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I hate that I want you {Privado +18} FB

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Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Dom Sep 18, 2016 11:41 am

Recuerdo del primer mensaje :

El silencio y la calma era el ambiente predominante del departamento de Cooperación Mágica Internacional del Ministerio Británico todos los días de la semana. Aquel soporífero ambiente no ayudaba demasiado a que la tarea, aún más tediosa, con la que tenía que lidiar Jürgen Leuenberger se le antojara más liviana. Llevaba algún tiempo cansado de la rutina, y lo único que hacía al salir del trabajo para distenderse un rato era visitar a su prometida. Aunque tampoco se puede decir que aquello fuera plato de buen gusto, porque entre ellos había una falta total de pasión. No es que Damaris Kozlova no fuera atractiva, porque lo era, sino Jürgen ni se hubiera dignado a considerarla su esposa, era otra cosa. No conectaban, no tenían confianza y el alemán no hacía ningún esfuerzo por acercarse a ella. Se dedicaba a escucharla hablar la mayor parte del tiempo, a hacerle regalos ostentosos o a procurar que la boda no se le fuera demasiado de las manos. No querría nada demasiado ostentoso, porque a pesar de que sabía que debía ser ostentosa para demostrar su posición social, había una línea muy fina entre lo ostentoso y lo de mal gusto.

Estaba haciendo papeleo cuando Jürgen Leuenberger escuchó unos pasos entaconados pasando frente a su mesa, dirigiéndose a otro sitio. Miró disimuladamente el vaivén de las caderas de Käthe Dürrenmatt cuando su compañera de trabajo se levantó de su mesa un momento. A penas lo hizo durante un segundo porque no podía arriesgarse a que absolutamente nadie viera cuanto le atraía aquella condenada mujer. Aunque ya había visto a más de un compañero mirándola disimuladamente cuando creían que nadie les veía. La única diferencia entre esos babosos y él, creía, era que él al menos había conseguido besarla. Aunque quién sabe, a lo mejor no tenía la exclusividad en el departamento. Sacudió levemente la cabeza para apartar esos pensamientos de su mente. Cómo ella había dicho, evidentemente aquello no había significado nada. Y él se intentaba auto-convencer de que para él tampoco. Se había prometido con otra mujer y aunque no fuera por amor, ni  pretendiera serle fiel, tampoco debía importarle mucho una mujer que le había besado en un momento determinado. Un beso tampoco era la gran cosa, ¿no? El problema es que nunca le habían besado como lo había echo Käthe Dürrenmatt,  y lo que más le desconcertaba es que tampoco sabía qué significaba aquello.  

Poco a poco el departamento de Cooperación Mágica Internacional se fue vaciando, como con cuentagotas. Antes de que se diera cuenta, los únicos que quedaban eran él, el jefe y Käthe. El hombre al cabo de un rato se levantó y le dio unas últimas recomendaciones a Käthe, despidiéndose de los dos en general antes de dirigirse directamente al joven. -Y recuerde que debe terminar estos informes antes de irse, señor Leuenberger, los necesito para mañana. -Jürgen asintió y pronunció un “sí, señor” neutro, asintiendo con la cabeza antes de tomar los informes que le pasaba su jefe y echándoles un ojo. El hombre ya se había puesto la chaqueta y estaba a punto de salir cuando se dio media vuelta, regresando a su mesa. El joven alemán lo miró con curiosidad, sin saber muy bien que esperarse por la enorme sonrisa que llevaba en los labios. -Oh, y Leuenberger, me ha llegado la buena noticia. Enhorabuena por su compromiso, me han dicho que la señorita Kozlova es realmente encantadora.  Una preciosidad si se me permite el comentario. -Entonces Jürgen entendió el cambio de humor y forzó una sonrisa. Se levantó, sin moverse de detrás de la mesa y le apretó la mano que él le tendía. -Muchas gracias señor, le comunicaré a mi prometida sus amables palabras.  -Contestó, en un tono suave. -Muy bien, entonces, buenas tardes a los dos. Procuren no trabajar demasiado. -Y dicho esto se fue por la puerta, dejando a solas a los dos empleados de nacionalidad alemana que tenía en su plantilla.


Última edición por Jürgen A. Leuenberger el Dom Nov 13, 2016 4:31 am, editado 1 vez
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Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Vie Mar 03, 2017 12:23 pm

Su contestación le llenó el alma de júbilo, hizo que una sonrisa franca se instalara en sus labios, feliz de saberse dueño y señor de una porción de su memoria, como ella tenía una parte de la suya. Y en ese momento no era consciente de todas las consecuencias que eso podría tener sobre el joven en un futuro, lo mucho que podría pesar la losa de su recuerdo, de su presencia que una vez catada era imposible de dejar de desear. Aquellos pensamientos fueron relegados a un segundo plano al escucharla hablar de nuevo, creando confusión dentro de su mente. -Lo suficientemente bien como para que yo sea el único que pueda abrirla. -Contestó, tranquilamente, sin saber muy bien porqué hacía esa pregunta ¿dudaba de sus habilidades? -¿Temes que nos hayan visto? -Le preguntó, pasando una de sus manos por su cabello largo y suave. Los zafiros del chico se clavaron con intensidad en los preciosos irises de la chica, incapaz de pensar en otra cosa que en lo mucho que deseaba pasar unos pocos segundos más a su lado, lo que fuera. Asintió lentamente, con una media sonrisa. -Lo que tu quieras. -Y con eso le entregó un poco más de su ser, le dio la capacidad, el poder, de arrebatarle lo que quisiera, aunque mucho a su pesar, ya tenía lo más peligroso que podía obtener de su ser.

