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I hate that I want you {Privado +18} FB

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Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Dom Sep 18, 2016 11:41 am

El silencio y la calma era el ambiente predominante del departamento de Cooperación Mágica Internacional del Ministerio Británico todos los días de la semana. Aquel soporífero ambiente no ayudaba demasiado a que la tarea, aún más tediosa, con la que tenía que lidiar Jürgen Leuenberger se le antojara más liviana. Llevaba algún tiempo cansado de la rutina, y lo único que hacía al salir del trabajo para distenderse un rato era visitar a su prometida. Aunque tampoco se puede decir que aquello fuera plato de buen gusto, porque entre ellos había una falta total de pasión. No es que Damaris Kozlova no fuera atractiva, porque lo era, sino Jürgen ni se hubiera dignado a considerarla su esposa, era otra cosa. No conectaban, no tenían confianza y el alemán no hacía ningún esfuerzo por acercarse a ella. Se dedicaba a escucharla hablar la mayor parte del tiempo, a hacerle regalos ostentosos o a procurar que la boda no se le fuera demasiado de las manos. No querría nada demasiado ostentoso, porque a pesar de que sabía que debía ser ostentosa para demostrar su posición social, había una línea muy fina entre lo ostentoso y lo de mal gusto.

Estaba haciendo papeleo cuando Jürgen Leuenberger escuchó unos pasos entaconados pasando frente a su mesa, dirigiéndose a otro sitio. Miró disimuladamente el vaivén de las caderas de Käthe Dürrenmatt cuando su compañera de trabajo se levantó de su mesa un momento. A penas lo hizo durante un segundo porque no podía arriesgarse a que absolutamente nadie viera cuanto le atraía aquella condenada mujer. Aunque ya había visto a más de un compañero mirándola disimuladamente cuando creían que nadie les veía. La única diferencia entre esos babosos y él, creía, era que él al menos había conseguido besarla. Aunque quién sabe, a lo mejor no tenía la exclusividad en el departamento. Sacudió levemente la cabeza para apartar esos pensamientos de su mente. Cómo ella había dicho, evidentemente aquello no había significado nada. Y él se intentaba auto-convencer de que para él tampoco. Se había prometido con otra mujer y aunque no fuera por amor, ni  pretendiera serle fiel, tampoco debía importarle mucho una mujer que le había besado en un momento determinado. Un beso tampoco era la gran cosa, ¿no? El problema es que nunca le habían besado como lo había echo Käthe Dürrenmatt,  y lo que más le desconcertaba es que tampoco sabía qué significaba aquello.  

Poco a poco el departamento de Cooperación Mágica Internacional se fue vaciando, como con cuentagotas. Antes de que se diera cuenta, los únicos que quedaban eran él, el jefe y Käthe. El hombre al cabo de un rato se levantó y le dio unas últimas recomendaciones a Käthe, despidiéndose de los dos en general antes de dirigirse directamente al joven. -Y recuerde que debe terminar estos informes antes de irse, señor Leuenberger, los necesito para mañana. -Jürgen asintió y pronunció un “sí, señor” neutro, asintiendo con la cabeza antes de tomar los informes que le pasaba su jefe y echándoles un ojo. El hombre ya se había puesto la chaqueta y estaba a punto de salir cuando se dio media vuelta, regresando a su mesa. El joven alemán lo miró con curiosidad, sin saber muy bien que esperarse por la enorme sonrisa que llevaba en los labios. -Oh, y Leuenberger, me ha llegado la buena noticia. Enhorabuena por su compromiso, me han dicho que la señorita Kozlova es realmente encantadora.  Una preciosidad si se me permite el comentario. -Entonces Jürgen entendió el cambio de humor y forzó una sonrisa. Se levantó, sin moverse de detrás de la mesa y le apretó la mano que él le tendía. -Muchas gracias señor, le comunicaré a mi prometida sus amables palabras.  -Contestó, en un tono suave. -Muy bien, entonces, buenas tardes a los dos. Procuren no trabajar demasiado. -Y dicho esto se fue por la puerta, dejando a solas a los dos empleados de nacionalidad alemana que tenía en su plantilla.


Última edición por Jürgen A. Leuenberger el Dom Nov 13, 2016 4:31 am, editado 1 vez
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Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Lun Sep 19, 2016 3:46 pm

Llevar tal estilo de vida rutinario comenzaba a fastidiar a Käthe. Siendo nada más ni nada menos que la heredera del Ministro de Magia alemán, a más de uno le resultaba inaudito y hasta inapropiado que se encontrara laborando en el Ministerio de Magia británico. Y es que, para colmar su desagrado, en dicha entidad era una simple becaria más, otra empleada cualquiera que se encargaba de que los papeles fueran firmados y sellados y uno que otro pergamino fuese llevado y entregado personalmente. Pero ahí estaba ella, al igual que todos los días, desde que la tarea de infiltrarse le fue dicha por su mismísimo Lord. Ahí estaba Käthe Dürrenmatt, siendo una especie de asistente para el Jefe del Departamento para el que prestaba sus servicios de becaria, soportando en ocasiones los comentarios e intentos de propasarse que había tenido este con ella únicamente porque le tocaba.

