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¿Tus reglas o mis reglas de juego?

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¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Annika N. Drescher el Dom Ago 24, 2014 7:22 pm

«Ámsterdam, 14 de agosto del presente año.
Joven Ivanović, le extiendo esta invitación tanto a usted como a su abuelo para que se sirvan en venir y acompañarnos a pasar la tarde junto a mi familia en las instalaciones de nuestro hogar en las afueras de Ámsterdam. Le aseguro que Annika estará encantada de recibir la noticia de lo que hemos acordado, he considerado oportuno esperar a que pasase su cumpleaños para que pudiera asimilar lo del compromiso.
Lo espero.
Dimitri Drescher Beumaris.
Accionista mayoritario de la firma Dresselt Hotels&Clubs. »
Terminó de escribir la carta y volvió a depositar la pluma de pavo real en el tintero. Esperó a que la tinta secase para enrollar el pergamino y así poder atárselo a Nessie, su lechuza nívea, para que pudiese entregársela a su destinatario lo más pronto posible. Era la segunda carta que escribía que iba dirigida a Steven y esta vez los motivos que la llevaron a escribirla eran tan diferentes, aunque tenían algo en común: cuan fuertes eran sus sentimientos al momento de plasmar sus palabras en el papel. La primera vez lo había hecho con desesperación, ansias y hasta ilusión, esta vez tan sólo lo había hecho por todo lo negativo que sentía hacia él. La había amenazado diciéndole que se iba a convertir en su pesadilla, ¿tras todo lo que le había ocasionado pensaba que podía hacerle más daño? Y como la holandesa lo creía capaz, prefirió ser ella quien diera el primer paso a su pequeña disputa. En su último encuentro él había conseguido ponerse en ventaja sobre ella al llevarla a aquella mansión, esta vez se aseguraría de ser ella quien estuviese en ventaja sobre él por el simple hecho de que estarían en su casa. Sabía que nadie de su familia estaría en casa, sus padres estarían en el Ministerio de Magia como todos los días ordinarios y sus abuelos habían salido a realizar algunas compras para una cena de beneficencia que iban a llevar a cabo ese fin de semana. De hecho, lo único que la holandesa había hecho era duplicar la carta original que su padre tenía intenciones de enviar al ruso y poder editarla a su gusto y conveniencia. Un poco de movimientos de varita y una pequeña poción que borrase la tinta ya escrita, no era ningún pecado. Al menos no tan grande como los que estaba la holandesa dispuesta a cometer por hacerle la vida miserable a Steven Ivanović tal como él le había convertido la propia.

—Cuando llegue el invitado lo haces pasar al patio trasero. —le indicó a Anker, su fiel elfo, quien se mostró algo confuso ante sus órdenes. —¿La ama espera invitados? Pero la casa no está arreglada, los invitados vienen el sábado.— Annika se limitó a torcer una sonrisa de medio lado, tan filosa y tan inocente a su vez que el elfo no dejaba de mirarla confundido. —Tan sólo llévalo al patio trasero y le dices que la familia lo está esperando allá. No preguntes nada y no vas a comentar nada de esto, ¿de acuerdo? —concluyó, subiendo por las escaleras principales hasta su habitación para así poder terminar de arreglarse. Sabía que tenía más de cinco horas a su favor hasta que la lechuza le entregase el mensaje al rubio y él se decidiera a llegar, aunque conociéndolo como desafortunadamente lo conocía, sabía que se iba a tardar un poco más para poder excusarse en algún pretexto que lo dejase como un buen partido ante los ojos del patriarca de los Drescher tan sólo para poder burlarse de ella con esa sonrisa que tanto había cogido fastidio, pero que tanto disfrutaba de ver, como sus labios se curvaban para sonreír de esa forma… no, no debía pensar en eso. Meneó la cabeza mientras giraba el pomo de la puerta de la sala de baño, esperaba que una ducha le lograba esclarecer cada una de sus ideas, qué hacer y qué decir en caso de que sus primeros intentos saliesen contrariamente a lo planeado. Resultaba extraño que volviese a ser la Annika calculadora y detallista gracias a quien se había encargado de meterse dentro de su ser para luego destrozarla.

Se miró una última vez al espejo. Estaba diferente; su cabello estaba diferente, lo había cortado y teñido un poco; sus ojos estaban diferentes, habían perdido esa mezcla entre oliva y café para acabar tan sólo en un brillo de miel fríamente expresivo; estaba un poco bronceada, había estado vacacionando en Gales antes de regresar a su ciudad natal y tener que afrontar su realidad. Inhaló profusamente y  terminó por abotonar el cuello de la túnica que vestía. Tenía un punto a su favor por ser chica, por tener los atributos necesarios para empezar a enloquecerlo lentamente. Sólo esperaba que su truco no saliese al revés, pues sea lo que sea el ruso le seguía parecía atractivo, endiabladamente y mortalmente atractivo. Se acomodó la parte de la túnica que apenas cubría su busto y subió un poco el largo de la misma para mostrar un poco más la piel de sus piernas, ¿no era verano? Pues eso, tampoco iba a vestir como una monja.

Salió de su habitación y bajó por las escaleras de la parte de atrás de la mansión, para quedar directamente en el pasillo que daba paso al jardín trasero de su casa. Echó un último vistazo al reloj de abuelo que estaba junto al último escalón, ya debía estar llegando. —Ama, el señor ya ha llegado. Lo he llevado a la pequeña mesa de tomar té. —le informó el mismo elfo con un tono que quizás él consideraba de complicidad pero que a los oídos de la holandesa sólo le divertía. Agradeció con una reverencia y se encaminó para salir al sitio donde su verdugo la estaba esperando. Frotó sus manos, estaban congeladas y temblorosas a pesar de que hiciera un calor abrasador, y las pasó por su cabello. ¿Había sido lo más acertado haberlo invitado a venir cuando no había nadie más en casa, cuando sabía que aún tenía poder sobre ella para descolocarla cuando le viniera en gana? Es que debía hacer algo con respecto a todo y no quería postergar más su enfrentamiento.

—Buenas, Steven. —saludó, tras aclararse la garganta y avanzar hasta donde se encontraba el ex Gryffindor. Maldición. No podía seguir con esa actuación, pero debía. Lo rodeó hasta quedar frente él, obviando mirarlo a los ojos y con una pequeña sonrisa mientras se empinaba sólo un poco y depositaba un beso en cada mejilla, primero la izquierda y luego la derecha, salvo que esta se aseguró quedar un poco más cerca de la comisura de sus labios. —Perdón, mi error. Buenas, prometido. —aquella frase había salido de sus labios con una hipocresía tan obvia pero a la vez tan camuflada ante el semblante que portaba Annika. El primer acto de su obra dramática había empezado, y esperaba que en este final ella saliese victoriosa.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Steven F. Ivanović el Lun Ago 25, 2014 10:15 pm

Un suspiro lánguido recayó como un sublime eco en la habitación. Un sonido cristalino perturbaba el silencio absoluto, era una combinación de males y mentiras, era la combinación que transcendía en la mente del rubio y lo llevaba a apretar su derecha, arrugando la carta como a sus esperanzas. Él echó su cabeza hacia atrás, dejó que su nunca descansara en el borde de la tina mientras al otros extremo, parte de sus piernas salían del agua. Abrió los ojos, no miró nada especifico en el techo, detrás de ese mar azul como iris, se encontraba el infierno queriendo ser apagado con presuntas aguas de autocontrol. Un ardor corría por su nariz, sacudió su pensamiento por un segundo y llevó sus largos dedos hasta su orificio nasal, palpando con sus yemas para luego levantar su mano y observar el carmesí descender lentamente. Él miraba aquello con una profundidad oculta que apostaba que la mayoría de los hombres no tenían; el vapor del agua se alzaba, y su pensamiento no dejaba de pronunciar su nombre con soberbia, casi con la intención de desaparecerla.

El aro dorado de su ceja derecha se alzó, dejó caer su mano en el agua y se cubrió los ojos con su antebrazo izquierdo. Su alta estatura se encontraba sumergida en el agua, era un extraño baño que le recordaba mejor a un encuentro consigo mismo. Partes de ropa yacían tiradas en el suelo, como sus sentimientos, o sus palabras dirigidas hacia esa mujer. Steven no podía hacer más nada que lamentarse en un profundo lugar de su memoria, por primera vez no sabía si estaba haciendo lo correcto o si solo se dejaba guiar por sus instintos.