Después de mirarla una vez más, de buscar su alma detrás de esos ojos verdes que le habían quitado más de lo que él jamás podría robarle, se separó definitivamente de ella, perdiendo el contacto físico. Sin embargo aquel distanciamiento no fue suficiente para que Jürgen dejara de sentirse unido, atado, a Käthe. En ese momento tuvo la certeza que no importaría cuanta tierra los separara de ese momento en adelante, nunca iba a dejar de saberse suyo, por mucho que entregara su apellido a otra bruja y compartiera con ella prole, nada ni nadie iba a cambiar la promesa que le había hecho. Y no era precisamente por honor, iba más allá de cualquier tipo de responsabilidad que pudiera sentir por haber prometido algo, era algo más sentimental que racional. Sentimientos, por otro lado, que siempre le habían parecido ridículos, una losa para débiles. Tal vez, para él, lo que sentía por Käthe podría ser su fortaleza. Aunque contradijera todo lo que creía cierto.

Dio un paso atrás y se giró para buscar su ropa, encontrando rápidamente la ropa interior y los pantalones. Junto a estos encontró ropa de ella y la recogió, entregándosela con una media sonrisa en los labios. -Aunque estás mucho más guapa sin nada encima. -Le guiñó un ojo y volvió a su tarea de buscar las piezas de ropa perdidas en la locura que los había absorbido sin que pudieran hacer nada al respecto. Mientras se abrochaba los botones de la camisa la observó vestirse y no pudo evitar querer preguntar. Nunca le habían gustado las sorpresas, le gustaba demasiado tener el control. -¿Y qué quieres hacer? -Cuestionó, pasándose la chaqueta del traje por los brazos y alisándose con la mano cualquier imperfección en sus ropajes. En un pobre intento de que nadie advirtiera lo que acababa de pasar en aquel despacho, pero cualquier persona que les viera cruzar esa puerta iba a saber la verdad. Y en el fondo esa idea hizo que dentro del pecho del joven estallara un sentimiento intenso de orgullo que rápidamente fue sufocado por saber que estaba siendo un idiota iluso. En un momento recordó que estaba prometido, que entre ellos vagaba el fantasma de una tercera persona. De alguien que él podría alejar pero no sabía si era lo que debía o no hacer. Si ella se lo pidiera... Pero no lo había hecho y aquello se suponía que debía ser su despedida de soltero. Más claro imposible.

Alejó esos pensamientos de su mente, no quería pensar en que aquello era una despedida, iba a exprimir hasta el último de los segundos que pasaría junto a ella.
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Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Dom Mar 12, 2017 11:33 am

Todo, absolutamente todo lo que había pasado hasta el momento le resultaba nuevo. Nunca antes había experimentado tal nivel de enajenación junto con una sensación cálida que abrigaba su ser. Patética se hubiera gritado a sí misma, ingenua y crédula habrían sido variantes hacia meses atrás cuando aún era la Käthe Dürrenmatt que se liaba con cualquier y conseguía a través del arte de la seducción lo que creía querer o necesitar. Sí, creía. Ahora se daba cuenta cuán caprichosa era y que, aún con todo lo que había pasado en su vida en los últimos meses, seguía siéndolo un poco al no querer dejar ir a Jürgen de su interior, mucho menos de su lado. ―Envidia debe sentir aquel que nos haya visto. ―murmuró, apresando su propio labio inferior mientras esbozaba una sonrisa ladina. Y ella que creía que había vendido su alma, que ya no le restaba nada en su pecho más que un hueco que servía como recordatorio de su craso error, podía sentir, podía percibir como la llama en su interior danzaba con fervor y algarabía al tener ese par de ojos azules mirándola como en ese momento. ―Mala elección de palabras. No te imaginas lo que quisiera hacer contigo, encima y debajo de ti. ―repuso. Su alma, en ese momento, le había sido devuelta por el alemán y, muy probablemente, ni siquiera tendría sospecha de ello. Mucho menos sospecharía que a partir de ese momento, de ese renacer, se había quedado grabado en el fuego en su alma.

Y que, pasase lo que pasase, él siempre estaría haciéndole compañía.