Sin embargo, últimamente su desagrado se había volcado a tener que compartir más tiempo que antes con Jürgen Leuenberger.

La alemana estaba bien en el departamento de Aplicación de la Ley Mágica, pero al parecer sus superiores la veían un poco más en el de Cooperación por sus conexiones con el Ministerio alemán. Otra de las cosas que la importunaba era aquello, que supiera que se estaban aprovechando de ella y no pudiera hacer nada que levantara sospechas. Con su porte erguido y su mentón en alto, se adentró en la oficina y dirigió su contoneo hasta el escritorio que ocupaba su nuevo jefe. —Los informes que debieron llegar hace una semana, señor. —participó, con una inocente sonrisa en sus labios. Los mismos llegaron hace un par de días por medio de un Hechicero Vigilante de la Confederación, en cuanto los recibió se dispuso a leer su contenido en busca de algo que fuera valioso para su Señor, cosa que fue así.

Su turno había acabado hace rato, pero le fue atribuida la tarea de redactar lo que se había llevado a cabo ese día. En ocasiones pensaba que debía parecerles divertido el verla como una bruja corriente más, laborando y ganando un sueldo en lugar de disfrutar de los beneficios que tenía por ser una Dürrenmatt. Käthe despegó la vista de su pergamino al oír mencionar a Jürgen, hasta el momento llevaba un Extaordinario en evitarlo pero le fue inevitable el no querer enterarse cuando su superior añadió lo de la buena noticia.  Y las palabras que le siguieron fueron un balde de agua fría para la alemana. No, más que agua fría sintió como si una decena de clavos, un centenar de tachas y medio millar de agujas le cayeron encima. Estaba prometido. Jürgen tenía prometida y, aun así, le había seguido el beso.  

Perpleja, se limitó a tragar en seco y en devolver su mirada hacia el pergamino, el cual había terminado manchado con toda la tinta que se regó. Maldijo por lo bajo y arrastró la silla para ponerse de pie, arrugando el pergamino mientras desempuñaba su varita y conjuraba un encantamiento para limpiar el desastre. —¿Se te perdió tu prometida? —preguntó con apatía al sentirse observada. No estaba acostumbrada a lo que sentía, al volcán que deseaba estallar en su fuero interno. —No sería nada nuevo, ya la perdiste mientras bebíamos cerveza. —no sabía si la herida había sido directo a su ego o a su corazón, pero sólo estaba consciente de que no quería seguirse sintiendo así. Tampoco dejaría que el ojizarco la viera así, sintiéndose celosa y engañada. Porque precisamente eso sentía. —Entonces, ¿cuál de las gemelas es la afortunada? ¿Damaris o Alexandra? —fingir interés no era algo que se le diera mal, mucho más cuando no era totalmente falso pues definitivamente le interesaba saber más sobre la chica. —Espera, de seguro es Damaris. Ella encaja en el canon de mujer que buscan los Leuenberger. —la sonrisa en sus labios era la perfecta mezcla entre hipocresía y ganas de asesinar a alguien, junto con el encanto tan propio de la alemana. Tëthe guardó su varita y agarró el pergamino para lanzarlo hacia el cesto de basura, gracilmente atinando para que cayera dentro del mismo. Todo con tal de no ver a Jürgen a los ojos.
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Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Mar Sep 20, 2016 12:58 pm

Jürgen volvió a tomar asiento con aparente normalidad, fingiendo no notar cómo el ambiente se tensaba después de que le dejaran a solas con Käthe Dürrenmatt. No habían estado solos ni un momento desde que sucedió lo del beso, y tampoco se habían dirigido palabra alguna. En una ocasión tuvieron que pasarse un informe, pero ni en esa ocasión intercambiaron vocablos. Es más, ella ni le miró, por tanto Jürgen tampoco hizo ningún esfuerzo para acercarse a ella. Era como si hubieran firmado algún acuerdo silencioso por el cual establecían que lo mejor era no dirigirse la mirada y casi fingir que ni se conocían. Nada más que meros compañeros de trabajo sin relación alguna. Cuando en realidad ambos sabían que el motivo preciso por el cual se trataban con esa indiferencia era por un exceso de contacto, no por falta de este.