Indomable, la maldita de Annika Drescher le parecía indomable.

Otro suspiró le recordó lo ridículo que se veía lamentándose por una mujer; que bien que en sus disposiciones, podía tener a un centenar, o incluso un batallón esperando a amanecer con él en su cama. Resopló con posesión y se sostuvo de los borde, impulsándose hacia arriba para poder salir de la pieza. Agua corría por todo su cuerpo, se deslizaba en la masa de músculos y abdominales fuertes, y cuando por fin dejaban ver algo, las cicatrices cubrían su cuerpo de alguna de manera irregular. Él siempre decía, que tras de su elegante fachada algo salvaje acechaba; le gustaban los juegos de palabras, pero no lo suficiente para poder dedicarse a ello y ocultar cruda realidad. En el acto, un elfo apareció con una toalla para su disposición, el rubio la cogió a regañadientes y limpió su pelo, su frente y su rostro con ella. Se detuvo a mirar el rastro de sangre, su fuerza, no era la mejor, pero su afán de asistir a la cena de ese día era más grande que cualquiera tonta noche ascendiente a una luna llena. –Imbécil, ¿no ves que está manchada?– fue lo que dijo junto antes de estamparle la toalla al elfo en la cara.

{…}
Todos sabían de la historia donde caperucita se metía en la boca del lobo, nunca supo el momento donde el lobo de metían en la de caperucita, pero ahí estaba, de manera extrañamente puntual. Sus manos de deslizaron lentamente por su corbata, desabrochándola un poco en cuando sintió el calor hogareño en casa de su prometida. Se deshizo de su abrigo, y antes de tirárselo al elfo por inercia, fue cortés de entregárselo para que pudiera colgarlo y se dirigió a la mesa de té a esperar. Steven, odiaba esperar.

Una disparada voz lo sacó de sus pensamientos en la espera. El rubor rojo de sus mejillas, apenas era imperceptible cuando se trataba de delatarlo ante la presencia de un posible refriado. Él se puso de pie, esperó paciente ante el rodeo de la castaña. Ella se detuvo delante de él, logró que la viera, con todo su maldito cuerpo sexy que lo llamaba en primer momento. El humor brillaba en sus ojos, él sacudió su cabeza, y fue recibido con dos besos que olían a traición. Annika susurró palabras al final, él no pudo evitar cerrar los ojos y sumergirse en su aroma; no abandonó el impulso, y sin siquiera tocarla con sus manos, deslizó su nariz por parte de su cuello: Aceite carmesí, sándalo y sexo con azufre en sus labios, así olía Annika Drescher. –Los errores no existen.– pronunció para despegarse con cautela y carraspear con su garganta –Buenas, prometida.– decoró con una sonrisa –Te ves bien, ¿a quién pretendes seducir hoy? Después de todo, aún no me hago la idea de cuánto disfrutas con encuentros casuales con otros chicos.– citó sus palabras con una sonrisa lobuna, tomando distancia para poder observarle como siempre.

Su lengua mojó su labio inferior, como si imaginase el sabor de su piel –Y bien, ¿Cuál es tu urgencia de verme? Mejor dicho, ¿Qué tan descabellado puede ser la idea de traerme a esta casa sin tu familia presente?– de sorpresa nada, ninguno era lo suficientemente tonto como para creer Dimitri escribiría una carta de invitación luego de su trato. Las respuestas se vaciaban de su cabeza y lo convertían en una especie de títere al estar más pendiente de su figura, que de sus palabras. Él se tensó, pero por Morgana que trataría de ocultar todo antes de vislumbrar algún interés por ella en aquel momento. –¡Ah, ya sé! ¿Quieres solicitar las nuevas reglas del juego?– inquirió –¿Es eso lo que tanto te preocupa?– sonrió.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Annika N. Drescher el Sáb Sep 06, 2014 5:35 pm

¿Cómo podía pensar que era lo correcto? ¿Quién era ella para tomar ese tipo de decisiones? Ahí estaba el detalle, ella era la dueña de esa vida y ahora quería adueñarse nuevamente de su vendida libertad. Quería recuperarla, no la podía dejar en manos de otros mucho menos si en esos otros estaba Steven Ivanović. Sin embargo, ahí, en ese nombre yacía el más grande de sus dilemas y, porque no adjudicarle, problemas. Y aun así, a pesar de no estar segura de si llegaría a controlarse para no estallar como la última vez que lo tuvo frente a sus ojos, prefirió no oír aquella parte de su cerebro y seguir con lo planeado. Le había dicho que lo llevaría al infierno y estaba dispuesta a todo a conseguirlo, tal como él se había divertido con ella, jugando con ella para llevarla hasta al cielo y dejarla caer, la holandesa haría lo mismo. ¿No le había dicho alguna vez que estaba dispuesto a ser su profesor? Pues debía ver si finalmente su alumna había aprendido lo suficiente como para poder superarlo.

Ni siquiera se detuvo al verlo ahí, de pie, en medio de su jardín de juegos mientras crecía. Le resultaba tan extraño que estuviera ahí, incluso sintió una punzada en su pecho y en su cabeza empezaron a rebotar millones de interrogantes todas con un factor común: ¿fue lo adecuado el haberlo invitado a su casa? No había nadie más en ella a excepción de los elfos, y sabía que éstos no iban a contar nada, ni siquiera a los recuadros mágicos que colgaban de las paredes dentro de la mansión. Pero debía recordar todo lo que había sucedido entre ambos para que llegase a una decisión de tal magnitud, cada uno de los desplantes, cada una de sus ironías, cada uno de sus movimientos y gestos; pero por alguna razón, el tenerlo frente a frente era diferente a haberlo planeado todo anteriormente con lujos de detalles.

Se mordió el labio inferior víctima de su movimiento, algo tan fugaz pero que ocasionó que se estremeciera y temblara antes de volver a erguirse. Maldecía internamente cada que él sacaba ventaja, ¿cómo había llegado a conocer cada uno de sus puntos débiles y a aprovecharse de ellos sin inmutarse? Y ella, por su parte, se sentía navegando a la deriva en el profundo mar de sus pupilas al darse cuenta de que no sabía nada de él, absolutamente nada que la ayudase a también poder sacar ventaja. Sólo sabía que era licántropo y que vivía con su abuelo, ni siquiera sabía lo que había visto en el espejo de Oesed pues resultó tan astuto para poder ocultárselo. —Tenemos más en común de lo que pensamos. Y no sé si eso es bueno, o malo.—reconoció en bisbiseo, intentando ocultar su quiebre con el simple hecho de haber tenido su respiración contra la piel de su cuello. Ciertamente, la holandesa no sabía si que el coincidir en muchas de las opiniones le iba a facilitar las cosas: el olvidarse de él y el cobrarle la cuenta. Lo miró con los ojos entrecerrados mientras retrocedía un par de pasos, aquel tenue rubor en sus pómulos no era algo usual en sus facciones. Meneó la cabeza y sus labios se curvaron en una sonrisa coqueta, ¿en verdad habían vuelto a sus juegos de un principio, donde lo abundante entre ambos era el que coqueteo y las provocaciones? Si eso debía hacer, estaba dispuesta.

—Así que crees que estoy seductora. —tomó sus palabras para acomodarlas a su antojo, encogiéndose de hombros para dar un paso más hacia atrás y así girar sobre la punta de sus pies grácilmente y de la manera más lenta, casi tortuosa, que encontró. —¿Y qué si digo que te quiero seducir a ti, Steven? Después de todo, yo ya me divertí con otros en las playas de Gales, creo que lo adecuado es que me divierta contigo. —por alguna razón se sintió como la presa de un lobo hambriento mientras le clavaba encima los azulejos, más grande ironía cuando ella adoptaba la forma de una loba al transformarse en animaga.