Sintiéndose ligeramente fría y echada a la soledad, se incorporó cuando el rubio finalmente salió. Una vez más, dejó que su ávido mirar recorriera en todos los sentidos el bellísimo panorama que tenía frente a ella. Nunca había sido devota del arte, pero a la alemana le resultó inevitable pensar en Jürgen como una de esas estatuas de mármol, cincelado a mano hasta el más mínimo detalle sin dejar nada a la imaginación. ―Sigue así y no te dejo salir de esta oficina hasta que inicie la nueva jornada de trabajo. ―podría haber estado hablando en serio, una parte de su ser le pedía a gritos que no lo dejara irse de su lado. Pero aquella parte era nimia en comparación con la que estaba ilusionada y entusiasmada por la idea de pasar tiempo de calidad con él. Já. Käthe Gaëlle Dürrenmatt teniendo eso, simple tiempo de calidad con un chico. Mas, Jürgen no había sido ni sería un chico más en su vida. Y algo le decía que a él le pasaba lo mismo. Aún sobre la mesa, agarró las prendas que le tendía el becario y se fue vistiendo con paso ligeramente acelerado pero sin perder la femineidad de sus movimientos. ―¿Qué te hace pensar que te lo diré? ―replicó, bajándose de la silla para agarrar la blusa que había dejado llegado unos pasos más allá y vistiéndola enseguida. Se acercó hasta donde él, con su rostro ladeado y sus ojos refulgiendo de deseo, para acomodarle el cuello de su camisa y rozándole la piel de vez en cuando. ―Ya te dejé tener el control. Ahora es mi turno. ―le guiñó un ojo, tal como lo había hecho él segundos atrás. Ya había actuado con inesperada pleitesía al momento de hacer el amor y debía quedarle claro que eso no era precisamente lo que acostumbraba

Depositó un suave beso en el lugar preciso donde morían sus labios para encontrarse con su barbilla y retrocedió, abrochándose el último botón de su camisa y acomodándose la falda que vestía. ―¿Nos haces los honores? ―le preguntó, con una de sus cejas arqueadas en dirección a la puerta de la oficina. Primero debían abandonar las cuatro paredes del edificio antes de poder hacer lo que ella tenía pensado. ―Londres. ―sólo le dijo eso, segura de que comprendería que tomar la salida del Ministerio era necesario. ―Confía en mí. ―murmuró mientras deslizaba su mano junto a la de Jürgen y, contra todo pronóstico, entrelazaba sus dedos con los ajenos. Toda ella tembló, sin saber si fue a causa de los nervios o del placer, pero lo que sí supo es que fue una sensación nueva y exquisita. ―Sólo… no digas nada. Soy egoísta y estoy cumpliendo una fantasía. ―le confesó una vez sus ojos se toparon con los ajenos, revelándose como una chica cualquiera que tenía sueños por demás fantasiosos.

Le instó, entonces, a caminar junto a ella tomados de la mano por las calles de la capital inglesa. No importaba si había gente a su alrededor, para la rubia sólo estaban Jürgen y ella. Nadie más estaba ni estaría por el momento. ―Soy hija única. De hecho, creo que soy la única portadora de los apellidos de mis padres, Sonja nunca habla de su familia. Sí, llamó por su nombre de pila a mi madre porque simplemente no tenemos una buena relación. ―no estaba segura al cien por ciento de lo que hacía, sólo sabía que era algo que quería hacer. Quería que alguien finalmente la conociera tal cuál era ella. Sin máscaras, sin ser la reina del fuego y hielo ni la princesa de las mentiras, sólo ella. ―Soy zurda, lo cual es una estupidez y de pequeña consideraba una maldición porque todo está hecho para los que usan la mano derecha. Soy buena nadando y cantando, pero no es algo que me guse que se sepa.―miraba hacia el frente, afianzando el agarre de sus manos y paseando junto a Jürgen a paso moderado. ―¿Qué hay de ti? ―inquirió, volteando a verlo. Deseosa de saber más de él, de aprovechar hasta el último segundo que le restaba a la noche.
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Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Dom Mar 19, 2017 6:36 am

La mirada del joven alemán se encendió en deseo, en una ferviente llama de pasión que reclamaba su atención a gritos, pidiendo sólo con sus ojos que fuera suya. Pero de verdad, definitivamente. Jürgen quería estar con Käthe, fue sencillo darse cuenta de aquello una vez era tarde para pedir nada. Quería su alma y su cuerpo, siendo consciente de que él ya le había entregado lo primero de su propio cuerpo a ella. No supo decirle nada de todo eso y sin embargo se inclinó hacia delante de nuevo para robarle un beso rápido, intenso y feroz con el que devoró sus labios, agresivamente posesivo. Debía darle a entender que habían llegado a un punto de no retorno que iba a suponer muchas consecuencias que ninguno había buscado pero con las que se estaban dando de bruces. Buscó aire de nuevo, abandonando sus labios para ocuparse de la indeseable tarea de vestirse.