Escuchó un murmullo que provenía de los labios de Käthe, y aunque no entendió nada, era como si hubiera estado esperando un detonante, porque enseguida se giró hacia ella. La chica ni le miró, pero e´l sí que pudo apreciar los rasgos delicados y elegantes que le aportaban esa belleza abrumadora a la heredera de los Dürrenmatt. El silencio lo rompió ella, aunque casi hubiera preferido que no lo hiciera. Aquel tono que usó para hablar le caló los huesos, empapándolos de una sensación desagradable que no era capaz de reconocer porque era completamente nueva para él. -Vaya manera más curiosa de preguntarme si son ciertos los rumores que has oído. -Murmuró, sin dignarse a levantar la mirada de su pergamino. Más que nada porque no se atrevía a mirar a Käthe a los ojos mientras hablaran sobre ese tema. Había estado evitando esta situación desde hacía demasiado tiempo, y casi había olvidado la posibilidad de que tuviera que enfrentarse a ella, por tanto no sabía cómo reaccionar. -No sabía que Käthe Dürrenmatt fuera el tipo de mujer que le da importancia a la fidelidad pre-conyugal. -Contestó, en el tono más neutro que encontró en su repertorio, acercándose más a la indiferencia que a otra cosa. -Además, creo recordar que tu misma dijiste que no significaba nada, de modo que no sé porque tendría que haberla mencionado. -Intentó no sonar dolido, lo intentó de verdad, pero un residuo de resentimiento se coló por las rendijas de su perfecta máscara de indiferencia.

Entre ellos sólo había existido el fantasma de Damaris para Jürgen, porque él en ningún momento le comentó nada sobre ella ni sobre el hecho de que no iba a tardar mucho en casarse. Así que escuchar cómo ella pronunciaba su nombre se le hizo, cuanto menos, extraño. Pero todavía lo era más teniendo en cuenta que la conocía, porque acababa de admitir que sabía como eran las gemelas Kozlova. Saber que ella la conocía, que Käthe conocía a Damaris sólo hacía que aquella situación fuera más... Sucia. Era esa misma sensación desagradable que le había evocado cuando rompió el silencio. Aunque en el fondo, más que desagrado o incomodidad, lo que sentía era algo parecido a la culpabilidad. Un sentimiento completamente nuevo para él. Aquella chica conseguía proezas en cuanto se refiere a despertar sentimientos, antes desconocidos para el alemán. -Pareces muy enterada, así que no sé qué información podría darte yo que tu no sepas. -Echó una firma al final del documento, levantando la mirada por segunda vez para dirigirla hacia ella.
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Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Mar Sep 20, 2016 9:08 pm

No podía verlos a los ojos, no quería ver el brillo de los zafiros que iluminaron su sendero cuando iba en descenso y sentirse la mayor de las estúpidas que habitaban el mundo. —Vaya manera más curiosa de enterarme de que estabas prometido. —devolvió de forma instantánea la alemana, mostrándose incapaz de aceptar que le reprochara un comportamiento que ni ella misma comprendía por qué lo tenía.  Es que resultaba inaudito e incomprensible que sintiera su sangre borbotar con rabia, que la parte posterior de sus ojos ardiera y que algo en el centro de su pecho estuviera retorciéndose. La sensación en sí le resultaba desconocida y se le antojaba, con diferencia, de lo más exasperante.

Pobre ingenuo del alemán al lanzar ese comentario, porque en lugar de hacerla reflexionar sobre lo ridícula que se veía en tal posición consiguió que la sangre de sus venas comenzara a imitar el galope de un caballo de carrera. Si antes no conciliaba lo que sentía, con sus palabras ella experimentó ira. Y la paciencia que le restaba la colmó cuando percibió el tono ofendido del rubio. ¡Debía ser una jodida broma! Largó una carcajada, vacía e histérica mientras asentía con la cabeza como si le estuviese dando la razón. —Tienes razón, a Käthe Dürrenmatt le vale un reverendo comino todo el tema de la fidelidad. La monotonía está tan sobrevalorada, la diversión recae en besarte con alguien una noche y a la siguiente tener sexo con otro alguien durante toda la noche. Es lo que acostumbra a hacer la zorra de Käthe Dürrenmatt, claramente. —sentía cómo todo su interior borbotaba encolerizado, sintiéndose ofendida por el simple hecho de que, a pesar de todo lo que le compartió íntimamente la otra noche, él tuviera todavía ese pensamiento. —¡Oh, sí! —exclamó enseguida, mordiéndose el labio y profiriendo un exagerado pero sensual jadeo. —Me gusta mucho engañar a los chicos, jugar con su mente y hacerles creer que son diferentes a los demás con los que he follado. Y me divierte mucho más saber que me prefieren a mí en lugar de sus novias y prometidas. —se mordió el labio y llevó su mano hábil hasta la base de su cuello donde comenzó a delinear su clavícula y deslizarse hacia su hombro en un movimiento carnal y de lujuria. Después de todo eso es lo que pensaba de ella, ¿no? La zorra y fácil de Slytherin que nunca se acostaba con el mismo chico más de una vez y tenía relaciones con cualquiera que le resultase sexualmente atractivo.

