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¿Tus reglas o mis reglas de juego?

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¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Annika N. Drescher el Dom Ago 24, 2014 7:22 pm

Recuerdo del primer mensaje :

«Ámsterdam, 14 de agosto del presente año.
Joven Ivanović, le extiendo esta invitación tanto a usted como a su abuelo para que se sirvan en venir y acompañarnos a pasar la tarde junto a mi familia en las instalaciones de nuestro hogar en las afueras de Ámsterdam. Le aseguro que Annika estará encantada de recibir la noticia de lo que hemos acordado, he considerado oportuno esperar a que pasase su cumpleaños para que pudiera asimilar lo del compromiso.
Lo espero.
Dimitri Drescher Beumaris.
Accionista mayoritario de la firma Dresselt Hotels&Clubs. »
Terminó de escribir la carta y volvió a depositar la pluma de pavo real en el tintero. Esperó a que la tinta secase para enrollar el pergamino y así poder atárselo a Nessie, su lechuza nívea, para que pudiese entregársela a su destinatario lo más pronto posible. Era la segunda carta que escribía que iba dirigida a Steven y esta vez los motivos que la llevaron a escribirla eran tan diferentes, aunque tenían algo en común: cuan fuertes eran sus sentimientos al momento de plasmar sus palabras en el papel. La primera vez lo había hecho con desesperación, ansias y hasta ilusión, esta vez tan sólo lo había hecho por todo lo negativo que sentía hacia él. La había amenazado diciéndole que se iba a convertir en su pesadilla, ¿tras todo lo que le había ocasionado pensaba que podía hacerle más daño? Y como la holandesa lo creía capaz, prefirió ser ella quien diera el primer paso a su pequeña disputa. En su último encuentro él había conseguido ponerse en ventaja sobre ella al llevarla a aquella mansión, esta vez se aseguraría de ser ella quien estuviese en ventaja sobre él por el simple hecho de que estarían en su casa. Sabía que nadie de su familia estaría en casa, sus padres estarían en el Ministerio de Magia como todos los días ordinarios y sus abuelos habían salido a realizar algunas compras para una cena de beneficencia que iban a llevar a cabo ese fin de semana. De hecho, lo único que la holandesa había hecho era duplicar la carta original que su padre tenía intenciones de enviar al ruso y poder editarla a su gusto y conveniencia. Un poco de movimientos de varita y una pequeña poción que borrase la tinta ya escrita, no era ningún pecado. Al menos no tan grande como los que estaba la holandesa dispuesta a cometer por hacerle la vida miserable a Steven Ivanović tal como él le había convertido la propia.

—Cuando llegue el invitado lo haces pasar al patio trasero. —le indicó a Anker, su fiel elfo, quien se mostró algo confuso ante sus órdenes. —¿La ama espera invitados? Pero la casa no está arreglada, los invitados vienen el sábado.— Annika se limitó a torcer una sonrisa de medio lado, tan filosa y tan inocente a su vez que el elfo no dejaba de mirarla confundido. —Tan sólo llévalo al patio trasero y le dices que la familia lo está esperando allá. No preguntes nada y no vas a comentar nada de esto, ¿de acuerdo? —concluyó, subiendo por las escaleras principales hasta su habitación para así poder terminar de arreglarse. Sabía que tenía más de cinco horas a su favor hasta que la lechuza le entregase el mensaje al rubio y él se decidiera a llegar, aunque conociéndolo como desafortunadamente lo conocía, sabía que se iba a tardar un poco más para poder excusarse en algún pretexto que lo dejase como un buen partido ante los ojos del patriarca de los Drescher tan sólo para poder burlarse de ella con esa sonrisa que tanto había cogido fastidio, pero que tanto disfrutaba de ver, como sus labios se curvaban para sonreír de esa forma… no, no debía pensar en eso. Meneó la cabeza mientras giraba el pomo de la puerta de la sala de baño, esperaba que una ducha le lograba esclarecer cada una de sus ideas, qué hacer y qué decir en caso de que sus primeros intentos saliesen contrariamente a lo planeado. Resultaba extraño que volviese a ser la Annika calculadora y detallista gracias a quien se había encargado de meterse dentro de su ser para luego destrozarla.