-¿Eso es una amenaza, Dürrenmatt? Porque a mi me ha sonado a ambrosía de dioses, estás perdiendo facultades. -Bromeó el joven sonriendo de medio lado con picardía mientras se iba abrochando la camisa. Él también disfrutaba del espectáculo, sus ojos se posaban sobre ella sin ningún intento de disimularlo mientras ella cubría cada centímetro de ese hermoso cuerpo del que nunca podría tener suficiente. Cuando ya casi había terminado de vestirse ella se levanto, meneando sus caderas hacia él. Tan femenina, tan peligrosa. -El hecho de que al parecer te gusta contentarme. -Le dirigió una mirada divertida, insolente, sabiendo que tal vez ella no iba a tomárselo bien. Fuera como fuese, estaría igual de radiante a sus ojos. Sonrió de medio lado al sentir sus dedos sobre su cuello y sin pensárselo dos veces su mano derecha descansó en la curva de su espalda, justo cuando empezaba su trasero. Tenía la necesidad de tocarla, quería recordar para siempre su calor contra su piel. -No sé si puedes pedirme eso... -Murmuró, él tenía que tener el control. -Pero por ahora, tu ganas. -Se rindió a su autoridad, dispuesto a que ella hiciera y deshiciera con él. De todas formas, se suponía que aquello no iba pasar de esa noche.

El joven asintió con la cabeza, adelantándose unos pasos para abrir la puerta con la mano, deshaciendo así el hechizo antes conjurado que les retenía cautivos. En realidad había sido él quién tenía el poder de no dejarla salir de esas cuatro paredes hasta que tuviera suficiente de ella. Pero como nunca iba a llegar a ese punto de satisfacción resolvió que lo mejor era cumplir sus deseos y dejarse llevar por su voluntad. Se giró hacia ella, preguntándose qué rayos querría hacer ella por la ciudad. La curiosidad era difícil de sobrellevar para alguien acostumbrado a no dudar nunca de cual era su siguiente paso. Sin embargo, todo aquellas dudas se disiparon rápidamente con el simple contacto de su mano, entrelazando sus dedos con los de ella. Le sonrió levemente al escucharla y se limitó a asentir con la cabeza. -Lo que la señorita desee. -Accedió, abandonando la habitación que fue testigo de su amor, que iba a guardarles el secreto y aunque Jürgen no lo sabía, sólo lo intuía, el primer y último lugar que sería cómplice de algo así. Al menos en muchísimo tiempo.

Deambularon por las calles de Londres tomados de la mano, a ojos de cualquiera una pareja común, con la única diferencia de que él estaba prometido, su vida estaba ligada a otra mujer. Y lo peor, no deberían estar desmostrándose afecto en público, si su Señor se enteraba de esa debilidad iba a ser tan fácil que les manipulara... Pero Jürgen no pensaba en nada de todo eso, los problemas, las dudas, quedaron en otro lugar y sólo existían ellos dos. Se giró hacia ella, atento a sus palabras, interesado en todo lo que ella le contara. Por primera vez en su vida le importaba alguien que no fuera él. -Vas a tener que cantarme algún día, entonces, aunque sea sólo para mi. -Sugirió, sonriendo ligeramente y acariciando con su pulgar el reverso de la zurda suave y delicada de la joven. Lo pensó algunos segundos ¿qué podía contarle de él que resultara interesante? -Yo tampoco soporto a mi madre. Es una mujer tan insulsa, tan estúpida, que me enerva. Creo que todos los problemas que he tenido para tomarme enserio a las mujeres tienen relación con ella. Incluso, nunca había respetado a una mujer ni la había considerado mi igual hasta conocerte a ti. -Aseguró, mirándola brevemente. -De lo demás no hay mucho que contar. Me gusta mucho leer. En el colegio fui bastante estudioso, mientras los demás perdían el tiempo con el Quidditch e impresionando chicas estúpidas yo lo aproveché para ser el mejor de mi promoción. Quería dedicarme al estudio de las Runas Antiguas pero, evidentemente, mi camino tomó otra dirección. Pero no me quejo, de otro forma no te habría conocido. -Ahora caminaban junto al Támesis, en la oscuridad de la noche. -Aunque debo admitir que la primera vez que te vi pensé que eras la típica chica estúpida que yo siempre he detestado, que está bien para pasar un buen rato, pero que no va más allá de eso. Pero no eres así. Deberías sentirte orgullosa, eres de la única que hablo así.
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Re: I hate that I want you {Privado +18} FB

Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Mar Mar 21, 2017 5:00 pm

Daría todo por permanecer así más de las pocas horas que le restaban al día. Entregaría cada galeón de su fortuna, vendería cada una de sus pertenencias a cambio de, por lo menos, unos minutos más junto a Jürgen sencillamente así. Joder, ¿así se sentía el gustar de alguien? Todas esas sensaciones resultaban nuevas y tan... refrescantes. Como el rocío de la mañana. Como una gota de agua luego de días en el árido desierto. Como algo que nunca antes había sentido.Un acto de egoísmo. Ciertamente estaba actuando guiada por el vil egoísmo que, de alguna u otra forma, también se encontró con las flamantes emociones que experimentaba en lo más profundo de su fuero interno la alemana. Sólo una vez más. Egoísta, como acostumbraba. Egoísta, por querer tener toda la atención del alemán, por querer que los pensamientos del rubio terminaran dirigiéndose hacia ella, hacia sus cuerpos fundiéndose en uno, hacia sus labios saboreándose, hacia sus ojos devorándose. Hacia ellos.