Después de todo, eso era ella. Eso era lo que siempre había sido.

Con sus ojos exudando el acostumbrado fuego lujurioso, enfrentó la mirada de Jürgen. Una parte de su interior, no obstante, esperaba percibir un ápice de arrepentimiento o algún indicio de que la situación tampoco le resultaba ideal en los ojos que tanto le encantaban. Y cuando lo hizo, pestañeó varias veces, sintiéndose derrotada. Se dejó caer en la silla y apretó sus párpados, buscando apaciguar el ardor en sus ojos pero sólo consiguió empeorarlo. Se arrepintió, entonces, de haber aprendido a leer los ojos del alemán, de fijarse en hasta el mínimo detalle de estos para saber qué estaba diferente. —Fui estudiante de Slytherin hasta hace poco menos de un año, Leuenberger, obviamente las conozco. A las dos, la una cayéndome peor que la otra. —masculló, recordando alguno de los encuentros que sostuvo con la gemela mientras estudiaba en Hogwarts. —Claramente es Damaris, ella se veía la más deseosa de codearse con los que en su obtusa mente cataloga de personajes importantes. —porque era muy diferente la manipulación que ambas ejercían, muy diferente la telaraña que tejían alrededor de su presa para obtener lo que quisieran. —¿Pensabas decírmelo algún día?—lanzó la pregunta, como su segundo puñal e igual que el anterior: directo y conciso.
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Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Miér Sep 21, 2016 3:18 pm

Jürgen no contestó a eso porque básicamente no sabía que contestar. Por una parte esperaba que alguien le hiciera el trabajo sucio, que ella ya estuviera enterada, así que en cierto modo le sorprendió que no lo supiera. Tal vez sus padres no lo habían considerado importante, porque de seguro que su madre ya habría conseguido enterar a toda la alta sociedad alemana. Definitivamente, Giselle Leuenberger era la persona más emocionada respecto a esa boda.

No estaba seguro de si comprendía la situación, pero le parecía entender que la chica estaba... dolida. Sonaba definitivamente herida, y por algún motivo, a él le dolía hacerle sentir así. Los ojos claros del chico se giraron hacia ella, observando la escena que protagonizaba ella sola. Frunció el ceño, sin saber muy bien cómo seria correcto reaccioanr o que debía decirle. Lo que sí sabía es que él no pensaba así... Es decir, sabía que Käthe Dürrenmatt durante un tiempo fue conocida por acostarse con todo aquel que le pareciera y que no solía involucrar los sentimientos en esos menesteres, básicamente lo que hacía Jürgen... Pero de ahí a engañarle a él, no la veía capaz, aunque bien podría ser cualquier imbécil más ¿pero que podría sacar ella de él? No tendría sentido, sin un beneficio ¿para que engañarle? Además, le había confesado secretos, le había contado cosas que tal vez ni debería saber, eso le daba un rango superior a cualquier idiota que cayera en sus redes ¿no? Al menos a él le gustaba pensar así, aunque al parecer a ella ya no le importara. -No me refería a eso, Käthe. -Contestó tranquilamente, casi con suavidad. Tomó otro pergamino, intentando pensar en algo que decirle. Pero nada de lo que se le ocurría le parecía adecuado... Es decir, en el fondo tenía razón, había sido un cabrón por no decirle lo de su prometida y un imbécil por insinuar, aunque completamente de forma involuntaria, que la consideraba una cualquiera (cosa que no hacía). -No pienso que seas una cualquiera. -El murmullo escapó de sus labios de forma involuntaria y no fue ni capaz de mirarla, tal vez ni lo escuchó. Pero comprendía que ella tenía todo el derecho del mundo en estar cabreada con él, hasta ahí era capaz de ser sincero consigo mismo aunque hubiera muchas cosas que prefería obviar.