Se miró una última vez al espejo. Estaba diferente; su cabello estaba diferente, lo había cortado y teñido un poco; sus ojos estaban diferentes, habían perdido esa mezcla entre oliva y café para acabar tan sólo en un brillo de miel fríamente expresivo; estaba un poco bronceada, había estado vacacionando en Gales antes de regresar a su ciudad natal y tener que afrontar su realidad. Inhaló profusamente y  terminó por abotonar el cuello de la túnica que vestía. Tenía un punto a su favor por ser chica, por tener los atributos necesarios para empezar a enloquecerlo lentamente. Sólo esperaba que su truco no saliese al revés, pues sea lo que sea el ruso le seguía parecía atractivo, endiabladamente y mortalmente atractivo. Se acomodó la parte de la túnica que apenas cubría su busto y subió un poco el largo de la misma para mostrar un poco más la piel de sus piernas, ¿no era verano? Pues eso, tampoco iba a vestir como una monja.

Salió de su habitación y bajó por las escaleras de la parte de atrás de la mansión, para quedar directamente en el pasillo que daba paso al jardín trasero de su casa. Echó un último vistazo al reloj de abuelo que estaba junto al último escalón, ya debía estar llegando. —Ama, el señor ya ha llegado. Lo he llevado a la pequeña mesa de tomar té. —le informó el mismo elfo con un tono que quizás él consideraba de complicidad pero que a los oídos de la holandesa sólo le divertía. Agradeció con una reverencia y se encaminó para salir al sitio donde su verdugo la estaba esperando. Frotó sus manos, estaban congeladas y temblorosas a pesar de que hiciera un calor abrasador, y las pasó por su cabello. ¿Había sido lo más acertado haberlo invitado a venir cuando no había nadie más en casa, cuando sabía que aún tenía poder sobre ella para descolocarla cuando le viniera en gana? Es que debía hacer algo con respecto a todo y no quería postergar más su enfrentamiento.

—Buenas, Steven. —saludó, tras aclararse la garganta y avanzar hasta donde se encontraba el ex Gryffindor. Maldición. No podía seguir con esa actuación, pero debía. Lo rodeó hasta quedar frente él, obviando mirarlo a los ojos y con una pequeña sonrisa mientras se empinaba sólo un poco y depositaba un beso en cada mejilla, primero la izquierda y luego la derecha, salvo que esta se aseguró quedar un poco más cerca de la comisura de sus labios. —Perdón, mi error. Buenas, prometido. —aquella frase había salido de sus labios con una hipocresía tan obvia pero a la vez tan camuflada ante el semblante que portaba Annika. El primer acto de su obra dramática había empezado, y esperaba que en este final ella saliese victoriosa.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Annika N. Drescher el Sáb Nov 22, 2014 11:59 pm

Podía dar a cambio toda su fortuna con tal de comprar ese momento, ese preciso instante, y poder repetirlo una y otra vez, hasta que su memoria se agotara de reproducirlo o hasta que estuviera tan gastado como para volver a ser recordado. Ella se había hecho escuchar así como él lo había hecho. Ella lo había retado, y él había accedido. Una y otra vez, no hacían más que probarse el uno al otro, llevar al otro hasta su límite por el simple deseo de sentirse al mando de aquel barco en el que navegaban. —Annika Ivanović tampoco suena tan mal…—acotó con una leve entonación de diversión en sus palabras, para luego carraspear y volver a ser esa chica que él había conocido la primera vez.

La castaña se mordió el labio al sentir su mirada sobre la propia, tomando eso como una respuesta afirmativa a su petición. Percibió el atisbo de la sonrisa en sus labios, los mismos que hacía apenas unos minutos había podido besa; por lo que lo imitó y esbozó una tímida sonrisa. ¿Podía ser posible y no una ensoñación que se encontraran así, en un punto de equilibrio donde ninguno se atrevía a emitir algún comentario que destrozara eso? Levantó el rostro y aguantó la respiración, no importaba si llovía a su alrededor; no se atrevía a moverse por temor a echar a perder aquello con sabor a irreal. Poco a poco, fue soltando el aire retenido. Cerró sus ojos y ahogó un pequeño suspiro, sintiendo como todo su cuerpo respondía ante la caricia de su mano, como su tacto traspasaba de forma abrasadora la tela y se impregnaba en su piel. No existía lluvia, no existía frío, tan sólo eran ella y él.

—Primero cumple mi deseo. Luego ya veremos.— bisbiseó, clavando los ojos en sus manos entrelazadas. Experimentó una especie de gozo, de satisfacción, que no tardó en convertirse en admiración al verlo tan de cerca. Alguien debía prohibirle que, incluso, bajo la lluvia se viese tan endemoniadamente atractivo. Resultaba injusto ver como su cabello húmedo enmarcaba de manera perfecta cada ángulo de su rostro. Y sus ojos, sobre todo lo demás, esos azulejos le resultaban una enorme perdición por la intensidad con la que brillaban, con la que se sentía traspasada. Que se retorcieran de envidia todas esas muchachas que fueron alguna vez su compañera de cama, a fin de cuentas, ella sería su esposa.