Sonrió, mezcla perfecta de coquetería y timidez, al verlo perderse por unos segundos en sabría Merlín qué. —Me gustaría saber en qué estás pensando. —bisbiseó la rubia, teniendo el impulso de entrometerse en sus pensamientos. De tratarse cualquier otra persona, lo hubiera hecho. Mas, las fuerzas le fallaron y la inseguridad la abofeteó. No a Jürgen, a él no. —Pensándolo bien, te dejaré con tu mente pervertida. De lo contrario, causaremos un espectáculo público. —se encogió de hombros, mordiéndose el labio mientras negaba con la cabeza. Una negación ante la mareada de pensamientos que golpearon contra las costas de su conciencia, una negación antes las ideas de que le estaba pidiendo prestado un poco de tiempo al fatídico destino que sabía estaba escrito para ella. Era incapaz de decírselo.

Miedo, frío y penoso, acarició su delgado cuerpo en busca de calarse hasta su tuétano. Sin embargo, fue todo un intento en vano. Su piel se disponía a mantenerse cálida tal como la había dejado su encuentro con Jürgen.

Un gesto. Minúsculo, pero con la suficiente fuerza para hacer que su cuerpo temblase. Íntimo, que los confesaba dueños de un secreto compartido. —Me lo pensaré, Leuenberger. —lo miró, entonces, insolente y altanera también. Un constante tira y afloja al parecer serían. Una constante en su vida, eso era nuevo. Continuó caminando a su lado, mirándole por el rabillo del ojo. Atenta y expectante. Ávida por lo que podría contarle, deseosa por saber algo más de él. De cierto modo, eso no le sorprendió en demasía. Hasta que comentó eso último. Sorprendida, separó sus labios y dejó escapar una suave risilla.  —Eres un romántico empedernido. —quería probarlo, llevarlo hasta sus límites simplemente porque sí. Porque así era ella. Aunque el brillo en sus ojos la delataba como una de esas jovencitas ingenuas, creyéndole ciegamente en sus palabras. —Yo perdía el tiempo jugando al Quidditch. Pero no tomo ofensa alguna, era buena. —se encogió de hombros, levantando sus manos entrelazadas sólo lo suficiente como para poder dar una vuelta sobre sí misma. Ya se lo había advertido en cuanto empezaron su caminata nocturna. Eso, no obstante, sí que la tomó por sorpresa.
Se detuvo, separándose de su agarre y se colocó frente a él. Sin palabras, sólo acciones. Acunó su rostro con ambas manos y se acercó hasta sus labios, suavemente primero para luego terminar mordisqueando sus labios. —Nosotros no vamos a ir más allá de este rato. —y eso, sencillamente eso era lo que más le dolía.

-Hacer algo para ti misma. Sentir el logro, la satisfacción de algo hecho... Creo que cuando consigues eso, tu vida empieza a tener sentido-

Hacia un año, cuando su mejor amigo le dijo aquellas palabras ella había respondido con el ego herido, con su vanidad pisoteada. En ese instante, sin embargo, su respuesta de aquel entonces cobró sentido. El estar bordeando el Támesis junto a Jürgen era algo que, finalmente, había hecho por y para ella. Para demostrarse al rubio y a sí misma que era capaz de albergar sentimientos nobles. —I won't be able to see you any more... —comenzó, entonces, a entonar una canción que en algún momento logró escuchar. —Because of my obligations and the ties that you have.—su voz era melancólica, aceptando el significado de las letras que cantaba. And since this is our last date together, I want to hold you just one more time. —por un momento, su voz se quebró como si fuese a llorar. Se adelantó y apoyó en la baranda metálica que servía para poder mirar el fluir del río que cruzaba Londres. —Intenta ser feliz en tu matrimonio, ¿si? —ya no podía verlo a los ojos, era imposible. —No iré a tu boda. No podré. —no sería capaz de soportar más dolor en su vida.


La canción ♥
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Re: I hate that I want you {Privado +18} FB

Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Dom Mar 26, 2017 1:40 pm

Los pensamientos del joven alemán divagaron algunos segundos en temas poco placenteros, unas ideas que iban a abrir un abismo entre ellos. Jürgen no se sentía con ganas ni con fuerzas de hacer frente a esa realidad, no en ese momento. Agradeció infinitamente que Käthe no le insistiera, habría acabado cediendo. ¿Qué le habría dicho primero? ¿Que había por ahí una mujer llevando un caro anillo y que iba a compartir su vida con ella o que en otro rincón del mundo se escondía un hombre de poder sin igual que si se enteraba de aquello iba a usarlo en su contra? Por suerte, el enunciado se convirtió en una pregunta retórica, no hizo falta que la respondiera y alejó de él sus temores, sus inseguridades. Sonrió levemente al escucharla. -No iban a ser capaces de olvidarlo nunca, la envidia les correría hasta el final de sus patéticos días. -Declaró el chico, con suma tranquilidad, observándola con un tinte pícaro brillando en sus ojos.