Debido a sus raíces comunas siempre olvidaba que ella había asistido al colegio británico en lugar al que le correspondía. Frunció los labios en una mueca, no sólo la conocía de vista sino que parecía incluso saber cómo era. La cosa se ponía cada vez mejor. -Sí, bueno, es Damaris. -Confirmó, evidentemente incómodo. Entendía perfectamente porque a Käthe le caía mal, era completamente diferente a ella y el tipo de mujer sumisa que ella tanto detestaba. No tenían nada que ver y en cierta manera, eso facilitaba muchas cosas al alemán. La verdad es que, aunque no tenían nada, sentía como si hubiera engañado a la alemana y hasta un punto que fueran distintas le hacía sentir menos culpable. Damaris era la esposa que su familia siempre le había dicho que necesitaba y Käthe era la mujer que siempre había querido a pesar de que ni siquiera fuera consciente de ello.

La respuesta le vino inmediatamente a la cabeza, aunque le costaba admitirlo, porque era muy cobarde y porque le había echo darse cuenta de su propia miseria. -No. -Contestó, sinceramente. Tal vez nunca antes había sido tan sincero. -Esperaba que te enteraras por terceros. -Dijo, avergonzándose de si mismo. La miró, buscando su mirada. No se había sentido tan culpable en su vida. Nunca antes había tenido esa desagradable sensación, ni siquiera cuando por su culpa, y aunque accidentalmente, tuvieron que llevar de urgencia a su hermano mayor al hospital.
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Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Jue Sep 22, 2016 1:00 pm

De todas las veces que se habían referido a ella de tal manera, que lo habían pensado o si quiera llegado a insinuar, ninguna la había afectado tanto como la de ese momento. El que Jürgen lo pusiese así, la hacía sentirse… humillada. Sucia y humillada, razones necesarias para que ella tuviera tal reacción. Si eso es lo que el alemán pensaba de ella, ¿por qué tomarse la molestia en quitarse las máscaras con él, por qué pensar en no fingir más y mostrarse realmente tal cual era? El odio que sentía Käthe era visible en todo su cuerpo, en la ira que destilaba de sus no tan cristalinos ojos, en el recelo que erguía su postura y en el desprecio que empañaba cada rasgo de su rostro. Si no era eso, entonces ¿por qué lo dijo así, por qué no escogió bien las palabras? Si eran tan parecidos como la becaria sospechaba, él debía saber el enorme poder que podía tener una nimia palabra dicha en el momento preciso. —Pero piensas que no le daría importancia a la fidelidad pre-conyugal, ¿la diferencia está dónde?— acusó, entonces, utilizando sus propias contra él para que pudiese entender a lo que ella se refería.

Una parte de su ser le recriminaba a gritos lo ridícula que se veía actuando de esa manera, sobre todo cuando no tenía motivos para hacerlo. Ella y el rubio ni siquiera eran amigos, eran conocidos con mucho en común y que intercambiaron un par de confesiones, cervezas y un beso. No existía entre ellos que los uniese, que los atase de tal forma que tuviese un justificativo el sentirse tan ofendida y traicionada. Pero no. —Mis felicitaciones para ella. —ya no quería volver a verlo a los ojos, no quería seguir por el mismo camino que la llevaría hasta convertirla en la más patética de las brujas. Eso no.

La alemana se acomodó en su asiento, buscando algo en lo que fijarse, desesperada por encontrar otra cosa en la que ocupar su mente. Si antes había pensado que Jürgen era diferente, con la respuesta a su interrogante pensó lo contrario. Tragó en seco, sintiendo el trago amargo de la decepción. Y el que pudiese descifrar la sensación la tomó por sorpresa, pero sacudió ligeramente la cabeza para esfumar ese tipo de pensamientos de su cabeza. —Felicidades, tu deseo ha sido cumplido. —apostilló Tëthe, entreteniéndose pobremente con las plumas y pergaminos que tenía en frente. —¿Desde cuándo estás comprometido?—mas, era inevitable el no querer indagar en el tema. Le sabía imposible el no querer saber más sobre todo el tema. —Esa debe ser la noticia que Sonja quería comunicarme y que era tan importante que no podía ser mediante carta. —musitó, más para ella que para el becario. —¿Dónde la conociste?—preguntó, de pronto, intentando atar cabos sobre si era arreglado o él realmente sintió el deseo de pedirle matrimonio. No estaba segura si la respuesta haría diferencia alguna, mas debía saberlo cuanto antes. Necesitaba saber eso.
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Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Sáb Sep 24, 2016 11:35 am

En ningún momento la intención de Jürgen fue ofender o hacer enfadar a Käthe Dürrenmatt, pero era exactamente lo que había conseguido. Sólo sabía que quería salir de ese entuerto, pero no estaba seguro de como enmendar sus palabras sin provocar de nuevo la ira de la mujer. Sólo sabía que no había querido decir eso y que sería mejor que lo arreglara. -En que tu siempre me has dicho que la monogamia es un concepto absurdo y por lo tanto deducí que la fidelidad entraba en esa definición. -Contestó, con la intención de rebajar un poco la tensión que se había creado entre ellos a causa del descuido del chico o de la mal interpretación de ella. Aunque no se le podía echar en cara que estuviera a la defensiva después de lo que le había echo.