Se dejó guiar por él hacia la casa, como si fuese suya y no de sus abuelos. Ni siquiera sabía dónde estaban exactamente, toda su atención recaía en sus manos entrelazadas y lo bien que se sentía eso. Las voces de los retratos la regresaron a la realidad. Estaban en el salón familiar. Meneó la cabeza en cuanto se vio privada de su agarre, sintiendo un vacío abismal que sabía no debía permitirse sentir. No podía pasarle otra vez. Sin embargo, resultaba inexorable el no maravillarse por el ruso, era imposible no detenerse a observarlo con devoción como se adueñaba del instrumento en cuestión de segundos. ¿Qué?pronunció ella con desconcierto, para luego caer en cuenta lo que le había dicho. Claro, había dicho que le iba a contar su vida. —Veamos… ya sabes que soy animaga. Una loba. Bastante irónico, lo sé.—empezó, encogiéndose de hombros, llevando a segundo plano ese recuerdo donde él confesaba su naturaleza. Sólo por ese momento quería creer que él era un mago común y corriente. —Lo soy desde los doce años. Te vas a casar con una bruja prodigio.—añadió, cerrando sus ojos y dejándose embargar por las notas que salían del piano, una a una danzando hasta sus oídos y colándose dentro suyo, sintiendo que eran sólo para ella. —Hace dos años perfeccioné la Oclumancia, antes de llegar a Hogwarts. Fue de esas cosas que uno hace por necesidad, ¿sabes? Era una novata con el corazón roto que quería enterrar todos los recuerdos que tenía junto al chico que la engañó con otra frente a sus ojos. —ni siquiera podía creer que lo estaba haciendo, estaba derribando sus propios muros y estaba dejando que Steven entrara en su vida. En cuanto el rubio varió el tono en la sonata y alcanzó un tono alto, la holandesa se paró sobre la punta de sus pies y se deslizó hacia un lado para luego dejarse caer, sin perder esa gracia y fiereza que acompasaba las notas del piano.

—Hubo una vez… en que estuve bajo la influencia de la maldición Imperius. Fue la peor sensación del mundo. Estar inconsciente de tu propio cuerpo…fue horrible. La Cruciatus… también la experimenté. Traidora a la sangre, yo, ¿lo puedes creer?—sintió como un escalofrío la recorrió, aún podía recordar estar bajo ese estado. Sabía que él le había dicho no querer convertirse en su confidente, pero, se iba a convertir en su esposo, y gracias a la influencia del matrimonio de sus padres creía que lo uno era igual a lo otro. —Nunca me lleves a un lugar con polvo. Aunque ya debías saberlo, que soy alérgica.—continuó diciendo, colocando sus brazos en tercera posición para poder dar un pequeño giro que la dejara cerca del piano como para poder apoyar las manos en su cola. —¿Qué hay de ti? ¿Algún adelanto para el infierno que me espera? ¿Una amante que deba soportar? —le preguntó, intentando ocultar la evidente curiosidad y los celos con lo que formulada la última pregunta.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Steven F. Ivanović el Lun Nov 24, 2014 1:45 pm

Él se perdía en la fragilidad de las notas y la dulce voz de su interlocutora. ¿Qué tan discreto podía ser un hombre como Steven? Irónico pensar, que su animagia correspondía a la de una loba, aunque el rubio no lo creía de esa manera. Ella era autoritaria con su forma de ser, protectora de sus derechos, amante de sus pertenencia. Ella era una mujer capaz de tomar las riendas de su vida, y de defender con un rugido a lo que se interpusiera en su camino. Una loba… era lo más perfecto para describirla a ella enteramente. Él sonrió ante su comentario, entonces notó esa aceptación por parte de ella, sin oposición, sin arrepentimientos; se iban a casar, él sería su marido y ella, la mujer que alguna vez hubiera deseado como su esposa.