Carraspeó y sin poder evitarlo, desvió su rostro para rehuir de su hipnótico mirar. Paso a paso, sabía que debía ir poco a poco. Se volteó a verlo cuando lanzó aquella interrogante, ¿cómo sabía él que no estaba nadie en casa y que ella había sido la emisora de aquella carta? Torció una pequeña sonrisa para evitar que su semblante se nublase por el desconcierto, había varios vacíos legales entre su compromiso o mejor dicho, habían varias cosas que ella desconocía con respecto al acuerdo que el ruso entabló con su progenitor. Eso estaba claro. Después de todo, el día que pudo leer la famosa carpeta sus ojos leyeron todo por encima y se centraron tan sólo en partes importantes, como la alusión a su futura unión. —Sabes muchas cosas, Ivanović, muchas cosas de mí.—aclaró, como si no hubiera dicho nada relevante. Tomó asiento en una de las sillas de la mesa que tenían en frente, asegurándose de hacer alarde de la parsimoniosa gracilidad que había recuperado tras volver a practicar ballet, eso, y claro, el hecho de que podría cruzarse de piernas de tal forma que sus muslos quedasen descubiertos. Si había algo que sí sabía era la debilidad del ex Gryffindor hacia el sexo femenino, y mientras no supiese otra más, le iba a sacar el jugo a aquella lo más que pudiese. —Estoy a punto de pensar que eres una especie de acosador. —concluyó, encogiendo nuevamente sus hombros mientras con la zurda se colocaba todo el cabello de un solo hombro.

Aquella sonrisa logró erizarle la piel al tiempo que provocarle un vórtice en su estómago. Era tan cínico, tan insolente que se jactaba de lo que había conseguido. Sin embargo, le daba tanta rabia que aún dada las circunstancias siguiese sintiéndose atraída por él. —¿Reglas de juego? ¿Así que esto para ti es un juego? No sé porque no me sorprende. Después de todo, todos tus logros son a base de apuestas y sucias jugarretas, ¿no?—no lo pudo guardar más, necesitaba soltar aquello cuanto antes si no quería terminar por levantarse de la silla y estamparle la bofetada que tenía pendiente con su otra mejilla. —Pero no. No te invité por eso, Steven. Si vas a casarte conmigo, debes conocer cosas de mí y creí adecuado que lo primero que conocieras fuera el lugar donde crecí. —respondió, sin saber por qué exactamente había dicho aquello. Se mantuvo firme, creyendo en sus propias palabras para no terminar vendida. —Por cierto, la invitación estaba dirigida a ti y a tu abuelo. Y por lo que veo él no ha venido, ¿algún problema? —inquirió, ladeando su rostro y esbozando una angelical sonrisa. Aquel era un punto débil, estaba claro por todas las evasivas que él siempre daba con respecto a su vida personal.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Steven F. Ivanović el Vie Oct 17, 2014 8:22 pm

Él tragó ante su contra ataque, era de imbéciles pensar que con su atuendo no le parecía seductora, quizá era más que eso, pero preferiría morir a manos de un Muggle malnacido, antes de admitir lo inadmitible. Ella giró sobre sus dos pies, y los ojos del rubio quedaron pegados a ella sin poder evitarlo. Era más difícil de lo que parecía, ella lo estaba provocando, era su intención… esta vez, su batalla estaba resultando mejor, ganando terreno con tan solo una invitación. –¿Y qué te hace pensar que puede divertirte conmigo?– su sonrisa lobuna emergió –Yo ya lo hice una vez… no creo que tenga tanto interés en ti de por medio.– fútiles palabras, aunque decoraban perfectamente su sonrisa. ¿Acaso la creía tonta? El hecho de que él estuviera allí parado frente a ella, solo significaba la extraña necesidad de verla… aunque fuera solo para comprobar una falsa invitación.

Steven, desvió por un segundo la mirada, dejó ver sus dientes al mismo tiempo que aspiraba a través de ellos en una connotación de su hipócrita ironía –Más de lo que crees…– soltó cayendo en sus fatales orbes castaños, ¿o eran verdes estas vez? Poco importaba, pues la mirada la siguió hasta que ella tomara asiento en un explosivo arranque de sensualidad pura. Piernas cruzadas, piel perfecta… ojos que se atrevían a mirarlo y labios carnosos, esperando articular palabra contra él en cualquiera momento. Era su diablo vestido de Prada. –Cuidado con lo que dices, podría acusarte de lo mismo.– acusación sin argumentos mientras disponía de la silla en frente de ella, tomando asiento de manera imperiosa, llevando par de dedos apenas a tocar sus labios como forma de su intrigante actitud.

Una carcajada salió de sus labios, su comentario había logrado golpear la base de su cuello haciendo desviar su mirada. –¿Crees que eres una apuesta, Drescher?– he ahí el dilema, Steven se acomodó en su asiento y frotó sus áspera mandíbula, todo, un segundo antes de ser desconectado totalmente de sus sentidos.

…¿Conocer su niñez?...

Tragó nuevamente y le fue imposible no fruncir el ceño. De cualquier otra excusa, nunca se le hubiera ocurrida una tan… simple y a la vez tan cierta. Era como si Annika le abriera las puertas de su palacio, dejándole entrar sin ninguna preocupación por saber qué iba a encontrar. Para él, la conversación se empezaba a tornar extraña, sostenía demasiados niveles ocultos el cual él esperaba averiguar con arduo trabajo. Un musculo se contrajo de su mandíbula y una mirada de desaprobación cayó en la holandesa. Elevó sus brazos hasta ambos pasamanos del asiento y los apretó con leve presión ¿Se había estremecido? Maldita fuera su táctica, ella había decidido tomar las cosas con calma, incluso dando la oportunidad de que la conociera más de cerca… cosa que él no haría ni en mil vidas.

–Él está con tus padres reunidos.– soltó, su tono había sido tan indispuesto, que aquello solo podría ser la verdad pura. Era la explicación fiable de que asegurase que en esa casa, solo habitaban dos hechiceros en esos momentos. –No hay ningún problema, él pronto dejará de ser uno… murmulló tan suave, que fue incapaz de darse cuenta ante la figura tan ridícula que habia dejado mostrarse delante de ella. Era como si volviese a ser un niño de Gryffindor, con 13 años, enervado por la simple presencia de su abuelo.

–¿Y bien?– dejó escapar el aire para retomar la compostura de macho alfa que siempre dejaba ver. –¿Para eso me trajiste? ¿Ni una bebida pretendes ofrecerme?– dejó caer todo el peso de su mirada en ella como si fuese algún tipo de animalito desprotegido –¿o serán los nervios? No… de ti no me esperaría eso.– aseguró como si la conociese muy bien. Hizo que un aire puro entrase en sus pulmones y se detuviera simplemente al contemplar la figura femenina, sonrió para sí mismo, aquello estaba desmitigando el hecho de que no había mujer suficientemente bonita o suficientemente inteligente como para perdurar a su lado como algo tan parecido a una esposa. No había mujer sofisticada, ingeniosa y atractiva para Steven, no había nadie que sirviera para el papel de sus sucias artimañas y arriesgada jugarretas. Entonces apareció Annika Drescher… capaz de reunir todas esas malditas cualidades en un cuerpo candente, que lo hacía lucir a él como un gigoló que utilizaba su cuerpo y sus palabras para obtener lo que quería, exceptuando algo importante claro. –Creciste aquí… ¿Qué hay de interesante en ello?– por ese segundo, sintió la necesidad imperiosa de conocerla más a fondo,
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Annika N. Drescher el Sáb Nov 01, 2014 7:05 pm

¿Por qué siempre debía demostrarle que era él quien disponía de ella? No sabía ya si era cuestión de su ego o si era algo que, incluso, lo superaba a sí mismo. Pero fuese lo que fuese, conseguía que la holandesa tragase en seco y se preguntase si valió la pena todo. Se mantuvo impasible, consiguiendo mantener tanto el semblante como el porte pícara, no iba a permitir que sus comentarios arruinasen su día y lo que tenía planeado. —Hechos más que palabras, Steven. Y el hecho es que estás aquí, sin despegarme los ojos de encima. —sus delgados hombros se levantaron y dejaron caer con la misma gracia que alardeaba. No le iba a dejar tan sencilla la situación, esta vez iba a exigir un poco más de esfuerzo por parte del ruso si quería que ella titubease y descolocase por su simple presencia.

