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we keep living (anyway) /// Eros

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we keep living (anyway) /// Eros

Mensaje por Alric Dahl el Vie Sep 16, 2016 5:57 pm

Londres nunca le había parecido tan abarrotado como en ese maldito momento: atrapado en el interior de un transporte muggle, rodeado de desconocidos con un horario demasiado ajustado como para detenerse a hablar con un niño, y personas que consultaban sus relojes cada pocos segundos con la impaciencia característica de un ciudadano moderno. Como si esperasen que el aparato les estuviera mintiendo, y si miraban con la suficiente frecuencia éste se reiría y diría << ¡Me has pillado! ¡En realidad no vas a llegar tarde! Como premio a tu constancia, vamos a ignorar las leyes de la física. Felicidades. >> Un anciano sujetó la barra metálica con más fuerza ante el brusco giro del metro mientras una señora atavíada con un traje negro emitía un sonido de disgusto, sujetando su maleta con fuerza para evitar el impulso de la gravedad. La ventanilla no transmitía nada salvo la oscuridad de la zona subterránea, así que Alric desvió la mirada y se centró de nuevo en la carta que traía entre sus manos, en un intento de distraer su mente. A su izquierda un padre reñía a su hija por un mal resultado en el colegio, mientras otro grupo de jóvenes debatían a gritos la última pregunta de su examen de filosofía.

El metro emitió un sonido sordo al detenerse en la estación. Una voz mecánica anunció la parada en la que se encontraban. El mismo anciano de antes tropezó con la señora de traje antes de bajar, y la niña se rió entre dientes, ganándose otra reprimenda. Myron murió hace dos semanas. decía la letra cursiva de su tía. Corto, simple, sencillo. Una promesa tanto como una certeza. No tienes derecho a esta parte de la familia, parecía decir la escueta información que había recibido. Pero Ivana lo había mantenido informado. Ivana le había permitido la oportunidad de hacer el primer movimiento, de iniciar el juego. El golpe de una maleta en su pierna le hizo fruncir el ceño hacia la mujer, quien se disculpó de forma casi automática y, sin darle mayor importancia, volvió a su postura altiva. Todo su aspecto le recordaba a Ivana pese a las escasas ocasiones en las que la había visto. Alric se aseguró de empujar la maleta al salir del interior del metro, dejando tras de sí las risas de una niña y las exclamaciones indignadas de dos adultos con demasiado estrés en sus vidas.

El aire fresco le golpeó el rostro al alcanzar de nuevo la superficie, casi como una bofetada suave que consiguió arrancarlo del efecto adormecedor que siempre había tenido el oscuro interior del transporte muggle. Alric parpadeó un par de veces para adaptarse a la luz, se estiró, y guardó la carta junto al otro pergamino en el interior del bolsillo del pantalón. Se acomodó la mochila al hombro antes de avanzar por entre la multitud de personas que corrían de un lado a otro como si la idea de la impuntualidad les aterrase tanto que fuesen incapaces de detenerse un solo instante (pero ninguno de ellos sabía que acababa de terminar una guerra invisible ante sus ojos). Llegar hasta la dirección que le correspondía fue todo un desafío para Alric, desacostumbrado al caótico lado muggle. Especialmente cuando cada esquina parecía tener sombras acechando, tanto por parte de recuerdos indeseados como de posibles amenazas que se había acostumbrado a tener en mente.

(Mantuvo la mirada fija en el frente, no se permitió pensar en su tío, en su familia, en todo lo que un sólo día les había arrebatado.)

Alcanzó el apartamento cuando el sol se encontraba en lo más alto del cielo. Era moderno, más pragmático que colorido, carente de la intensidad con la que parecía vivir el resto de Londres. Alric se planteó varios escenarios mientras se adentraba en su interior—la mayoría terminaban con una puerta cerrada en sus narices y un día entero perdido, pero nunca se había detenido ante la posibilidad del fracaso. Así que, aún mientras las imagenes de un hombre molesto y una oportunidad cerrándose ante sus ojos cruzaban su mente, tocó la puerta, y esperó.
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Re: we keep living (anyway) /// Eros

Mensaje por Eros A. Wright el Dom Sep 25, 2016 4:54 am

13 de Septiembre de 1979.
Departamento de Eros Alexandros Wright.
10:37 de la mañana.