Ser su confidente le daba probablemente, el derecho de opinar sobre algunas cosas. La historia de una Annika engañada era algo que él nunca pudo sospechar, después de todo, sus encuentros en Hogwarts habían sido sin la espina de algún engaño pasado… ninguno habló de su vida, simplemente, se dedicaron a vivir su presente. –Eres mala Oclumante…– respondió con una ligera sonrisa, con el perfecto nivel de ofensa confundida entre una ligera provocación. ¿Se había dado cuenta? Steven, deslizaba sus dedos con avidez por cada tecla, en perfecta sincronía como si hubiera practicado toda una vida para aquel momento; él escuchaba, y por alguna razón le gustaba… sentirse cómodo tras algunas confesiones que rondaran la vida de Annika, la que sería su nuevo pasado también.

Sobre maldiciones. El rubio levantó su rostro, dos zafiros como ojos se quedaron inmóviles en el atril por los segundos que duró la confesión. Él tragó en seco, y en cuanto las palabras “Traidora a la Sangre” salieron de su boca, ladeó el rostro hacia ella, mirándole exhaustivamente. ¿Qué podía hacer ella para merecer semejante castigo? Un pequeño remolino se alojó en el estómago del ruso, uno, acompañado con la sutileza de la rabia que sugería buscar a tal vez un culpable. Eran confesiones… él solo podía dignarse a escuchar.

Entonces, su repentino estado dio un vuelco totalmente ante una veraz sonrisa. –Lo sé…– musitó como el excelente confidente que era. El polvo. Algo tan simple como eso le daba una repentina gracia. Sus ojos siguieron cada fino movimiento, un escalofrió bajaba por su espalda, ella se veía endemoniadamente atractiva; cada paso perfectamente ejecutado, cada sencillo vaivén, acompañado de esa ropa medianamente mojada, pegada a su cuerpo, resaltando la exuberancia de sus caderas. Cabellos finamente despeinados, implorando por los dedos de un hombre que empujaran y desaparecieran en ellos. Él la admiraba, no podía dejar de sentir eso por ella. se quedó pegado a su imagen, y cuando ella notó sus ojos, el mantuvo el contacto por míseros segundos, rehuyendo como si fuera prohibido verle de esa manera… como si fuera alguna especie de tímido.

–¿De verdad te gustaría saber sobre mis amantes?– preguntó en claro tono pícaro. La sonata llegó a su fin y sus ojos, se perdieron en los rayados de ella. –No sé qué tanto te preocupas. Al final de todo, estoy aquí contigo… tocando para ti, viéndote a ti…– confesó bajando la mirada hasta el domino de teclas. Sus dedos se prepararon para una nueva melodía, y justo en el segundo que esperaba al roce de las teclas, se detuvo.

Se percató de su estado. Su garganta no dolía, su nariz no picaba y prácticamente aquello se había convertido que algún milagro del momento. Los efectos de la llegada de la luna, habían cesado en él repentinamente.

Arqueó una ceja y dejó que sus manos viajaron hasta sus mangas, arrugándolas hasta enrollarlas al nivel de sus codos. Luego fueron sus botones aperlados, los cuales desabrochó hasta la mitad del pecho, la imagen de un invitado incomodo, se había quedado en la antesala antigua. Se dispuso a tocar nuevamente, su izquierda fue la primera que tocó el liso instrumento. Tonos suaves mantenían en calma la habitación con un sutil fondo a lluvia.


–Nunca me gustaron los compromisos, aunque siempre supe que eran necesarios para preservar el poder de alguna manera.– confesó –Estuve comprometido por un tiempo. La relación funcionaba, pero más era la condena y la costumbre que nos hacía llevarla en perfecta armonía.– ante los viejos recuerdos, Steven era alguien que siempre veía hacia adelante, ese era el problema, había veces, que se tenía que aprender mucho del pasado. –Luego me diagnosticaron una enfermedad mortal. Prácticamente me desahuciaron, y con ello, mi abuelo decidió buscar un verdadero heredero para toda la fortuna de mis padre.– lo estaba haciendo, el secreto de Steven Ivanović ahora formaba parte de su futura pareja –Nunca supuse que fuera justo para mí, pero morir, no estaba claramente en mi destino.– él levanto su mirada y chocó con la de ella –Cuando me convirtieron… la enfermedad desapareció, aunque no precisamente las intenciones de mi abuelo.– bufó con ironía –No sé para qué te lo cuento… murmuró hasta subir los tonos de la melodía. Un Steven arraigado ante su silencio acaba de ser destruido por dejarse llevar entre confesiones.