—Eso es lo que hacemos, ¿no? Siempre buscando estar por delante de los demás, inmiscuir en sus vidas hasta saber cómo sacar ventaja. lo observó sentarse, incapaz de despegar sus ojos pardos de sus azulejos. ¿Alguna vez iba a confesarle, que por sobre todas las cosas, estaba encantada de perderse en sus ojos, en el brillo que desprendían con cada palabra y gesto que profesaba? —No te acoso, Steven. Sólo me intereso en ti más de lo que hacía cuando estabas en Hogwarts.—repuso, dando el paso a más de una posible interpretación de su palabras. Para bien o para mal, que él decidiera y rezara porque su opción fue la correcta. Por un momento, desvió la atención de los ojos hasta sus labios y se paralizó, mordiendo su propio labio en un acto ocasionado por la innegable tensión entre ellos. Aunque intentase negarlo, no podía fingir que no sentía nada hacía el rubio; que la profundidad de sus ojos no le calaba por debajo de la piel; que sus labios no evocaban deseos mundanos; que sus sonrisas no la arrastraban a un sueño; que sus palabras no despertaban reacciones en ella que jamás creyó experimentar. Y por eso y todo lo demás, lo detestaba.

Imitó su gesto meditabundo, llevando la zurda hasta los labios, jugueteando con sus dedos sobre éstos para terminar negando. —No soy una apuesta, soy el premio mayor de una. Y hasta ahora, tú tan sólo eres el mayor postor. —¿exactamente qué era lo que había tratado de decirle? Sea como sea, su única intención era la de bajarlo de aquel globo inflado con ego en el que flotaba y, por supuesto, demostrarle que ya no era la niñita que buscaba la aprobación de su padre.

Sonrió, victoriosa y altanera, en cuanto vio como todo su cuerpo reaccionaba a lo que le había dicho. Si lo hubiera planeado a detalle, podía asegurarse que no hubiera obtenido tan excelente resultado. Es que eso era lo que quería, que él entrase en su vida, que la entendiera de tal forma que a su vez ella pudiese también quedarse marcada en él, para que así, al final, sufriese el mismo dolor que ella hubo experimentado e, incluso, multiplicado por diez. No se lo iba a dejar al karma, esta vez, quería ser quien decidiera. —¿Sucede algo, Frédèric? —su tono de voz, el aterciopelado arrastre de sus palabras realizando el énfasis en su nombre. ¿Así o más obvia debía ser para que comprendiera sus intenciones de llevarlo hasta el borde de la seducción?

Sin embargo, con su respuesta consiguió que frunciera su entrecejo. ¿De cuándo acá estaban reunidos? No, no podía ser verdad. Su madre estaba trabajando en el Ministerio, pero su padre…él había dicho que tenía una importante cita de negocios y regresaba a la noche. Negocios. ¿Es que eso era en lo que se había convertido? —No soportas a tu abuelo, ¿cierto?—. por un momento, por ese segundo, se mostró más condescendiente y humana. No mentía cuando le dijo que tenía más interés en él por lo que sabía la mayoría de sus reacciones y los tonos que empleaba. Recordó ese día, el instante en que el ruso le dejó ver una de sus facetas más auténticas mientras acariciaba a Perseo. Recordó los sentimientos que aquello provocó en ella, el pensar que algo en él todavía valía la pena. Así como también recordó que fue él mismo quien acabó con la vida del equino.

—¿Nervios? ¿Por ti, Ivanović? Ni que fueras el centro gravitacional de mi universo. —hasta ella misma casi se creyó el cinismo de su mentira. Apoyó su codo en el reposa brazos y chasqueó los dedos para que así apareciese una bandeja de plata delineada con bordes de oro, flotando en medio de la mesa. Sobre ésta se encontraba una botella de vino de elfo burbujeante y dos copas. La castaña arrastró la silla y rodeó la pequeña mesa de jardín, colocándose detrás del ruso, agachándose para quedar con el rostro sobre sus hombros. Alargó la diestra para así poder alcanzar la botella y verter el vino en una de las copas, todo con una parsimonia que hasta ella misma empezaba a desesperarse, pero debía hacerlo. Seré tu esposa, no tu sumisa temerosa. Recuerda eso.susurró en su oído, incorporándose con la copa en su mano y rodeándolo para quedar de pie, dando la espalda a la mesa y viendo de frente hacia el paisaje holandés que se erigía en los jardines de la mansión.

Volteó el rostro y lo miró por sobre el hombro, en sus pupilas no brillaba otra cosa que no fuera lujuria nacida de un desafío. —Tú y yo empezamos al revés. Nos gustamos, nos atrajimos, nos retamos. Bailé para ti, tocaste para mí. Me besaste, te besé. Casi me matas y me hiciste tuya. —era el resumen más acertado para todo lo que ambos habían vivido, para todo lo que habían experimentado y hecho experimentar al otro. Sintió un nudo en su garganta y como su estómago daba un vuelco con cada palabra. Era una marejada de sentimientos encontrados. Una confusión que sólo había sentido desde que el ojiazules se cruzó en su camino. — Pero hay un detalle, nunca nos conocimos a fondo.—recalcó, como si se tratase de lo más obvio, de lo más importante. Pretendían conocerse, pretendían saber que esperar del otro con lo poco que habían tratado. Una vez más comprobaba su teoría de cuantas cosas tenían en común. —Por ejemplo, ¿sabías que en esta casa hay un piano que nunca pude tocar por el simple hecho de ser mujer?—se encogió de hombros, recordando las palabras de su abuelo. Con el dolor de su alma fue lo único que se atrevió a negarle a su nieta. —¿O que fue aquí, en esta misma casa, donde conocí a mi primer amor?—se detuvo para darle un sorbo a su bebida. Necesitaba tener alcohol en su sangre para proseguir. —E incluso, ¿sabías que fue en lo más profundo de aquel bosque donde casi pierdo la vida a manos de un licántropo cuando tenía ocho años?—no se atrevía a mirarlo, pues sea lo que sea, no acostumbraba a abrir las puertas y dejar al alcance de alguien más los secretos que más atesoraba.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Steven F. Ivanović el Vie Nov 14, 2014 11:20 pm

¡Su maldito lenguaje provocador! Steven era un hombre capaz de mantenerse a salvo de cualquier provocación externa -cosa que le costaba mucho con ella presente- su juego se basaba en él demandando y las demás obedeciendo, ¿Cuál era la diferencia ahora? Esos cabellos oscuros y esa endemoniada bata que apenas guindaba de su cuerpo, exigiendo de manera indirecta ser arrebatado en un movimiento rápido. Merlín, ¿En que estaba pensando? Los días próximos a la luna lo mantenían en un estado deplorable, más no inmune ante esa deliciosa manera de mirarlo con esos ojos. –¿Acabas de admitir que te interesabas en mí?– arqueó una ceja, esos diabólicos labios… le era imposible enfocarse bien en su tarea.

–Malas palabras.– sonrió –Mala… elección de postor.– dejó caer, sus ojos azules sostenían los de ella con calor, su juego empezaba a tornarse difícil, y en realidad, no se esperaba menos de una “Annika renovada” tras un complot invisible ante ella. Cual fuera sus acciones, cual fuera sus jugadas con su padre, con su integridad y con su razón de ser, tenía que admitir que ella era la experta jugando a algo donde él siempre resultaba victorioso. Este era el “Jaque” de su partida, pero muy lejos de un “Mate” en realidad.

–¿Eso importa?– contestó ante su pregunta, el que soportara a su abuelo o no, no tenía que ser algo que ella debiese saber. Era por eso que perdía cartas en aquel juego, que mientras ella llevaba su mano a demostrarle su vida como había resultado casi “Perfecta”, él se encerraba más en la negativa de darle a ella, un indicio de lo que fue su infancia. No, aun no le gustaba lo demasiado para contarle sobre su vida… aun no le volvía tan loco como para dejarle ver a un Steven diferente. De eso temía, de que ese “aun” llegase algún día.