Jürgen enarcó una ceja, lentamente, con divertida sorpresa, poco acostumbrado a que le negaran aquello que requería. Pero no por ello se quedó callado, siempre tendría recursos para intentar conseguir algo de Käthe. Se agachó y susurró en su oído, en tono sugerente. -¿Ah si? Pues tal vez tendré que convencerte... -Le mordió suavemente la mandíbula y se irguió rápidamente, aparentando serena normalidad cuando en realidad sentía su sangre recorriendo sus venas con fuerza, con un acalorado ímpetu. Cual adolescente atolondrado, cual idiota ilusionado con algo que no debería ni querer experimentar otra vez. Teóricamente debería haberle bastado, nunca le interesaba una chica después de conseguir lo que quería de su cuerpo. Sin embargo de Käthe no tenía nada de lo que deseaba, no llegaba al punto de satisfacción que era imprescindible para sacársela de la cabeza. Y dudaba que ese nivel fuera accesible.

La contrariedad se dibujó en su rostro al escucharla y se giró con una pequeña mueca plasmada en sus labios, con el entrecejo fruncido. -¿Romántico? No te atrevas a volver a decir eso, Dürrenmatt. -La amenazó con ligereza, sin ir enserio. Pero se quedó pensando en sus palabras, al decirlas no le habían sonado tan cursis como ahora era capaz de apreciarlas. Frunció la nariz, disgustado ¿desde cuando pensaba y decía aquellas cosas? Por un momento un pavor profundo, intenso, le consumió. La devoción que le profesaba no podía ser otra cosa que peligrosa, muy extremadamente peligrosa. Pero era incapaz de sumirse en sus pensamientos más oscuros cuando ella estaba a su lado, era fácil dejarse llevar por su magnetismo y sólo pensar en ella. El futuro, cosa incierta e incómoda, le parecía lejano y poco apetecible. No quería perderse en él cuando el presente era lo mejor que podía desear. A pesar de lo efímero, del dolor que iba a conllevar después separarse. No podría arrepentirse de algo así mientras viviera. -No lo dudo. -Era imposible imaginarse que Käthe hiciera algo mal. No sólo por lo cegado que estaba respecto a ella, sino porque estaba seguro de que era el tipo de mujer que no hacía nada que no se le diera bien. Así era él al menos.

Se detuvieron junto al Támesis, en medio de la calle, en ningún sitio en concreto, rodeados de extraños, de sucios muggles que no eran ni capaces de llamar su atención, e medio de una ciudad extranjera que se había convertido en su residencia, más no en su hogar. En ese punto, indeterminado, insignificante de Gran Bretaña los pies de Jürgen se quedaron varados, resistiendo el oleaje de dura realidad que lo azotaba. No había querido pensar en ello, pero no era más que una verdad evidente. -Lo sé. Pero eso no cambia el hecho de cómo te veo. -Le contestó, con su mejor tono imparcial. ¿Qué más podía hacer? Tenía razón, aquello iba a quedarse ahí, entre ellos, condenado a la clandestinidad desde el primer instante en el que sus cuerpos se encontraron, cuando sus deseos coincidieron arrojándolos al abismo de la perdición. Aunque era tan complicado resignarse que en el fondo le gustaría rebelarse ante ese futuro determinado.

Se quedó en silencio, observándola, dejando que su melodiosa voz inundara sus oídos. Era como una aparición, se sintió atrapado de su voz como si estuviera utilizando su parte veela para producir el hechizo. Aunque no lo hacia, era simplemente ella, electrizante, única, hermosa, que atraía su alma a la de ella con la misma facilidad de una mirada, la simpleza de observarse. La canción era demasiado cierta, le hería de un modo complicado de definir y de entender. Su letra parecía estar hecha para ellos, para ese instante, para aquel lugar insignificante junto al río. Pero así se deberían sentir todos los enamorados imposibles.

Se sintió brutalmente rechazado, como si acabara de darle una patada y lo hubiera echado de su vida para siempre, apartando toda esperanza que pudiera llenar su alma de júbilo. Acababa de marcar la distancia, de imponer una barrera infranqueable e invisible dónde murieron, en un instante, todas las ilusiones infantiles de Jürgen. Porque en el fondo había creído que era posible deshacerse de su prometida, que si ella se lo pedía lo haría, que si ella quería no tenía porque ser una despedida. Pero acababa de dejar muy claro que era eso lo que deseaba. Y Jürgen, orgullo herido, se sintió de pronto muy lejos de ella. -De acuerdo. -Contestó, con imparcialidad. La mejor venganza sería cumplir su enunciado, ser feliz con Damaris, olvidarla, hacer lo único que le había prometido que no haría: relegarla al olvido. Y aunque lo desearía, en aquel momento no había nada que quisiera más, sabía por otro lado que era imposible. -Lo entiendo. -Sus ojos se clavaron en el oscuro entramado fluvial que se describía bajo sus pies. Ahora no quería mirarla, no sabía que decirle, no sabía que sentir. Le incomodaba, sabía que lo había dejado claro desde el principio, que aquello era todo lo que iba a ofrecerle, y él, ingenuo, no había podido apartar una pequeña esperanza, que murió junto a sus palabras. Había sido incapaz de comprender del todo el significado de sus palabras desde un principio. -Que seas muy feliz tu también. -A pesar del rencor que le había consumido, de la amarga derrota que saboreó, no podía desearle el mal. Y ahora sería el momento idóneo para irse, dar media vuelta y zanjar aquella locura absurda, pero era incapaz. Al parecer ella tenía más influencia sobre ella que él sobre la escurridiza alemana, con un poco de suerte ella daría el primer paso para dejar aquello en el pasado. Nunca le había gustado tener que tomar la acción valiente.
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Re: I hate that I want you {Privado +18} FB

Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Lun Mar 27, 2017 1:48 pm

¿Por qué, de entre todas las cosas, debía, precisamente en aquel momento de su vida, reconocer que podía experimentar todo un cúmulo de sensaciones y emociones a las que siempre se negó? ¿Por qué debía estar ante ella lo que podría ser un inesperado, pero no por eso prometedor, futuro cuando había aceptado lo inevitable? Irreversible era, después de todo, el destino que se había labrado con sus tantas acciones equívocas. Pero, ¿de qué podía culparse ahora si ella misma se había convencido de que eran las correctas? Y, sobre todo, ¿qué podía hacer sino se mostraba arrepentida de todas y cada una de las acciones que la llevaron a hallarse en el fondo, oscuro y anegado, de ese pozo en el que se había convertido ser una sirviente de su Señor?

Nada. No podía hacer nada. Se encontraba atada de ambas manos, incapaz de mover algo para que las cosas resultasen a su favor, tal como siempre debía ser. Como estaba acostumbrada a que fuese.

Caótico y desolador. Entrañable y contradictorio. Mas, con gran diferencia por sobre las demás, indeleble era la única palabra que creía capaz de encerrar todo el momento compartido con Jürgen, el sentir cuán cálido y posesivo podía ser su agarre, cuán reconfortante le resultaba escuchar su voz mientras caminaba a su lado. ¿Cómo, entonces, se suponía debía poder irse de su lado? ¿Cómo reuniría la fuerza de voluntad necesaria para marcharse o alejarse o desaparecerse si lo único que quería era permanecer junto a él y suponer que todos sus pecados cometidos en el pecado nunca la alcanzarían? La estaba matando el reconocerse incapaz para soportar su indiferencia, sus palabras dichas desde atrás de un muro que había comenzado a construir en medio de ellos, el no reconocer su propia imposibilidad para mostrarse apática ante tal situación. —Odio las despedidas. —admitió rendida, expirando en un sonora exhalación. Ella no podría ser feliz. No porque no quisiera, sino porque no podría. No le era permitido vivir y ansiar su propia felicidad cuando toda la oscuridad que la rodeaba, finalmente, había comenzado a tragársela viva. Derrotada, dio la vuelta sobre sí misma y se apoyó sobre la baranda, sintiendo el frío metal hincando su espalda. —Los líos de una noche eran lo mío, eran la promesa de saber que era sólo sexo por el placer del momento y que a la mañana siguiente no habría nada que me atase. Es fácil agarrar tu ropa y marcharte, sabiendo que nunca más volverás a esa cama  ni a ver ese rostro. —aferró sus manos a la barandilla, intentando darle motivos para que se fuera de una buena vez, para que fuera el rubio quien tuviese la valentía de alejarse de primero. —Pero, mierda, Jürgen. Tu rostro es algo que quiero volver a ver mañana y pasado y el día que le sigue. —sus ojos, con la vista hacia el frente, miraban pasar a locales y turistas que disfrutaban de la vida nocturna. —Pero no puedo. No me pertenezco, no desde que llevo la marca en mi brazo. —la repulsión se adueñó de su estómago cuando sintió ganas de arremeter contra los muggles, cuando pensó en un par de hechizos suficientes para que desapareciesen de su panorama.

Echó su cabeza hacia atrás, sintiendo como los naipes del castillo que construía comenzaban a caer una a una. —Sólo me he despedido una vez de alguien en mi vida. Él era muy importante para mí.—con sus ojos cerrados, sentía la brisa del afluente londinense acariciar su dorada melena y le fue inevitable el no sentir envidia porque era esa misma brisa la que rozaba a Jürgen de la manera que ella quería. —Me despedí de mi mejor amigo segundos antes de matarle.—soltó su confesión sin dilación, no pudiendo soportar más el permanecer a su lado sin querer volver a probar sus labios, sin querer más de él en más de un sentido. —Y no quiero que eso pase con nosotros. —separó sus párpados y ladeó su rostro hacia donde se encontraba el alemán, empapándose de su perfil una última vez antes de partir.