Dejó que la sola música se encargara de ser su voz por el simple minuto, cerró los ojos, lo creyó necesario y a la vez justo por la confesión de Annika. Él no podía ganar nada si no perdía algo a cambio. –Nunca estuvo en mis planes ser lo que soy ahorita. Pero pienso que es demasiado perfecto, incluso, para un chico derrotado por el pánico de una muerte tan baja.– sus palabras despedían orgullo entero, sus miradas, se cruzaron nuevamente y él fue testigo de los avellanados, suavizándose ante él. Odiaba esa mirada que confundía con compasión –Juré que sería soltero de por vida, a menos que estuviera cien por ciento seguro.– pronunció con seguridad –Créeme Annika, no hay infierno que me puedas hacer vivir… yo vengo de allí, y estoy acostumbrado al ardor de esas llamas.– se sinceró con ella, su compromiso no era castigo, ella dejaba que él entrase en su vida, una puerta directa de su alma, para el rubio, una puerta directa al cielo.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Annika N. Drescher el Dom Nov 30, 2014 9:26 pm

We don’t need to go that far.
Let’s hold on to where we are.
If it’s real, we’ll make it through.

Ambas cejas de la castaña se arquearon con suspicacia al oírlo opinar sobre su Oclumancia. Sin embargo, aquella endemoniada sonrisa mezclada con su voz, consiguieron que Annika tan sólo meneara la cabeza y pasara por alto aquello que dijo. Se detuvo un momento a observarlo con curiosidad, sin evitar el sonreír ligeramente al ver su nivel de concentración y devoción mientras sus dedos se deslizaban sobre cada tecla. No iba a poder olvidar nunca cuan seductor y perversamente atractivo se veía durante aquel trance en el que entraba al momento de tocar una pieza.

Se encogió de hombros y dejó que cada confesión fluyese de sus labios como si ese hubiese sido el plan desde un principio. De hecho, lo era. Pero en sus maquinaciones, Annika había empleado otros métodos y artimañas para proceder a contarle su vida, sus temores al ruso. Pues tal como le había dicho, esperaba que él al sentirse parte de su vida, se alejaría y la dejaría en paz. Sólo que ahora sabía que no iba a alejarse de su lado. Sólo que ahora, no estaba segura si quería que la dejara en paz. Sólo que ahora, no quería otra cosa mas que él fuera parte de su vida.

No trastabilló a pesar de sentirse observada por Steven. No se sentía nerviosa o presionada, más bien se sentía su único centro de atención, se sentía admirada por él. Esa sensación le dio un vuelco en el estómago, haciéndola sentir extrañada pero a gusto. Ejecutó su último paso y fijó sus ojos en los ajenos. Con la cabeza ladeada y una media sonrisa no pudo hacer otra cosa que detenerse, dejarse llevar por la intensidad de esos zafiros. Su sonrisa se anchó al verlo huir de sus orbes como si no fuese el imponente seductor Steven Ivanović. Le divirtió, de hecho, atestiguar como se invertían los papeles. Por lo general, era ella quien rehuía de su mirada en cuanto se sentía intimidada lo suficiente.

¿Quería en verdad saber sobre eso? ¿Quería escuchar de sus propios labios una verdad que le dolería tanto? Tal vez… sí… bueno, no. Cuando el armonioso sonido del piano culminó, se vio sumida en una realidad que no quiso afrontar. Se había arrepentido de haberle formulado esa pregunta. Fingiendo tan dulcemente que eres sólo para mí.bisbiseó, para luego arrepentirse de haber dicho aquello. Más le valía algún día aprender a pensar, al menos una vez, las cosas antes de hablarlas. Sin embargo, meneó la cabeza y sonrió, con dicha y evidente satisfacción. La holandesa apartó cualquier chispa de celos. A fin de cuentas estaba con ella, en su casa, tocando para ella, algo tan personal de su parte y ella era la única afortunada que lo disfrutaba; a fin de cuentas ella sería su esposa; a fin de cuentas, sus ojos la mirarían a ella, sus manos agarrarían las de ella, sus dedos repasarían la piel de ella y sus labios besarían los de ella. Tragó en seco y se asombró de sus reflexiones, ¿de cuándo acá era tan posesiva con algo que apenas le pertenecía?