Una fuerte carcajada brotó de sus labios, quizá no fuera el eje de su universo, pero los nervios era algo que podía crear instintivamente en ella. Él lo sabía, adoraba sentir el peligro en la piel de esta; si por alguna razón aun le ocultaba su estado lobuno formalmente, era para que no saliera despavorida ante la reacción que pudiera causarle. No quería jugarse esa carta… la de ser un hombre acosando fervientemente a una mujer por el simple hecho de jugar a su mismo nivel y calibre. Él no dejaría que ella abandonase o se rindiese de manera tan sencilla… pero claro, tampoco se la iba a poner tan fácil, quizá fuera hora de que él le diera una cucharada de su medicina. Una inquisición.

Ella se acercó, inevitable fue sentir su endemoniado aroma corriendo por sus pulmones a su simple roce de mentón sobre su hombro. El aroma a vino… Steven, era capaz de identificar año, cosecha, fermentación… detectar su dulzor, el salado, el amargo o el ácido sin siquiera probarlo, era tan bueno, como con las mujeres en general. Entonces, un calor intenso brotó en palabras de respiraciones profundas y relajadas; el doble filo era tan mortal como el veneno de basilisco, como lo era jugar con Annika. Él cerró los ojos, las provocaciones hacia un hombre de esa manera deberían estar prohibidas. Su voz demandaba juego, un rayo de adrenalina bajó por sus espalda, las ganas de hacerla suya nuevamente, seguían tan latentes como las de estrangularla. Observó su cuerpo rodearle, su mirada posó cuidadosamente por su espalda, pero se mantuvo firme. Sus ojos puestos sobre los suyos llamaban a la complacencia, dignidad separada por el orgullo de dos mentes.

Él sonrió y se despegó de su asiento. Se sirvió la copa de vino restante y su mirada, no dejaba de ser una con la de la castaña. –Qué bonita historia…– añadió de manera imprudente mientras sus fuertes dedos sostenían el cristal y tocaban por encima labios ligeramente pálidos por la condición. Sonase crudo o no, ese era la verdad de ellos. Bebió del vino en un denso y pesado silencio. Ella recalcó algo y él, simplemente ladeó la cabeza, observando su mismo horizonte mientras se acercaba a pasos lentos pero firmes. Steven se quedó absorto mientras ella hablaba, la punzada en su estómago era cada vez más fuerte, como si hubiera algo en su interior que quisiera que Annika callara y dejara de hablar de su pasado. El rubio bufó con gracias –¿Primer amor?– destacó su pregunta mientras recurría al líquido en la pieza cristalina, de un momento a otro, ya estaba al lado de ella, tratando de alguna forma, ser parte de los recuerdo de su pasado.

–Entonces, ¿eso es todo?– preguntó, sus azules acosaban al rostro que no era capaz de mirarlo fijamente. –¿Me invitas, te presentas de esta forma, me abres las puertas de tu vida… solo para comentarme sobre tu temor?– sus palabras fueron tan fuertes como sus intenciones, como las de un hombre que no tenía contemplación con nada ni nadie. –¿De repente, te has vuelto loca?, quiero decir, ¿Por qué repentinamente crees que podemos ser los mejores amigos y que puedes contarme todo sobre tu infancia esperando nada a cambio?– le recrimino, ya el aliento a uva se podía sentir en sus labios acosando a una diosa acorralada bajo las palabras de un casi mortal. Él se relamió los labios, su traidor corazón tamborileó por un segundo y se hundió un centímetro, su mano se estiró y tocó su frágil rostro, algo verdaderamente suave al tacto. La retrajo con delicadeza, la obligó a perderse en sus orbes azules, así como él se perdía en los de ella y lo negaba cual hipócrita era. –Yo no vine a ser tu amigo, ni tu confidente ni mucho menos tu hombre ideal.– pronunció –Vine a ser tu esposo, la persona con la que pasaras toda tu existencia.– una incómoda opresión atacó su pecho, pero no por ello se detuvo –No te la llevarás bien conmigo, pero tampoco pretendas que este jueguito de seducción durará todo el rato. No soy idiota, Drescher, me gustas más de lo que quisiera admitir, pero no vas a poder hacer nada con eso; no mientras…– el calló sus palabras y respiró hondo, sus ojos giraron y dejó que la copa que sostenía en su siniestra, flotara en el aire ligeramente. El rubio cogió la mano delicada de ella, la alzó lentamente hasta el nivel de su pecho y deslizó en su dedo, un anillo que encajaba a la perfección. –De verdad… no quiero hacerte daño, no hagas esto más difícil, Annika…– la llamó por su nombre –. serás mi mujer… y a menos de que muera, no habrá otro destino para ti.– ni el suicidio la salvaría de aquel destino.

Dejó escapar su aliento en un silbido agudo. –No sé en qué idioma repetírtelo. No quiero lastimarte Drescher, pero, no te atravieses en mi camino.– y lo decía por todo ese infierno de seducción que traía encima. No quería que ella fuera como las otras chicas, de esas que las metía en su habitación, las llevaba a su cama y prometía que el día siguiente, iba a ser diferente cuando lo más normal era su extrema indiferencia. Él la deseaba, siempre lo había hecho… pero no se la merecía, aun cuando un contrato estableciera sus derechos como esposo. Por primera vez, Steven estaba siendo sincero con alguien: consigo mismo.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Annika N. Drescher el Sáb Nov 15, 2014 1:06 am

"¿Quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse,
a descentrarse, a descubrirse?"
Rayuela – Julio Cortázar.

Estaba perdiendo su norte, estaba a punto de ceder y dejarlo ahí, en medio del jardín sin saber dónde empezar a buscarla. Sin embargo, no podía. Ya había empezado el juego, las fichas ya habían sido puestas en el tablero y cada uno empezaba a realizar los movimientos a su conveniencia. Tragó en seco al oír su carcajada, ese sonido tan áspero y grave quedó retumbando en sus tímpanos hasta ocasionarle un mal sabor y unas enormes ganas de vomitar. Eran en esos instantes en los que no paraba de preguntarse cómo había terminado por fijarse en alguien como él, cómo había dejado que él entrara en su vida y ahora se tomara todas las libertades y atribuciones para hacer con ella cuanto le viniera en gana.

Clavó la vista en los tulipanes que crecían entre los arbustos. No tenía nada en común con el memorable paisaje escocés, éste era más pintoresco, lleno de vida. Annika inspiró profusamente, teniendo la urgente necesidad de llenar sus pulmones con ese aire tan puro, tan emblemático que recordaba de manera envidiable. Quería volver a ser la niña de cinco años, la que se sentía dueña del mundo, de su vida, la niñita de cabellos castaños que estaba segura que en su futuro estaría casada junto a un hombre que la hiciese sentir mariposas en el estómago y que la convirtiese en esa princesa bailarina que añoraba ser. ¡Cuán estúpida se sentía ahora! Rozaba lo patético toda la escena, la desesperación era tan palpable entre ambos como esos sentimientos que los dos reyes del orgullo se negaban a aceptar frente al otro. Pero no podía retroceder el tiempo, no podía cambiar el pasado y, por tanto, debía aprender a vivir de las bienaventuranzas y desgracias que la vida le tenía preparada.

—Sí, con el chico que pensé casarme una vez. ¿Tú no tuviste un primer amor así?—no mentía, también como no se explicaba porque le confesaba aquello. Suponía, tal vez, que todo Hogwarts sabía de su historia, por qué se había transferido de Durmstrang a Hogwarts y quién era el causante de todo ello, por lo que no consideró ya de lo más apropiado ocultarle aquello. Suspiró, sintiendo una especie de alivio en cuanto dejó de tener sus zafiros sobre los suyos, como si quisiesen convertirse en una sola mirada y no mirar a nada ni nadie más. ¿Eran esas las mariposas que esperaba sentir alguna vez siendo pequeña? Ahora sencillamente quería practicarle un avada kedavra a todas y cada una de ellas, que no se interpusieran en lo que le esperaba, que no fueran un componente innecesario en su juego de estrategia. Pero, ¿a quién engañaba más? ¿A quién más, si no a sí misma? Con tenerlo a su lado, sólo con eso, sus piernas empezaron a temblar como si hubiesen sido sometidas a horas y horas de práctica; sus manos empezaron a rehilar de tal forma que casi se le cae la copa de la mano. Bebió, de un solo sorbo, todo el vino que restaba en su copa. Necesitaba fuerzas, un motor cualquiera, que la ayudara a no derrumbarse y ceder nuevamente ante el rubio, y su única solución viable era el alcohol.