¿Qué contestarle? Estaba claro que había sido con ironía y no quería ser tan cínico como para responderle con un gracias. Ninguno de los dos sentiría sus palabras y no tenía ganas de fingir, estaba cansado de los sentimientos, eran agotadores y no estaba acostumbrado. -Si preferías que te mintiera, podía haberlo echo, pero ambos sabemos que no es una conversación que me gustaría tener. -No levantó la mirada de su pergamino, el cual rellenaba vagamente sin pensar mucho en lo que escribía porque estaba más pendiente de lo que iba a decirle que del trabajo rutinario.

-No sé... Unas semanas. -Tuvo que pensarlo sinceramente, no era una fecha que tuviera demasiado marcada en su mente. Claro signo de que tampoco es que estuviera demasiado ilusionado. Se aclaró la garganta, intentando aflojar el nudo que se le había formado al escuchar su siguiente pregunta ¿porqué insistía en saber tantos detalles? A lo mejor lo había malinterpretado todo y en realidad le daba igual que estuviera por casarse con otra. -En una fiesta. -Murmuró, recordando la fastuosa fiesta de San Valentín dónde les sentaron juntos por azar. Al menos eso creía él, porque en realidad Damaris se las había ingeniado para que les sentaran juntos. -Mi madre mandó la invitación a tus padres, creo recordar. -Le salió sin saber porqué lo decía. No debería haberlo dicho, ¿para que? Aquella mujer le desastillaba de una manera curiosa.
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Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Sáb Oct 01, 2016 7:54 pm

El alemán se encontraba en lo cierto, Käthe no se encontraba a la espera de tener, precisamente, esa conversación. Aborrecía la idea. Sencillamente la odiaba porque se sentía utilizada, se sentía engañada. Un músculo de su rostro tembló ante dicha reflexión, ante la idea de que estaba experimentando lo que muchos otros pasaron cuando ella hizo lo que en su tiempo quiso con ellos. Pudo sentir como su estómago se revolvía, como sus piernas gritaban por ponerse de pie una vez más y salir del despacho, como sus manos se encontraban a punto de tomar su varita y lanzarle un par de hechizos a Jürgen con el único propósito de que experimentara dolor -no como ella, sino más bien multiplicado por cien.

Y todo eso se vio engrandecido en cuanto sus ojos repararon en el rubio, en su paupérrima actuación de parecer ocupado y el hecho de que ni siquiera se atrevía a verle los ojos cuando le hablaba. Ese par de zafiros que ansiaba ver, que deseaba la miraban como de vuelta en el bar y que tan fascinante encontraba. Un par de ojos azules que consiguieron traspasar su fortaleza, que derritieron las murallas de hielo que hubo construido la becaria a su alrededor. Un par de ojos que le recordaban al cielo de su natal Alemania en plena primavera: de un azul tan vivo que provocaba escalofríos y ensoñaciones. Un par de ojos que, de un momento al otro, se le antojaron repugnantes y traicioneros. ―Vete a la mierda, Jürgen. ―no pudo encontrar otras palabras para expresarse mejor, para dejar salir todo lo que su interior albergaba. Käthe se puso en pie, otra vez, arrastrando la silla y dejando un irritante chirrido al hacerlo. Era consciente de que se lo había buscado, que era su culpa por seguir preguntando y no dejar las cosas ahí, con simplemente saber que el rubio se había prometido con Damaris Kozlova, una de las insufribles y arribistas gemelas rusas que tuvo como compañeras mientras se encontraba cobijada bajo el estandarte de la serpiente de plata y esmeralda.

Mas, toda la situación la sobrepasaba. Aquella nunca había sido una escena verosímil para su obra estelar, y ahora que la estaba viviendo no sabía exactamente cómo reaccionar.

Será formidable el placer de asistir a tu boda, ver con mis propios ojos como sigues con la tradición Leuenberger y te atas a una desabrida y moldeable bruja. ―toda ella se encontraba tensa, cada poro de su delgado cuerpo exudaba rigidez. Y, aun así, rodeó el escritorio que los separaba y detuvo su parco andar frente a la silla que el ojizarco ocupaba, para dedicarle la más hipócrita de las reverencias. ―Todo eso mientras yo estaré libremente disfrutando de mi soltería con alguno de los invitados al evento del año de la élite alemana. ―hablando y comportándose de tal manera, Käthe pasaba una vez más como la niñata caprichosa y ególatra que Jürgen conoció en la fiesta que se dio en honor de su mayoría de edad. Bien sabía la rubia cuánto él odiaba esa actitud y también sabía que no debía seguir hilando por allí. Pero, en ese preciso instante poco le importaba pues ya no había motivo para no hacerlo, ya no existía razón que la llevase a no ser la Käthe Dürrenmatt de siempre, se había venido abajo como un castillo de naipes tras una ventisca: rápido e inevitable. ―Después de todo, eso es lo quieres para tu futuro.. ―escupió las palabras, desviando su mirar hacia él y demandando una vez más que tuviera el valor de verla a los ojos.