La ex Durmstrang observó con avidez cada uno de sus movimientos: como se recogía las mangas de su camisa, y como eso marcaba sus músculos; como se desabrochaba los botones y dejaban ver parte de su pecho, y como eso consiguió que se sintiera apenada y se sonrojara lo suficiente como para voltear el rostro en otra dirección. Le resultaba insultante ver como su cuerpo reaccionaba de forma inmediata a tanta perfección. En cuanto volvió a entonar una nueva sonata, cerró sus ojos e inspiró profusamente, tratando de aspirar cada hermosa nota para que se quedara impregnada en cada rincón de su cuerpo. ¿Es que acaso se hubiera fijado en él si nunca lo hubiera escuchado tocar al piano? Tarde o temprano se hubiera fijado en él, en su cabello rubio pidiendo a gritos que pasara sus dedos por él, en su rostro atractivo, en su sonrisa maliciosa y pícara, en sus ojos que tanto la descolocaban. Pero sabía que, el ver de primera mano su fervor hacia la música, entender que compartían una análoga pasión por el arte, había influido lo suficiente como para que el ruso empezara a convertirse en una especie de mortal adicción.

Sus cavilaciones cesaron en cuanto el ojiazules empezó a hablar. Es que no sólo estaba hablando, estaba confesando parte de su vida. Y eso merecía toda la atención por parte de la castaña. Sus labios dibujaron una pequeña sonrisa que expresaba lo irónico que le resultó escuchar la referencia a su previo compromiso. Hasta que escuchó algo que la impactó demasiado que no consiguió ocultar la expresión de su rostro, asombro era lo visible en su semblante. Estuvo a punto de morir… fue desahuciado y su abuelo se mostró como un idiota. Finalmente comprendió el porqué de su reacción en cuanto ella mencionó a su abuelo, y fue ella quien se sintió una idiota por hacerlo. Y fue así como llegó al punto débil de su “relación”: su licantropía. Annika se estremeció al oírlo hablar tan abiertamente sobre la vez que lo convirtieron, no era su culpa, por más que quisiera evitarlo era un tema lo suficientemente delicado para ella. Sin embargo, su temblor se esfumó al comprender que quizás eso era lo mejor en lugar de haber muerto. No te detengas… por favor, quiero saberlo, quiero escucharte.le pidió con determinación. Quería que se abriera con ella, necesitaba que lo hiciera.

Nunca hubiera pensado que se escondía tal verdad bajo la máscara rebosante de arrogancia y orgullo que el ruso portaba. Se había imaginado que tenía secretos, ¿quién no los tenía?, pero jamás iba a poder concebir que cargaba con semejante carga. Frunció el ceño al oír su silencio de palabras, luego entendió que era su forma de conseguir valor para seguir adelante con sus confesiones. Todo rastro de resentimiento, desdén y odio que pudo haber sentido por Steven fue severamente opacado por la gran conmoción que la embargó en cuanto empezó a hablar. No terminaba de resultarle real que estuvieran así, sincerándose el uno con el otro cuando minutos antes se habían gritado y maldecido. Le resultaba impresionante ver cómo se suscitaban las cosas entre ellos, como eran una montaña rusa, como tenían sus altibajos. De cierta forma la asustaba, a su lado más racional no le gustaba ver como nunca nada resultaba estable y predecible entre ellos, pero a su otro lado aquello era lo que más le gustaba. No iba a negarlo, le fascinaba sentirse fuera de su esfera de seguridad. Pero toda fascinación alcanzaba su punto máximo antes de apagarse. Seguía mirándolo con curiosidad por lo que contaba, con tristeza y compasión por lo que había tenido que pasar, con admiración por ver cómo había sabido salir adelante sin dejar que la vida lo estropease. Porque sí, a pesar de todos sus malos ratos llenos de perversa, y casi enfermiza, autoridad–que de hecho eran incontables ante los ojos pardos de la holandesa– le resultaba digno de admirar aquel lado que jamás había visto de él.

—¿Lamento haber aparecido en tu vida y haberte llevado a romper tu juramento?—preguntó con la única intención de hacerlo sonreír, no le gustaba verlo con esa expresión de profunda soledad pero empeñada en hacerse ver como altanería. Rodeó el piano mientras él seguía tocando, podía percibir que estaba llegando a su fin por lo que se apresuró hasta sentarse a su lado en la banqueta. Sus hombros se rozaron un poco, pero eso le valió para que su cuerpo se estremeciera, ni siquiera el frío de la lluvia había conseguido eso. —Yo… Steven, esto…—no sabía que decir, sólo sabía que se encontraba en una enorme disyuntiva. No quería verlo sufrir más pero sentía que lo merecía, que en parte se lo había buscado al haberse inmiscuido en su vida hasta sentirse prácticamente el dueño de esta. Era cuestión de principios.