Aquella preguntó sí la desencajó. La tomó por sorpresa, tanta que sintió como el líquido se quedaba en la mitad de su pecho, se instalaba ahí e instauraba un calor abrasador ocasionando que no supiera qué decir o qué hacer. Rehuyó de su mirada, negando suavemente, como si se estuviera resignando a nunca poder ganarle a Steven. —Porque estoy loca, Steven. Porque pensé que, tal vez, al dejarte entrar en mi vida con mi permiso te asustaría e irías. Me dejarías en paz. Tú seguirías con tu vida, tus mujeres, y yo, te olvidaría y conocería a alguien que sí valiera la pena. —replicó con voz cansada. Es que verdaderamente estaba cansada de eso que tenían, de esa cuerda de tira y afloja que los lastimaba más que cualquier otra cosa, que escocía tan profundamente, que, por primera vez, estaba dispuesta a sincerarse de tal forma que ambos pudiesen saber en lo que se estaban metiendo.

La caricia en el rostro, su mero roce, con un gesto tan mezquino y banal consiguió que toda ella suspirase y se encogiese de aflicción y debilidad hacia quien sabía era su mayor pecado. Debía ser una broma, una mala jugada. Levantó el rostro, cediendo ante la petición de su mirada por ser nuevamente una sola, cediendo ante lo hermoso de sus ojos que no hacían más que ahogarla en sus profundas aguas, cediendo ante la tentación que le significó ver como relamía sus labios. Todo lo veía, todo lo sentía en cámara lenta. Sentía como, poco a poco, cada centímetro de su piel respondía ante su inesperado pero necesitado tacto; como cada milímetro de sus terminaciones nerviosas se agudizaban ante el converger anhelado de un pasado, un presente y un futuro, en el cual Steven estaba presente en todos. Y todo eso gracias a sus palabras, a aquellas armas tan letales y filudas que lograron atravesar su cuerpo, clavándose en su pecho. No quiero eso, Steven… por favor, no lo hagas.casi le imploraba, ya no quedaba rastro de la diosa de seducción que estaba dispuesta a arrastrarlo a un infierno personal. El muy descarado había conseguido bajarla de esa nube hasta dejarla aislada a su merced.

La copa que sostenía en su mano se aflojó, cayó, pero no se rompió. La que si se rompió en miles de pedazos fue ella, la que sintió como el mundo empezaba a tragarla fue Annika. Sus orbes verdes se desviaron hacia la nueva adquisición en su anular. Un anillo de compromiso. Después de todo, era oficial. Era la prometida de  Steven Ivanović lo quisiera o no. —Pues hasta el día de tu muerte te vas a arrepentir de haberme escogido a mí como tu esposa. —sentenció, agradeciendo a esa parte de su cerebro que aún estaba conectada y viva para saber qué hablar, cómo reaccionar. Siguió observando su mano, con el discreto diamante reluciendo en el anular, aún sostenida por la ajena. Una espiral de emociones encontradas se instauró en su estómago. Náuseas, ganas de gritar, ganas de abalanzarse sobre él y golpearlo, ganas de abalanzarse a sus labios y besarlo, ganas de sonreír con una reciente euforia y jactancia   por ser ella su prometida y no el resto de muchachas que babeaban por él de vuelta en Hogwarts, ganas de todo, pero a su vez de nada. Estaba por acostumbrarse a eso, a sentir todo y nada por Steven, a perder todo y nada por él; a sentir que valía todo y nada para él.

—Te odio.—fue lo único que pudieron pronunciar sus labios en cuanto recuperó el habla. Un sentimiento tan real, tan auténtico que sintió como escocieron las palabras al salir de sus labios. O era quizás efecto de la copa de alcohol que había bebido. Daba igual. Lo había dicho. —¿Ya es un poco tarde para eso, sabías? Me has lastimado más que nada en este mundo, más que nadie lo había hecho en mi vida. —le espetó, suavemente, con su voz tímida y temblando. Se sentía como la sumisa que había recalcado no sería. Sin embargo, no se atrevía a aniquilar esa escasa distancia que los separaba, se sentía plenamente a gusto sintiendo de cerca su respiración, como los latidos de sus corazones buscaban acompasarse. —No es sólo tu camino. Tú te has metido en el mío, has agarrado un árbol y te has plantado en éste como si fueses el dueño y señor de mi camino. —recalcaba cada pronombre impersonal que se refería a ella, atreviéndose a llevar la mano donde tenía el anillo de compromiso hasta su rostro, tal como él había hecho con ella. Una caricia tan delicada, tan suave, tan digna de una dama como era Annika Drescher. —Tú no me quieres lastimar y yo no quiero salir lastimada. La única solución es dejar esto hasta aquí y hacer como si nunca nos hubiéramos conocido.  —recalcó, empezando a delinear sus labios con parsimonia, como la aprendiz de piano que prometió ser; con autoridad, como si se sintiese dueña de ellos.

—Sólo vete. Déjame en paz. Has comprobado que no puedo estar a tu altura, haga lo que haga. Que tú y yo no podemos jugar a lo mismo. Tan sólo vete y finge no conocerme. Que jamás cruzamos mirada en aquel comedor, que jamás descubriste mi mayor anhelo, que nunca me entregue a ti por completo. Sólo vete. Da media vuelta y déjame vivir tranquila.—habló con franqueza, dejando a medio talle el recorrer de su índice para dejar caer su mano. Retrocedió, instintivamente, mientras meneaba y sus ojos estaban fijos en el suelo que pisaban. Ya no sabía qué hacer y empezaba a desesperarse.

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Esto te pasa por crearme cargo de conciencia. ¿Querías que roleara? Pues ale :love:
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Steven F. Ivanović el Sáb Nov 15, 2014 9:38 am

Él no sabía el verdadero significado de esa palabra. Sí, estuvo loco por alguien más de la cuenta alguna vez, Rosier y él quizá fueron la pareja perfecta como muchos alegaron, pero luego de su disputa y las pocas explicaciones que solían darse, la relación se quebró como galleta de soda, como si nada auténticamente especial hubiera surgido de ellos dos. Era la costumbre, la manía que tenía Steven de no relacionarse con ninguna mujer; pero con la ex dragona era totalmente diferente, entonces, ¿Cómo podía llamar a eso? Una vez más, Steven no respondió a su pregunta, prefería dejarlo pasar por alto, si quedaba algo de un hermoso o una pizca de amor juvenil, era mejor que ella se fuese olvidando de ello.

Él la escuchó, apretó sus diente fuertemente, ¿Cómo podía ella pensar que tras abrirle sus puertas, iba abandonar como algún cobarde? Si de su actitud fuera, la casa de Gryffindor no hubiese sido la perfecta para él. Aquello, era el límite de ellos. El rubio estaba cansado igualmente de todas aquellas artimañas que pareciesen infinitas para poder replicar algo de los hermosos labios de la castaña. Habían perdido tiempo, años de insulsas provocaciones que terminaba en una disputa, decidiendo el destino amoroso de ambos por igual.

Él había soñado con casarse, había soñado con tener un montón de chiquillos correteando por allí. Había soñado con su mal humor, gruñendo de rabia y corrigiéndolos como el padre brusco que pudiera ser. Había soñado… con tener una familia, y no ser el hombre solitario que era hoy en día.

Sin embargo, sus acciones no eran para perseguir ese sueño, tenía más anhelos, sí. Aquella noche de espejos fue crucial para su decisión; era como destino mismo, observar lo que querías y a la vez, ella estar presente como parte fundamental de una formula. Sabía que su historia con ella llegaría lejos… pero nunca, se imaginó qué tan lejos podía ser.