OFF: Disculpa la demora u_u tuve unos días dignos de mala suerte
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Re: I hate that I want you {Privado +18} FB

Mensaje por Jürgen A. Leuenberger el Vie Oct 07, 2016 12:49 pm

Su cara se tensó, apretó la mandíbula como si acabara de encajar un puñetazo en el estómago. Se lo merecía, por supuesto, pero merecerte una cosa no hace que sea más fácil de asimilar. Se merecía todo aquel desprecio, el resentimiento... Pero no por ello era capaz de asumir que ahora la que había sido la primera mujer que consideraba como un igual, quizás la única, ahora le rebajaba a los niveles más inferiores de la consideración. Para ella era peor que un muggle, o que un sangre sucia, alguien incluso más impuro que todos aquellos que manchaban el linaje mágico juntándose con impuros. Y ese odio, esa rebaja de su posición en su vida, le dolió más de lo que le había dolido nunca antes nada. Se sentía un traidor, y aunque no era la primera vez que lo era, sí era la primera vez que le importaba serlo. En ese momento sólo quería que ese bello rostro volviera a sonreírle, con esa expresión divertida, pícara e irónica que le provocaba sentimientos nunca antes conocidos.

El sonido estridente de la silla de Käthe Dürrenmatt arrastrándose por el suelo se le antojó a una música fúnebre, como la que escucharía un condenado. Y era bastante parecido a eso. Era como si aquel sonido hubiera colocado una línea imaginaria de separación entre ellos, permanente, impracticable. Escuchaba sus palabras en silencio, sintiendo como se acercaba a él, como el espacio que les separaba disminuía y sin embargo la distancia que les separaba aumentaba. Tenía toda la razón del mundo y sin embargo él no era capaz de rebatirse, de admitir su culpa o de redimir su falta. Sería muy fácil cancelar el evento, pero en el fondo ella no se lo estaba pidiendo y dudaba que lo quisiera. Al fin y al cabo así era más fácil para los dos, los sentimientos nunca habían sido del agrado de ninguno de los dos alemanes. Las trabas que ponen las relaciones afectivas no se las podían permitir, no sirviendo a alguien que usaría su más mínima debilidad para destruirles. Así que, analizándolo fríamente, incluso podría ser beneficioso para ambos. -No dudo que mi boda servirá para que tu te lo pases mejor que yo. -Enarcó una ceja, arrastrando las palabras, con calma pero no con indiferencia. No podía fingir indiferencia cuando poro de su cuerpo había roto en ebullición al saberse celoso. Los celos tampoco le habían caracterizado nunca, pero imaginarse a Käthe retozando con cualquier invitado... La veía incluso capaz de ir a por su hermano, el cual no tendría ningún problema en dejar a su esposa a hijos media hora para escabullirse con una arrebatadora joven.

Sintió su mirada directamente sobre él, y le costó, pero finalmente alzó sus ojos par encontrarse con los suyos. Unos ojos claros, que en aquel bar eran límpidos, casi penetrables, y que ahora se parecían más a una oleada embravecida que ahogaría al primer incauto que quisiera encontrar refugio en ellos. -Supongo que al final todos terminamos siguiendo los pasos de nuestros progenitores... -Murmuró, más para él que para ella. -Nunca se trata de lo que tu quieres, hay cosas que simplemente, vienen predestinadas. Y los dos sabemos qué tipo de mujeres son las que podrían casarse conmigo y qué tipo de mujeres simplemente, no podrían. -No apartó su mirada de ella, no se sintió intimidado por su rabia, por mucho miedo que diera, estaba preparado para ver en ella todo el desprecio que sentía ahora por él. Porque se resistía a pensar que ese resentimiento había estado siempre ahí. Si le odiara, sería simplemente más fácil. Y Jürgen siempre había tenido un defecto: la cobardía. Buscar el camino fácil era lo más sencillo y de momento no creía que fuera a cambiar. Aunque algo dentro de él moría lentamente al dejar escapar a Käthe Dürrenmatt, al ganarse su odio.