Dormir nunca había sido tan placentero, agradable. Tranquilizador. Tras largas noches en vela, protagonizadas por pesadillas y diversos motivos carentes de sentido y poco necesarios para la narración, el abogado había conseguido finalmente conciliar el sueño por, al menos, cuatro horas seguidas. La presencia del polaco en el departamento y una cama que apenas se usaba desde que San Mungo había requerido de la presencia del británico ayudaba lo suficiente como para mantener el semblante y la rutina de sus días bien presentes, bien controlados... bien. Pese a la grata mejoría del organismo de Eros, consciente eran todos los que allí pasaban consulta desde hacía varias semanas que la salud del ahora mayor de los Wright corría un peligro y tendía de un hilo tan fino como el bordado cuidadoso de un tapiz recién curtido. Y era algo que, verdaderamente, Pyotr sabía, por lo que no era extraño verlo deambular la habitación con tenaz asiduidad, provocando la destemplanza y la molestia de alguien que en su vida habría sentido aquel tipo de emociones al tener al polaco tan cerca — No tengo diez años, Pyotr, y aunque valoro tu entrega y preocupación creo que soy capaz de levantarme de la cama por mi propio bien, por mucho que busques como excusa ayudarme cuando verdaderamente tratas de ver otra cosa — bromeaba, no obstante, ayudándose del hombre tras una larga noche acunada por el amargo sabor de unos medicamentos que bien lo componían nuevamente por dentro.

Aquella mañana, tras lo acontecido en el Dulcis Viae, volvía a pasar consulta personalmente, volvía a atender a todos aquellos interesados clientes que barajaban la posibilidad de contratar a un abogado del mejor buffete del continente, y el puro índice rechazo que día sí día también aumentaba en el departamento escandalizaba incluso a los que, ajenos a la metódica práctica del británico, se preguntaban si resultaría alguna vez suficiente el dinero como para que el moreno tomara algún caso. Debían de estar loco si pensaba que se rebajaría por menos de mil cochinos galeones, y volver a recuperar un caché que había perdido tras sus largas ausencias por una medicación que lo destrozaba por dentro con el claro pretexto de recuperarlo conllevaba sus problemas. Más no obstante aún seguía dolido por la forma en la que el Dulcis Viae lo había tratado, la forma en la que la mera presencia de aquel ser había conseguido desvirtuar todo el asunto hasta conseguir romper con todos sus esquemas. Muchas mentiras, mucha información ocultada, y mucho que contar en una sola tarde, demasiada información que deslabrar. Todo eso unido al hecho de que Cassandra seguía en Azkabán y de que Eros se las veía por conseguir una cita, una visita, en la prisión mágica para poder al menos contar con un punto de vista más, conseguían que la dinámica de todo el bufette se viese acortada a atender por las mañanas en su casa y dejar el trabajo sucio a los demás por las tardes. Pyotr trabajaba sin chistar, pero el resto de abogados, ineptos cada día más... los obviaba.

Un golpe en la puerta, no obstante, despertó sus ensoñaciones. La taza de café yacía a un lado de la mesita del salón, allí donde los cuadros movían a su antojo los recuerdos de un pasado que hacía meses el británico no se atrevía a recordar. El polaco hacía varios minutos que había desaparecido en pos de encontrarse nuevamente con altos cargos del Ministerio, y ya le había dado el aviso de que, seguramente, llamarían temprano para molestar. Miró el reloj que colgaba de la pared, con su característico tic-tac. Apenas daban las once de la mañana y Eros sentía que todavían eran las cuatro de la madrugada. Llamar a aquellas horas, en esos tiempos, se había convertido en un suplicio para él.

Se levantó, sin embargo, dirigiendo sus pasos hacia la entradilla donde, con sumo cuidado y grata habilidad, tomó el pomo entre sus delineados dedos para abrir una puerta que ni siquiera sonó ni hizo el menor índice de ruido al ladearse de un lado hacia otro. Eros quiso reírse, quiso perder por completo una compostura característica al encontrarse al chico, de diecisiete años a lo sumo quizás, delante de sus narices y con la tranquilidad y temperamento suficiente como para afrentar a la persona que tenía delante. Alzó una ceja, mirando hacia un lado y hacia al otro, observando el letrero del departamento contiguo hasta acordarse, realmente, que la planta entera de aquel edificio le pertenecía — La tienda de golosinas, querido, queda varias manzanas atrás, seguramente te convenga desandar lo que has andado para encontrarla — inquirió, mas mantuvo la puerta abierta en todo momento, observando de arriba a abajo la figura que, no obstante, parecía mantener la compostura. De algo le sonaba, recordaba haber visto el rostro que tenía enfrente mucho antes, en la prensa semanal, pero su memoria fallaba casi a diario, el estropicio de las drogas habían conseguido lo que el paso del tiempo aún no había logrado, y no recordaba mucho más — Digo, has de tener mucho dinero para siquiera plantearte pisar el rellano de mi departamento — o, en su defecto, ganas de recibir una negativa en cinco segundos.
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