El momento cortaba todo intento de seducción en estado puro; la atracción seguía, palpable en sus cuerpos con las enormes ganas de devorarse. Pero ya no habían palabras picaras, cumplidos ardientes u otra cosa que pudiera identificarlos con naturalidad en una situación pasada. Sentimientos como rostros, verdaderas intenciones… la cruda verdad de sus destinos. Ahora, la tímida Annika rodeada de sus palabras, no le causaban tanta satisfacción como antes. Ella se veía tan frágil en aquel momento, que él daría su vida solo por defenderla de alguien que quisiera hacerle daño; el problema erradicaba que su mayor demonio en ese momento resultaba ser él, y atentar contra su integridad no era algo con lo que estuviese de acuerdo.

Escucharla implorar, hizo que él tragase en seco, casi jadeó en un intento de hacer negar sus palabras, ¡Pero no podía! No podía echar para atrás con lo que gran esfuerzo había conseguido hasta ese momento. –No.– él contestó, observando ese anillo con el mismo anhelo con que observaba siempre a la mujer delante de él –Nunca me arrepentiré de haberte escogido como esposa…– tan seguro, tan demandante, las ínfulas de Steven Ivanović le aseguraban eso con certeza, de cualquier manera, ella era la indicada para haber formado una familia quizá. Su corazón ya no le pertenecía, nunca fue algo a lo que le hubiera prestado demasiada atención, pero suponía que los cabellos oscuros que caían más allá de los hombros, se merecía eso por muy inutilizable que fuera. El ruso, había necesitado a una mujer que creyera en él en algún momento de su vida; Annika lastimada, era la evidencia de ello.

Nunca pensó que las palabras de odio fueran tan hirientes. Sus ojos quedaron estancados, fue como observarse a sí mismo, despotricando palabras contra su abuelo. Fue como ver un niño odioso, recalcándole lo infeliz que era. Él sonrió ligeramente, porque no iba a dejar que aquello le afectase delante de ella. Se aguantó el sermoneó, pequeñas gotas de lluvia empezaban a caer en el jardín, su sentimiento era tan grande que Steven nunca hubiera imaginado las consecuencias que aquello pudiera tener. –No esperaras un “Lo siento” ¿o sí?– respondió ante la lastimada actitud, la escuchó, su voz retumbaba en su cabeza como si no hubiera cosa más importante que escucharle –Soy el dueño de tu camino, Drescher, tú me perteneces ahora.– maldita su actitud territorial, su caricia delicada había logrado disminuir sus humos, su voz se había quebrado un poco, pero lo ocultaba con gráciles movimientos, llenos de confusión. Él la escuchó, y negó ligeramente ante su tacto, no iba a abandonar.

Cerró los ojos, su tacto en sus labios acompañaban cada palabra que ella propinaba en su discurso, nunca la hubiera imaginado tan viva, tan capaz de decirle todo eso… quizá no se hubiera imaginado en esa situación, de estar a merced de sus sentimientos por ella y no poder hacer nada a cambio de todo eso. Entonces, ella quitó su delicada mano encima de él, se alejó, él pudo sentirlo, sin embargo, no abrió los ojos sino hasta dejar haber pasado algunos segundos. La lluvia se hacía más fuerte, el nuevo panorama de Annika era un hombre a su frente, con gotas cayendo detrás de él y una mirada fija en ella. –No… lo haré.– sencillas palabras para responder, un pedazo dentro de él parecía haberse partido al no poder complacerla. –No lo haré porque no puedo pretender alejarme y hacer como si nunca te hubiera conocido, o como si nunca hubiera planeado esto.– infame y descarado, así era él al momento de admitir las cosas –Escucha Annika, reconozco que te hice daño en su momento, que soy el mayor culpable de sus calamidades.– hizo una pausa para respirar –Reconozco ser tu mayor temor, con o sin luna llena.– dijo mientras sus orbes viajaban por toda la habitación –¡Y, mierda! ¿Crees que no sé por todo lo que estás pasando?– la miró fijamente –¿Crees que no hay noche donde la maldita culpa no me afecte por recordar todo lo que te he hecho?– era como una especie de confesión, ¿Cómo podía decirle que desde esa noche de luna llena, todas las mujeres le parecían más de lo mismo, que no podía dejar de pensar en ella mientras estaba con otras? –No escogemos nuestro destino Annika. Pero, si de verdad deseas algo como eso…– él se acercó, reclamó su boca y la beso profundamente, con ternura, como si estuviera sellando los votos de su compromiso. Era su endemoniado aliento, su majestuosa boca lo que nunca podía olvidar; él fue sencillo, algo bastante lento, ligero… acorde a todo su maldito sentimentalismo que sentía en ese momento.

Y se despegó, lo hizo arrepentido mientras abría sus ojos y observaba los de ella, mientras respiraba su mismo aliento, su mismo aroma, mientras en su pensamiento, ella no formaba parte de una sádica travesura. Nos casaremos, serás la señora Ivanović, y después de ese día, desapareceré de tu vida si es preciso.murmuró, no se atrevía a tocarla, tenía la sensación de que su corazón explotaría con cada milímetro de cercaníaTienes mi palabra de hombre. Pero este matrimonio se dará, así yo tenga que llevarte arrastrando hasta el altar.una dulce amenaza mientas sus azules viajaban por su rostro, por sus labios, contorneaba cada bella parte de su rostro, como si fuera la mujer más perfecta de todo el puto universo Y eso es todo.era su definitiva, nada lo haría cambiar de opinión.

Nota:
Pos nada, suerte =)
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Annika N. Drescher el Sáb Nov 15, 2014 5:23 pm

“Cómo podemos estar reunidos esta noche
si no es por un mero juego de ilusiones, de reglas aceptadas y consentidas,
de pura baraja en las manos de un tallador inconcebible”


En lo más profundo, Annika no estaba segura si tampoco no se arrepentía que se hubiera encaprichado con ella, con hacerla su esposa. ¡Debía estar de atares! Por supuesto que se arrepentía, debía hacerlo. Al menos eso intentaba gritarle la parte más lógica de su cerebro. Pero, ¿acaso la lógica puede sobrevivir cuando el camino a transitar está construido a base de jugarretas, meras ilusiones y viles mentiras? No podía creérselo, no podía terminar de creer que justamente ella acabase siendo parte de sus caprichos de niño mimado, con tantas veces que se había encargado de decirle que no, de decirse que no a sí misma. Y ahora se encontraba ahí, implorando como si se tratase de una niña pequeña que no quiere irse a vivir a otra cosa que no fuese la cual donde creció. Quizás ese era su problema, nunca tuvo el tiempo suficiente para ser una niñita consentida y todas esas limitaciones ahora salían a flote y la hacían sentirse atraída hacia el profundo barranco que significaba el ex Gryffindor.

—¿De ti? De ti sólo esperó un adiós.—se encogió de hombros, sintiendo como todo su cuerpo se sentía tan débil, tan cansado de lo mismo de siempre; se mostraba agotada ante el indicio de una sinceridad que los lastimaba tanto a él como a ella, pero que internamente agradecía. Tal vez no era lo que hubo planeado por la mañana, pero al menos estaba pareciendo conseguir algo: que Steven se importara por ella. Un premio menor, pero tan grande si se lo medía en la escala de pedantería y tan digna del ruso. —Debes estar contento, ¿no? Al final, quedaste marcado en mi vida por el resto de mis días.—la cabeza agachada, apenada, recordando aquella noche de luna llena. Ya no servía de nada pretender que no habían vivido eso, que no había dejado que él hiciese con ella lo que le placiera y que ella no había sentido tanta enajenación por haberse convertido en mujer bajo su cuerpo. —Soy tuya en cuerpo, pero mi alma aún no te pertenece, Ivanović—supo hacer esa aclaración, que lo tuviera en claro. Que, a pesar de todo, ella no le pertenecía enteramente como él podría pensar.

Lo admiró así, con los ojos cerrados, disfrutando de la caricia que ella le propinaba. Se mostraba tan abierto a ella pero a la vez tan lejano, tan sumido en un agujero negro al que la estaba arrastrando. Al menos le alegraba saber que él también tenía sentimientos hacia ella, aunque se empeñase en ocultarlo a capa y espada. Pero no podía hacer nada más por él. Steven estaba roto, y la holandesa se había cansado de enmendar y reparar los pedazos de todo aquel que estuviese roto. Buscó alejarse, separarse de ese veneno que significaba tenerlo tan cerca; orientarse, serenarse con respecto a lo que debía hacer. Tan sólo sabía que no podía seguir así. En verdad, estaba cansada de salir siempre lastimada.