Antes de Desaparecerse del sitio. De ese lugar donde había entregado una parte de su corazón a la espera de que fuese lo último que quedase de ella cuando le tocase afrontar lo inevitable. Pues sabía, contra todo pronóstico, que lo había dejado en buenas manos.  
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Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Vie Mar 31, 2017 1:21 pm

Él no compartía esa opinión, siempre le habían gustado las despedidas. Recordaba con un buen sabor de boca despedirse de sus padres cada septiembre antes de dirigirse a Durmstrang puesto que para él ir al colegio era emocionante sin connotaciones negativas, el día que su hermano se fue de casa fue estupendo porque dejó de tener un molesto vecino, cuando se fue a Inglaterra sólo podía pensar en su deseo de servir al Señor y no sintió nada al decirle adiós a sus padres... Y en un sinfín de ocasiones, no sintió nada al decir adiós, sólo emoción. Para él las despedidas siempre habían significado un prometedor futuro, distinto, anhelado. Aunque ahora, dudaba un poco de aquella idea, a lo mejor nunca se había despedido de algo que no quería perder.

Vio de reojo como ella se apoyaba dando la espalda a lo que él observaba pero no se movió, así era más fácil. Con las manos en los bolsillos el chico no sabía dónde ponerse, se sentía incómodo por una parte y rabioso por otra. La impotencia y el rechazo no eran fáciles de sobrellevar para alguien como él. -Pero eso no es posible. Tu misma lo has dicho. -Contestó, en su mejor intento de ser frío, de mantener la distancia entre ellos. No podía hacer aquello, Káthe no le podía hacer eso, primero aceptar su derrota y resignarse a esta y después... ¿Qué estaba haciendo? Se sintió manipulado, como un títere en sus manos. Ella sabía el poder que tenía sobre él, lo que podían causar unas pocas palabras en el alemán, y lo usaba contra él. Ya no sabía qué más decir, ni hacer. Aparentemente las cosas estaban simplemente dadas y no estaba en sus manos. Así que, ¿para que intentar nada sabiendo que sería inútil? Quería huir, y a pesar de todo, se sentía magnetizado por el aura de Käthe.

Aquella confesión le dejó todavía más perplejo, no sabía si ella estaba jugando con él o simplemente desnudando su alma cuando ya no podían hacer nada por salvase. Le tomó por sorpresa darse cuenta de que no podía sentir rencor hacia ella, a pesar de sentirse usado en parte, era incapaz de odiarla. -A menudo tenemos que hacer cosas que no nos gustan para sobrevivir, o porque creemos que es lo correcto. -Tragó lentamente, aún observando el agua aunque no pudo contener más tiempo las ganas de mirarla. Aunque fuera un momento, aunque fuera tan bella que le cortaba la respiración. -No podemos dejar que los deseos dirijan nuestro camino puesto estos son variables y de lo que es variable te puedes arrepentir. Si tus convicciones son más firmes que tus deseos es más fácil que las decisiones tomadas basadas en las primeras te parezcan correctas durante más tiempo. -Se giró de nuevo, quedándose con esa imagen suya gravada en las retinas para la posteridad. En la oscuridad de la noche, iluminada tenuemente por luz artificial, con el viento jugando con sus cabellos de oro y los ojos cerrados. Aquello era muy aplicable a esa situación y eso iba a hacer, dejar de permitir que sus deseos, volubles y cambiantes transformaran su vida por un sentimiento. Aunque este fuera fuerte, indeleble, nunca antes había sentido nada por nadie. Su corazón dio un vuelco, y latió con más fuerza, como si acabara de enfadarse con su mente, decirle que se estaba equivocando terriblemente. Que aquello nunca iba a pasar ni a convertirse en un recuerdo más. -Sólo espero que te sirva de consuelo. -No sabía qué más decirle, ¿qué decirle a alguien que confesaba algo así? No la juzgaba, sus razones habría tenido aunque no era asunto suyo.

Y aplicándose sus propias palabras se dio la vuelta, dejando de mirar el río para observar la calle muggle de Londres en la que estaban. -Hasta la vista, Käthe. -Una escueta e impersonal despedida que no era capaz de transmitir todo lo que sentía al alejarse de ella, pero no podía hacer nada más. No fue capaz ni de mirarla, no podría hacerlo sin dejarse llevar por sus deseos, olvidando el raciocinio que él consideraba correcto y que ahora dictaminaba sus decisiones. Jürgen no era precisamente una persona con fuerza de voluntad, sería más fácil si no la miraba. Con grandes zancadas se alejó de la chica, sintiendo inmediatamente que algo le faltaba. Tal vez su juicio, tal vez algo que le costaba entender que le había otorgado o tal vez ambas cosas. En el fondo, le daba igual, podía tener lo que quisiera de él. Lo único que a él le hacía falta para seguir adelante era lo único que no podía pedir; a ella. Torció por un calle menos transitada y cuando creyó que ningún muggle podía verle, se desapareció. Así cerró aquel capítulo, de una forma cobarde y rápida, puesto que al final resultó que sí odiaba las despedidas.
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