OFF:
¡Tranquila! Espero que haya acabado esa mala racha :love:
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Re: I hate that I want you {Privado +18} FB

Mensaje por Käthe Dürrenmatt el Miér Oct 12, 2016 2:06 pm

Y Käthe sonrió. Luego de tantos tragos de amarga traición, de la ácida decepción, finalmente llegó el agridulce sabor de los celos hasta su paladar, y por Morgana que lo saboreó victoriosa, sí que lo hizo. Le hizo recuperar un poco del orgullo que, poco a poco, había ido a perdiendo con el correr de los segundos desde que hasta sus oídos llegó la noticia del compromiso. ¿Venganza? Definitiva y ciertamente, servida fría como la gélida y distante postura que tenía en esos momentos la alemana. Mas, sus ojos… en sus preciosos ojos de un verde-azulado no se terminaba de encender la llama de satisfacción, de destilar satisfacción a través del brillo de los mismos. El fulgor que se desprendía sus ojos era, con gran diferencia, la más extintas de todas las flamas. A pesar de que se esforzó por devolverle esa sensación de celos, esa horripilante y poco común en ella que se caló hasta en sus huesos y comenzó a roerlos como un hambriento carnívoro. ―Al menos alguien debe hacerlo, ¿no crees? Y puede decirse que el sacrificio…  ―detuvo el arrastrar de sus palabras, seductoras y aterciopeladas, capaces de acariciar hasta el más recóndito espacio de piel de su interlocutor, únicamente para apresar su labio inferior con sus perlados dientes. Ya no le importaba la impresión que se llevara de ella, que guardara en su memoria lo que quisiera. ―Sí que valdrá la pena. ―añadió, con una pícara sonrisa comenzando a formarse en sus labios.

A esas alturas, Jürgen ya podía pensar lo que quisiera de ella.

De cierto modo, eso era lo que quería, lo que ansiaba. Deseaba que el alemán sintiera la misma decepción, que experimentase la misma desilusión y traición para que así las cosas resultasen mucho más sencillas. Para que el alejarse el uno del otro fuese tarea fácil. Porque ella bien sabía que ellos eran tan polos opuestos como similares se lo propusiesen. Y si una vez se habían atraído irremediablemente, era momento para repelerse tal como en el inicio. Como nunca debió dejar de ser.

Levantó su mentón e irguió su postura en cuanto sus ojos chocaron con los ajenos, en un nuevo intento de mostrarse inalcanzable y gallarda, en el vano y desesperado intento de reconstruir ladrillo a ladrillo su muro de orgullo recubierto con la displicencia de alguien sin corazón, de alguien cuyo corazón le había hecho ganarse el apodo de “reina de hielo”. ―Uno hace su propio destino, Jürgen. Uno edifica su fortaleza y construye sus armas para que su destino sea el deseado. El fin justifica los medios, Leuenberger. ―aquello era un duelo de miradas, una lucha para saber quién sería el primero en ceder, en terminar de perder y acabar con lo que pudo ser. Se mordió la lengua por esa reflexión, ¿es que ella, en el fondo, deseaba que pasara algo más entre ellos? ―Tú simplemente cediste, fuiste un cobarde que no supo enfrentar a sus padres a tiempo. Pudiste tenerlo todo, ―escupió la última palabra, sintiendo cómo sus ojos ardían, cómo luchaban por no cerrarse, por no pestañear. Mas, de todas maneras, lo hizo. ¿Lloraría? La parte posterior de sus ojos ardía de tal manera que se creía próxima a llorar, y lo sabía porque exactamente así sintió cuando la adrenalina salió de su cuerpo y se dio cuenta del cuerpo inerte y de los ojos sin vida tan familiares que tenía a sus pies. ―pero decidiste seguir con lo seguro. Y ahora tendrás una boda perfecta, con la esposa insípida y los mocosos repelentes. ―y no lloró, al menos no fueron precisamente lágrimas las que brotaron. En cada uno de sus ojos, más bien, se levantó una llama ambarina -la gota que siempre la acompañaba y pasaba tan desapercibida para muchos se propagó. Recalcó, así, parte de su origen, confirmó su ascendencia de criatura mágica, de ser nieta de una veela.

Eran las lágrimas de una ninfa vencida.

Desvió su mirada por un segundo, no queriendo que él la continuasa viendo expuesta. Al devolverse para verlo, en silencio, empezó a desabotonar la blusa que vestía por el escote. Cuando le quedó un último botón, acortó la distancia tal como lo hizo esa vez en el bar y se sentó en su regazo. ―Tómalo como tu despedida de soltero. murmuró viéndolo por debajo de las pestañas, no vacía como esperaba sino más bien vulnerable, como si le estuviera dando permiso para que entrara en su interior e hiciera lo que quisiese. Y entonces, lo besó.
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