Su rostro se levantó y miró hacia el cielo, las nubes de lluvia empezaban a cubrir el sitio y adueñarse del paisaje. Sintió una gota resbalando por su rostro, delineando su mejilla, haciéndose a la idea de que era una lágrima suya para no llorar realmente. Tampoco le iba a dar ese enorme lujo al ruso. Y con el mismo instinto en que se había alejado de él, volteó su oliváceo, desconcertado rostro hacia él, buscando corroborar que lo estaba escuchando sí salían de esos labios y sus oídos no la estaban engañando. Y, tal como el rubio había callado mientras la castaña hablaba, ella guardó silencio y se dispuso a oírlo. Por educación a él, por respeto a sí misma y por tantas cosas más que empezaba a sentir con cada palabra que pronunciaba. —No. ¡No lo sabes!—le espetó en quebranto, sintiendo como la sangre le hervía con cólera en reacción ante lo cínico que le sabían sus palabras.  —Cada uno escoge la culpa que desea cargar, Steven. Tú mismo te esforzaste en hacer que te odiara.—había recuperado su voz aunque aún era perceptible el temblor de ésta.

Lo miró acercarse, todo su cerebro gritaba que se alejara ante lo inminente, pero su cuerpo le jugaba en contra y decidió quedarse estático, abrazando el porvenir. Hasta ese segundo, no había podido comprobar cuanto extrañaba su boca contra la ajena, como ambas se tentaban y reclamaban. Cerró sus ojos y se dejó embriagar por lo exquisito que era su sabor mezclado con el vino. Había besado otros labios luego de los del ruso, se había dejado llevar por recuerdos y la necesidad de olvidar el presente, pero hasta ahora sabía porque se había sentido tan culpable. Porque, a pesar de sí misma, él tenía razón y le pertenecía. Otra gota se deslizó por su mejilla, pero ésta vez no vaciló en saber que era una lágrima suya y no obra de la lluvia que acompañaba el momento.

¿Siempre debe haber algún tercero presente? Primero la luna llena, luego Perseo, ahora la lluvia…fue lo que único que se vio capaz de murmurar cuando concluyó la escena. Meneó la cabeza y abrió sus ojos, sintiendo como la culpa la embargaba de manera catastrófica. Al oír su murmuro, enarcó ambas cejas y lo miró desconcertada. ¿Sería capaz de dejarla en paz? —No… no harás eso.—no iba a convertirse en el objetivo de los cotilleos de la aristocracia mágica. ¿Casada y abandonada? Jamás. —No me vas a arrastrar al altar, pero tampoco vas a desaparecer de mi vida. —finalmente, ¿se había hecho al dolor? —¿Quieres casarte conmigo? Bien. Lo harás. Te convertirás en mi esposo, vas a aguantarme por el resto de tus días. Vamos a vivir bajo el mismo techo, en el mismo infierno.—le recordó la promesa que le había hecho aquel día en el que se enteró del compromiso. —Te arrepentirás de todo el mal que me has hecho y yo me arrepentiré de haberte dejado. Los esposos pasan por las malas juntos, después de todo.—tragó en seco, asombrándose de lo sombrío de su voz.

Antes de irte…empezó, sintiendo como la intensidad de la lluvia comenzaba a notarse en su cuerpo, como temblaba y sentía frío. —¿Puedes volver a tocar una pieza de piano para mí? Me lo debes.—lo último lo dijo con demanda en su voz. No hablaba en broma, habían tantas cosas que él le debía. —Además, aún no acabo de contarte mi vida. Y sí, tu infierno empieza desde hoy mismo, quieras o no.—le aseguró, volviendo a sentirse como minutos atrás, como la Annika que estaba dispuesta a convertirse en su carcelera.
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Re: ¿Tus reglas o mis reglas de juego?

Mensaje por Steven F. Ivanović el Vie Nov 21, 2014 6:51 pm

Él nunca lo había visto de esa forma. ¿Realmente estaba contento por marcar la vida de la castaña? Sí, o eso era al parecer. ¿Para qué negarlo? Él deseaba con todas sus fuerzas que Annika lo tuviera en su mente a cada instante del día, que no pudiera ni respirar sin pensar en él… en su aroma, en sus caricias. Pero lo cierto era, que nunca dispuso que su presencia en ella fuera más que odio e imprudencias; no, él no quería estar en su mente de esa manera. Steven, apretó los puños y frunció el ceño ante el comentario, ¿De qué le servía su cuerpo si no tenía su alma? No le bastaba su cara bonita, su exquisito cuerpo, sus perfectos muslos, no, ni siquiera la neblina sensual que ella despedía de su cuerpo, o sus malditos labios divinos… de nada le servía, si no tenía su aprobación por completo. La irritación latía en su cuerpo, él no podía poseerla como se imaginaba.

Y tras todo su reproche, él era incapaz de decirle nada, ¿Para qué? un hombre como él no estaba en posición de darle explicaciones a alguien; su machismo era grande, tan grande como su dominación ejercía. Los papeles nunca se cambiaban, no importa que tan descolocado pudiera ponerle la chica, él no cedería ante los caprichos que compitieran con sus órdenes y exigencias. Él era el rey, la ley y la autoridad en su mundo; que ella supiera como sacar un desorden de eso, no significaba que evadiera su castigo.

Y eso fue lo que dijo precisamente con sus labios, era como si por años, estuviera esperando tocar su boca; como si la lluvia, le regalara el don de apaciguar su corazón. Eso demuestra que me valen mierda los terceros…siseó, demostrando que no importa cual fuera el reto, él siempre terminaba por aclamar sus labios como si fueran el premio de cada encuentro.

Se quedó desconcertado ante su negativa, más no se opuso ante su palabra. –¿Entonces?– le dijo para que prosiguiera. Al finalizar, él revoleó los ojos, no se imaginaba otro infierno que no fuera vivir en el mismo techo con ella sin que esta le aprobara por completo. Y quizá ese fuera su pandemónium, pero el rubio, también tenía todas las de ganar y hacer que el poco tiempo que pasaría con ella, fuera el verdadero de sus infiernos.

Él tomó una bocanada de aire, no dijo nada ante el silencio, y de un momento a otro, sus pies se deslizaron para dejar a sola los pensamientos de su futura esposa. Pero antes. Sus palabras acompañaron la inmensidad de la lluvia, recurriendo ante la mirada de ella como si fuera parte de su castigo. Steven la escucho, convirtió sus labios en un amago de sonrisa. No podía rechazar su oferta, él se acercó lentamente, mientras sus alientos crecían y caían al ritmo regular. Deslizó su mano por su piel, el aire frío se precipitaba ante el ardiente contacto, sus ojos, siguieron todo el recorrido que sus dedos trazaban: desde su hombro, hasta llegar a su delicada mano y sujetarla. Sus fuertes dedos no eran nada comparado con la gracilidad suave de las manos de Annika.

Un suspiro de alivio salió de él –Lo haré si bailas para mí.– espetó, mirándola fijamente. La lluvia empapaba sus rostros, hacían que el cabello del rubio, se resumieran en pequeños mechones dorados perfectos, goteando lentamente mientras sus azules se hacían más intensos. Mordisqueó su labio inferior, pero contuvo la intención de besarla a ella, en su lugar, se separó un poco, tirando de ella hasta atravesar parte del jardín y llegar al otro extremo. Cuando lo hacía, mantenía su mano perfectamente entrelazada con las de la morena, no quería perderse quizá de su último tacto sincero.

Él la llevó hasta una sala incauta, como si supiese donde estaba cada cosa en aquella casa. Divisó el piano, y fue hasta ese momento en que decidió abandonar la mano de la holandesa y correr hasta el asiento del perfecto aparato. La pieza era perfecta, el tono negro caoba jugaba con las letras en dorado; se atrevió a levantar la protección para que sus orbes se deslizaran por todo el teclado. Observó a Annika, muda ante un silencio –Te escucho…– comentó, sonándose los dedos mientras su indicé tocaba una tecla del instrumento. Él cerró los ojos por un segundo y se dejó invadir por cierta emoción.

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