Clavó sus orbes mieles en las manos de Steven hasta que terminó la pieza, tuvo todo el deseo de tomar su mano y rozarla pero se contuvo. Aún se encontraba entre la espada y la pared. —Yo no estaba acostumbrada al fuego, Steven. Toda mi vida había sido seguridad, cada día era una rutina que realzaba mi comodidad. Mi primer novio representó eso para mí, una estabilidad en mi vida. Hasta que me engañó y me desmoroné, sintiendo que jamás iba a recomponerme. Sin embargo lo conseguí. —se volteó para así poder mirarlo de frente, y esta vez no privó a que su mano se acercara hasta el rostro del ruso y que acariciara su mejilla con el pulgar. —Mi vida volvió a ser una rutina en Hogwarts, de cierta forma. El Quidditch, las clases, el ballet. Y luego apareciste tú. Con esos ojos que consiguieron que me sintiera viva sin saber que estaba muerta en vida. Me negué a ello, no sabes cuantas veces decía que debía alejarme. Y tú sólo conseguías hacerlo más difícil.—continuó con tono quedo, reconociendo finalmente en voz alta todo lo que sentía.

—Estar contigo es un infierno, Steven. No lo digo en el sentido literal.—se apresuró a añadir. —Me refiero a que cada vez que estoy contigo siento que voy a estallar por tantas emociones abrasadoras que me haces sentir. Y no quiero eso. No estoy segura de querer abandonar una estabilidad en mi vida. —su pulgar le delineaba la mejilla, la parte baja de sus ojos y se detuvo en la comisura de sus labios. —No me culpes por quererte lejos de mi vida. No me culpes por no estar segura si estoy dispuesta a convertirte en una constante. Serás mi esposo, Steven. Y eso algo enorme. —suspiró pesadamente y dejó que su pulgar trazase la línea de su labio inferior antes de dejarse caer sobre una tecla blanca del piano. —Aunque bueno, al menos no será incómodo cuando descubras que no soy… ya sabes, virgen. Pues de hecho, gracias a ti no lo soy.—conseguir bromear sobre ello no le resultó tan difícil como esperó, pero de todas formas le supo incómodo. —Nosotros somos una gran ironía de la vida. Eres licántropo y eso te convierte en mi mayor temor. Pero debes saber que prefiero que tengas licantropía a que hubieras muerto.—y que prefiriera aquello, decía bastante.

—Perdóname, pero no podré evitar hacerte daño. No quiero herirte, pero lo haré para alejarte de mi vida. Es mi sistema integrado de defensa.—su anular tocó una tecla que emitió un sonido bastante alto, como si se tratase de un sol. —No quiero volver a acabar hecha un desastre. Y tú eres sinónimo de desastre. —levantó sus ojos y buscó los ajenos, buscó un refugio de todo en la profundidad del mar de sus ojos.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Steven F. Ivanović el Jue Abr 02, 2015 1:51 pm

Una mirada la fulminó, pero al siguiente segundo, media sonrisa pasó a cubrir su rostro ante el ocurrir de la holandesa. ¿Debía un hombre como Steven, admitir el quebrante de un juramento? No comentó nada, la dejó en silencio mientras sus dedos se deslizaban entre las teclas y la música viajara por sus alrededores. Ella rodeó el piano y su presencia tomó asiento a su lado. La calidez aumentaba, lucía algo asombrado con la capacidad que tenía Annika de hacerlo sentir… ¿cómodo?. Estaba más que clara la posición de ella con respecto a él en su vida. Sí, sería la única que tendría derecho a él, su mujer ante la vista de todos, la bruja que logró por fin sentar cabeza en el imperante mago que resultaba ser Ivanovic. ¿Se sentía cómodo con esa idea? La respuesta en su cabeza era un rotundo “no” que no dejaba de hacer eco. Pero una cosa era lo que dictara sus ideales y otra muy diferente, sus sentimientos.

Él ignoró su nombre en sus labios; tenía un leve presentimiento de lo que venía, ¿Recriminaciones tal vez? El verdadero miedo de Steven residía en las contemplaciones que pudieran tener hacia él. Años después, aun le hartaban las palabras de pena que algunos sentían por él. En el pasado, las personas no hacían más que sentir compasión por su enfermedad, ser tratado como un débil, y por ello, su pequeño interior aun despreciaba esos pensamientos que tenían los demás ante sus posibles acciones.

Por eso, y desde la primera luna llena, se juró a sí mismo que nadie sentiría pena por él.

Ojos azules buscaron redención en sus palabras. La única melodía presente era la de la lluvia de fondo, cayendo sin parar como las palabras de ellos en aquel momento. Sus labios se quedaron levemente apretados, esa mirada puesta en él, evocaba todo tipo de sentimientos que le costaba controlar. Quizá ella no lo supiera, pero también era experta en sacarle de su seguridad a él.

