, resultado de tantos años de lunas llenas, una pequeña corriente eléctrica recorría su cuerpo. Cada beso, una bocanada de aire para un buzo quedándose sin oxígeno. Sus bocas eran una, y tenía la certeza de que ninguno de los dos quería separarse.
Cientos de sentimientos diferentes desbordaban su ser. Su cuerpo estaba sumergido por completo en ese mar de sensaciones que también a su vez inundaban su interior. Su respiración se irregularizaba, no de forma muy diferente a como sucedía luego de una transformación, sin embargo la razón actual era completamente distinta.
— Qui-quizás no deberíamos... — Se apresuró a decir, y sorprendió al percatarse la enorme dificultad con que las palabras salían de su boca.

Ambos quedaron sentados en la cama, dándose un pequeño respiro mutuo ante el nuevo mundo hacia el que ellos mismos estaban abriendo la puerta con manos temblorosas.
Le dedicó una sonrisa tímida, mientras se perdía en sus ojos, como tantas veces había sucedido antes.
Se quedó en silencio por un momento, mientras escuchaba con atención cada palabra. Acercó cuidadosamente una mano hacia ella, y acarició con suavidad su rostro con el contorno de los dedos.
— Eso lo sé, Aneeta... — Soltó un pequeño suspiro. Desde luego que sabía a qué cicatrices se refería. Inconscientemente se mordió el labio inferior al oír mención de lo sucedido en el Callejón Diagon. Con todo lo que había sucedido luego de eso, parecía que era algo de hace muchos años. — No tienes que compararlas con las mías, o restarles importancia, yo sé lo duro que ha sido para ti, y lo fuerte que has sido, como lo eres siempre. Y eso es precisamente lo que demuestran, ¿Sabes? Que has sido más fuerte. Por eso estamos aquí. Quizás algún día pueda ayudarte a... No quiero decir "olvidarlas", porque es parte del pasado, y como tú dices, nos marca... Figurativamente. Pero al menos a quitar ese sufrimiento. — Con la misma mano que tenía sobre su rostro, acomodó un pequeño mechón dorado detrás de su oreja. — Porque no lo mereces. Y no, no lo digo por estar perdidamente enamorado de ti como lo estoy. Lo digo porque eres la persona más dulce, pura, noble, altruista y maravillosa que he conocido. No mereces nada malo.
Una pequeña tos nerviosa lo interrumpió al notar como iba desprendiéndose de su camisa sin tener que hacer nada él mismo. Y las pocas palabras que podrían haber salido de su boca luego de eso, quedaron  prisioneras en su garganta al notar como ella dejaba al descubierto su torso.
Así que nuevamente se convirtió en un espectador silencioso. Espectador de la mayor de las obras de arte, esas que, si se tratara de una pintura, siempre requieren una pincelada más, porque el mismo autor está insatisfecho con su resultado. Así que agrega uno y otro día tras día, llevándole años lo que originalmente debía haberse logrado en meses. Hasta el día en que al fin llega a la perfección absoluta. Ese era el resultado. Esa era ella. Única. Perfecta a sus ojos.
Pero desde luego no era lo único que Remus veía. Si había algo que la licantropía le había enseñado, era lo inútil, y estúpido que era guiarse por superficialidades. Aneeta era hermosa como persona. En su torso descubierto no sólo podía ver la belleza física, que estaba seguro cualquiera podría ver, sino también su fuerza de voluntad, su ternura, su bondad, su desinterés; podía ver el trazo de su vida, como si su piel fuera nuevamente un lienzo. Y todo eso lo enamoraba. Otra vez.
Sonrió con las mejillas tomando un color más rojizo, el cual había desaparecido luego del pequeño respiro que se habían dado. Un pequeño suspiro fue la respuesta a aquella caricia, la cual sentía llena de amor. Cerró ligeramente los ojos al sentir sus labios en una nueva cicatriz y quiso decir algo, lo cual nunca sabría qué era, debido a que las palabras nunca salieron y su mente no funcionaba lo suficiente como para identificarlas.
— No... — Dio un nuevo suspiro. Nunca en su vida se había sentido tan bien. Tan "en el lugar correcto". Estaba en el paraíso, lo que convertía la tarea de refutar lo que ella decía o de imponer alguna condición, en una más que difícil. Decidió que sería algo para hablar con calma en otro momento, y suspiró de nuevo, esta vez de forma más prolongada. Un suspiro lleno de resignación. Esta vez dejaría ganar al Remus al que hacían sentir tan aceptado como siempre había deseado desde lo más profundo de su alma. — Nadie me ha dicho nunca algo tan hermoso, significativo e importante. — Todo era tan intrincadamente simple. ¿O simplemente intrincado? Sincerar sus sentimientos, abrirse el uno al otro. Era algo maravillosamente mágico. Era algo simple en teoría y difícil en práctica. En general, no para ellos. Ambos demostraban una y otra vez que entre ellos era natural. Sin embargo que fuera natural, no significaba que cada vez que lo hicieran, Remus no se sintiera como picado por un pequeño Billywig.
— No me digas Bestia, Cenicienta... — Reprochó como ya era costumbre hacer, aunque en realidad la felicidad recorría cada parte de su cuerpo al oír esa frase en particular. — Oh, ¿O ahora eres Bella? Me lo he preguntado unas cuantas veces, y sigo creyendo que eres la Cenicienta, porque esta historia es diferente, y la escribimos nosotros.
Todo lo que acababa de salir de aquellos labios que tanto lo cautivaban, el hecho de estar abrazados de esa forma, tan cerca, cómo si ese momento fuera a durar para siempre. Era irrefutable que ese era su lugar en el mundo.
— Aneeta... — Su rostro volvió a enrojecerse al tiempo que sus frentes se juntaban. Su aliento lo embriagaba, y lo hacía perderse por completo, como si una pequeña parte de su fuerza lo abandonara.
Se apresuró a poner su dedo índice entre medio de sus bocas para detener el beso. Era como si los dos estuvieran besando el dedo.
— Te prometo lo mismo. Y te prometo también que el final de la historia será " y vivieron felices para siempre" — Susurró con una sonrisa luego de quitar su dedo entrometido, y ésta vez dejó que el beso siguiera su curso, entregándose a los labios ajenos.
Sin interrumpir el beso que los unía, la recostó nuevamente sobre la cama, con el mismo cuidado que tendría si se tratara de la muñeca hecha de la más fina de las porcelanas. Quedando por encima, continuó el beso hasta satisfacer momentáneamente sus labios de los ajenos. Momentáneamente, porque nunca era suficiente. Pero se separó de ellos lentamente, y comenzó su recorrido. Besó esta vez sus mejillas, con profundo cariño; bajó hacia su cuello, recorriéndolo con cuidado, como si fuera un mapa en blanco, y con cada beso llenara una parte del mismo; prosiguió depositando los labios sobre su hombro, dejando un alargado beso allí, antes de descender con cuidado a lo largo de su brazo, dibujando una pequeña línea imaginaria con sus labios. Por último, finalizó con un pequeño beso sobre el dorso de su mano, tal como acostumbraban los caballeros.
Alzó ligeramente la vista para verla a los ojos. Intentó no perderse nuevamente en ellos, pero era una tarea inútil. Tuvo que esforzarse, pues en realidad no había terminado aún lo que pretendía hacer.
Acercó el rostro hasta su abdomen, su propia respiración golpeando contra la piel ajena mientras sus ojos intentaban divisar un objetivo en particular.
Un poco más arriba, sobre la parte izquierda de su cuerpo, Aneeta tenía una cicatriz, la misma que él estaba buscando. Una línea horizontal desigual, cerca de las costillas, y marca de un pasado menos feliz.
Se tomó todo el tiempo del mundo. Recorrió su largo primero con un sólo dedo, muy lentamente, notando las pequeñas irregularidades en la piel. Concentrado en su tarea, prosiguió a repetir el mismo proceso, esta vez con los labios. Pequeños primero, y luego largos besos llenos de amor, cada uno marcando el trazo de la cicatriz, la cual acababa debajo de su seno.
— Amo cada parte de ti... — Susurró sobre la piel de su pecho.
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Re: Tale as old as time, song as old as rhyme [Remus J. Lupin][+18]

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