Sus ojos se cerraron ante el tacto de su mano, su caricia era algo que podía vivir de pocas mujeres. Los abrió de nuevo al escucharle y su confesión hizo que su corazón latiese un poco más rápido de lo normal, aun conservando su comportamiento casual que ocultaba otra verdad más profunda. Ella hablaba, y su garganta tragaba en seco mientras su pulgar delineaba su rostro. Ella se había vuelto perfecta, perfecta para él, para cualquier hombre cuyo pasado fuera tan maldito como el del ruso.

Pero se dio cuenta de algo, algo que desde la creación, las mujeres buscaban con tanto afán en sus vidas: Estabilidad. Y eso, era algo que el rubio, no podía ofrecerle y ni siquiera en el intento.

Steven suspiró, su cuerpo tomó la decisión de no tensarse lo demasiado. Una sonrisa despreocupada nació en su rostro motivo de la confesión sobre su castidad. Él, y nadie más que él había sido una vez más el cómplice de alguna primera intimidad, sin embargo y como repetidas veces lo había pensado, esa vez había sido única, diferente para él; como si él también hubiera perdido algo con ella. –Bien, supongo que eres la primera en decir eso.– y es que muchos lo hubieran preferido muerto, por muchas razones en realidad, afortunadamente, él estaba ahí, vivo, para demostrarle a todos esos ineptos que se equivocaban.

Entonces, el momento se hizo evidente. Las palabras de Annika le golpearon en el rostro en claro sentimiento de rendición, o lo que era igual, una derrota para él. Comprendió mejor qué se sentía ser él, qué era lo que la gente pensaba cuando lo veía pasar por su frente. Steven era un hombre, uno, desastroso al que nadie quería cerca para arruinar su vida. Steven, seguía siendo el niño enfermo, al que todos evitaban.

Una sonrisa sincera emergió de su rostro. Confusión cubría sus rasgos, como si al final de todo, él hubiera caído en la trampa de ella y estuviera derrotado ante su merced. Él la miró con lujuria, el dolor se esparcía por su cuerpo tan rápido como su sangre la recorría. Pero en vez de presentarse con dolor u incomodidad, aquello endurecía el alma del hombre, expresándose en ira y satisfacción con una sonrisa irónica en su rostro. Con un suave movimiento, fueron sus manos las que recorrieron  sus brazos hasta terminar en sus hombros. –Eres la mejor mujer con la que he estado.– confesó al igual que ella, había recordado su conversación con Lyonel, desde aquella última noche en Hogwarts, ninguna ocupó el puesto de Drescher, pues ninguna resultaba ser como ella. No había podido estar con ninguna mujer con la cual, al cerrar sus ojos, no se imaginara su cuerpo, sus besos y su aroma. Él estaba loco por ella, tal cual como lo predijo la primera vez que sus miradas chocaron en el castillo. –Y nada ni nadie cambiará eso.– aseguró con templanza, su derecha se alojó por detrás de su nuca, él se acercó, y reclamó un beso con demanda; suave, ligero. Su piel quemaba, reprimía cualquier ansias de tomarle ahí mismo como tanto lo deseaba. Pero en vez de eso, se tranquilizó como un hombre derrotado, saboreando una pizca de lo que sería la victoria en los labios de la holandesa.

Se separó entonces, mirándola fijamente. –Eres buena Drescher, y ciertamente, no te mereces a un hombre como yo.– su mano dejó de tocarla para luego tomar distancia de su presencia. –Pero yo también fui bueno, y no me merecía lo que tenía por destino.– con orgullo y egoísmo, se levantó del asiento mientras diferentes sucesos dolorosos pasaron por su mente: La muerte de sus padres, su enfermedad, la licantropía, su abuelo abusando de su primer amor, la confrontación con Rosier, las mismas palabras de la castaña…

Sonrió –No eres tú la que decides si sufrir o no. Ese siempre ha sido el derecho de otros.– la soberbia se asentaba en su voz de manera retadora. –Y esta vez, yo soy quien decidirá sobre el destino de los demás, como lo hicieron conmigo.– expresó puntual, mientras el sadismos se presentaba como sonrisa –Que tengas buenas noches, querida esposa.– mantuvo su mirada penetrante por escasos segundos, dándole la espalda y caminando lejos de la sala hasta desaparecer en su totalidad, como si su presencia, nunca fuera existido en aquella mansión.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Invitado el Jue Abr 09, 2015 4:42 pm

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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

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